Crezco

Ben Brooks · Capítulo 22 de 37

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Crezco

Capítulo 22

 

Las paredes de la habitación son del color de la gasolina. Hay un chico en un rincón con un collar de madera acariciándole el pelo a una chica sin cara. Unos números verdes se desplazan por el suelo.

—Yo que tú tendría cuidado —dice el chico.

—¿Por qué?

—Matrix —contesta—. El puto Matrix.

Cojo un jarrón del suelo y lo estampo contra la pared. Se rompe. Los pedazos se esparcen por la habitación.

—Cuidado —me advierte el chico.

Cojo un candelabro de la repisa de la chimenea y se lo tiro al chico. Le da en la cabeza. La sangre le corre por la frente, por los valles de ambos lados de la nariz, hacia las comisuras de los labios.

—Estás loco —me dice.

Coge la mano de la chica y tira de ella hacia la chimenea. Corren hacia la oscuridad.

—¡No! —grito—. Parad.

Cojo marcos vacíos de la mesita y los tiro a la chimenea. Se encogen y desaparecen. Me quito los pantalones y los tiro también. Después tiro el jersey, la camiseta y los calcetines.

—No —digo. Me enrosco como un ovillo en la moqueta—. No.

Hay un pasamontañas negro en la repisa de la ventana. Le han pintado un crucifijo en la parte de atrás. Lo veo desde mi ovillo. Me levanto y me lo pongo.

Salgo de la casa.

Jonah está en el jardín. Un campo de trigo. Un sol color salmón tan ancho como el mundo. Está cortando troncos con un hacha del tamaño de su brazo. Hay una cabaña a medio construir detrás de él. No se detiene cuando me acerco.

—¿Qué coño es esa cosa? —me pregunta.

—¿Qué cosa?

—Esa cosa que llevas en la cabeza.

—Es una metáfora —digo—. Ilustra cómo puedo estar rodeado de gente y seguir sintiéndome solo y anónimo.

Un tronco se parte en dos. Las mitades vuelan al separarse, una en cada dirección, como imanes que se repelen.

—Quítatelo —dice Jonah—. Pareces gilipollas. Y vuelve dentro. Si te quedas aquí mucho más, tendré que construirte un ataúd.

—No me gusta estar en la casa.

—Entonces, levántate del suelo del salón.

Me doy la vuelta y entro. Las paredes de esta habitación son del color del tulipán. El suelo de esta habitación es de césped artificial.

En la cocina, Tenaya sale de un horno. Se arrastra hasta mis pies y se levanta. Su cara está cerca de la mía.

—Quítatelo, Jasper —me dice.

—No.

—Quítatelo.

—No.

Coge el pasamontañas con las dos manos y tira. Le lanzo la mano derecha a la mandíbula. Se parte. Cae de espaldas sobre

el linóleo. Tiene la mitad de la cara roja, cubierta de sangre. Es un oso que ha estado atiborrándose a lo loco de pescado. Le dan ataques como a un epiléptico. Tiene los labios tan estirados que le tocan la barbilla y la nariz.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta.

—Participo en la escena de un sueño —grito—. Para mi novela. Mi novela. Les dará a los lectores una idea de mis sentimientos más profundos. Alargará el libro.

—¿Qué estás haciendo, Jasper?

—La escena de un sueño —grito.

—¿Qué estás haciendo?

—Sueño —grito.

—Jasper?

—Sueño.

—¿Jasper?

Tenaya está sentada a un lado de la cama dándome en el hombro con el codo. Tiene la piel fría. Lleva un vestido blanco de verano y sujeta dos tazas de té.

—Buenos días —dice.

Me froto los ojos y le sonrío. Quiero llorar pero no lo hago.

—Buenos días.

Cojo el té y me siento.

—Mamá está borracha —me cuenta—. Me ha dicho que Papá se ha largado y que no va a volver.

—¿Estás bien?

—Quería que se marchara desde hace tiempo. Sin él, Mamá no tendrá con quién discutir.

—Podría discutir contigo.

—Intentaré mantenerme alejada.

—¿Crees que las cosas mejorarán?

—No lo sé.

—Vale.