Crezco

Ben Brooks · Capítulo 21 de 37

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Crezco

Capítulo 21

 

Cuando el cielo se tiñe de negro por completo, Tenaya se sienta mirándose las manos a la luz del fuego. Eso significa que se le estará nublando la mente. Necesita movimiento. Le pregunto si quiere andar. Asiente con la cabeza despacio y nos levantamos. Los demás están todos borrachos, hablando o partiéndose de risa, así que nadie se da cuenta.

Salimos del claro. La única luz es la que proyecta la hoguera. Se cuela en haces entre los árboles. Seguimos su estela por la tierra y las hojas. Cuando se vuelve tan débil que se desvanece, saco el teléfono del bolsillo y lo utilizo de linterna. Subimos un poco más hasta llegar al campo empinado con el roble ennegrecido por un rayo. Nos sentamos en las ramas bajas del árbol, desde allí vemos la luz de las farolas y las ventanas. Fumo y Tenaya balancea las piernas. Tira los zapatos y hunde los pies en la alta hierba.

—Tom tiene novia —dice Tenaya.

Se saca del abrigo una pequeña botella de vodka de marca de supermercado y bebe. Me la pasa. Sabe a hospital. Se la paso y nos quedamos en silencio un rato.

—¿Quién es? —pregunto.

—Lydia Jenkins.

—¿La que es un año más mayor y tiene nueve dedos?

Tenaya se ríe.

—No, la que tiene un año menos y siempre lleva un pañuelo en la cabeza.

—Ah —digo—. Ella.

—La verdad es que no lo he superado —dice.

—Lo sé —le respondo.

Me vuelve a pasar el vodka y me mira. Una de las ventanas se oscurece. Otras se iluminan. Me giro para mirar a Tenaya. Tiene los párpados medio cerrados y las mangas del abrigo estiradas hasta los nudillos.

—Pronto seremos viejos, yo tendré un bombín y tú tendrás un labrador — comento—. No te acordarás de su cara.

—Desde aquí arriba se ve todo —dice—. Pero aún no hemos llegado aquí.

Nos pasamos el vodka durante un rato, observando las luces de abajo y preguntándonos cuáles serán las nuestras algún día. Lío dos cigarros y lanzamos anillos de humo al aire helado. Un rato después, Tenaya dice que tiene frío y me pregunta si podemos irnos. Dice que podríamos volver andando. Tardaremos horas pero le digo que sí y saco el móvil para utilizarlo como linterna mientras volvemos entre los árboles hacia el camino principal.

El camino de bajada de la colina es empinado, difícil y lleno de baches. Nos vamos parando de vez en cuando para liar cigarros y tumbarnos de espaldas. De pie en medio del camino, Tenaya me coge de la mano y dice que no sabe.

Un coche que baja por el camino hace ruidos como un hombre asmático. Se para a nuestro lado. Es un viejo Citroën con el capó arqueado y los faros circulares. Un hombre saca la cabeza por la ventana abierta. Tiene el pelo blanco como una nube y lleva encajado un gorrito.

—Ey —pregunta la cabeza—. ¿Adónde vais?

Tenaya me mira y asiento. Sabemos que no deberíamos subir a coches como aquel pero estamos borrachos y además el coche huele a marihuana, lo que significa que el hombre no podrá moverse con rapidez y nosotros podríamos escapar corriendo si intentara matarnos o violarnos. Tenaya le da su dirección a la cabeza.

—Putamadre —dice la cabeza—. Subid.

Tengo que sentarme en el asiento del copiloto porque atrás lleva un motor de coche. Una vez dentro, el hombre se enciende un porro y se pone en marcha. Conduce en silencio durante unos minutos y después aparta la vista del camino para mirarme.

—¿Cómo te llamas? —pregunta.

—Jasper —respondo.

—¿Has celebrado el Bar Mitzvah, Jaz?

—Jasper —le corrijo—. Y no. Mis padres son cristianos.

—Qué suerte. No te ha tocado sentarte a leer ese puto libro gordísimo delante de todos esos niños. Te equivocas y tus padres te ponen esa puta cara, como si te hubieran pillado pelándotela con un calcetín una y otra vez. Un puto infierno. Nunca aceptes tener un Bar Mitzvah. Aunque yo no tuve elección.

—Joder —digo.

A Tenaya se le escapan unas risitas en la parte de atrás. El judío no se da cuenta.

—Sí, joder. Ser judío es una mierda.

Da una calada al porro. Mueve los dedos, nervioso. El judío no presta atención a la carretera sino a sus manos. El coche vira ligeramente y la rueda delantera izquierda choca con el bordillo, sacudiendo el coche. En el espejo veo a Tenaya con la boca abierta. El judío salta y levanta la cabeza. Se queda en silencio un momento.

—No soy judío, no de verdad. ¿Sabéis lo que soy? —Niego con la cabeza—. Soy un discípulo del coño.

No digo nada. Tenaya se ríe aún más.

—¿Has leído la Biblia, Jaz?

—No.

—Yo he leído la Torá, la Biblia y el Corán. No leas ninguno, ¿me oyes?

—Sí.

—No son más que la palabra de Dios tras años de jugar al teléfono roto. Al puto teléfono roto. ¿Has jugado al teléfono roto en la escuela alguna vez, Jaz?

—Claro, unas cuantas veces.

—El profesor empieza con una frase normal, ¿vale? Después hay algunos críos que entienden perfectamente lo que les dice el que tienen al lado, pero les parece que cambiar la frase sería la hostia de divertido, así que meten algún joder o polla o follar o zorra, ¿vale?

—Sí, me acuerdo.

—Lo hacen para molar más. «Tío, conoces al pavo ese que lanzó el bombazo en el corro, es la hostia».

Asiento con la cabeza con todas mis ganas. Me pasa el porro.

—Eso es la Biblia, Jazzy. No es la palabra de Dios. Es la palabra de Dios con unos cuantos joderes y pollas y zorras en medio. Solo que la Biblia no dice ni joder ni polla ni zorra. ¿Sabes lo que dice?

No respondo. Masco el aire denso. El humo de la marihuana se acumula en pequeñas nubes entre nuestras cabezas.

—Dice «mujeres, cubrios la cabeza y gays, arded en el infierno y no os atreváis a usar un puto condón, niños, y ¿qué haces trabajando el domingo, Mamá?».

Observa el techo durante un momento. Le imito. El techo. Hay amplios círculos marrones dibujados por sus cigarros, como manchas de tazas de té gigantes.

El judío me hace un gesto para que sujete el volante mientras se lía otro porro y lo enciende.

—Fúmatelo como si fuera tu mujer —le oigo susurrar—. Oye, Jazzy.

—¿Qué?

—¿Quieres saber cuál fue la verdadera palabra de Dios? —Sí.

—Dijo: «Fóllate a esa zorra por el agujero».

Cuando llegamos a casa de Tenaya, le damos las gracias al judío.

—Nada de Bar Mitzvah —murmura, y me pasa un porro.

Le da la mano a Tenaya e intenta besarla pero ella se aparta. Los ojos no le cambian de forma. Está acostumbrado a que le rechacen, imagino.

Bajamos directamente al sótano de casa de Tenaya y pone agua a hervir para preparar té. Su madre está sentada a la mesa con una botella de vino tinto. Tiene manchas rojas alrededor de la boca y en la blusa, muy juntas, como un archipiélago después de años de guerra.

Le dice a Tenaya que su padre es un chupapollas.

Me dice que soy un buen chico.

En la cama, Tenaya y yo nos colocamos espalda contra espalda. No encajan bien pero es una sensación agradable. Antes de dormirnos, me dice que Waldeinsamkeit es una palabra alemana que describe el sentimiento de soledad en un bosque.