Cosa Nostra

John Dickie · Capítulo 11 de 46

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«La llamada Maffia»: Cómo la Mafia tomó su nombre

«LA LLAMADA MAFFIA»: CÓMO LA MAFIA TOMÓ SU

NOMBRE

En el dialecto de Palermo, el adjetivo mafioso antaño significaba «hermoso», «atrevido», «seguro de sí mismo». Cualquiera que mereciera el calificativo de mafioso estaba dotado, pues, de algo especial, de un atributo denominado mafia. Un mafioso era alguien que gustaba y que se pavoneaba de ello.

El término mafioso empezó a tener connotaciones criminales a partir del enorme éxito de una obra de teatro escrita en dialecto siciliano, I mafiusi di la Vicaria («Los mafiosos de la [cárcel de] Vicaria»), representada por primera vez en 1863. Los mafiusi son una banda de reclusos cuyos hábitos, vistos retrospectivamente, resultan muy familiares. Tienen un jefe y un ritual de iniciación, y en la obra también se habla mucho de «respeto» y de «humildad». Los personajes utilizan el término pizzu para referirse a los pagos a cambio de protección, tal como hacen los mafiosos actuales (el término significa «pico» en siciliano). Al pagar el pizzu, se permite que alguien «moje el pico». Aunque esta acepción de pizzu inició su vida como argot carcelario, es casi seguro que se incorporó al habla normal gracias a la obra. Así, un diccionario siciliano de 1857 menciona únicamente la acepción de «pico», mientras que otro, de 1868, explica ya el significado alternativo de «dinero procedente de la extorsión».

El hecho de que la acción de I mafiusi di la Vicaria se desarrolle en la cárcel de Palermo también concuerda con lo que sabemos acerca de dicha cárcel, que no tardaría en ver confirmado su carácter de escuela de negocios, núcleo de pensamiento, laboratorio lingüístico y centro de comunicaciones del crimen organizado siciliano. Un observador de la época la denominaba «una especie de gobierno» de las bandas criminales.

I mafiusi di la Vicaria es en esencia una fábula sentimental sobre la redención de los criminales. Esta primera representación literaria de la Mafia es también la primera versión del mito de la Mafia buena, una Mafia honorable que protege a los débiles. El jefe de la banda impide que sus hombres se metan con los prisioneros indefensos, y se arrodilla para rezar y pedir perdón después de que haya sido asesinado un hombre que había hablado con la policía, al parecer por error. En un desenlace muy poco plausible, el capo deja la banda y se une a un grupo de autoayuda para trabajadores.

No se sabe casi nada de los dos autores de I mafiusi, aparte de que eran miembros de una troupe de actores itinerantes. La leyenda teatral siciliana dice que I mafiusi se inspiró en la información que les había facilitado el dueño de una taberna de Palermo implicado en el crimen organizado. Se supone que el personaje del jefe de la banda se basa en este gángster de la vida real. No hay manera alguna de confirmar esta historia, por lo tanto, I mafiusi está destinada a seguir siendo un enigmático documento histórico.

En la obra, el término mafiosi se utiliza una sola vez, precisamente en el título: I mafiusi di la Vicaria (probablemente se introdujo en el último momento para ayudar a dotar a la pieza del sabor local que esperaba el público de Palermo); por su parte, el término mafia no aparece en absoluto. En cualquier caso, fue a raíz del gran éxito de I mafiusi cuando los términos mafia y mafioso empezaron a aplicarse a criminales que parecían actuar de manera similar a los personajes de la obra. Desde el escenario, la nueva acepción de dichos términos se filtró hasta la calle.

Pero no bastaba una obra de teatro para dar su nombre a la Mafia. No cabe duda de que el barón Turrisi Colonna conocía I mafiusi cuando escribió su informe a finales de 1864, ya que incluso el propio hijo y heredero del rey de Italia había viajado a Palermo para ver una representación de gala en la primavera de aquel mismo año. Sin embargo, Turrisi Colonna se refería solo a «la secta», y no hablaba de Mafia ni de mafiosos. Los criminales y matones que conocía no se calificaban a sí mismos de mafiosos ni se referían a su secta como «la Mafia».

De hecho, fue solo en el momento en que las autoridades italianas supieron de la existencia de la Mafia cuando el término se incorporó al uso general y se convirtió en parte significativa de la propia historia de la secta. Aunque fue I mafiusi di la Vicaria la que empezó a dar a la palabra mafia su acepción criminal en las calles de Palermo, sería el gobierno italiano el que convertiría el término en objeto de debate nacional.

La historia de cómo se hizo tal cosa revela lo tortuoso y violento que resultaba gobernar Sicilia en los años inmediatamente posteriores a la heroica expedición de Garibaldi de 1860. Muchos sicilianos creían que el reto de gobernar su isla había llevado al gobierno italiano a abandonar por completo sus principios progresistas. Quienes criticaban al gobierno aducían dos casos en concreto: la denominada «conspiración de los acuchilladores» y la tortura de Antonio Cappello. Fueron casos como estos los que despojaron completamente de credibilidad al Estado e hicieron que muchos sicilianos se mostraran extremadamente renuentes a confiar en él para ningún asunto; y no digamos cuando se empezó a quejar de la Mafia.

Quizá el más extraño crimen en la larga historia de fechorías de Palermo fue el que la prensa bautizó como la «conspiración de los acuchilladores». La tarde del 1 de octubre de 1862, en una operación sincronizada llevada a cabo en una reducida zona de Palermo, surgieron varios matones de entre las sombras para acuchillar a doce ciudadanos elegidos al azar, uno de los cuales falleció posteriormente a consecuencia de las heridas. La policía solo pudo capturar en el acto a uno de los agresores, limpiabotas y buhonero, que también constaba en los archivos como espía de la policía bajo el antiguo régimen borbónico. Su confesión condujo a la detención de los otros once «acuchilladores», que habían sido contratados para hacer su trabajo.

Aquellas agresiones provocaron una gran consternación en Palermo. Cuando tuvo lugar el juicio de los acuchilladores, a principios de 1863, se produjo un enorme interés público. Solo se sentaron en el banquillo los doce hombres que habían llevado a cabo materialmente los ataques. El juez condenó a muerte a los tres cabecillas; los demás fueron condenados a trabajos forzados.

Sin embargo el tribunal mostró una curiosa falta de interés en descubrir quién había financiado la conspiración y qué objetivos perseguía. Uno de los acuchilladores había nombrado a un noble siciliano apellidado Sant’Elia, próximo a la familia real italiana, como la persona que se hallaba detrás del complot; pero jamás fue siquiera interrogado. Los periódicos de la oposición mostraron su desdén; unas evidencias lo suficientemente sólidas como para condenar a muerte a tres pobres desgraciados al parecer no se consideraban lo bastante firmes como para desencadenar una investigación preliminar sobre un miembro del nuevo establishment italiano (resultaba asimismo que Sant’Elia era el jefe de una logia masónica).

Siguieron produciéndose otras agresiones con arma blanca similares a los acontecimientos del 1 de octubre de 1862. Era evidente que quienquiera que hubiera provocado la conspiración todavía no había logrado su objetivo. Se inició una segunda investigación, pero esta vez se consideró al noble italiano el principal sospechoso, y su palacio fue registrado. Como respuesta, las autoridades se apresuraron a cerrar filas, y el rey eligió deliberadamente a Sant’Elia para que le representara en las celebraciones de Pascua de Palermo. El caso fue perdiendo impulso, las agresiones cesaron y finalmente los investigadores abandonaron Sicilia.

Sigue siendo un misterio si realmente era Sant’Elia quien estaba detrás de la conspiración de los acuchilladores, aunque actualmente la ponderación de las evidencias parece sugerir que no. Lo que sí es cierto es que la conspiración vino desde las instituciones. O bien fue ideada por los políticos de Palermo como una forma de convencer al gobierno nacional de que pusiera mayor poder en sus manos, o bien sucedía que el gobierno nacional estaba utilizando tácticas terroristas para tratar de sembrar el pánico, acusar a la oposición de los crímenes y generar un clima propicio a la represión. Posteriormente, en la historiografía italiana estas actividades pasarían a conocerse como la «estrategia de tensión».

Un año después de los primeros apuñalamientos se produjo otro episodio que provocó nuevas sospechas con respecto a las autoridades. El clima político de la época —finales de 1863— resultaba extremadamente exacerbado incluso en relación con lo habitual en la Sicilia inmediatamente posterior a la unificación, debido a la brutal campaña que se estaba llevando a cabo para detener en toda la isla a un número aproximado de veintiséis mil personas entre soldados desertores y hombres que habían eludido el servicio militar. A finales de octubre, un periodista de la oposición empezó a investigar la noticia de un joven que era retenido contra su voluntad en el hospital militar de Palermo. El periodista encontró al obrero Antonio Cappello postrado en la cama, con más de ciento cincuenta pequeñas quemaduras de forma circular en todo su cuerpo. Los médicos afirmaron que las quemaduras formaban parte del tratamiento de Cappello, y aquella teoría tan poco plausible se vería posteriormente respaldada por una investigación judicial.

La verdad era que Cappello había entrado en el hospital completamente sano. Tres médicos militares del norte de Italia le habían privado de alimento, golpeado y torturado poniéndole en la espalda botones de metal al rojo vivo. Su objetivo era hacerle confesar que era un desertor.

Al final Cappello logró convencer a los médicos de que era sordomudo de nacimiento y de que no estaba fingiendo serlo para eludir el servicio militar. Poco después de su liberación, el 1 de enero de 1864, por las calles de Palermo circulaban fotos de su cuerpo torturado con un pie redactado por el periodista en el que se acusaba al gobierno de bárbaro. Al cabo de tres semanas, y a instancias del ministro de la Guerra, el médico de la cárcel fue condecorado por el rey con la Cruz de los Santos Mauricio y Lázaro. A finales de marzo se anunció que no se procesaría a los torturadores.

Durante una década y media tras la unificación de Italia, las autoridades se inclinaron en repetidas ocasiones por una respuesta ciegamente represiva frente a la indisciplinada isla, solo para volver a duras penas a principios decentes que luego eran incapaces de mantener, o para hundirse en la complicidad con sombríos personajes locales. Este vaivén les ayudó a conseguir una extraordinaria hazaña en lo que a imagen política se refiere; el Estado italiano logró parecer brutal, ingenuo, hipócrita, incompetente y siniestro, todo al mismo tiempo.

Resulta difícil no mostrar cierta comprensión por la difícil situación del gobierno al enfrentarse a una serie de tareas enormes: construir un nuevo Estado prácticamente de la nada afrontando a la vez una guerra civil en el sur del país, la agobiante deuda pública, la perspectiva de un ataque por parte de Austria, y una población en la que más del 95 por ciento hablaba toda una serie de dialectos y lenguas distintas del italiano. Para un gobierno tan hambriento de credibilidad, la idea de que pudiera existir una diabólica conspiración secreta contra él era como el maná. Y ese fue precisamente el primer uso escrito que se dio al término mafia por parte de una de las personas que dentro del gobierno postulaban la existencia de una conspiración.

El 25 de abril de 1865, dos años después de la tortura de Antonio Cappello, el recién nombrado prefecto de Palermo, el marqués Filippo Antonio Gualterio, envió un alarmante informe secreto a su jefe, el ministro del Interior. Los prefectos como Gualterio eran funcionarios clave en el nuevo sistema de administración italiano; representaban los ojos y los oídos del gobierno en las ciudades, con responsabilidad de vigilar a la oposición y supervisar el mantenimiento de la ley y el orden. En su informe Gualterio hablaba de «una grave y duradera falta de entendimiento entre el país y las autoridades». Esta fractura se traducía en una situación que permitía «la

llamada [18] Mafia, o asociación criminal, actuar con mayor audacia». Durante las periódicas revoluciones de mediados del siglo XIX en Palermo —escribía Gualterio—, la Mafia había desarrollado el hábito de ofrecer su poder a distintos grupos políticos como una manera de aumentar su influencia, y ahora estaba de parte de cualquiera que se opusiera al gobierno. Así pues, con el informe de Gualterio, los rumores sobre la Mafia que circulaban por las calles de Palermo llegaron por primera vez a oídos de los gobernantes de Italia.

El prefecto Gualterio se mostraba bastante explícito a la hora de señalar qué buena ocasión ofrecía la Mafia para desencadenar una represión. El gobierno — explicaba— podía enviar legítimamente el ejército para afrontar aquella emergencia criminal, y de paso dar un golpe mortal a la oposición; o al menos eso esperaba. Como resultado del informe de Gualterio, quince mil soldados pasaron casi 9 meses tratando de desarmar a la población, arrestar a quienes habían eludido el servicio militar, dar caza a los criminales en fuga y perseguir a la Mafia. Los detalles de esta campaña militar (la tercera en muy pocos años) no son importantes para lo que aquí nos interesa, baste con decir que fracasó.

Gualterio formaba parte de quienes postulaban la existencia de una conspiración; pero no era un fantasioso: no hizo aparecer la Mafia de la nada con el solo propósito de justificar la represión. En algunos aspectos su análisis de «la llamada Maffia» seguía la misma argumentación que el de Turrisi Colonna. El crimen organizado era parte integrante de la política de la isla. El oportuno «error» de Gualterio consistía simplemente en afirmar que todos los villanos estaban en el mismo bando del espectro político: el de la oposición. Como demostraría posteriormente la revuelta de 1866, algunos de los mafiosos más importantes, como Antonino Giammona, ahora ya no eran revolucionarios, sino partidarios del orden.

Desde el día del informe de Gualterio, el término mafia se incorporó rápidamente al uso generalizado y al mismo tiempo se convirtió en objeto de una furiosa controversia. Por cada persona que utilizaba la palabra mafia para referirse a una conspiración criminal había otra que sostenía que el término no representaba nada más amenazador que una forma peculiarmente siciliana de confiado orgullo. Gualterio fue, pues, el que levantó aquella misma nube de polvo —el desconcierto sobre lo que significaba el término mafia— con la que se encontrarían Franchetti y Sonnino en sus viajes por Sicilia una década después; una nube de polvo que solo lograría dispersar finalmente el juez Giovanni Falcone.

Al dar su nombre a la Mafia en aquellas circunstancias, Gualterio realizó una contribución fundamental a la imagen de la organización, ya que desde entonces tanto la Mafia como sus políticos han afirmado con frecuencia que Sicilia ha sido maltratada y malinterpretada. El gobierno —se quejan— ha inventado la idea de que la Mafia es una organización criminal como pretexto para oprimir a Sicilia; otra versión más de la teoría de la «caballerosidad rústica». Una de las razones por las que tales protestas han logrado cierto apoyo durante los últimos ciento cuarenta años es que en ocasiones han sido fundadas. Los funcionarios italianos se han visto constantemente tentados a etiquetar de mafioso a cualquiera que se mostrara en desacuerdo con ellos.

Cuando el gobierno italiano ha actuado de esa manera hipócrita, no ha hecho sino reforzar la reputación de la Mafia. Así, cuando Gualterio dio su nombre a la Mafia, inconscientemente puso en marcha lo que se podría denominar la estrategia de posicionamiento «de marca» de la Mafia frente a su principal competidor. Después de Gualterio, cada medida de fuerza que fracasaba a la hora de enjuiciar a la Mafia — cualquiera que fuera el significado que el gobierno le diera a este término— servía en cambio para socavar aún más la confianza en el Estado y, en consecuencia, para aumentar la verdadera reputación de la Mafia no solo por ser inteligente y mostrarse inmune al enjuiciamiento, sino también por ser más eficaz e incluso más «justa» que el Estado.

Habría de pasar más de un siglo desde el informe de Gualterio para que alguien escribiera perceptivamente sobre la adecuación de la Mafia a su propio nombre. El autor en cuestión sería el novelista Leonardo Sciascia, cuyo relato breve de 1973 Filología se desarrolla en un entorno contemporáneo y adopta la forma de un diálogo imaginario entre dos sicilianos anónimos sobre el significado de la palabra mafia. El más culto de los dos, evidentemente un político, pretende sobre todo exhibir su erudición, citando una lista de un siglo de definiciones contradictorias en los diccionarios, y explicando que probablemente el término mafia se deriva del árabe. Con la característica indecisión de un caballero erudito —uno se lo imagina como un hombre corpulento de sesenta y tantos años, ataviado con un arrugado traje—, se niega a optar por un significado concreto de la palabra. El hombre más joven es mucho más práctico; la imagen que se forma en la mente del lector es la de un personaje rechoncho, de mediana edad y rostro anodino cubierto por unas modernas gafas de sol. Pese al respeto que evidentemente siente por su compañero de discusión, no puede disfrazar el hecho de que todo ese debate académico no hace más que ponerle nervioso. Él prefiere oír que mafia no define sino la viril arrogancia de alguien que sabe cómo velar por sus propios intereses.

Al final, evidentemente, resulta que los dos personajes del relato de Sciascia son mafiosos, y que su diálogo es un ensayo para el caso de que tengan que comparecer ante una comisión de investigación parlamentaria. El hombre de más edad dice que se siente tan seguro que incluso pedirá a la comisión que le deje hacer su «pequeña contribución»; «una contribución a la confusión, ya me entiendes». En algún momento a partir de 1865 —sugiere Sciascia—, el nombre de mafia se convirtió en una pequeña broma de la propia Mafia siciliana a costa del Estado.

 

Si hemos de creer a las fuentes —y en la historia de una sociedad secreta como la Mafia ese «si» resulta inevitablemente de gran importancia—, entonces la secta surgió en los alrededores de Palermo cuando diversos bandidos violentos e inteligentes, miembros de las «partidas», gabelloti, contrabandistas, ladrones de ganado, vigilantes de fincas, granjeros y abogados unieron sus fuerzas para especializarse en la industria de la violencia y compartir un método para adquirir poder y riqueza que se perfeccionó en el negocio del cultivo de limones. Luego aquellos hombres extendieron sus métodos entre los miembros de sus familias y sus contactos comerciales. Cuando pasaron alguna temporada en la cárcel, lo extendieron también entre los otros reclusos. Esta secta se convirtió en la Mafia cuando el nuevo Estado italiano hizo los primeros torpes intentos de reprimirla. Así, a mediados de la década de 1870 como muy tarde, y cuando menos en la zona de Palermo, los componentes más importantes del método de la Mafia se hallaban ya firmemente establecidos. La Mafia contaba ya con los ingresos de la extorsión y con poderosos amigos políticos, y tenía asimismo su estructura celular, su nombre, sus rituales y a un Estado poco fiable como competidor.

El gran imponderable es si en este momento de la historia había una sola Mafia o muchas de ellas. No está claro cuántas de las «mafias» a las que aludían las autoridades en distintas partes de Sicilia en las décadas de 1860 y 1870 no eran sino bandas autónomas; puede que se limitaran a copiar unos métodos que ya se habían generalizado, o que realmente se reconocieran como parte de la misma fraternidad que el capo de Uditore Antonino Giammona. El problema estriba en cómo interpretar los documentos históricos. Las autoridades solían aludir a la Mafia, pero no todo lo que calificaban de «mafia» formaba parte, ni mucho menos, de la verdadera Mafia. Es evidente que algunos policías se mostraban demasiado entusiastas a la hora de tergiversar los hechos para que encajaran en las historias de conspiración que sus amos políticos necesitaban esgrimir contra sus rivales.

La descripción de la secta que hiciera en 1864 el barón Turrisi Colonna tiene una gran importancia en esta cuestión debido a su estrecha relación con la Mafia, y Turrisi Colonna hablaba inequívocamente de una sola «gran secta». Pero también es posible que tal creencia se derivara de su perspectiva basada en Palermo, y que no sea válida para el resto de la Sicilia occidental. Existen también, a manera de contraste, numerosos informes policiales del período 1860-1870 que hablan de bandas distintas enfrentadas entre sí en muchas ciudades y pueblos. Sin embargo no constituyen un indicio fiable de que hubiera distintas mafias; las disputas aludidas podían haberse generado fácilmente en el seno de una misma organización, del mismo modo que hoy en día la Cosa Nostra tiene sus guerras internas.

Independientemente de cómo se interpreten todas estas evidencias, su propia existencia plantea una cuestión. Si la Mafia existía ya en las décadas de 1860 y 1870, y si los historiadores actuales han sido capaces de encontrar evidencias de ello, entonces toda la información necesaria para conocer la Mafia y enfrentarse a ella debía de haber estado al alcance de las gentes de la época. En 1877 Italia contaba con el opúsculo de Turrisi Colonna, la investigación parlamentaria sobre la revuelta de 1866, el informe de Franchetti sobre la «industria de la violencia», el memorándum del doctor Galati al ministro del Interior, y muchas más cosas. La cuestión es, entonces, por qué nadie fue capaz de detener a la Mafia. Parte de la respuesta es que el Estado italiano sencillamente tenía demasiados problemas que abordar al mismo tiempo. Pero la razón principal resulta mucho más sórdida, ya que 1876 marca precisamente el momento en el que la Mafia se convirtió en parte integrante del sistema de gobierno italiano.