Crezco

Ben Brooks · Capítulo 15 de 37

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Crezco

Capítulo 15

 

19:38. El grupo de Ping toca en el Twelve Cats esta noche. Me pondré mi camiseta del lobo. En los conciertos, puedes moverte y rozarte contra las chicas sin que te digan nada porque todo el mundo se lo está pasando bien.

El grupo de Ping se llama Deep Emotional Skaing. Los juegos de palabras le parecen divertidos. Los juegos de palabras son para los viejos y los poemas malos. El año pasado ganaron un concurso local; pusieron algunas de sus canciones en iTunes y les grabaron un CD. El CD se llamaba Fuck the Free World, Mary Jane. No significa nada.

Después de vestirme, bajo y meto la cabeza en la nevera. La fría luz amarilla me lame la cara. Hay una botella sin abrir de leche entera. Desenrosco el tapón y despego la cosa blanca. Me pongo derecho y me la bebo de un trago.

Mamá aparece detrás de mí.

—Jasper —me dice—, no hagas eso. Otras personas tienen que beber de ahí también.

—Pero, Mamá, da buena suerte beber directamente de una botella de leche recién abierta.

—No me importa, Jasper. Coge un vaso.

Dejo la botella de leche en la nevera.

—Mamá —digo—. Voy a ver al grupo de Ping esta noche. ¿Me das dinero?

Mamá frunce el ceño.

—¿Cuánto?

—Diez de los grandes.

—No digas de los grandes, Jasper.

—¿Por qué?

—Porque es lo que dice la mafia.

—Vale. ¿Me das diez libras, por favor?

Mamá suspira y me pasa un billete del monedero. Resoplo para que sepa cuánto se lo agradezco. Salgo para coger el autobús.

 

* * *

La madre de Ping me abre la puerta. Va en albornoz. Tiene el pelo mojado. La polla me grita en los pantalones. Está enfadada conmigo porque no la dejo meterse en el cono de la madre de Ping. Probablemente tiene un coño precioso. Un abismo perfectamente afeitado.

—Hola, Jasper —dice—. Están arriba. Sube.

—Gracias, señora Lin.

Paso a su lado y subo corriendo las escaleras. Ping, Ana y Te naya están sentados en la cama, riéndose. Ping y Ana se cogen de la mano. Me pregunto quién se rendirá antes, la polla de Ping o la virginidad de Ana. Las chicas creen que la virginidad es como una muñeca de cristal de valor inestimable. En realidad solo son tres minutos de vergüenza seguidos de decepción seguidos de la pregunta: «¿En qué piensas?».

—¿Qué estáis haciendo? —pregunto.

—Tengo un móvil nuevo —dice Ping.

Me lo enseña. Parece una BlackBerry falsa. No es divertido.

—No le veo la gracia.

—Jonah me contó lo del viaje de Psicología.

Trago saliva.

—¿Qué?

—Ya sabes.

—Gilipollas.

Ana se ríe. Zorra frígida. Miro a Tenaya. Ella mira el dibujo del edredón.

—Está a punto de enterarse de que hay un pequeño en camino.

Me río.

—Ya, ya.

—¿Quién va a hablar? —dice Tenaya.

—Yo —dice Ana.

—Tú no puedes.

—¿Por qué no?

—Por tu estúpido acento —respondo.

—Déjala en paz.

Ping se cruza de brazos.

—No seas tan nenaza.

—No —dice Tenaya—. Es que ya conoce tu voz.

—Mi hermana ha vuelto de la universidad —dice Ping—. Le diré que hable ella.

—¿Lo hará?

—Sí. Yo siempre llamaba al instituto haciéndome pasar por mi padre cuando ella no quería ir.

Ping sale de la habitación y vuelve unos minutos después con su hermana. Es una chica enorme con las tetas planas y una sola ceja. Lleva una camiseta de Oxford Brooks. Resulta difícil creer que salió de la madre de Ping. Creo que no quería ir a clase porque seguramente la llamaban Frida Kahlo y le clavaban bolis.

Le decimos hola y Ping le explica lo que tiene que decir. Asiente con la cabeza. No dice mucho más, pero cuando Jonah le coge el teléfono se convierte en una actriz merecedora de un Oscar.

Esto es lo que escuchamos:

¿Jonah?

Soy Susan, de Plymouth.

Estoy embarazada.

(Nos reímos tapándonos la boca).

Sí, estoy segura.

Me he hecho una prueba de embarazo.

Sí, aciertan prácticamente siempre.

No sé, un noventa y nueve coma siete por ciento o algo así.

Sí, pero no es muy probable, ¿no crees?

Madura, vas a ser padre.

(Ana se ahoga de la risa).

Sí, voy a tenerlo.

Sí, tendrás que pasarme dinero hasta que cumpla dieciocho.

Ping le quita el teléfono a su hermana de la mano.

—¡Feliz día del padre! —grita, y cuelga inmediatamente para no oír la tormenta de gilipollas, cabrones y joderes de Jonah. Nos partimos de risa.

 

* * *

00:15. Un montón de gente sudada nos empuja de un lado para otro a Tenaya, a Jonah, a Ana y a mí. Los Deep Emotional Skaing tocan en un escenario bajo. Jonah ha comprado pastillas. Me dio una en el baño. Me dijo que no sabía qué eran. Me siento diferente. Me siento bien. Tengo calor. Suena como si el grupo estuviera tocando una nota alta sin parar. La nota ha crecido y se ha tragado la sala. Todos estamos dentro de la nota. Es nuestro castillo. La espalda de un tío sin camiseta se estrella contra mi cara. Sabe salada. ¿Quién se supone que soy? Tenaya mueve la cabeza. El pelo le vuela sobre la cara. Ping pone caras raras. Tiene los dedos clavados en el bajo. Ryan Samuels es el cantante. Ryan Samuels grita, la cara se le ha puesto del color de las Biblias de Gedeón, está a punto de explotar y bañarnos con trocitos sanguinolentos de mejilla. Se lanza desde el escenario. Levantamos las manos. Le sujeto la entrepierna. Aprieto. No soy gay. Lo pasamos hacia atrás. Salta al suelo, le quita la cerveza a alguien y vuelve a subir al escenario. Ryan Samuels tira la cerveza al público. La gente grita. Quieren más cerveza. Empiezan otra canción. Ping está de rodillas. Ping cree que es muy bueno. Solo toca una nota. Estoy dentro de la nota. Esta nota es nuestra nueva casa, por el momento, que es para siempre.

 

* * *

Cuando el grupo termina de tocar, salimos a fumar. Tenaya y yo nos sentamos a una mesa de pícnic mojada. El efecto de la pastilla se nos está pasando. Ahora solo vibro ligeramente. La gente está en pequeños corros, hablan en voz alta sobre la música. Ping sigue en el backstage recogiendo sus cosas. Ana sale corriendo del pub con un ron con cola y se sienta a nuestra mesa.

—¿No ha sido increíble? —dice.

—Genial —comento.

—Es brutal —dice Ana.

—Es Ping —respondo.

El amor es una secta.

Tenaya me lanza una mirada que significa que estoy siendo un gilipollas.

—¿Volverás a Moscú el año que viene?

Ana sonríe. Está enamorada de Charles Manson. Asesinará porque él se lo habrá dicho. Nadie entenderá por qué. La policía se la llevará y no gritará, pero sus ojos serán los ojos del último tigre de Bengala que queda en Bután.

—No —dice—. Me quedo aquí. Buscaré trabajo en una cafetería o algo así. Ping y yo vamos a vivir juntos. Va a intentar que el grupo llegue hasta el final.

—Hasta el final —comento—. Vaya.

—Jasper —susurra Tenaya.

Me da un golpe en la pierna por debajo de la mesa.

—Le quiero —dice Ana.

Las chicas pueden ser muy gays. Incluso a Tenaya le cuesta aguantarse la risa.

Ping sale por la puerta de atrás. Tiene la cara roja y lleva una corona de sudor. Ana corre hacia él y hunde la cara en su camiseta empapada en salmuera. Él le da un beso en la cabeza. Tenaya y yo le decimos que el grupo ha estado genial, que están mejorando mucho y que la nueva canción sonaba como si fuera un éxito de la radio. Me aseguro de utilizar las palabras «hasta el final».

Unos minutos después, nos despedimos y vamos a coger el 96 hasta la zona comercial donde está el Big Asda. Es un trayecto corto en autobús. Tenaya se queda dormida en mi hombro. Cuando llegamos a la parada, le doy despacio con el codo para despertarla. Parpadea como si no supiera dónde está y luego sonríe.

El Big Asda está abierto veinticuatro horas al día, siete días a la semana. La 01:21. Es la única luz que queda encendida en la gran zona comercial. Por las ventanas se desbordan enormes charcos de luz que se extienden sobre la noche asfaltada como cuerpos de ángeles desnudos.

Tenaya saca un carrito de la fila y entramos por las puertas automáticas. Mi temperatura corporal aumenta de repente. Un guardia de seguridad que está rellenando un sudoku levanta la vista. Hace una pequeña reverencia cuando entramos. Parece un hombre amable y educado. Ojalá Mamá se hubiera casado con él.

—¿Por dónde empezamos? —pregunto.

Tenaya se encoge de hombros.

Atravesamos el pasillo de los refrigerados. Está vacío. Tenaya mete una botella grande de leche semidesnatada en el carrito. Yo cojo un batido de chocolate. Ella lo saca y me pregunta si tengo ocho años. Me sugiere que mejor compre Actimel. Le digo que preferiría darle el dinero a un heroinómano.

En el pasillo de los alimentos deshidratados, mete un saco enorme de lentejas en el carro. La miro con asco. Mete también pasas, ciruelas y anacardos. Es demasiado. Me tumbo delante del carrito, abatido.

—¿Qué haces? —grito.

—¿Qué haces tú? —repite.

Me pongo de pie.

—Somos dos niños de diecisiete años solos en un supermercado y vas y compras unas putas ciruelas. Deberías comprar bolsas gigantes de nuggets de pollo, y cerveza polaca y cigarros.

—Jasper —dice—. Desde que mis padres compraron esa puta casa no hacen más que emborracharse y pedir comida barata para llevar. Comemos eso al mediodía y para cenar y, lo que sobra, para desayunar. No quiero más comida de mierda.

Tiene sentido.

—Vale.

—Pero ve a por nuggets de pollo.

—Vale.

Corro a la sección de congelados y cojo la bolsa más grande de nuggets de pollo que veo. Tenaya está en las verduras cuando la encuentro. Ha cogido una lechuga iceberg, tres puerros, cuatro tomates y una cebolla roja.

—¿Ya? —pregunto.

—Sí, solo me faltan cigarros.

—¿Vas a hacer los nuggets cuando volvamos?

—Sí.

—¿Y podemos ver Las chicas Gilmore?

—Vale.