Crezco

Ben Brooks · Capítulo 18 de 37

Páginas del PDF

Crezco

Capítulo 18

 

Antes de la exhumación, dibujé un pene con típex en la parte de atrás del pasamontañas de Tenaya para que, si nos ven, la gente informe a la policía de un pasamontañas con un pene, lo encuentren en posesión de Tenaya, la arresten a ella y yo quede libre. Por desgracia, se da cuenta antes de ponérselo e insiste en que nos lo cambiemos, así que ahora voy a exhumar a la exmujer de Keith con un grosero falo blanco dibujado en la parte de atrás de mi cabeza.

Llevamos media hora cavando en el montículo sospechoso con las manos. Tenaya no está haciendo mucho porque no quiere que se le llenen las uñas de tierra. Le he dicho que es cuestión de vida o muerte, pero no me ha creído. El sol ha salido del todo y el cielo es de un azul claro, tan claro como la piel de las mejillas de Georgia Treely. Para prepararme ante el horror que nos espera, me he estado imaginando a Georgia Treely con un bikini amarillo guiñándome el ojo. La familia que vive en la casa se despertará pronto. Aún no hemos encontrado nada.

—Me parece que deberíamos irnos —dice Tenaya.

—¿Quieres que mi madre muera?

—No creo que tu madre vaya a morir, Jasper.

—La gente tampoco creía que Martin Luther King fuera a morir —le explico.

Tenaya suspira profundamente.

Sigo sacando tierra con las manos. Solo encuentro un tazo con un dibujo de Taz, el Demonio de Tasmania. Me meto el tazo en el bolsillo y sigo cavando, se me están poniendo las manos del color del chow mein. Un par de minutos después, Tenaya tira de mí y nos quedamos los dos tumbados en la tierra.

—¿Qué coño pasa? —pregunto.

—He visto a alguien moverse en la casa.

—¿Por qué no hemos corrido? ¿De qué nos va a servir quedarnos aquí tumbados?

Noto una piedra presionándome la entrepierna y bajo la mano para quitarla.

—Jasper, ¿qué estás haciendo?

Una chica con un pijama con dibujos de pequeños elefantes sale de la casa al jardín. No nos ve enseguida. La piedra sigue aplastándome el pene y el testículo izquierdo. La chica se coge un cigarro de detrás de la oreja y lo enciende. La chica nos ve. Tenaya es la primera en ponerse de pie. Se quita el pasamontañas. Yo me dejo el mío.

—Gracias por no gritar —dice Tenaya.

—¿Qué coño estáis haciendo? —pregunta la chica, más tranquila de lo que cabría esperar. El cigarro sigue en su mano, transformándose rápidamente en un cilindro de ceniza. Ninguno de los dos decimos nada. Me duele la entrepierna, así que me recoloco el pene con la mano a través del pantalón—. ¿Puedes dejar de tocarte la polla, por favor? —dice la chica—. Y quítate el puto pasamontañas.

Me quito el puto pasamontañas.

—Lo siento —dice Tenaya—. Estamos buscando a nuestro gato.

—¿Con pasamontañas?

—A Rupert le dan miedo las caras. —La chica nos mira fijamente—. Nos marchamos ya.

La chica asiente. Tiene la cara roja, como si le hubiera explotado una lata de sopa de tomate.

Tenaya y yo nos damos la vuelta, corremos y volvemos a saltar la valla del fondo del jardín. Seguimos corriendo hasta que estamos a tres calles, y entonces nos paramos, jadeantes. Lío un cigarro y lo enciendo. Tenaya me coge el tabaco y hace lo mismo. Nos sentamos en un muro bajo.

—Rupert es un nombre de mierda para un gato —comento.

—Era una excusa mejor que tú tocándote la polla.

Un hombre calvo, que lleva a su hijo pelirrojo de la mano, pasa a nuestro lado con una peculiar expresión en la cara, como un extraño abanico oriental.

—¿Crees que se lo dirá a sus padres? —pregunto.

—No. —Tenaya niega con la cabeza—. Se ha despertado temprano y ha salido a fumar. Es más fácil no decir nada que intentar explicar la situación.

Cuando recuperamos el aliento y nos acabamos los cigarros, volvemos a mi casa a desayunar. Mamá y Keith ya se han ido a trabajar, así que no tenemos que inventarnos excusas. Nos sentamos a la mesa de la cocina con un bol de Cheerios y un té cada uno. Yo uso mi taza de Harry Potter y Tenaya usa la de Mamá que dice la mejor madre del mundo. No le compré la taza a Mamá. Keith la compró, la envolvió y me la dio para que se la regalara por su cumpleaños. Lo hizo porque sabe que soy un egoísta pero no quiere que Mamá lo sepa porque eso la haría infeliz y si es infeliz tal vez le deje y entonces no podrá asesinarla. No quiere perder la oportunidad de asesinarla. Para Keith, el asesinato es mejor incluso que el sexo anal.

—No ha funcionado —dice Tenaya.

—Ya —comento. Un hilo de leche me cae por la barbilla tragándose los pequeños pelos como un tsunami se traga a los niños pobres—. Me siento mal.

—Deberíamos estudiar.

No quiero dejar sola a Tenaya, especialmente después de la exhumación fallida, y menos en compañía de libros de texto.

—Podríamos ir esta noche a la fiesta.

Sus brazos me lo agradecerán.

—No, tenemos que estudiar.

—¿Te acuerdas de la última vez que subimos a la colina?

Tenaya se ríe.

La última vez que subimos a la colina fue cuando nos gustaba quemar cosas. Recorríamos los barrios vacíos de las afueras en busca de cobertizos y casas viejas.

Los dos nos emocionamos mucho cuando encontramos el cobertizo en lo alto de la colina. Estaba cerrado, así que metimos bolas de papel de periódico en los agujeros y grietas, las prendimos con cerillas y nos sentamos a brindar con cerveza.

Es emocionante ver cómo el cobertizo se disuelve entre plumas naranja que inundan el verde moteado del bosque. Aún veo el naranja reflejado en los ojos de Tenaya. El fuego calienta el cristal de las botellas de cerveza.

Después, gritos.

Y arañazos.

Arañazos desesperados dentro del cobertizo.

Un hombre sale corriendo. Es difícil verlo bien porque partes de su cuerpo arden, como los pantalones o el pelo, por ejemplo. Tiene la boca abierta. Le veo los dientes, pequeños trozos de marfil combinados con agujeros negros y costras amarillas como las de los heroinómanos que salían en los DVD que la señora Thorne nos ponía en clase de Salud y Desarrollo Personal y Social.

—¡Joder! —grita Tenaya. Siento una oleada de gratitud porque no se ha aficionado, como su madre, a embellecer los tacos—. Mierda, Jasper, haz algo.

Miro a Tenaya, al suelo y al hombre en llamas que ahora está muy cerca de nosotros rodando como un queso largo y delgado. Miro a Tenaya. Miro al hombre. Debería hacer algo. Tengo miedo y me preocupa que el hombre intente apuñalarme con una de sus agujas, lo que me contagiaría el VIH que a su vez podría convertirse en sida que podría derivar en mi muerte. Miro la casa. Miro a Tenaya.

—¿A qué coño esperas? —grita, mirándome con expectación.

Siempre decepciono a la gente. Soy un egoísta. Me pongo encima del hombre, me saco el pene, pequeño y marchito, y lo riego con orina hasta que me da un fuerte golpe en la espinilla. Me dan ganas de devolvérselo. Se lo devuelvo. Tras mi acto instintivo de venganza aparece de inmediato una sensación de culpa porque él sigue ardiendo y yo no. Sus ojos son los más grandes que he visto jamás.

Sigo meando porque, como dice Mamá, algún día me lo agradecerá.

—Tuviste suerte de que no te diera en la polla —dice Tenaya.

Cojo las tazas y las llevo al fregadero.

—Pues sí —comento—. Entonces, ¿vamos a la fiesta?

Tenaya suspira de nuevo. Suspira a menudo.

—Vale.

Soy el salvador de los brazos adolescentes.

Dejo una nota en un post-it en la nevera.

no volveré esta noche, mamá. diviértete.

con cariño,

tu hijo favorito (jasper)