Crezco

Ben Brooks · Capítulo 30 de 37

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Crezco

Capítulo 30

 

La casa de campo de los padres de Amanda Forthwart se llama Chinkapin Farm. Es grande, achaparrada y está pintada de un color entre el rosa y el naranja. La hiedra cubre la parte delantera.

La gente está en corros, filmando y bebiendo latas de cerveza. Las puertas y ventanas de la casa están abiertas. No conozco a mucha gente. No veo a Georgia Treely.

Dentro, las alfombras ya se han llenado de barro, manchas de cerveza y colillas de cigarro. Hay gente en los sofás y sentada por el suelo.

—Vamos arriba —le digo a Jonah.

Lo aparto de Susan y Jenna. Si no puedo follármela, tampoco quiero estar cerca de ella.

Arriba, encontramos una habitación de invitados con papel pintado de flores. Dentro solo está una rubia que se ha desmayado en la cama. Nos sentamos en la moqueta y encendemos el hornillo para cocinar la ketamina.

Cuando el líquido se ha vuelto polvo, hacemos rayas en un libro de Danielle Steel de tapa dura que había en una estantería de la habitación. Nos metemos dos por cada lado de la nariz y nos tumbamos. Noto la droga como orugas por la garganta.

—Jasper —dice Jonah.

—¿Qué?

—Antes estaba raro porque me he puesto a pensar.

—Sí.

Oigo su voz pero no llego a entender las palabras. Me enciendo un cigarro y me miro las líneas de las manos.

—Pensaba en que el año que viene es nuestro último año, ¿no? Después, nos iremos de aquí. Odio esta puta ciudad pero es que hemos estado aquí siempre.

—Jonah.

Se aprieta los ojos con las manos.

—¿Qué?

—¿Tienes miedo?

—No —responde mirando a la chica de la cama—. Vete a la mierda.

—Sí que tienes —le confirmo. Todo el mundo tiene miedo.

—No seas marica.

—Yo también tengo miedo —le digo. Soy sincero.

—¿Sí?

—Sí. A la mierda el ejército. Vámonos a Francia. Podemos robar comida y follarnos a las chicas de los pueblos. O podemos ir a Canadá y encontrar una cabaña en un lago y llenarla de vino y putas.

—Jasper —dice—. Me voy a alistar en el ejército. El ahora es para hacer el capullo, el mañana es para hacer algo. No puedes hacer el capullo para siempre.

—¿Por qué no?

—Porque, si lo haces, acabarás como los padres de Tenaya.

Me miro las manos. Las líneas bailan.

—Vale —digo.

—¿Quieres otra raya?

—Vale.

—Después, deberíamos bajar.

—Vale. Voy a ligarme a Georgia Treely.

Jonah se ríe.

Después de las rayas, no bajamos. Nos tumbamos y nos quedamos mirando el techo. El yeso tiene unas líneas que forman pequeñas olas. Una modesta lámpara de araña cuelga sobre nuestras cabezas pateando la poca luz que aún entra por la única ventana.

La rubia se despierta, se revuelve el pelo y se levanta de la cama. Nos mira con unos ojos vidriosos y lejanos, vacíos.

—¿Quieres una raya? —le pregunta Jonah.

Asiente con la cabeza.

Me pregunto quién será, si alguna vez se tumba en la cama dándose bofetadas solo para asegurarse de que aún puede, qué ve en su imaginación cuando intenta pensar en qué viene después.

Le hago una raya y se la mete. Se desmaya otra vez, ahora encima del regazo de Jonah. La empuja para quitársela de encima y ella cae al suelo.

—Vamos abajo —dice Jonah.

Ping, Tenaya y Ana ya han llegado. Ping está sentado junto a la televisión con Tenaya, Ana y otros seis o siete más sentados alrededor. Tiene un sifón para la nata de metal negro y vacía pequeñas bombonas plateadas en forma de balas en globos brillantes de colores.

Los globos de óxido nitroso son experiencias religiosas. Te sacan del lugar en el que estés y te dejan en mitad de la nada. Dejas de tener manos, pies y cabeza. Todo es un eco. Todo es un eco. Todo pasa extremadamente despacio pero de forma brusca, como ver un vídeo de YouTube con una conexión de acceso telefónico. Solo duran medio minuto o así.

Se puede comprar un cargador de óxido de nitrógeno y recambios en Internet por poco dinero. A veces, lo llaman «crack hippie». Me siento junto a Tenaya. Tiene los ojos húmedos otra vez. Quizá haya muerto alguien más. Quizá alguien se haya caído por el borde del planeta. Tenaya es una persona muy emotiva. Todas las personas son emotivas. Yo soy muy emotivo pero no lo muestro porque, si lo hiciera a menudo, pensarían que soy débil y me atracarían, emocionalmente.

—Hola —dice Tenaya.

—¿Qué te pasa? —le pregunto.

—No me había puesto de nitrógeno en mucho tiempo.

—¿Qué te pasa? —repito.

Tenaya señala por encima del hombro. A través de la puerta abierta, veo a Tom fumando fuera junto a una chica con un vestido morado. Están cogidos de la mano. La chica no lleva zapatos.

—Ese vestido es mío —dice.

—Gilipollas —digo yo.

—Sí.

Le pongo una mano en el pelo y se lo revuelvo, con cariño. Estoy haciendo que se sienta mejor.

—Para, Jasper.

—Vale.

Ping nos pasa dos globos. Alguien pone la canción «Grow Up and Blow Away», de Metric. La música es una parte muy importante del nitrógeno. Te coloca en un pedestal desde el que observar lo que te rodea. La música suena a todo volumen.

Si esto es vida,

¿por qué morir hoy me hace sentir tan bien?

De azul a gris

crece y desaparece.

Ping cuenta hasta tres. A la de tres, todos soplamos y nos metemos el cuello del globo en la boca para inhalar y exhalar el gas de sabor agradable. Veo a Tenaya a mi izquierda. Tiene los ojos cerrados. Enseguida dejo de ver.

Todo lo que mis ojos y oídos perciben se reduce a una serie de círculos borrosos que no paran de girar. La música se convierte en un fuerte sonido ambiental. Otros sonidos oscilan, se repiten y se separan.

La letra de la canción se ralentiza hasta detenerse y se sienta delante de mí, flotando en el aire. Crece y desaparece. Estoy sentado en la C de Crece. Me cuelgan las piernas. Subo por las palabras del estribillo.

Tenaya se ríe pero sigue teniendo los ojos rojos. Todo se enfoca. Hay risas por todas partes. Todo el mundo salta, se abraza y grita de alegría, como si hubiéramos luchado en una guerra y hubiéramos ganado.