Crezco
Capítulo 17
Estoy sentado a la mesa de la cocina, enfrente de Mamá. Los dos tenemos una taza de té, la suya con dos cucharadas de edulcorante artificial sin azúcar, la mía con cuatro. Es domingo. Lleva sus pantalones de licra y huele a sudor porque se ha pasado la mañana en el gimnasio. No le he contado nada de la brutal agresión que sufrí anoche. Me acabo de levantar y mi pelo es un montón de paja. Son las 11:15.
—Jasper —dice Mamá—. Espero que sepas que los exámenes son muy importantes.
—Sí, Mamá.
—Y que también es muy importante que aproveches estas vacaciones para estudiar.
—Muy importante —repito asintiendo.
—Quizá lo bastante importante para pensar en despertarte antes del mediodía.
—Solo son las once, Mamá.
—Da igual, Jasper. Cuando yo estudiaba para el examen de secundaria, me levantaba todos los días a las siete para poder estudiar lo suficiente.
—No quiero ser un… Eso que tú eres.
Mamá suspira.
—Eres demasiado joven para saber lo que quieres.
Keith baja en bata por las escaleras, frotándose un ojo y rascándose los genitales. Tiene el pelo gris pegado en ángulos curiosos y las uñas amarillas de los pies avanzan pesadamente. Asesino, sin duda.
—Buenos días, chaval.
A veces me pregunto cómo es capaz de inventarse un apodo nuevo cada vez que me ve. Debe de ponerse Friends todos los días y coger apuntes. Me imagino el interior de su armario lleno de post-its con sugerencias de apelativos cariñosos diferentes para cada día. Algún día lo seguiré a todas partes durante un buen rato para comprobar si se le agotan las opciones.
—¿Ves? —digo—. Keith también se acaba de despertar.
—Keith no tiene que hacer unos exámenes importantes pronto.
—Deja tranquilo al chico, cariño. No es un asunto de vida o muerte —dice Keith.
No sé por qué la gente hace eso. Me revuelve el pelo. Tiene las manos manchadas de sangre, metafóricamente. Pongo las manos sobre la mesa. Mamá las mira y después me mira a mí. Arruga la cara en una expresión poco atractiva. Sabe que voy a pedirle algo.
—Mamá —digo inclinando la cabeza ligeramente hacia un lado para recordarle que soy un hijo adorable y encantador—. Si en los exámenes saco unas notas que superen la media nacional, ¿puedo ponerme un piercing en la nariz?
El pezón probablemente sería demasiado, la nariz es razonable.
Mamá baja la cabeza. No cree que sea un tema serio.
—No, Jasper —dice—. No puedes.
—La clave de una buena relación madre-hijo es el compromiso —le digo—. Me esforzaré en el instituto si me prometes las libertades personales que me merezco.
Mamá tuerce la boca. No sé qué le pasa por la cabeza. La mente de Mamá funciona de forma sencilla, no puede manejar demasiados pensamientos.
Mira a Keith.
Él sonríe.
Vuelve a mirarme.
—Vale —dice—. Este es el trato. Puedes hacerte un piercing en la oreja si sacas mejores notas que la media del instituto.
¡Mamá ha excavado un túnel por debajo de mi plan! Sabe que la media del instituto es superior a la nacional.
—En las orejas queda gay —contesto—. ¿Ceja?
—Oreja.
—¿Labio?
—Oreja.
—¿Un implante subdérmico en el hombro izquierdo?
—Oreja.
—¿Ombligo?
—El trato es en la oreja o nada, Jasper.
Respiro profundamente. Ojalá dejara de decir «trato». Mamá se cree que es Noel Edmonds.
—¿En el pene, entonces?
—No seas asqueroso —replica Mamá—. Algún día me agradecerás que no te haya dejado mutilarte el cuerpo.
—No es asqueroso, Mamá. En realidad, es muy sensual. Aumenta la estimulación sexual para los dos. Tienes la mente muy cerrada.
Keith le da con el codo a Mamá y hace un sonido sexual. Mamá le ignora. Se me acerca más. Es Julia.
—Jasper —dice en voz baja apartando la taza de té a un lado como si le diera miedo que me fuera a esconder detrás—, ¿eres sexualmente activo?
—Ups —exclamo—. Me parece que se nos ha acabado el tiempo. Lo siento, Mamá.
Subo.
Me tumbo en la cama e intento no pensar en la madre rubia. Es difícil porque mi imaginación llena la habitación con un montón de gente gritando: «¿Que has hecho qué?», y no tengo respuesta que darles. Pongo Los Campesinos! en el portátil. Borro mi cabeza con una almohada.
Suena el teléfono.
—¿Jasper? Soy Tenaya.
—Ya.
—¿Qué haces esta noche?
Me levanto, miro a mi alrededor y me rasco la ingle.
—Nada, supongo. ¿Por qué?
—¿Puedo ir a tu casa?
—Claro.
Debe de estar cansada de pasar el rato junto al fantasma de Tom. Se habrá dado cuenta de que la compañía de verdad es mejor que unas manchas horribles en los recuerdos felices.
—Gracias. ¿A las seis?
—Claro.
—Te veo luego.
—Adiós.
Me siento en mi silla giratoria (Keith la robó de la basura de su oficina) y me acerco hasta el escritorio de madera falsa. El libro de Psicología ya está abierto, extendido como una mujer desnuda delante de mí. En realidad, no, nada que ver con una mujer desnuda, es mil veces menos seductor. Si fuera una mujer desnuda, estaría aprendiéndome su cuerpo con los ojos y estrujándome la polla como si fuera un tubo de pasta de dientes casi vacío. Pero no lo es. Va de algo sobre el autismo y cómo detectarlo. No quiero ser un detective de autismo. Quiero irme a dormir.
* * *
Tenaya llega a las 17:30. Lleva un vestido blanco de verano y unas botas viejas. Vuelve a estar guapa, y sonríe. En la cocina, se sienta sobre la encimera con las piernas colgando mientras hiervo agua.
—¿Qué tal va lo de Tom? —pregunto.
—Creo que lo he superado.
—¿En serio?
—Sí. Creo que superar algo no significa olvidarlo sino aprender a vivir con el recuerdo.
—Ah.
Se ríe.
—Como tú conseguiste vivir sin Abby.
—Perder a Abby fue duro —comento—. Pasé muchas noches sin dormir y muchas horas llorando y tapándome la cara con las manos.
—¿Se enteró de que fuiste tú?
—No estoy seguro.
—Supongo que algo sospecharía.
Llevamos las tazas de té arriba y nos tumbamos en la cama. Pongo a Feist en el portátil.
—Exhumaremos a Margaret Clamwell mañana —dice Tenaya.
—De puta madre —contesto. Lo había olvidado—. Creo que Keith tiene unos pasamontañas en algún sitio, podemos usarlos.
—¿En serio quieres ponerte un pasamontañas?
—Sí, ¿por qué no?
—¿No es un poco de criminales?
—No sé, quizá. Pero, en cuanto tengamos el cuerpo, todo el mundo sabrá que Keith es el criminal, no nosotros. Seremos héroes.
—¿Y qué pasa si no hay cuerpo?
—Hay un cuerpo.
—Si estás seguro…
—Estoy seguro
* * *
Cuando me despierto, la única luz en la habitación es la que proyecta la pantalla del reproductor de DVD. El televisor se ha puesto en modo stand by. Tenaya se ha quedado dormida, doblada como una herradura, en la parte derecha de la cama, con el vestido puesto y enrollado por la espalda.
Bajo y me como cuatro Weetabix con cuatro cucharadas de azúcar y un vaso de leche. El reloj de la cocina marca las 6:30, pero el reloj de la cocina siempre va diez minutos adelantado. Diez minutos de adelanto no le bastan para ser más listo que yo. Ya me sé este pequeño truco. Es un reloj, no tiene mucho más que hacer que intentar colar sus chistes malos a gente que tiene que ir a algún sitio de verdad. Yo tengo que ir a un sitio. Tengo que salvar la vida de mi madre.
—Toma —digo, y le lamo la frente para despertarla. Le paso una taza de té—. Levántate y deslumbra.
Nos sentamos en el borde de la cama mientras nos tomamos el té, mirando fijamente el papel pintado.
—Si hay un cuerpo… —dice Tenaya, pero no termina la frase.
—Chsst —digo—. Solo sacaremos la cabeza y llamaremos a la policía.
—Podrías tocarle tú la cabeza.
—Vale, tocaré yo la cabeza.
Mi móvil vibra. Un mensaje de Ping. «Viens ta noche?».
Miro a Tenaya.
—¿Quieres ir a la colina esta noche? —le pregunto.
—No sé. No me apetece mucho.
—Vale.
Contesto «n puedo, lo siento, ocupdo». Miro la hora en el teléfono (6:40) y añado: «q acs levntao?». Un segundo después, Ping contesta: «no m e acstao».
Cuando Tenaya se acaba el té, cojo los pasamontañas y nos vamos en silencio. En la calle hace una de las claras mañanas típicas de las afueras. No queda muy lejos y solo nos cruzamos con un hombre con sobrepeso vestido con un polo que pasea un pitbull color castaña y una madre de esas que te molaría tirarte, rubia, corriendo con mallas de licra y una expresión seria y motivada. Tenaya me regaña por seguir el movimiento del culo de la mujer con la mirada. Dice que la mujer no es un objeto. Le contesto que la mujer no es un objeto, pero su ano sí.