Crezco
Capítulo 29
Como estamos dormidos, Jenna y yo nos perdemos la acalorada discusión entre Jonah y Susan sobre «¿Dónde cono estamos? Esto no parece Devon», y, cuando nos despertamos, el coche está aparcado en un claro embarrado al borde de un enorme campo de amapolas. Jonah está de pie, fumando bajo la poca luz del sol que queda, con Susan a su lado. Se han reconciliado. Han dejado atrás el pasado.
Hemos tenido que aparcar lejos de la casa porque Amanda cree que si la gente aparca cerca estropeará el césped y los padres de Amanda se enfadarán. Seguramente, la gente aparcará cerca de la casa de todas formas.
Le doy con el codo a Jenna para despertarla. Entreabre los ojos y sonríe. Se levanta y me da un beso en la mejilla. Intento sonreírle otra vez. Me alegra que no haya se haya puesto a hablar. Cuando nos besemos, no pasará nada porque puedo usar mi boca como un arma para callarla.
Jonah dice que tenemos que cruzar el campo hasta el bosque y que en el bosque encontraremos una cascada con un pequeño lago al lado, que es donde Polly nos espera. Polly nos llevará a la casa. Pregunto por qué es Polly quien nos va a llevar pero Jonah se encoge de hombros.
Polly es un chico polaco de cara afeminada. Su nombre real es Krasicki o algo así. Probablemente es algo racista llamarle Polly pero no parece que le importe.
Sacamos las abultadas mochilas del maletero y nos ponemos a cruzar el campo con la tenue luz. Susan se quita la camiseta y Jonah y yo hacemos lo mismo, dejando que el sol se deslice por nuestros hombros, bajando por la espalda, para formar pequeños charcos de luz entre las amapolas. Jonah carga el equipo más pesado porque lleva el hornillo de la keta y las latas de cerveza; yo llevo la mochila de las drogas y el humus.
Jenna y yo nos quedamos atrás enseguida porque se para cada dos por tres para mirar a su alrededor con la boca abierta.
—Esto es precioso —dice.
—Sí —respondo—. Todo verde, bonito y eso.
Muy convincente.
—A la gente parece que ya no le importa. Dejan que se destruya la naturaleza.
—Ya —afirmo. Me enciendo un cigarro—. En vez de toda esta hierba tan bonita hay gente y casas con más gente dentro. Horrible.
—Y ya nadie da nada a la beneficencia.
—Todo el mundo debería donar a la beneficencia —digo.
Creo que la beneficencia es como escayolar a una persona que no tiene piel.
—Deberían venir aquí para empaparse de la belleza de la naturaleza. Entonces lo entenderían.
Respiro sonoramente por la nariz y cierro los ojos.
—Precioso —digo.
Joder, qué estoy haciendo. Voy a necesitar drogas.
Jonah se detiene y nos mira.
—Vamos a parar —dice—. Estoy cansado y quiero un porro.
Susan y él se sientan donde están. Jenna y yo los alcanzamos y nos dejamos caer también, aplastando amapolas con el culo.
Nos sentamos formando un cuadrado. Jonah manosea el King Rizla encima de la mochila. La luz se evapora. El cielo es color miel y el aire va cargado de polen.
—¿A que es precioso? —le dice Susan a Jenna.
—Es impresionante —responde Jenna.
Jonah me mira, molesto, y yo intento no reírme. Ya habrá tiempo de reírnos después, cuando se la haya metido a Jenna. Me imagino su pelo púbico todo revuelto, como el campo de amapolas en el que estamos sentados. Igual la dejo embarazada también. Para de dejar embarazadas a las chicas, Jasper. No tienes madera de padre.
Aborta, Abby, o me pondré una cabeza de caballo y entraré en tu habitación por la noche.
Le trastornaré la vida y le enseñaré a no cargar a gente inocente con bebés feos.
Tengo una chispa brutal.
No tengo a Georgia Treely.
Me pregunto si la policía ha detenido ya a Keith, si le han dado descargas eléctricas en los genitales para conseguir que confiese, si Mamá se siente aliviada porque se ha dado cuenta de la que se ha escapado. Soy un muy buen hijo por haber evitado su asesinato. Seguramente me comprará un Mini Cooper.
Cabeceamos un rato mientras nos pasamos el porro. Jonah está tumbado de espaldas con la cabeza en la mochila. Susan apoya la cabeza en sus piernas mientras se hace nudos en el pelo rubio. Jenna me sonríe y yo intento devolverle la sonrisa pero no se me ocurre nada que decir. Parece expectante.
Cojo una amapola.
—La heroína se hace con amapolas —digo—. Sherlock Holmes fumaba opio.
Pienso en que es ilegal vender droga hecha de flores que crecen en todas partes pero no es ilegal producirla en un laboratorio y venderla por Internet. Al menos, la gente sabe cuáles son los efectos a largo plazo de la heroína sobre la salud y cómo tratarlos. Sabes que si empiezas a meterte heroína al final se te harán rastas en el pelo y morirás.
No se sabe qué son las drogas —me dice—. Cuando nuestra generación crezca, puede que todos tengamos Parkinson o algo así.
Jonah se sienta y rebusca en la mochila. Saca cuatro cervezas baratas polacas y las tira al centro del cuadrado.
—Bebéoslas —dice—. Estoy cansado de cargar todo el rato con esta mierda.
Abrimos las cervezas y nos las bebemos. Apenas distingo ya el borde del sol en el horizonte. Una tenue luna de pergamino ya ha aparecido en el cielo entre insinuaciones de pequeñas estrellas.
—La luna —comenta Jenna con alegría.
—Anda —digo—. La luna.
Jonah se ríe y escupe la cerveza de la boca en una ducha. A Susan le caen gotitas sobre la piel, pero no dice nada.
Jenna se tumba y se le levanta la camiseta dejando a la vista gran parte del estómago. Me enciendo un Richmond y dejo que se consuma entre mis labios mientras le quito los pétalos a una amapola y los coloco sobre el ombligo de Jenna. Eso se llama flirtear. Flirtear es la puerta tras la que espera el sexo. El sexo es la puerta tras la que esperan los bebés. Putas puertas. Nadie debería abrirlas.
—Deberíamos irnos. Polly estará esperando —dice Jonah.
Jenna se levanta y los pétalos se le caen del estómago. Nos levantamos todos y cargamos las mochilas.
Solo quedan unos metros hasta donde termina el campo y empieza el bosque. Al cruzar los primeros árboles, la luz queda reducida a colores pálidos que se cuelan entre las ramas altas. Jonah dice que tenemos que seguir el camino hasta llegar al lago.
Pasa media hora hasta que encontramos la cascada y el lago en la pegajosa penumbra del bosque. Polly está subido a una roca, con un cigarro entre los labios, esperando. Dejo caer mi mochila. Jonah se acerca y habla brevemente con Polly. Polly casi nunca sonríe. Vuelve hasta donde estamos.
—Vamos a bañarnos —dice con una sonrisa en la cara.
Observamos la cascada. Es alta y fina, de la anchura de un perro labrador tumbado de lado, y cae a una larga charca rodeada en intervalos irregulares por rocas cubiertas de musgo. Al caer, el agua es de un blanco revuelto, confuso, pero al asentarse en la charca se tiñe de un tono triste de verde.
—¿En serio? —pregunta Susan.
—Sí, en serio. ¿Por qué no?
—¿No está un poco verde? —dice Jenna.
—No —explica Jonah—. Imagínatelo más bien como una esmeralda.
Para convertir el verde triste en esmeralda, nos metemos unas rayas de mefedrona colocadas sobre el espejo compacto de Susan. Jenna duda pero le explico que es una droga legal que se compra por Internet. Eso la convence. Fácil.
El agua no tarda en parecer más atractiva. El verde enfermizo se transforma en el verde del césped recién cortado en verano. Miro bien a Jenna. Ha pasado de ser un objetivo aceptable a ser una estatua griega. Estoy cautivado por la forma en que su ligero cuerpo se hunde sin esfuerzo formando un arco de caderas, muslos esculpidos y espinillas color salmón hasta los perfectos pies diminutos y las tenues uñas de melocotón.
Después, llegan las sonrisas. Nos tiran de las mejillas a uno detrás de otro. Hacemos una ola de sonrisas torcidas. Nos desnudamos mientras nuestros miembros se agitan felizmente y nuestras bocas se aceleran.
—Os quiero a todos —dice Jonah.
—A la gente solo le importa el dinero y la guerra —digo.
—Deberían quererse más. Te quiero.
Jenna se da la vuelta y me abraza fuerte. Le meto la lengua en la boca y la muevo.
—La guerra y el dinero me la chupan.
—¡Vamos a casarnos todos!
—¡Sí, joder!
La tierra me hace cosquillas en la cabeza. Jenna está tirando montones al aire.
—También quiero a Polly.
—Yo también quiero a Pollyloly.
—¡Deberíamos decírselo!
—¡Cásate con él!
Más tierra en la cabeza, por el cuello.
—Que se bañe, debería bañarse con nosotros.
—O nosotros deberíamos bañarnos con él.
Todo se mezcla en una mancha de sonido y color. Soy la explosión de una supernova de buen rollo.
Formamos un círculo alrededor de Polly, que sigue sentado en la roca, fumando. Somos leones del amor rodeando a una gacela herida. Parece resignado y ligeramente divertido. Tal vez tenga miedo, no lo sé. Todo me parece maravilloso.
—Polly, eres increíble —dice Susan.
—Báñate, por favor.
—Báñate.
—Con nosotros.
—Lo siento mucho por todo.
—Eres un superhombre.
—Superhombre.
—Oh, gracias —dice Polly al moverse sobre la roca.
—Me acostaré contigo. Quiero follarte.
Veo una mano que se acerca a la entrepierna de Polly. Nos lanzamos para rodearlo en un feroz abrazo de oso que le provoca un sonido extraño antes de salir corriendo entre los árboles. Aullamos de risa y nos tiramos a la fría charca esmeralda.
Al meternos en el agua nos sentimos como si hubiéramos ganado un gran premio en metálico. Se nos filtra en la piel y nos convierte en velas. Todo brilla, todo es maravilloso.
—¡No somos la Generación de Internet!
—¡A la mierda la generación!
—¡A la mierda!
—¡A la mierda la televisión!
—Y Twitter.
—Y Formspring.
—¿Qué es Formspring?
—Da igual.
—Te quiero, Jonah.
—Te quiero, Jasper.
—Te quiero, Jenna.
—Te quiero, Susan.
El lago no es muy profundo y podemos estar de pie pero nos dedicamos a hacer volteretas. Levantamos paredes de agua que caen enseguida y se me cuelan entre el pelo y en la boca. Se nos mancha la lengua de verde. Nos reímos sin parar.
Me pego a Jenna. Sus ojos entran en los míos. Sus tetas aplastadas contra mi pecho me hacen darme cuenta de que son la única parte de su cuerpo que no encajará con el mío. Ojalá tuviera unos huecos en el pecho del tamaño de sus tetas para que pudiéramos estar más juntos.
Nuestras narices se tocan.
—Esquimales —susurra.
Grito.
Se ríe.
Nos dejamos caer hacia atrás en el agua, yo encima de ella, hasta que está en el fondo de la charca retorciéndose. Cuando salimos de nuevo a la superficie, se nos llenan las mejillas de más risas. Jenna está preciosa. Tiene el pelo aplastado y oscuro por el agua sucia. Parece chocolate derretido.
Jonah y Susan están encajando sus cuerpos al otro lado de la charca. Ella gime como un caballo moribundo y tiene los ojos muy abiertos, como si acabara de ver a su abuelo muerto vestido de mujer haciéndole un baile erótico a la Reina entre los árboles.
Pongo una mano a cada lado de la cintura de Jenna y le acerco la pelvis por el agua como Tiburón. Hunde la cara en la curva de mi cuello y después se desliza hacia arriba, hacia el lóbulo, y muerde. Sangre. Grito y me aparto.
—Lo siento —dice—. No puedo.
Chapoteo hacia el paisaje de ropa tirada y me pongo los bóxers. Así es como debe de sentirse Ping. Agachado sobre la piedra de Polly, enciendo el porro que se había olvidado Jonah. Los observo mientras folian. La mefedrona aún me lo pinta todo de rosa así que todo me parece bonito. Pienso en que lo que en realidad busca la gente es penetrar a los demás. No estar rodeado de otras personas, sino estar dentro de otras personas. Someter a otras personas. Entregarse, desnudos y sinceros, a otra persona. Dejar que la boca emita sonidos animales en la cara de otra persona. Escuchar a esa otra persona emitir sonidos animales.
Cinco minutos después, Polly aparece de entre los árboles y se pone a mi lado, con un cigarro colgando en los labios. Se pasa la mano por el pelo.
—¿Casi acabado? —pregunta.
—Sí, casi.
—¿Qué dice?
—Que sí.
—¿Sí?
—Sí.
Sé que se me está pasando el efecto porque me empieza a molestar su acento.
Polly tira la colilla a la charca y se cruza de brazos.
—Vamos, ahora —dice en voz alta pero sin gritar.
Jenna chapotea y Jonah y Susan están abrazados, gastan las últimas risas de la droga y salen del agua. Mientras se visten y buscan tabaco, intento sacarle información al polaco sobre la fiesta.
—¿Qué tal están las chicas de la fiesta? —pregunto, señalando los árboles con la cabeza.
—¿Qué dice?
—¿Chicas?
Señala el culo desnudo de Jenna, del color del pollo cocido.
—Sí.
—Mmm. —Mira a su alrededor como si buscara respuestas—. Volv… Vuel… Vol… Volve.
—¿Qué?
—Vol… Volve.
Me rindo y voy a robarle un cigarro a Jonah. A mí se me han acabado. Espero que haya muchas chicas, me da igual lo de Jenna. Tampoco era tan guapa. Era extraña y alegre y aburrida.
—Vamosvamos —ordena Krasicki.
Se adentra entre los árboles y le seguimos.