Crezco
Tercera parte - Lluvia y ganado
TERCERA PARTE
LLUVIA Y GANADO
26
00:52. En la cama. Suena Radio 4. Escucho el pronóstico marítimo. El pronóstico marítimo es un edredón comodísimo. Si hubieran puesto el pronóstico marítimo durante la batalla del Somme todo el mundo habría tirado las armas y se habría metido en los sacos de dormir para hablar del maquillaje de las estrellas hasta el amanecer.
Viking Norte Utshire Sur Utshire Sureste
Antes del pronóstico marítimo ponen «Sailing By»; después, el himno nacional. A veces, cuando estoy borracho, me gusta sentarme en la cama y cantar el himno nacional intentando imaginarme cómo sería creer de verdad que nacer en un lugar concreto es algo de lo que estar orgulloso. Follar con una chica durante más de siete minutos es algo por lo que estar orgulloso. Ser británico, no.
Cuatro o cinco, aumentado a cinco o seis, virando al sur cuatro o cinco
después
Los británicos ven programas benéficos en la tele para huérfanos con sida de Etiopía y se dicen los unos a los otros que eso les pone tristes. Dicen que es una pena que algunas personas mueran de hambre. A veces, cogen el teléfono y mandan que les quiten tres libras de sus cuentas todos los meses.
Precipitaciones ocasionales, favorable
Pero nadie pide que los huérfanos etíopes con sida puedan venir a Gran Bretaña. El país es nuestro. Y las televisiones. Y los zapatos. Y los asados para cenar. No nos comportaríamos así si fuéramos etíopes. No diríamos: «No puede venir nadie a este país. Es nuestro. Y el agua sucia. Y las barrigas hinchadas. Y el sida».
Bancos de niebla, con tendencia a ser moderados o débiles
Miro al techo. Tengo la cabeza llena de marineros en un enorme petrolero, apiñados alrededor de la radio, bebiendo ron Captain Morgan. Están solos en medio de un océano negro. Bancos de niebla avanzan sobre el reflejo de la luna que parece un diente de león. Más tarde, en sus hamacas, comentarán que echan de menos a sus mujeres e hijos. Se balancearán hasta dormirse mecidos por el viento de fuerza seis o siete.
Tengo sueño. Intento pensar solo en los marineros y no en el feto de Abby. He decidido no contarle a nadie lo del bebé. He decidido no pensar en el bebé. He decidido que, si es necesario, la chantajearé para que aborte.
Abby, aborta o envenenaré a tu perro.
Duérmete. No pienses en el bebé de Abby Hall. Si no piensas en ello, desaparecerá. Abby Hall es una zorra. El bebé no es tuyo. ¿Qué bebé? Exacto.
Mi móvil vibra. Tenaya. «Jasper, estoy borracha y sola y quiero hablar contigo». Pienso en Tenaya, de pie en la cocina con el vapor del té elevándose entre sus manos y una pila de paracetamol sobre la mesa. Le contesto: «puente, 15 min». Sacrificaré mi sueño por sus brazos.
Mamá y Keith se fueron a dormir a las diez. Ya estarán perdidos en los aburridos bosques suburbanos de sus sueños. Me pongo unos vaqueros y una sudadera con capucha gris. Cojo dinero de la hucha de Doctor Who que tengo junto a mi cama, me lo meto en el bolsillo y bajo de puntillas por las escaleras como un ninja. La puerta está de mi parte. Se cierra en silencio detrás de mí.
La noche fuera es fría y distante. Es una manta enorme. Nos cubre a mí, y a Tenaya, y a Abby Hall, y a su feto, y a los marineros en sus hamacas, y a las mujeres que echan de menos, y al mar que empiezan a odiar. Camino rápido por nuestra calle, junto a los plataneros plantados en agujeros en el asfalto y ocultos en la noche. Silueta sexual en ventana.
En el Happy Shopper, me aplasto el pelo, cojo aire y entro. Una mujer de ojos tristes lee un periódico rosa en el mostrador. Me acerco con pasos largos a la caja. La confianza es la clave del éxito.
—Dos botellas del vino blanco más barato —pido.
Me mira de arriba abajo. Coge dos botellas de la estantería que tiene detrás y las coloca en el mostrador.
—¿Carné?
—¿Carné? —grito—. ¿Carné? —Más fuerte—. Tengo veinticinco años, joder. Tengo hasta un puto hijo de cinco años.
Me entran náuseas. Dentro de cinco años, puede que eso sea verdad. También me siento culpable pero necesito salvar a Tenaya.
Suspira.
—Vale —dice al coger el dinero—. ¿No tendrás algo que ver con la poli?
—Claro que no —digo al coger una botella con cada mano—. Siento mucho haber gritado.
Corro con las botellas por el puente que cruza la autopista. Tenaya está sentada en la parte más alta, con las piernas cruzadas, dándole la espalda a la ciudad. Me dejo caer a su lado y le paso una botella. Lanza un chorro de humo a la noche.
—Gracias, Jasper —dice.
Enciendo un cigarro.
—De nada. ¿Estás bien?
—No lo sé.
—No durará para siempre.
—Lo sé.
Miro abajo, a las tiras de faros y de luces traseras, ríos rojos y blancos. La farola que tenemos encima nos tiñe las piernas con su luz naranja. Estamos fuera de la corriente. Me siento como si estuviera hombro con hombro con Tenaya en el límite del mundo, mirándolo todo desde arriba.
—Entonces —digo—, ¿de qué querías hablar?
—No quería hablar de nada.
—Me dijiste que querías hablar conmigo.
Tenaya apoya la cabeza en mi hombro. Le doy un trago al vino. No la entiendo. Entiendo que se siente mal y que quiero ayudarla. No tengo las herramientas necesarias para arreglar el desequilibrio emocional.
—No tienes que decir nada —comenta—. Me vale con que nos quedemos aquí sentados.
No le voy a contar a Tenaya lo de la cosa en el útero de Abby Hall. No quiero cargarla con mi bebé. Mi bebé. Bebé. No pienso ser padre.
Aborta, Abby, o hablaré con la revista Hello! y les contaré que eres la hija secreta de Michael Jackson.
Un hombre para en el arcén. Baja del coche. Sostiene un móvil junto a la oreja. Lo aguanta ahí, aplastado entre el hombro y la mejilla, se pone un cigarro en la boca y lo enciende. Tenaya eructa para dentro. El hombre camina de un lado a otro y gesticula con la mano como loco mientras habla por teléfono. Es Tony Blair. Sus manos son armas.
—Está hablando con su mujer —comenta Tenaya—. Le está diciendo que ya está harto y que no va a volver.
—Está hablando con su jefe —digo yo—. Le ha dicho que es un cabrón y que se puede ir a tomar por culo.
—Está respondiendo a un anuncio gay del periódico para echar un polvo.
—Le está diciendo a su hija que se la quiere follar.
—Muy bonito, Jasper.
—Lo siento.
Nos ponemos de pie y nos apoyamos en la reja. El hombre sujeta el teléfono en la mano extendida. Lo mira como si fuera un ano desgarrado.
—Parece como si le hubieran dicho que alguien ha muerto —comenta Tenaya.
—Sí.
—Se le ve triste.
—Si te murieras, incendiaría algo muy grande. El instituto, o la catedral.
—Gracias, Jasper.
Me siento. Tenaya hace lo mismo. Nos encendemos otros dos cigarros.
—Voy a ligarme a Georgia Treely en Devon —digo.
—¿Con qué?
—Con Rohypnol, no.
—Qué bonito.
—Con mis pintas de golfo y mi ingenio.
Tenaya se ríe.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
Unas pequeñas colinas claras aparecen en los brazos de Tenaya. Tiene frío. El viento se está despertando. Es un corredor nocturno.
—¿Estás bien?
—Mejor, gracias.
Nos terminamos las botellas de vino, las estampamos, y volvemos al barrio.