Crezco
Capítulo 10
Cuando nos reunimos delante del instituto esta mañana, Abby Hall no estaba. Me sentí liberado, un triunfador.
Una adivina me dijo el año pasado en Brighton que lograría todo lo que me propusiera. Quizá esté empezando a cumplirse. Quizá saque cuatro sobresalientes y escriba un premio Booker y me tire a Georgia Treely. Solo que todo esto no pasará porque me faltan motivación, talento y encanto.
Vamos en el autobús. Huele a señora mayor y a mareo. Tenaya está leyendo a Sylvia Plath y permanece en silencio, incansable. El aire es chocolate. Todo el mundo tiene la boca ocupada con cotilleos sexuales o comiendo patatas sabor vinagre y sal. Estamos parados, pero ya se me empieza a revolver el estómago.
El conductor del autobús se presenta, se llama Ben; intenta ganarse nuestro favor con humor («¿Qué hizo el autobús cuando chocó con la panadería? Pan») y arranca. El ruido del motor, unido al movimiento ebrio del autobús, crea un suave veneno que convierte mis tripas en un dolor punzante.
Vamos a Plymouth en una excursión de Psicología. Es un viaje optativo «divertido», como premio por el duro trabajo que supondrán los exámenes. Nos quedaremos en un hostal y nos llevarán a una charla con varios asesinos y violadores. Seguramente intentarán darle a la charla algún giro interesante para sorprendernos o divertirnos. Creo que me aburriré y me pondré en plan cínico porque estaremos escuchando a gente mala que ha hecho cosas malas cuando preferiría escuchar a gente buena que ha hecho cosas buenas, aunque eso es menos útil en Psicología. —O, al menos, para el tipo de psicología que damos en el instituto—. Debería haber optativas, Psicología Positiva y Negativa, porque Psicología consiste básicamente en estudiar a asesinos en serie y esquizofrénicos, mientras que yo preferiría estudiar a gente enamorada y niños que han superado el cáncer.
Algunas chicas quizá encuentren atractivos a los asesinos. Ana Korsakov dijo una vez que Jeffrey Dahmer «estaba muy bueno» y que tenía «un aire misterioso». Es un estadounidense que mató a diecisiete personas e intentó convertirlas en zombies sexuales. También puede que alguna de las chicas encuentre atractivos a los violadores porque sé al menos de tres que fantasean con ser violadas. Por ejemplo, cuando me tiré a Sarah Ivor, intentó que la asfixiara.
El segundo día también visitaremos un museo del crimen.
La señora Norton está leyendo la lista con una voz que parece un lloriqueo acolchado. Aunque no es profesora de Psicología, viene porque uno de los profesores está en la boda civil de su hermana. El profesor de Psicología que no está en una boda gay se llama señor Mandalay y hoy se le ve particularmente nervioso. Al señor Mandalay le gusta la música folk, divagar y las noches junto al fuego. Me enteré de todo esto una noche que Tenaya y yo estábamos borrachos y nos pusimos a buscar a los profesores solteros en webs de citas.
—¿Kimberley Acheman? —lee la señora Norton.
—Sí.
—¿Sarah Asti?
—Sí.
—¿Imran Balki?
—Sí, señor.
Hay una pequeña explosión de risas. La señora Norton está sorda.
—James Falk?
—Sí.
—¿Abby Hall? —Pausa embarazosa—. ¿Abby?
A las chicas de la fila de atrás les da un ataque de risa.
—Tiene un permiso de maternidad, señor.
La señora Norton murmura «¡Infieles!», y sigue leyendo la lista. Me siento un poco culpable, pero tampoco me agobia el tema.
—¿Ha funcionado? —pregunta Tenaya.
—Parece que sí.
—¿Sabe que lo hiciste tú?
—Le envié un mail para desmarcarme de la carta. No me ha contestado. Imagino que sus padres le han prohibido utilizar el ordenador.
—Se enterará.
Tenaya vuelve a sumergirse en el fino libro con un sutil giro de la cabeza.
Abby Hall no se enterará y, aunque se entere, no importa. Ahora mismo solo me interesan las consecuencias a corto plazo, es decir, un viaje sin Abby y una casa de campo sin Abby. Libertad para llevar a cabo el Plan Georgia. Me encargaré de las consecuencias del tema Abby cuando se presenten. Este tipo de pensamiento a corto plazo se llama miopía. Es peligroso.
—¿Sabes qué? —pregunta Ping con la cara metida entre los dos asientos que tenemos delante.
—¿Qué? —le pregunto.
En respuesta, saca una enorme bolsa con autocierre llena de marihuana. Sonrío.
—El viaje estará genial —me dice antes de darse la vuelta.
La emoción indirectamente derivada de las drogas disminuye durante las siguientes dos horas. Tenaya termina el libro y se queda dormida apoyada en mi hombro. Lío una lata entera de tabaco y una de las chicas de detrás amenaza con contárselo a la señora Norton hasta que Ping se levanta y dice:
—¿Qué es eso, Susie? ¿Exceso de equipaje?
(Ping se lo comió a Susie Smith en una fiesta el año pasado y después lo describió como un «cuello de pavo»). Cuando Ping se duerme, envío mensajes de «me pones cachondo» desde su móvil a sus primas. Me como una barrita de cereales Nutri-Grain y me quedo dormido de aburrimiento.
* * *
Urgh. Plymouth es una blitzkrieg de cemento horrible. Si fuera una persona, sería de las que comen lo mismo todos los días y se masturban con fotos de trenes de vapor. Todos los edificios parecen haber sido diseñados por un urbanista maníaco-depresivo.
—Todos en fila —dice la señora Norton—. La universidad queda cerca.
Son las 11:47. Aquí todo es del color del aburrimiento y de la rendición. Me recuerda a Mamá y a Keith porque son una pareja extremadamente resignada. No intentan elevarse espiritualmente ni ellos ni a su primogénito (las dos hijas de Keith trabajan de bailarinas eróticas en Birmingham), y se les ve particularmente satisfechos viviendo en las casas más pequeñas del barrio menos verde de las afueras y viendo repeticiones de capítulos granulados de Holby City cada noche. Corren sobre una cinta que no les pone en forma. Por suerte, mi madre no me carga a mí su fracaso, así que seguiré intentando mejorar hasta que pueda permitirme beber zumo sin diluir. Eso es lo que distingue a un hombre hecho y derecho.
Cuando bajamos del autobús, Tenaya dice «perfecto» mientras observa el paisaje. La señora Norton sonríe, pero Ping suelta un «la hostia» que le borra la sonrisa.
Las únicas personas que veo mientras caminamos tienen la cara del color de la arcilla seca. No levantan la vista del suelo. La acera. Nuestro avance en doble fila es una marcha fúnebre.
Cuando llegamos a la universidad, un hombre bajito y débil con ojos amables nos lleva a una sala larga con una pantalla de proyecciones. Sonríe mucho, no solo a las chicas. Nos sentamos en las sillas verdes de plástico a la espera de nuevas instrucciones.
—¿Nos vamos ya? —pregunta Ping.
—Quiero ver al violador —le digo.
—¿Por qué?
—El comportamiento pervertido es interesante.
—Eres muy raro, tío.
El violador resulta ser un hombre alto y delgado, con la piel como el Blu-Tack y las manos inquietas. Cuando habla, las palabras le hacen daño. Me hace sentir un individuo fuerte, completo. Creo que eso es parte del propósito del viaje.
—Ho-ho-hola, me llamo John. Hice algo muy malo y hoy os voy a hablar de eso y podréis aprender de mí y ayudar a otra gente cuando crezcáis.
Tenaya toma apuntes. Ha escrito no violar en su cuaderno.
—¿A-alguien sabe qué hice?
Sacude la cabeza. Varias chicas de otros institutos levantan la mano. Ping también la levanta.
Parece que el violador no sabe que teníamos programas en la silla.
—¿S-s-sí? —le dice el violador a Ping.
—Pedofa.
Todos nos reímos. Las chicas del internado nos miran con rechazo. La señora Norton aprieta la mandíbula y se le salen los ojos. El violador mira al suelo.
—Pu-pues no. Vi-vi-violé a… Era…
—¿Violaste a una niña? Si violaste a una niña, sigues siendo un pedofa —afirma Ping.
La señora Norton le coge por la capucha y lo saca de la sala. Todo el mundo se ríe. John el Violador fuerza una sonrisa. Todo esto hasta me divierte un poco.
—¡Eso es asqueroso! —grita alguien.
—N-n-no violé a una niña.
Una de las chicas del internado, que está sentada a nuestra izquierda, levanta la mano. Todas llevan americanas rojo fuego con pequeños árboles estampados en los bolsillos del pecho. Un porcentaje sorprendentemente alto de ellas luce coletas rubias que se rizan como chorros de lejía.
—¿S-s-sí? —le dice al brazo incandescente.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunta la chica—. Es horrible.
—No te preocupes, nadie se molestaría en hacértelo a ti —grita Jonah.
Más risas. Risas como piedras escondidas que solo aparecen para que los violadores que hablan en público tropiecen. La señora Norton hace gestos como una loca para que Jonah salga, así que Tenaya y yo nos levantamos también y nos quedamos todos fuera junto al bordillo, sin expresión alguna.
—¿Adónde vamos? —pregunta Ping.
—No lo sé. Ese tío era asqueroso —dice Jonah.
—No hemos visto al asesino —comento con tristeza. Aunque ya conozco a Keith, pensé que sería útil compararlo con otros asesinos—. Quería ver al asesino.
Antes del viaje, el señor Mandalay nos repartió unos folletos titulados «Asesinos en serie: Guía de estudio». En ellos se explicaba una teoría llamada «La tríada de la sociopatía», según la cual las características comunes de la niñez de los asesinos son la crueldad animal, una obsesión por el fuego y mojar la cama persistentemente después de los cinco años. He probado varias formas de obtener información sobre la actitud de Keith respecto a estos temas.
Crueldad animal
En una reunión familiar el año pasado le di una patada a Missy, la perra de la abuela, y le susurré a Keith: «Menuda bola de mierda asquerosa, ¿verdad, Keith?». Me sonrió. Porque le gustó. Porque es un asesino.
Obsesión por el friego
Cuando Mamá enciende fuego en el salón, Keith se enfada porque dice que debería dejar que lo hiciera él. Intenta esconder su afición a encender fuegos diciendo que «a las mujeres se les da como el culo».
Mojar la cama
Esta fue difícil. Al final, tuve que tragarme el orgullo por el bien de la investigación. Me supo a sucio, a vómito rancio. Cuando Keith bajó una mañana, lo llevé aparte para tener una conversación de hombre a semihombre. Le encantan. Le confesé que había mojado la cama y le pregunté si era normal en un chico de mi edad. Me aseguró que no pasaba nada. Porque él mojaba la cama continuamente durante la adolescencia. Porque es un asesino.
Encendemos un cigarro y vamos a un bar enfrente de la universidad. Se llama Ezee. Las notas de jazz se intercalan con el silencio. Jonah pide las cervezas porque es el único que tiene dieciocho. Nos sentamos para tomárnoslas.
—¿Qué queréis hacer esta noche? —pregunta Ping.
—Podemos quedarnos y salir mañana.
—Pero ¿por qué no quieres salir hoy, sangre de mi sangre? —A Jonah le ha dado por llamarme «sangre de mi sangre» porque, casualmente, le sirve tanto para referirse a nuestra amistad como para reírse de mi polvo de borrachera—. Abby no ha venido.
—Eso, ¿por qué no ha venido? —pregunta Tenaya en plan burlón, mirándome con su cara redonda.
—¿Va a Psicología? —pregunta Ping.
—Se sienta a tu lado —le digo.
—Lo siento, sangre de mi sangre. No me había dado cuenta porque estaba ocupado estudiando mientras tú jugabas con su chocho a ver quién aguantaba más tiempo sin apartar la vista.
Todos se ríen. Ping no es de los que atienden. Empiezo a acostumbrarme a que se partan a mi costa. No me puedo creer que hiciera sexo rojo con Abby Hall. Hice sexo rojo con Abby Hall. Abby Hall. Sexo rojo.
Cuando nos terminamos las cervezas caras, Jonah va a comprar una caja de cerveza barata y vodka a una tienda y esperamos fuera de la universidad. Cuando sale, la señora Norton tiene un aspecto sorprendentemente equilibrado y sereno a pesar de la terrible experiencia que había sufrido antes. Ella y el señor Mandalay nos llevan a donde vamos a dormir, el albergue Hope House Hotel.
—Buenos días —saluda la señora Norton a la recepcionista—. Tenemos una reserva para dieciocho, a nombre de St. Mary.
La recepcionista teclea y revuelve algunos papeles antes de llegar a una conclusión.
—Lo siento, no me aparece nada.
—¡Pero si hemos reservado!
—Lo siento, señora, no puedo ayudarla.
La señora Norton y la joven recepcionista se quedan mirándose un rato.
—Peter, haz algo —dice la señora Norton. Se le están hinchando las manos.
—Creo que hicimos una reserva —susurra el señor Mandalay.
En la cara de la recepcionista aparece una enorme sonrisa.
—¡Era broma! —dice. La señora Norton y el sentido del humor no se llevan muy bien—. Bienvenidos al Hope House Hotel.
* * *
Estamos sentados en la moqueta de la habitación de ocho. Ana tiene la cabeza apoyada sobre el regazo vaquero de Ping y Jonah está liando cigarros en calzoncillos. Tiene los músculos de las pantorrillas delgados pero bien definidos. Eso ha sonado gay.
Algo sorprendente de Jonah es que es un católico devoto, a pesar de su promiscuidad. Cada vez que Jonah folla, después se ducha con agua fría para «limpiarse». Dice que esa es la única razón por la que no ha follado al aire libre. Como prueba de su fe, Jonah dejó que uno de los chicos del curso siguiente le tatuara la Virgen María en la espalda con una máquina que compró en eBay por un billete de cinco. El chico solo tenía tinta negra así que le hizo el contorno nada más. A veces, cuando liga, Jonah deja que la chica le pinte el tatuaje con rotuladores de colores.
—¿Cuál es el plan? —pregunta Jonah.
—No quiero salir —le digo.
—¿Alguien tiene vasos?
—Sí, he comprado un huevo de vasos.
Jonah saca la botella de vodka de la bolsa de plástico. Echamos unos tragos. Ana no quiere. Es como un fuego que me abrasa la garganta al bajar.
—No me gusta el vodka —dice Ping.
—A nadie le gusta el vodka, imbécil —le responde Jonah—. Ese es el tema.
Abrimos las cervezas para aliviar el ardor. Los dedos de Ana juguetean sobre la mano de Ping. Jonah ha puesto música en su iPhone.
Tenaya me dice que quiere salir a buscar tabaco, así que bajamos las escaleras de cemento y salimos por las puertas de contrachapado del albergue. La simpática recepcionista está fuera, fumándose un Richmond tranquilamente. Ping dice que el Richmond es el peor tabaco. Dice que son potentes para dejar a los hombres impotentes.
Fuma de forma muy sombría. Es el único aspecto sombrío que tiene, algo que solo se manifiesta mientras fuma. Resulta extraño ver cómo los pequeños gestos dejan ver una parte tan grande de la personalidad, como cuando Keith repite clichés sobre asesinatos o cuando Mamá les guiña el ojo a mis amigos. No se puede esconder toda la vergüenza.
—Hola —dice la recepcionista—. ¿Vais con el instituto?
—No —le contesto.
Nos alejamos y nos terminamos los cigarros con un rubor incómodo, porque hablar con gente que sonríe mucho cansa más que un triatlón.