Cosa Nostra
El hombre con pelo en el corazón
En enero de 1925, en el Parlamento italiano, el primer ministro Benito Mussolini se levantó y asumió personalmente la responsabilidad de la violencia de sus bandas fascistas, tras lo cual inició el proceso de represión de toda la oposición. El Partido Fascista de Mussolini ya no representaba un gobierno; ahora constituía un régimen. Un año después, el nuevo dictador exhibía su autoridad inaugurando una guerra contra el crimen organizado en Sicilia.
El asedio de Gangi, la ceremonia de apertura de aquella guerra, se inició la noche del primero de enero de 1926, mientras caía una fuerte nevada sobre los montes Madonie. Los días anteriores, policía y carabineros, en grupos móviles de cincuenta personas, habían ido estrechando poco a poco el cordón policial, arrestando a todos los sospechosos de colaboración con los bandidos. Tanto el cordón policial como el frío obligaron a los propios bandidos a retroceder hasta Gangi, donde se sabía que tenían su cuartel general. La policía ocupó las colinas y otros puntos estratégicos cercanos. Se cortaron las líneas telefónicas y telegráficas. Camiones y carros blindados bloquearon las carreteras de acceso a la población. Luego, un gran número de policías, acompañados de unos cuantos camisas negras, ascendieron trabajosamente por la empinada y estrecha carretera que llevaba a la propia Gangi.
Hasta entonces Gangi había parecido inexpugnable en su altivo aislamiento, dominando el paisaje de toda la Sicilia central desde su privilegiada posición en los montes Madonie; en un día claro incluso se puede divisar la amenazadora silueta del Etna al este, al otro lado de la isla. Los lugareños solían referirse a los bandidos como «el prefecto» o «el jefe de la policía». Tan poderosos habían llegado a ser que incluso habían logrado persuadir al alcalde de que rechazara una subvención del gobierno para alumbrado público argumentando que en realidad los empinados callejones de la población eran más seguros a oscuras.
Ahora aquel laberinto estaba intensamente iluminado y atestado de hombres uniformados que registraban y ocupaban las casas, realizando docenas de detenciones. Muchos de los hombres que buscaban se habían escondido en cuartos secretos obra de un constructor local especializado en la colocación de paredes y techos falsos. Solo unos pocos gangitanos se arriesgaban a aventurarse entre la nieve para llevar mensajes y vituallas a los hombres escondidos. El resto se acurrucaba en sus casas con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto.
El primer bandido que se entregó salió de su escondrijo la mañana del 2 de enero. Gaetano Farrarello, el «Rey de los Madonie», tenía sesenta y tres años y huía de la justicia desde el día en que había matado a su esposa y al amante de esta. De eso hacía ya más de la mitad de su vida. Había tardado varios años en construir una extensa red de robo de ganado, gestión de propiedades y extorsión, y en crearse la protección política necesaria para actuar sin que las autoridades le molestaran. Hizo saber que no se entregaría a ningún policía, sino únicamente al alcalde.
En el ayuntamiento, el oficial que mandaba las fuerzas de asedio se limitó a sentarse y esperar que Farrarello apareciera. Se encontró con un hombre alto, con un porte de una dignidad casi militar y una barba patriarcal que le llegaba hasta la cintura. El bandido depositó su ornamentado bastón sobre la mesa y realizó una estudiada declaración: «Mi corazón está temblando. Es la primera vez que me hallo en presencia de la ley. Me entrego para restaurar la paz y la serenidad de estas
personas que se han visto tan atormentadas»[64]. Varios días después, Ferrarello se suicidaría en la cárcel arrojándose por el hueco de una escalera. Al parecer, no hubo nadie más implicado en el incidente.
La operación prosiguió. No se permitió a nadie entrar o salir de Gangi mientras la policía realizaba una serie de maniobras destinadas a humillar a los bandidos ocultos. Se les confiscó el ganado; se sacrificó a los mejores animales en la plaza del pueblo, y luego se pusieron a la venta a precios simbólicos. Se tomaron rehenes, incluyendo a mujeres y niños. Los policías dormían en las camas de los bandidos y, según insistentes rumores, abusaban de sus mujeres. Luego se ordenó al pregonero de la población recorrer las calles vacías tocando un pesado tambor colgado de la cintura.
¡Ciudadanos de Gangi! Su Excelencia Cesare Mori, prefecto de
Palermo, ha enviado el siguiente telegrama al alcalde con la orden de hacer pública esta proclama:
Ordeno a todos los fugitivos de la justicia en este territorio que se
entreguen a las autoridades en el plazo de doce horas desde el momento en que se lea este ultimátum. Una vez haya expirado el plazo, se tomarán las medidas más severas contra sus familias, sus
posesiones y cualquiera que les ayude de la manera que sea[65].
Cesare Mori era el hombre que había elegido Mussolini para dirigir su guerra contra el crimen organizado. El ultimátum constituía un gesto característico que convertía manifiestamente la operación de Gangi en una confrontación de hombre a hombre con los criminales.
Mori había permanecido en Palermo durante el asedio, velando para que la prensa aprobara su «hercúlea labor». El 10 de enero, con los bandidos todavía escondidos, viajó a Gangi para proclamar la liberación de la población en persona. La plaza se había engalanado convenientemente y la banda interpretaba marchas militares. Había carteles que reproducían el mensaje de felicitación de Mussolini a su prefecto: «Le expreso mi más cordial satisfacción y le insto a continuar hasta realizar su labor sin reparar en nadie, sea alto o bajo. El fascismo ha curado a Italia de muchas de sus heridas. En Sicilia cauterizará la llaga del crimen; con un hierro al rojo si hace
falta»[66].
Si hay que creer a la prensa controlada por los fascistas, luego se pronunciaron discursos desde el balcón del ayuntamiento. El joven jefe fascista de Palermo Alfredo Cuco, un pequeño y arrogante oftalmólogo vestido con camisa negra y gorro de aviador, se dirigió a los líderes invitados, que a su vez se hicieron eco de los sentimientos del Duce. Finalmente Mori se adelantó. Acababa de cumplir los cincuenta y cuatro años, y mostraba unos rasgos bien conservados, aunque algo afilados, una complexión imponente y una voz profunda. Se sentía orgulloso de los motes que había adquirido durante los años transcurridos luchando contra el crimen en Sicilia: el «prefecto de hierro», el «hombre con pelo en el corazón». Las pesadas botas militares y la larga y gruesa banda que había decidido llevar sobre su inmaculado traje aspiraban a reforzar el mismo mensaje: ahí estaba un hombre de acción, un enemigo personal de los criminales. Aquel mismo día uno de los bandidos que todavía seguían ocultos hizo llegar una amenaza de muerte contra él.
El discurso de Mori fue, como de costumbre, mucho más directo que los que le habían precedido. Habló a los sicilianos en lo que él consideraba que constituía su rudimentario lenguaje moral:
¡Ciudadanos! No me rendiré. El gobierno no se rendirá. Tenéis
derecho a ser liberados de esos villanos. Y lo seréis. La operación proseguirá hasta que se haya redimido a toda la provincia de Palermo.
Por mediación mía, el gobierno cumplirá con su deber hasta el
final. Vosotros debéis cumplir con el vuestro. No tenéis miedo de las pistolas. Pero sí teméis que se os asocie a la palabra «poli». Debéis acostumbraros a pensar en la guerra contra los criminales como el deber de todo ciudadano honesto.
Sois buenas gentes. Vuestros cuerpos son sanos y fuertes. Tenéis
todos los atributos anatómicos viriles que hay que tener. Por lo tanto
sois hombres, y no ovejas. ¡Defendeos! ¡Contraatacad![67]
Las palabras de Mori suenan como si se dirigieran a los oídos de alguien que se hubiera criado en una granja de animales. Hay dudas de que realmente pronunciara el discurso que publicaron los periódicos. Pero en cualquier caso, este tipifica la actitud del hombre elegido para representar las fantasías autoritarias del fascismo en Sicilia. El asedio terminó unos días más tarde; se había arrestado a ciento treinta fugitivos de la justicia y unos trescientos de sus cómplices.
El «prefecto de hierro» del fascismo, Cesare Mori. [Rubettino, Soveria Mannelli (CZ).]
Militarista, decisivo, duro, espectacular; el asedio de Gangi se recuerda más o menos como quería que se recordara la propaganda fascista, en sintonía con el modo en que esta diseñó su guerra contra el crimen organizado. Cuando los desertores de la Mafia empezaron a hablar con Giovanni Falcone, en la década de 1980, se hizo evidente que los propios mafiosos tenían similares recuerdos de los años del fascismo. El hombre de honor de Catania Antonino Calderone, que se convirtió en pentito en 1986, reveló que, más de cuarenta años después de su caída, el régimen fascista de Benito Mussolini conservaba una profunda huella en la memoria popular de la Mafia:
[Bajo el fascismo] cambió la música. Los mafiosos lo pasaron mal. Muchos fueron enviados a una prisión insular de la noche a la mañana… Mussolini, Mori, la gente encargada de la justicia, fueron quienes lo hicieron: condenaron a los mafiosos a cinco años de exilio interior sin juicio, el máximo. Y cuando acabaron esos cinco años publicaron un decreto y les condenaron a otros cinco. Así, sin más. ¡Un decreto! Otros cinco años… Después de la guerra la Mafia ya casi no existía. Todas las familias sicilianas se habían roto. La Mafia era como una planta que deja de cultivarse. Mi tío Luigi, que había sido un jefe, una autoridad, se vio obligado a robar para ganar un
mendrugo [68].
Calderone era solo un muchachito cuando su tío Luigi sufría aquellas indignidades. Aunque las historias que le contaron de joven tenían la característica simplicidad de todos los recuerdos familiares, no cabe duda de que poseían una base de verdad. La enérgica campaña fascista iniciada con el asedio a Gangi permitió pasar a la ofensiva a algunos policías y magistrados que habían acumulado años de experiencia en la lucha contra las cosche. La Mafia sufrió lisa y llanamente; muchos hombres de honor fueron a la cárcel, con o sin juicio, y el resto de la organización entró en una especie de hibernación.
El fascismo afirmó que había resuelto el problema de la Mafia. No obstante, como tantas otras cosas de las que decía Mussolini, aquella resultó ser una presunción falsa. Y aunque el control que ejercía el Duce sobre la información hace que todavía hoy resulte difícil para los historiadores discernir la verdad, la verdadera historia del «hombre con pelo en el corazón» —el más temido enemigo de la Mafia— resulta ciertamente más oscura e intrigante de lo que sugieren tanto la propaganda fascista como las memorias de la Mafia.
Los padres de Cesare Mori solo reconocieron su existencia cuando este tenía ya siete años; hasta entonces había estado en un orfanato en Pavía, cerca de Milán. Para un muchacho brillante que no era nadie, sin ningún contacto, en la Italia de finales del siglo XIX el ejército y la policía figuraban entre los pocos lugares en los que podía hacer carrera. Los archivos secretos del Ministerio del Interior sobre Mori dan fe de su inexorable ascenso y no dejan lugar a dudas sobre su pujante ambición ni sobre su coraje. En 1896 se le concedió una medalla por perseguir y dar caza a un proxeneta al que había visto atracando a un joven soldado con un revólver mientras una prostituta intentaba apuñalarle por la espalda. Aquel sería el primero de sus numerosos encuentros cara a cara con el crimen violento.
Los informes de los superiores de Mori sobre todos los aspectos de su trabajo son entusiastas: «Es enérgico, decidido y prudente. Conoce bien todos los aspectos de su trabajo, especialmente las tareas de vigilancia política, puesto que conoce las
doctrinas de todos los partidos y los hábitos y el comportamiento de los políticos»[69]. Mori había sido designado ya para un ascenso cuando, en 1903, en Rávena, cacheó a un poderoso concejal local del que sospechaba que llevaba encima un puñal (Sicilia no era el único lugar en el que la política municipal podía resultar una ocupación peligrosa). A consecuencia de ello se organizò una campaña de prensa contra él. La recompensa por la puñetería de Mori fue un traslado a Castelvetrano, en Sicilia. A partir de ese momento su vida se entrelazaría con la historia de la Mafia.
La violencia electoral tácitamente gestionada por las autoridades, el robo de ganado y el crimen organizado; durante la mayor parte de los catorce años siguientes Mori tuvo asignadas las tareas habituales de las fuerzas del orden en la campiña de Sicilia occidental. Y se aplicó a ellas con incansable vigor. Regularmente los lugareños presentaban acusaciones contra él por abuso de autoridad. En 1906 fue ascendido al cargo de superintendente. Tres años después fue ascendido de nuevo tras matar a un bandido durante un largo tiroteo. En 1912 se distinguió una vez más por acorralar a una banda de extorsionistas que habían exigido dinero a un parlamentario.
En Italia la labor policial se hallaba siempre muy politizada. Las propias opiniones políticas de Mori —que era monárquico conservador— resultaban lo bastante convencionales como para poder subordinarlas a sus ambiciones. Esto significaba conformarse a las expectativas de los poderosos de turno, tanto en Roma como en el ámbito local (al menos cuando ambas podían reconciliarse). En Sicilia Mori había seguido una línea favorable al grupo de intereses más poderoso: los terratenientes.
Cuando empezó la Gran Guerra, Mori era subjefe de policía en la ciudad de Trapani, en el extremo occidental de la isla. Durante la guerra no hubo ningún combate militar en Sicilia, pero todo lo que ocurrió después de que Italia se uniera a la contienda, en mayo de 1915, contribuyó a empujar a la isla a un abismo de violencia. Más de cuatrocientos mil sicilianos —una cifra superior a la de la población total de Palermo— fueron llamados a filas. Como había venido ocurriendo desde la fundación del Estado italiano, miles de reclutas evitaron la leva huyendo a las colinas. El bandidaje a gran escala reapareció en el interior desde el momento en que aquellos fugitivos empezaron a recurrir a la delincuencia para sobrevivir. Sin los brazos necesarios para sembrar y cosechar el grano, las grandes haciendas empezaron a convertirse en pastos para la cría de animales. La demanda de caballos, mulas y carne para el frente también se tradujo en un incremento de los precios del ganado. Aumentaron los crímenes violentos al converger diversas fuerzas que competían por aprovecharse de la situación; aumentó drásticamente el robo de ganado, y eran frecuentes los conflictos sangrientos originados por contratos para alquilar, gestionar o «proteger» tierras. En algunos lugares la isla llegó a una situación próxima a la anarquía.
Mori se mostró implacable en la lucha contra los cuatreros que infestaron la campiña siciliana durante la Gran Guerra. Las patrullas montadas que mandaba cubrían todo el territorio, a todas horas y en todas las condiciones meteorológicas. Asediaba a los aldeanos para obligar a salir a los fugitivos, y en alguna ocasión incluso se disfrazó de monje para sorprender a sus enemigos.
En 1917 Mori fue trasladado fuera de la isla para convertirse en jefe de policía de la ciudad industrial septentrional de Turín, en el mismo momento en que una desastrosa derrota militar en Caporetto amenazaba con colapsar el país. Mori se enfrentó a los trabajadores socialistas militantes de la ciudad con su habitual resolución, y muchos de ellos fueron asesinados. Tres años después, en Roma, Mori ordenó a sus hombres que cargaran contra una manifestación de estudiantes de derechas; el resultado fueron de nuevo muertos y heridos.
Fue en los años inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial cuando la naciente democracia italiana entró en lo que resultaría ser una crisis terminal. Los viejos políticos clientelistas ya no parecían capaces de contener las demandas enfrentadas de socialistas, católicos y nacionalistas (estos últimos soñaban con una «raza» italiana consagrada a una guerra imperial). En 1918, mientras se afianzaba una desesperada crisis económica, cientos de miles de soldados desmovilizados empezaron a volver a casa. Muchos estaban decididos a forzar un cambio, fuera hacia la izquierda o hacia la derecha. El ejemplo de la revolución rusa entusiasmaba a muchos trabajadores y campesinos. A algunos les daba la impresión de que la península se estaba haciendo ingobernable; la revolución, o la guerra civil, parecían inminentes.
Sicilia no contaba con un fuerte movimiento obrero como el Norte industrial, pero en 1919 y 1920 la isla parecía estar consumida por el caos, a diferencia de todo lo que había presenciado desde el período subsiguiente a la expedición de Garibaldi en 1860. Los reclutas que volvieron a Sicilia reabrieron la lucha por el control de la tierra; los problemas que los fascios habían tratado de abordar inicialmente en la década de 1890 no habían desaparecido. Ahora los excombatientes consideraban que merecían tierras a cambio de su sacrificio; en algunos lugares ocuparon fincas por la fuerza. En Roma varios grupos políticos armaron bulla en torno a la cuestión de ayudar a los veteranos a adquirir parcelas y legalizar las ocupaciones forzosas de tierras sin cultivar. Algunos terratenientes, sintiéndose abandonados por Roma, empezaron a recurrir a la violencia para defender sus propiedades. La Mafia adoptó frente a las cooperativas campesinas las mismas tácticas que había desarrollado al enfrentarse al movimiento de los fascios: alternadamente, se infiltraba, engatusaba, corrompía, y cuando todo esto fallaba, aterrorizaba y asesinaba.
Fue aquella también una época de numerosas guerras mafiosas. Una de las influencias más desestabilizadoras fue sencillamente el retorno, entre los veteranos, de jóvenes ambiciosos y curtidos en la batalla pertenecientes a los estratos en los que la Mafia solía reclutar tradicionalmente a sus miembros. Habían perdido la oportunidad de participar en la especulación, y ahora estaban ansiosos por hacer sentir su presencia, ya fuera en la Mafia o en bandas autónomas. Mori hablaba de una «granizada» de guerras entre mafiosos después de la guerra: «No había reglas, ni respeto por nadie».
El movimiento fascista fue fundado en Milán, en septiembre de 1919, por el periodista y soldado veterano Benito Mussolini. Este pretendía instituir una «trincherocracia», es decir, traer la disciplina patriótica y la agresión del frente y aplicarlas a la atrofiada democracia italiana. Al año siguiente, mientras la oleada de militancia obrera de la posguerra retrocedía, diversos escuadrones de fascistas empezaron a construir su movimiento agrediendo ferozmente a huelguistas y socialistas en toda la Italia septentrional y central. De ese modo se atrajeron el favor de terratenientes e industriales que estaban decididos a acometer contra el movimiento obrero mientras este se hallaba en retirada. La policía local y otros funcionarios solían hacer la vista gorda ante los tiroteos, el vandalismo y las peligrosas dosis de aceite de ricino que los escuadrones fascistas administraban a sus víctimas.
En la ciudad centroseptentrional de Bolonia había un hombre que no estaba dispuesto a tolerar las actividades de las bandas de camisas negras que creían que su lucha por salvar a la patria de la amenaza roja les situaba por encima de la ley. En 1921 Cesare Mori, el chico del orfanato, alcanzaba la cima de su carrera al ser nombrado prefecto de Bolonia. Allí trató a aquella supuesta «juventud nacional» del fascismo tal como había hecho con otros grupos subversivos. Y Mori fue fiel a su tarea hasta que los camisas negras de varias poblaciones cercanas se concentraron en Bolonia y acamparon alrededor de su cuartel general, donde dramatizaron su protesta al estilo fascista orinando todos juntos en los muros de la prefectura. El gobierno dio marcha atrás y Mori fue trasladado. Aquel episodio dejaría un poso de acritud entre Mori y los líderes de los escuadrones fascistas.
Aunque el Partido Nacional Fascista no contaba con una gran fuerza numérica en el Parlamento, su estricta organización y su predisposición a asumir riesgos le dieron ventaja sobre unos políticos divididos y vacilantes. En octubre de 1922 la «marcha» de Mussolini sobre Roma desafió al Estado a que le cediera el poder o aplastara su movimiento por la fuerza. Como respuesta, fue invitado a formar un gobierno de coalición, y durante las dos décadas siguientes se convertiría en el líder de su país.
Cuando el fascismo llegó al poder, en 1922, los líderes de los escuadrones se vengaron de Mori, al que arrinconaron completamente. Su carrera había encallado por la sencilla razón de que había apoyado a los amos políticos equivocados. Difícilmente se le podía culpar por ello, ya que pocas personas fuera del Partido Nacional Fascista habrían podido predecir que los camisas negras tomarían el poder. En un esfuerzo por reflotar sus ambiciones, Mori no tardó en hacer las paces con el fascismo y empezó a movilizar su red de amigos poderosos. Hizo saber su admiración por Mussolini, y afirmó que, de hecho, a lo largo de toda su carrera él había actuado «a la manera fascista». Incluso insertó referencias halagadoras al fascismo en su libro Tra le zagare oltre la foschia, cuyo empalagoso título deja traslucir su lado más teatral. Pero antes de que Mori pudiera reanudar su carrera, el fascismo hubo de tomar la decisión de enfrentarse a la Mafia siciliana.
En Sicilia, como en el resto del sur de Italia, el fascismo nunca fue un movimiento popular. La política siciliana, con sus clientelas y camarillas, era una cuestión menos ideológica que en el norte. Tampoco abundaba la demanda de rompehuelgas, ya que la Mafia desempeñaba esa labor con bastante eficacia. Pero una vez que Mussolini tomó el poder, todos los grupos de intereses de la isla desarrollaron una repentina afición por las camisas negras y la imitación del saludo romano. También los mafiosos se subieron al carro victorioso del Duce; así, por ejemplo, el prefecto calificaba de «mafioso-fascista» al grupo dominante en el ayuntamiento de Gangi, mientras que otro informe llamaba «Mafia fascistizada» a la facción dominante en San Mauro.
En un nivel personal, el Duce era popular en Sicilia; pero su movimiento carecía de una base de apoyo firme, por lo que inicialmente hubo de contar con aquellos nuevos amigos. Durante un tiempo pareció que el fascismo iba a adoptar el tradicional método de gobernar Sicilia delegando el poder en los gerifaltes locales y fingiendo no enterarse de que eran los mafiosos quienes gestionaban sus campañas electorales. Así, un príncipe sobre el que existía la creencia generalizada de que tenía vínculos con la Mafia llegó a ser ministro en el gabinete de Mussolini.
Pero aquella resultaría una luna de miel bastante breve. En sus primeros días el fascismo no tardó en atraer sobre sí la acusación de que hacía oídos sordos a las necesidades económicas de Sicilia, mientras que, al mismo tiempo, algunos veteranos militantes fascistas causaban alarma en ciertos círculos sicilianos al proclamar la necesidad de una cruzada contra la Mafia, al igual que contra los terratenientes y políticos que la protegían. En abril de 1923 uno de aquellos militantes escribía a Mussolini formulándole una petición:
El fascismo aspira a barrer toda la corrupción que envenena la
política y la administración del país. Aspira a quebrantar las sombrías facciones y los agusanados conciliábulos que infestan el sagrado cuerpo de la nación. Y no puede descuidar este terrible foco de infección. Si queremos salvar a Sicilia, debemos destruir a la Mafia… Entonces podremos plantar nuestras tiendas en la isla, y estas serán más sólidas que las que plantamos en el norte al deshacernos del
socialismo[70].
Este estrafalario lenguaje oculta una sencilla fórmula. La Mafia (fuera lo que fuere) podía servir en Sicilia al mismo propósito que había servido el socialismo en el norte: podía constituir un enemigo conveniente para el fascismo. Con el tiempo Mussolini haría suya esta estrategia. Su movimiento de camisas negras se autodefinía como un antídoto al viejo mundo del clientelismo y los compromisos poco escrupulosos. Dado que los mafiosos solían tener vínculos con los políticos, una cruzada contra el crimen organizado permitiría a los fascistas golpear al mismo tiempo a algunos de los principales representantes del sistema liberal. No podía haber mejor manera de acentuar la imagen de firmeza y eficiencia del fascismo.
En mayo de 1924 Mussolini viajó por primera vez a Sicilia, arribando al puerto de Palermo en el acorazado Dante Alighieri con una escolta de aviones y submarinos. En la provincia de Trapani el Duce se enteró de los logros de Cesare Mori antes y durante la guerra, y de lo serio que era allí el problema de la Mafia. Una delegación de veteranos le informó de que en Marsala se habían cometido 216 asesinatos solo en un año, también le explicó que la Mafia era la principal razón por la que el fascismo no había arraigado en la isla.
Cuando el séquito de Mussolini recorría la población de Piana dei Greci, cerca de Palermo, su alcalde, el mafioso don Francesco Cuccia, haciendo gestos de desprecio a los guardaespaldas del primer ministro, le susurró al oído en tono zalamero: «Está usted conmigo, está bajo mi protección. ¿Para qué necesita a todos esos polis?». El Duce no respondió, y durante todo el día estuvo de un humor de perros por aquella insolencia. Su visita a la isla fue abruptamente interrumpida. La falta de etiqueta de don Francesco Cuccia pasaría a la leyenda como el catalizador de la guerra de Mussolini contra la Mafia. Unas semanas después del regreso del Duce a Roma, todos los esfuerzos de Mori se verían recompensados al ser trasladado de nuevo a Trapani.
Aquel mismo año 1924 los acontecimientos acaecidos en la capital italiana vendrían a agravar drásticamente la frialdad de las relaciones entre el fascismo y Sicilia. Poco después del viaje del Duce a la isla, algunos de sus matones secuestraron y asesinaron al líder del Partido Socialista. La opinión pública italiana se escandalizó y los aliados políticos del fascismo empezaron a distanciarse. La mejor manera de que un líder nacional caiga en desgracia ante cierta clase de políticos sicilianos es que pierda poder. Y en el verano de 1924 Mussolini parecía estar haciendo precisamente eso.
Sin embargo la inercia de la oposición permitió al Duce estabilizar poco a poco la situación y, a continuación, actuar abiertamente para poner fin a la democracia en Italia. Con la mente puesta de nuevo en Sicilia, ahora estaba preparado para poner en práctica su estrategia.
Las elecciones locales de agosto de 1925, las últimas antes de la desaparición de la democracia, representaron también los últimos vítores para los dignatarios políticos sicilianos. Demasiado tarde, cuando la derrota a manos de Mussolini era ya inevitable, declararon su oposición al fascismo y descubrieron la causa de la libertad.
Entre ellos estaba Vittorio Emanuele Orlando, exprimer ministro y el más poderoso de los políticos sicilianos del viejo orden, cuya base de poder se hallaba en una zona fuertemente infestada por la Mafia. Poco antes de la votación, Orlando pronunció un discurso en el Teatro Massimo de Palermo valorando la intención manifestada por el gobierno de combatir a la Mafia:
Si por «mafia» entienden tener un exagerado sentido del honor; si
entienden ser furiosamente intolerante con la intimidación y la injusticia, y mostrar la generosidad de espíritu necesaria para enfrentarse a los fuertes y ser comprensivos con los débiles; si entienden mostrar una lealtad a los amigos más fuerte que cualquier otra cosa, más fuerte incluso que la muerte; si por «mafia» entienden esta clase de sentimientos, esta clase de actitudes —aun cuando a
veces pueden ser exagerados—, entonces yo os digo que de lo que están hablando es de los rasgos característicos del alma siciliana. ¡Y
entonces yo me declaro mafioso y estoy orgulloso de serlo![71]
Era una miserable táctica que solo venía a hacerle el juego a Mussolini. Con el propio Estado liberal en peligro de muerte, a Orlando no le quedaba más que el viejo ardid de confundir deliberadamente la Mafia con la cultura siciliana. Su descarado guiño a los capos ha pasado a la historia como uno de los momentos más denigrantes de la larga y desvergonzada cohabitación entre los asesinos y los representantes electos del pueblo. Mucho más tarde, Tommaso Buscetta afirmaría que el propio Orlando era un hombre de honor.
Había llegado el momento de iniciar el ataque de Mussolini a la Mafia, y fue a Mori a quien este acudió para imponer la autoridad fascista en la indisciplinada isla. El 23 de octubre de 1925 Mori se convirtió en prefecto de Palermo, con plenos poderes para atacar a la Mafia y, con ella, a los enemigos políticos del régimen. El prefecto inició de inmediato los preparativos para el que sería el prólogo de su campaña: el asedio a Gangi.
Cesare Mori se enorgullecía de muchas cosas. Entre ellas ocupaban un lugar prominente sus creencias sobre el modo de pensar y actuar de los sicilianos, creencias forjadas por sus años de experiencia en Trapani: sencillos, dogmáticos y toscos; esas constituirían las bases de su campaña contra la Mafia.
Pude penetrar en la mente siciliana. Y encontré que esa mente,
bajo las dolorosas cicatrices que le han dejado siglos de tiranía y opresión, a menudo era infantil, sencilla y amable, apta para teñirlo todo de generosos sentimientos, e incluso inclinada a engañarse a sí misma, a esperar y a creer, y dispuesta a poner todo su conocimiento, su afecto y su cooperación a los pies de quien muestre el deseo de
realizar el legítimo sueño de la gente de justicia y redención[72].
La clave del éxito de la Mafia —afirmaba— estaba en su capacidad de adoptar una actitud destinada a aprovecharse de esa vulnerabilidad y credulidad que constituían el núcleo del carácter siciliano. La Mafia —creía Mori— no era una organización. Pero a fin de poder mantener la ley y el orden, la policía y el sistema judicial podían muy bien suponer que lo era. En realidad se la describía mejor como «una peculiar forma de ver las cosas». Lo que unía a los mafiosos era una afinidad natural, antes que cualquier rito de iniciación o vínculo formal.
Mori basó todo su programa represivo en esos fundamentos tan manifiestamente poco prometedores. En pocas palabras, había que hacer ver a la impresionable masa de los sicilianos, de la manera más realista posible, que el Estado era aún más duro que los hombres de honor. El Estado fascista había de ser más «mafioso» que la propia Mafia. Y el teatro constituiría la esencia de los esfuerzos de Mori para establecer la ley y el orden en Sicilia. La operación de Gangi se concibió con este espíritu, como una manera de inspirar respeto en aquellas sencillas almas que todavía estaban bajo el yugo de los criminales.
Cuatro meses después del asedio de Gangi, Mori utilizó de nuevo las mismas tácticas contra don Vito Cascio-Ferro, un famoso mafioso que había iniciado su carrera en 1892 infiltrándose en el fascio de Bisacquino, no lejos de Corleone. Desde entonces se había aventurado incluso en Estados Unidos y había hecho su fortuna pasando ganado de contrabando con una pequeña flota de barcos. Se decía que cuando don Vito recorría su montañoso reino, en la cúspide de su carrera, los funcionarios de las ciudades que visitaba le esperaban a la entrada de la población para besarle la mano. El primero de mayo de 1926 Cesare Mori se disponía a hablar ante una multitud congregada en territorio de Cascio-Ferro. Mientras el siroco llenaba la plaza de fina arena del Sahara, el «prefecto de hierro» empezó con un juego de palabras tan llamativo como tremendista: «¡Me llamo Mori, y voy a hacer morir a unos cuantos! ¡El crimen ha de desaparecer como este polvo arrastrado por el viento!».
Unos días después, la fuerza policial «interprovincial» antimafia que Mori había creado empezó a rodear un área que incluía Bisacquino, Corleone y Contessa Entellina. Se detuvo a más de ciento cincuenta sospechosos, entre ellos a don Vito. Su ahijado acudió al terrateniente local en busca de apoyo, pero obtuvo una resignada respuesta: «Los tiempos han cambiado». Era el fin del reinado de don Vito. Poco después se desenterró una vieja acusación de asesinato que pesaba sobre él. Durante el juicio, celebrado en 1930, el mafioso adoptó una actitud condescendiente, mientras su abogado ensayaba sin demasiado entusiasmo un conocido argumento. Citando el honorable comportamiento de su cliente en toda circunstancia, afirmó que «debemos concluir o bien que Vito Cascio-Ferro no es un mafioso, o bien que la Mafia, como han señalado con frecuencia los estudiosos, es una llamativa actitud individualista,
una forma de desafío que no tiene nada de malvado, de innoble o de criminal»[73]. Al parecer, cuando el juez le condenó a cadena perpetua el siroco soplaba de nuevo. Don Vito murió en la cárcel, en 1942.
Evidentemente Mori consideraba que sus dramáticas técnicas funcionaban, no solo con los sicilianos que se sentían intimidados por la Mafia, sino también con los propios mafiosos. Poco después de haber detenido a don Vito Cascio-Ferro, en mayo de 1926, invitó a todos los vigilantes de las haciendas de la provincia de Palermo a una demostración de lealtad organizada. Mil doscientos de ellos se congregaron en formación militar en una pequeña colina cerca de Roccapalumba. Los dos únicos invitados que no pudieron acudir enviaron sendos certificados médicos justificando su ausencia. Mori revisó las tropas antes de pronunciar su discurso; a partir de ahora iban a proteger las propiedades privadas en nombre del Estado y no de la Mafia. Un capellán militar dijo misa en un altar al aire libre y recordó a los vigilantes que estaban a punto de hacer un juramento de la máxima seriedad. Mori invitó a marcharse a cualquiera de los presentes que no estuviera dispuesto a jurar su lealtad, y luego dio la espalda a su audiencia; nadie se movió. Cuando el «prefecto de hierro» se volvió de nuevo, leyó el juramento. Los vigilantes respondieron al unísono: «¡Sí, lo juro!». Mientras formaban una fila para firmar, sonaba música militar e himnos fascistas.
Al año siguiente los temibles vigilantes de los cultivos de cítricos de la Conca d’Oro realizaron un ritual parecido. Al finalizar, y como símbolo de su nueva lealtad, se les entregaron unas insignias de metal —del estilo de las de los boy scouts— en las que se veían dos rifles cruzados sobre un fondo de flores de azahar.
Habría que decir que esta ofensiva propagandística venía respaldada por una realista estrategia política destinada a conquistar a los terratenientes para el régimen. Sin duda los dueños de algunas grandes propiedades apreciaban los esfuerzos fascistas para acobardar a los arrogantes vigilantes y gabelloti. Muchos de los éxitos de Mori, como la operación de Gangi, se lograron por el método eminentemente tradicional de presionar a los terratenientes para que estos traicionaran a los criminales a los que hasta entonces habían amparado. De manera más general, el objetivo del prefecto era impresionar a la población mediante la fuerza antes que por la justicia. El resultado fue la represión indiscriminada con la que los isleños estaban ya tan familiarizados. En menos de tres años desde el inicio de la campaña de Mori se arrestó a unas once mil personas, cinco mil solo en la provincia de Palermo. Es imposible que todas ellas fueran hombres de honor, o siquiera miembros de grupos de bandidos. Incluso uno de los propios jueces implicados en la guerra antimafia consideraba que se había detenido a hombres honestos además de a criminales.
A aquellas enormes redadas les siguieron juicios no menos enormes. Los más prominentes se celebraron en una atmósfera de intimidación. Mori censuró las noticias de prensa sobre el desarrollo de los procesos, y se esforzó en crear la sensación de que defender a un mafioso equivalía a serlo uno mismo. Con frecuencia se produjeron las condenas que el fascismo necesitaba. Así, el Duce pudo anunciar orgulloso ante el Parlamento que el capo que le había faltado al respeto en Piana dei Greci había sido condenado a una larga pena.
Uno de los éxitos más sonados de Mori se produjo gracias al simple robo de un asno en Mistretta. El caso proporciona un buen ejemplo de las ambigüedades de la represión fascista del crimen organizado. El robo del asno puso en marcha una larga cadena de pistas policiales que a la larga llevaron al registro del despacho de un rico abogado defensor y político, Antonino Ortoleva. Allí se descubrieron noventa cartas sospechosas en las que se hablaba de transacciones relacionadas con «sillas de montar» y peticiones de recomendación para «jóvenes estudiantes» de toda Sicilia. La policía consideró que se trataba de alusiones cifradas a robos de animales y criminales arrestados; pero en realidad la clave de interpretación no estaba nada clara, y es posible que las cartas hicieran referencia a la gestión de oscuros favores cotidianos, a manejos políticos comunes, antes que al crimen violento organizado. Pero la policía de Mori no se planteó estas dudas, afirmando que Antonino Ortoleva era nada menos que el jefe de la «Mafia interprovincial».
Poco después esa versión se vería respaldada cuando un hombre que afirmaba haber sido miembro de la banda envió una carta de confesión al subprefecto de Mistretta. Desde 1913 —decía— se había reunido regularmente un tribunal mafioso en el despacho de Ortoleva. Allí, bajo la presidencia de este último, los líderes mafiosos —un círculo integrado por otros profesionales y unos veinte matones— decidían el destino de cualquiera que supusiera un obstáculo para sus negocios. Poco después el soplón fue tiroteado en medio del campo.
En total, en agosto de 1928 se juzgó a 163 miembros de la «Mafia interprovincial». Ortoleva no acudió a las audiencias preliminares alegando que estaba enfermo. Entonces el juez ordenó que dos médicos le examinaran. Su conclusión fue inequívoca: «Ortoleva tiene una constitución normal; su temperatura es normal; no existen irregularidades en su sistema respiratorio y cardiovascular; sus órganos nerviosos y sensoriales son normales, como también su estado mental y su
inteligencia»[74]. Dos días más tarde fue hallado muerto en su celda.
No se sabe si hubo algún acto delictivo implicado en la muerte de Ortoleva. Pero lo cierto es que este no tuvo la oportunidad de dar su versión de la historia, o de implicar a otros. Ortoleva podía haber sido el capo de la organización establecida en torno a Mistretta o simplemente un cliente de los criminales, empujado, más o menos en contra de su voluntad, a favorecer los intereses de estos. Puede que hubiera sido asesinado para impedir que implicara a personas de más alta posición cercanas al régimen.
Hay muchas otras cosas que permanecen oscuras en relación con la «Mafia interprovincial». Aunque muchos de los acusados en el caso no se dedicaban a nada bueno, se ignora si realmente constituían una Mafia organizada y exclusiva según el modelo de las cosche de la Sicilia occidental y central. Bien pudiera ser que se tratara únicamente de los perdedores en una guerra entre facciones locales (si bien, en la década de 1980, Antonino Calderone, el mismo pentito que tan dolorosos recuerdos conservaba de la época fascista, se referiría a un descendiente de uno de los principales acusados de Mistretta como miembro de la Cosa Nostra).
Pese a todas estas dudas, en el clima ideológico de finales de la década de 1920 solo cabía un veredicto posible para un caso así. El valor propagandístico que comportaba desmantelar una gigantesca conspiración mafiosa centralizada era demasiado elevado; en consecuencia, ciento cincuenta hombres fueron convenientemente condenados por pertenecer a una organización criminal.
No a todos los mafiosos les fue mal bajo el fascismo. Fuentes oficiales norteamericanas calculan que quinientos de ellos escaparon de las garras de Mori emigrando a Estados Unidos; como se pondrá de manifiesto en los próximos capítulos, estos hallarían un acogedor refugio en la Norteamérica de la Prohibición. Otros descubrieron que el puño de hierro de la represión fascista a menudo ocultaba la palma de una mano untada por la corrupción. Giuseppe Genco Russo, el capo de Mussomeli, en la Sicilia central, sobreviviría a la operación de Mori para convertirse en uno de los más destacados hombres de honor de la posguerra. Durante las décadas fascistas de 1920 y 1930 acumuló un historial criminal que constituye un verdadero arquetipo del mafioso. Fue repetidamente acusado de robo, extorsión, asociación criminal, intimidación, violencia y homicidio múltiple. Pero una y otra vez se retiraron los cargos o fue absuelto por «falta de pruebas», la fórmula utilizada cuando los testigos estaban demasiado atemorizados para comparecer. Genco Russo incluso cayó en una de las redadas de Mori cerca de Agrigento, pero solo pasó tres años en la cárcel. En resumen, pues, la tan cacareada guerra del fascismo contra la Mafia dejó a Giuseppe Russo casi indemne. Lo más que se puede decir es que la creciente atención de que fue objeto por parte de las fuerzas del orden le supuso una molestia, y la «vigilancia especial» a la que se le sometió entre 1934 y 1938 sin duda obstaculizó sus operaciones. En 1944 se declaró oficialmente «rehabilitado» a Genco Russo. Pero obviamente no lo estaba.
El término mafia se acuñó para definir a una organización criminal, pero también para utilizarlo como arma política, como una acusación que lanzar a los adversarios. Cesare Mori reconocía esta verdad. «El calificativo de mafioso suele aplicarse absolutamente de mala fe —escribió—. Se usa en todas partes… como medio de
realizar venganzas, de desahogar rencores, de derribar a los enemigos.»[75] Sus palabras resultaban sorprendentemente poco sinceras. La «cirugía» que Mori aplicó al crimen organizado mostró que el fascismo llevaba hasta sus últimas consecuencias el viejo método de difamar a la oposición.
La ironía última de la campaña de Mori era que el mismo «prefecto de hierro» era también culpable de utilizar el calificativo de mafioso en sus propios intereses. En enero de 1927, cuando el Partido Fascista fue objeto de purgas, Mori logró anular la influencia en Roma de su rival, el jefe fascista de Palermo Cucco —el oftalmólogo que había compartido el estrado con él en Gangi—; el instrumento de su ira fue la acusación de que Cucco había ayudado a algunos jóvenes a fingir enfermedades oculares para evitar ser reclutados. Pero las difamaciones de Mori no se detuvieron aquí; Cucco no tardaría en ser acusado de fraude y de pertenecer a la Mafia. Hasta 1931 no conseguiría limpiar su nombre.
Pese a todas las camisas negras, insignias y eslóganes nacionalistas, la «operación Mori» fue tan ambivalente como todos los intentos anteriores de reprimir a la Mafia, ya que combinaba la brutalidad con la hipocresía. A largo plazo, la reputación del Estado en Sicilia no podía por menos que salir perjudicada, y los resultados de la guerra del fascismo contra la Mafia estaban destinados a no perdurar; la Mafia fue reprimida, pero no erradicada.
El 23 de junio de 1929, después de más de tres años y medio como prefecto de Palermo, Cesare Mori recibió un breve telegrama del Duce en el que se le comunicaba que su tarea había finalizado. Los cambios en el equilibrio de poderes del partido y del régimen habían socavado su respaldo. En su discurso de despedida a la federación fascista de Palermo, Mori probó a mostrarse modesto:
Queda el hombre, el ciudadano Mori, el fascista Mori, el luchador
Mori, el hombre Mori, vivo y vital. Hoy emprende su camino hacia el horizonte que se abre a todos los hombres, a todos los hombres de buena voluntad. Tengo mi estrella. Y la miro fielmente porque brilla, y seguirá brillando, a lo largo de un camino de trabajo y deber. Me guiaré por la luz de la Patria. Allí, amigos míos, nos encontraremos de
nuevo[76].
En realidad Mori estaba resentido por su destitución. A su regreso a Roma, el régimen evitó cuidadosamente darle la posibilidad de que creara problemas. El antiguo «prefecto de hierro» se entregó entonces a la confección de un ególatra y ampuloso relato de su «lucha mano a mano» con la Mafia. «Los hombres de acción hacen que las cosas sucedan, pero no las juzgan… De las palabras pasé inmediatamente a los hechos.» La prensa fascista apenas se hizo eco de su publicación. Evidentemente había fascistas que todavía no habían olvidado el día en que orinaron en las paredes de la prefectura, en Bolonia.
Durante la década de 1930 la tesis oficial fue que la tarea de Mori se había completado. El fascismo había derrotado a la Mafia; había resuelto el problema de una vez por todas. El sucesor de Mori ordenó a la prensa que minimizara las noticias sobre crímenes. Ya no habría más redadas ni juicios ejemplares. Resultaba mucho más fácil y menos llamativo limitarse a enviar a los sospechosos al exilio interior sin pasar por un adecuado proceso legal, al fin y al cabo así era como las autoridades se habían enfrentado a la Mafia durante la mayor parte de la era prefascista. Grises funcionarios fascistas se sucedían rápidamente unos a otros en los pasillos de los edificios públicos de Palermo. Con la atención del régimen centrada en otra parte, Sicilia se hundió en una ciénaga de corrupción y enfrentamiento entre facciones.
La muerte de Mori, en 1942, pasó prácticamente inadvertida. Al año siguiente el régimen fascista se vino abajo, y toda su labor se deshizo. Para la Mafia, la salvación vendría de Estados Unidos, ya que, en las mismas décadas en las que en Sicilia hubo de enfrentarse al socialismo, el fascismo y la guerra, la organización se convertiría en parte de la vida norteamericana.