Cosa Nostra
La hermandad de Favara: La Mafia en la región del azufre
LA HERMANDAD DE FAVARA: LA MAFIA EN LA REGIÓN DEL
AZUFRE
A principios del siglo XIX empezaron a aparecer manchas de un tono amarillento más enfermizo en medio del amarillo cereal de las tierras altas del interior de Sicilia. La isla tenía en la práctica un monopolio natural de un elemento que constituía una de las materias primas esenciales de la revolución industrial, el azufre, utilizado en la producción de gran cantidad de materiales, desde fungicidas y fertilizantes hasta papel, pigmentos y explosivos. Las llanuras y laderas de las provincias de la franja sudoeste y central de Agrigento y Caltanissetta se abrieron para dejar al descubierto el preciado elemento que yacía en gruesas vetas bajo la superficie. Era como si una enfermedad geológica congénita empezara finalmente a manifestar sus síntomas. En las regiones mineras podía verse a menudo un extraño humo azulado que emanaba de los calcaroni, enormes montículos enterrados de mineral de azufre que se quemaban lentamente liberando un líquido pardusco. Los humos envenenaban los campos de los alrededores y arruinaban la salud de hombres y animales. Y la vida en las minas de azufre resultaba aún más infernal que el paisaje; los hundimientos eran frecuentes y el menor incendio producía una humareda letal de dióxido de azufre. En 1883 murieron un centenar de hombres, y aquel no fue en absoluto un año atípico.
Las minas de azufre de Sicilia representaban un constante motivo de escándalo nacional, y no solo por sus riesgos físicos. Lo que más preocupaba a la opinión pública italiana era la cuestión de los niños, algunos de solo siete u ocho años, a los que se contrataba para formar pequeños equipos que se dedicaban a trasladar la roca desde el lugar de extracción hasta los calcaroni. Aquellos niños llevaban una vida desgraciada. Su miserable paga iba a parar directamente a sus padres; a menudo ellos no veían más que un raro cigarro o una copa de vino como recompensa a sus esfuerzos. Los enormes cestos de roca que acarreaban acababan por deformar sus cuerpos. Y lo que era aún peor, algunos observadores preocupados hablaban con pesimismo de sus «salvajes instintos de maldad e inmoralidad»; en las minas de azufre la pederastia era un mal endémico.
En marzo de 1883, en Favara, una población situada en el corazón de la región del azufre, no lejos de la costa sudoeste de Sicilia, un trabajador del ferrocarril acudió a la policía diciendo que le habían invitado a unirse a una sociedad republicana secreta llamada la Fratellanza (la «Hermandad»). La proposición se la había hecho un constructor, el cual le dijo que la sociedad empleaba unas señales especiales de reconocimiento que habría de utilizar si quería evitar ser atacado por otros miembros. El ferroviario se sintió amenazado e imaginó que detrás de aquella asociación había propósitos criminales.
La evidencia presentada por aquel ferroviario vino poco después de varias semanas de tensión y violencia en Favara. El problema empezó la tarde del primero de febrero, cuando un hombre fue abatido a tiros por dos encapuchados delante de una taberna en la que se estaba celebrando un bautizo. La policía supuso que el asesinato era la conclusión de una pelea que había tenido lugar en la taberna, e interpretó el hecho de que absolutamente ninguno de los invitados supiera identificar a los asesinos como un signo de complicidad. Todos los participantes en la celebración fueron detenidos.
Los rumores que corrían en Favara, sin embargo, afirmaban que la víctima era miembro de una organización criminal. Y aquellos rumores se hicieron aún más creíbles al día siguiente, cuando se encontró muerto a un miembro de una banda rival en las afueras de la población. Le habían disparado por la espalda y le faltaba la oreja derecha. Favara se encontró de pronto al borde de una guerra civil. En los días siguientes varios hombres de las dos facciones recorrieron la población en grupos, armados y en estado de alerta. Pero luego, de forma igualmente repentina, la tensión se disipó y la amenaza de una guerra entre las dos bandas no llegó a materializarse. Solo cuando el ferroviario contó su historia la policía pudo empezar a reconstruir lo que había sucedido.
Entre marzo y mayo de 1883 se arrestó a más de doscientas personas en Favara y sus alrededores. Uno de los líderes de la Hermandad fue capturado precisamente en el momento en que estaba iniciando a dos «hermanos» encapuchados. Resulta extraño que incluso tuviera en su poder una copia escrita de los estatutos de la asociación. Tras su detención confesó, explicando que los miembros echaban a suertes quién había de cometer cualquier asesinato que los líderes juzgaran necesario para los intereses de la Hermandad. Luego vinieron más confesiones. Se recuperaron esqueletos ocultos en grutas remotas, pozos secos y minas de azufre abandonadas. También se encontraron nuevas versiones de los estatutos y un diagrama de la organización de la Hermandad.
El juicio de la Hermandad tuvo lugar en 1885, en la iglesia de Santa Ana, en Agrigento, especialmente acondicionada para el caso. Ciento siete hombres, encadenados en cuatro grupos, se sentaron en el banquillo. En el juicio muchos de ellos negaron los cargos, afirmando que habían confesado bajo tortura. Pero la táctica no funcionó. Los «hermanos» fueron condenados y encarcelados, un raro ejemplo de éxito en la lucha contra una organización criminal.
El caso de la Hermandad de Favara proporcionaba a la policía una perspectiva única acerca del tipo de organización mafiosa que se desarrolló, a partir de Palermo, en las regiones azufreras de Agrigento y Caltanissetta. Pero tan significativo como los descubrimientos de los investigadores, que estos probaron ante el tribunal, resultaba el hecho de que fueran incapaces de ver la profunda influencia de la Hermandad en la sociedad que les rodeaba. Hoy los historiadores creen que la Hermandad era una organización mucho más sofisticada y peligrosa de lo que las autoridades juzgaron. Y si la Mafia ha sobrevivido durante tanto tiempo en la región del azufre, como lo ha hecho en el resto de la Sicilia occidental, se debe en parte —como en el caso de la Hermandad de Favara— al modo en que continuamente se la ha subestimado.
En realidad la Hermandad tenía solo unas semanas de vida cuando la policía supo de su existencia. Se había formado cuando los capos de las dos facciones de Favara se reunieron para tratar de la escalada de violencia desencadenada en la población a raíz del asesinato del bautizo. Curiosamente, dados los intereses en juego y la violencia del conflicto, los dos bandos no solo acordaron la paz, sino que también decidieron unirse y formar una sola organización.
Las reglas de la Hermandad eran más antiguas que la propia asociación, ya que las dos bandas que se unieron para formarla las seguían ya con anterioridad. Y para cualquiera que conozca la historia del doctor Galati y la Mafia de Uditore, resultan extraordinariamente familiares. El ritual de iniciación, por ejemplo: a los nuevos miembros se les pinchaba en el dedo índice para poder empapar una estampa sagrada con la sangre. Mientras se quemaba la estampa, el iniciado recitaba un juramento: «Juro por mi honor que seré fiel a la Hermandad, como la Hermandad me es fiel a mí. Tal como se queman este santo y estas pocas gotas de mi sangre, así también yo verteré toda mi sangre por la Hermandad. Tal como estas cenizas y esta sangre jamás podrán volver a su estado original, tampoco yo podré abandonar jamás la
Hermandad»[24]. Dado que la organización contaba con unos quinientos miembros reclutados en varias poblaciones azufreras cercanas a Favara, también hacía falta un ritual de reconocimiento. Al igual que en la versión de Palermo, este empezaba con una pregunta sobre un dolor de muelas y luego se pasaba a un intercambio de frases muy similar. (Un informe del fiscal jefe de Palermo al ministro de Justicia, fechado en 1877, afirmaba que el ritual se conocía en toda la isla).
La estructura de la Hermandad incluso presenta similitudes con la estructura de la Cosa Nostra que Tommaso Buscetta describiría por primera vez un siglo después. Los miembros de la Hermandad se dividían en decine, es decir, en grupos de diez. Cada decina tenía un jefe al que solo conocían sus miembros, pero cuya identidad resultaba desconocida para el resto de los «hermanos», con la excepción de uno solo de los capos.
Los investigadores descubrieron también que la organización consideraba el vínculo entre sus miembros más sagrado que los lazos familiares. Un miembro de la Hermandad de Favara, Rosario Alaimo, explicó a la policía que los «hermanos» le habían hecho acudir a una taberna para explicarle que su sobrino era un traidor; luego le dieron a elegir entre matar a su sobrino o morir él mismo. Al aceptar la primera opción, el temor le impulsó a demostrar su resolución con un brindis: «El vino es dulce, pero la sangre de un hombre es más dulce todavía». Unos días después ayudó a atraer a su sobrino a una trampa para que otros «hermanos» pudieran matarle. Como prueba de su confesión, Alaimo condujo a la policía hasta un castillo en ruinas donde estaba oculto el cuerpo de su sobrino. Luego, tras regresar a su celda, se ahorcó. Se dijo que deseaba que su propio fin reflejara lo más fielmente posible el modo en que había sido asesinado su sobrino: a garrote.
Aún hoy la Mafia tiene un gran cuidado en el manejo de las relaciones consanguíneas entre sus miembros. Dado que el parentesco puede ayudar a la cohesión de una «familia», es frecuente que se incorpore a sobrinos, hermanos e hijos a la organización. Pero el afecto por un pariente también puede resultar desestabilizador si interfiere con el primer deber de obediencia al capo. En consecuencia, a veces se obliga a los mafiosos a mostrar de forma dramática dónde reside en última instancia su lealtad. Si eres un mafioso y tienes un hermano que también es un hombre de honor y quebranta las reglas, bien pudiera ser que se te ofreciera la misma cruda disyuntiva que los «hermanos» le ofrecieron a Alaimo: o tú le matas a él o moriréis los dos. En tales casos ha de verse que la empresa es lo primero. Para algunos hombres de honor, la eliminación de un miembro de la «familia» puede convertirse incluso en motivo de orgullo. Como alardeaba el cautivo mafioso Salvatore Totuccio Contorno en la década de 1980, «soy el único que puede
mancharse las manos con mi propia sangre»[25].
La semejanza entre las reglas de la Hermandad y las adoptadas por las cosche de los alrededores de Palermo resultaba asombrosa incluso en 1883. Pero su trascendencia parece haber escapado en gran medida a los jueces y criminólogos de la época. Favara y Palermo se encuentran en costas opuestas, separadas por cien kilómetros del montañoso interior de Sicilia, con sus pésimas carreteras. Que las mafias de dos lugares tan distintos compartieran las mismas reglas probablemente lo explique el hecho de que, antes de 1879, algunos de los «hermanos» más destacados habían sido confinados en prisiones insulares como la de Ustica junto a mafiosos de Palermo. Fue en la cárcel donde aquellos hombres oyeron hablar por vez primera de la Mafia y, posiblemente, fueron iniciados en la organización. Y una vez liberados, mantuvieron vínculos con mafiosos de otras partes de Sicilia. Formar parte de aquella Mafia originaria equivalía a unirse a una banda local, pero también era un pasaporte para un mundo más extenso de conexiones criminales.
Los fiscales del caso de la Hermandad de Favara creyeron que los rituales que mantenían unida a la organización eran meramente «primitivos». Sugirieron que los principales motivos de la existencia de la Hermandad eran los burdos instintos de vendetta y de omertà. Un magistrado habló incluso del «bárbaro misticismo» de la ceremonia de iniciación, calificando de «canibalismo puro» el brindis que Alaimo había hecho después de haber aceptado ayudar a matar a su propio sobrino.
Términos como «primitivo» y «atrasado» marcan una de las grandes lagunas en el conocimiento de la Mafia por parte de la Italia del siglo XIX, tal como se pondrá de manifiesto en el próximo apartado. En este caso contribuyeron a alejar la atención de lo que casi con certeza constituía el verdadero y tácticamente astuto papel de la Hermandad en la economía local del azufre. De los 107 hombres juzgados por ser miembros de la banda, 72 trabajaban en la industria azufrera. Además de mineros, había capataces e incluso propietarios de minas de poca monta. Esos intereses mineros compartidos probablemente expliquen por qué las dos bandas rivales lograron unirse para formar la Fratellanza: la racionalidad económica triunfó sobre el deseo de venganza. El juicio también puso al descubierto la red de protectores de la Hermandad: terratenientes, nobles y exalcaldes tuvieron que someterse a interrogatorio. Pero nadie pensó en preguntar exactamente por qué aquellos notables trataban de proteger a los «primitivos».
Pese a su carácter infernal, las minas de azufre de Sicilia se gestionaban de una manera casi tan sofisticada como los limonares. Los niños a los que se trataba poco menos que como bestias de carga constituían el último eslabón de una larga cadena de contratistas y subcontratistas. Los terratenientes arrendaban los derechos mineros a empresarios; estos contrataban a capataces a comisión; los capataces, por su parte, contrataban a agrimensores, vigilantes y mineros. A medida que la cadena se hacía más larga, los riesgos de tratar con una mercancía que se comercializaba en los mercados internacionales se iban diluyendo.
Los propios mineros —los denominados «picadores»— cobraban a tanto la pieza. Eran ellos quienes contrataban a los equipos de niños. Formaban una cuadrilla de hombres duros y pendencieros conocidos por sus criminales arrebatos alcohólicos. Para los estándares de la época y del lugar, estaban lejos de ser pobres; antes al contrario, venían a ser como una especie de empresarios. Algunos de ellos incluso tenían a su cargo a otros tres o cuatro mineros. A muchos les gustaba hacer gala de su estatus social tan duramente conseguido. Una observadora, una mujer británica casada con un terrateniente de la región del azufre, escribió, hablando del típico picador: «Es muy ambicioso en su manera de vestir, y suele vérsele los domingos ataviado con fina tela negra, botas altas de charol y una larga capa con capucha de
fino paño oscuro forrada de verde»[26] (se ignora si la capucha que ostentaban los «hermanos» tenía un significado ritual, o constituía un símbolo del estatus de picador, o ambas cosas).
El del azufre era un negocio muy competitivo para todo aquel que participara en él. Y al igual que en la mayor parte de la Sicilia occidental, la violencia podía proporcionar una ventaja sobre los competidores. En cada uno de los niveles de la jerarquía que iba desde el terrateniente hasta el minero, la capacidad de usar la fuerza de una forma organizada y tácticamente astuta constituía un activo económico clave. Empresarios, gerentes, capataces, vigilantes y picadores podían formar cárteles para echar a sus rivales. Como los limonares de los alrededores de Palermo, las minas de azufre eran terreno abonado para las organizaciones criminales.
Cuando se observa sin los prejuicios «primitivistas», el caso de la Hermandad de Favara también proporciona una primera pista de lo que significa ser un «padrino» de la Mafia. No es un hecho fortuito que el asesinato que en última instancia condujo a la fundación de la Hermandad se llevara a cabo en un bautizo. Matar a un hombre en un bautizo representaba una ofensa calculada dirigida no solo contra una familia, sino contra toda una banda enemiga. De ahí que el asesinato tuviera una réplica igualmente calculada y a la segunda víctima se le cortara la oreja después de haberle disparado por la espalda.
En Sicilia, como en una gran parte del sur de Italia, los bautizos no eran tan importantes por el propio bautismo del niño como por el hecho de que la ceremonia equivalía también a dar la bienvenida a un nuevo padrino a la familia. Bautizar al niño convertía al padre y al padrino en compari, es decir, «compadres». Era un compromiso solemne; incluso los hermanos que se convertían en compadres tenían que dejar de utilizar el tuteo familiar para pasar a tratarse de usted. Durante el resto de su vida cada uno de los dos compadres estaría obligado a responder a los requerimientos del otro, fueran del tipo que fueren. Los campesinos y mineros del azufre explicaban numerosos relatos espeluznantes sobre la terrible venganza que Juan el Bautista, el santo patrón de los compari, tornaría sobre cualquier hombre que traicionara a su compadre.
La institución conocida como comparatico, o «compadrazgo», constituía una especie de cemento social: ampliaba los vínculos familiares en el seno de la sociedad, alentando la paz y la cooperación. Dos hombres que se llevaran a matar podían decidir enterrar sus diferencias y convertirse en compari con el fin de evitar una disputa violenta que no haría sino perjudicar a sus dos familias. Un trabajador podía reclutar a un hombre más influyente como padrino de su hijo, ofreciéndole deferencia y lealtad con la esperanza de obtener futuros favores a cambio. Elegir a un padrino poderoso para tu hijo podía significar conseguir un empleo en la mina de azufre, o algo de tierra para cultivar, o un préstamo o un donativo.
Pero convertirse en padrino a veces tenía también un lado oscuro. La expresión siciliana fari u compari («actuar como compadre») significaba también ser cómplice, ayudar a alguien a cometer un acto ilegal. Si bien el vínculo entre los compari podía ayudar a mantener unida la sociedad, también podía unir a los hombres en un pacto criminal. Los mafiosos solían fortalecer los vínculos existentes entre ellos convirtiéndose en compadres. A los hombres de honor de mayor categoría se les denominaba en ocasiones «padrinos» remedando el prestigio que revestía ese título en la sociedad. Aún hoy, igual que un compare supervisa el bautismo del bebé, también el padrino de la Mafia preside la iniciación de un joven recluta, su renacimiento como hombre de honor.
Desde el primer momento la Mafia ha sido una organización extremadamente sofisticada en su manera de infiltrarse en los principales sectores de la economía siciliana; pero no lo ha sido menos en su modo de adoptar y adaptar cualesquiera fuentes de lealtad propias de la cultura siciliana que pudiera utilizar para sus propios fines criminales. En otras palabras, la Mafia es cualquier cosa menos atrasada.