Crezco

Ben Brooks · Capítulo 16 de 37

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Crezco

Capítulo 16

 

Me aburro. Me he pasado el día fingiendo estudiar. En realidad, estaba jugando al 3D Pinball Space Cadet en el ordenador. Llegaré al nivel de «almirante de la flota». Mi perseverancia será recompensada.

18:30. Me he zampado una cena abundante a base de salchichas, puré de patata y salsa de cebolla. He llamado a Jonah para ver qué hacía. Me ha dicho que no hacía nada y que fuera para allá. Salgo de casa ahora.

—Voy a casa de Jonah, Mamá —digo—. Adiós.

Lo digo gritando hacia el salón vacío.

Mamá aparece de la nada.

—Ten mucho cuidado —me dice—. No vuelvas tarde.

—Sí, Mamá.

—A las diez, como mucho.

—¿A las diez? Qué tontería, Mamá.

—Ah, ¿sí?

—Sí, no vendré más tarde de las once.

Cierro la puerta al salir.

He tenido la última palabra.

El autobús 38 va a casa de Jonah. Solo se tardan siete minutos. Me siento en uno de los asientos vacíos y observo cómo el cielo se desconcha como la pintura vieja. Hay una mujer de pie junto a mi asiento. Tiene la mano enroscada fuertemente en la barra. Aprieta. El color se le ha desvanecido de los dedos y se le ha subido a los pechos modestos y a las mejillas de aspecto triste. Se ha mordido las uñas hasta la mitad y se le han llenado de manchitas rojas.

No entiendo bien a la gente.

No me comeré mis propios dedos.

No me ahorcaré con una media de rubgy.

No asesinaré a mi exmujer metiéndole el hueso de la nariz hasta el cerebro de un puñetazo.

 

* * *

Jonah no abre la puerta hasta que llamo al timbre seis veces. Entramos en el salón y nos tiramos en el sofá. Está viendo la versión de dibujos de Disney de Robin Hood, esa en la que Robin Hood es un zorro.

—Esta parte es muy buena —dice Jonah.

Un pequeño conejo blanco con un gorro enorme acaba de lanzar una flecha por encima de un muro, en mitad de un partido de bádminton entre una gallina y una zorra.

—Sí.

Por razones que no entiendo, siempre lloro cuando veo a otra gente llorar en televisión. Por eso no veo Secret Millionaire. Solo espero que el futuro dome los caballos salvajes de mis ojos. Aún creo que la razón por la que Samantha Black no quiso hacerlo conmigo el año pasado fue porque lloré viendo Juno y pensó que era gay.

Espero que nadie llore.

El pequeño conejo no parece demasiado contento.

—Jonah —grita la madre de Jonah desde la cocina—. Jonah, sal del salón, quiero ver las noticias.

La madre de Jonah ve las noticias todos los días desde que su marido murió en Afganistán. Solo busca a alguien con quien enfadarse. Lanza tacos indiscriminadamente. Lo he visto muchas veces. Insulta a Trevor McDonald, a Hannah Montana y a Gok Wan. A todos los llama cabrones.

—Vamos arriba a jugar a la Xbox —dice Jonah.

—¿En serio?

—Sí. Podemos jugar al Halo en la Xbox Live.

Jonah sabe que me gusta escuchar a gente enfadada gritar en la Xbox Live.

—Vale —digo.

No me suelen gustar los juegos de ordenador porque son aburridos y malos para el desarrollo del carácter. Sin embargo, jugar al Halo en la Xbox Live está bien porque puedes charlar con gente extranjera agresiva y después dispararles. Normalmente, este tipo de comportamiento no está permitido.

En la primera partida que jugamos, un tal BurgerThing424, que tiene acento del norte y una escopeta, llama novato a Jonah y después se ríe de él. Jonah lo llama puto paki. Le pregunto cómo sabe que es un paki y Jonah me dice que lo sabe porque el BurgerThing424 este no para de dispararle en la nuca. No entiendo el chiste.

Jonah se sube al depósito de agua. Dice que va a disparar a la gente desde allí. Me manda que me esconda, que vaya por ahí con el jeep o que haga algo, que si intento meterme en el juego, nuestro equipo perderá seguro. Asiento. Solo quiero escuchar lo que dicen. Me paseo por el bunker recogiendo armas inútiles y corazas.

—Te tengo, paki cabrón —dice Jonah, sonriendo.

—No seas tan racista —le digo.

—No seas tan marica.

—Ni tan homófobo.

—No me das miedo.

Para demostrarlo, Jonah lanza un enorme explosivo desde lo alto del depósito. A pesar de estar seguro en el búnker, mi mitad de la pantalla dividida tiembla. Jonah se parte.

—Menuda mierda —comento.

—¿Qué? ¿Has visto eso?

—¿El qué? —pregunto—. ¿Esos píxeles que se han movido por tu pantalla mientras la voz de un tío de Manchester en paro gritando «que te jodan» ha invadido tu habitación?

—No seas gilipollas.

—No soy gilipollas, esto es una mierda.

—Vale, acabamos esta y salimos a fumarnos un porro.

—Vale.

Nuestro equipo acumula puntos poco a poco. Jonah permanece en su sitio cargándose a varios miembros del otro equipo, que no paran de reproducirse y correr por el entorno virtual.

Al final me aburro y me pongo a correr como un loco por las zonas más expuestas.

Muero muchas veces.

—¿Qué coño haces? —me pregunta Jonah.

—Estoy cogiendo la vida por los cuernos —respondo.

Tira el mando y suspira.

—Vamos fuera.

Fuera, nuestro aliento forma medusas fantasmales en el aire. El humo de marihuana clava sus garras dentro de mí. Me relajo. Nos sentamos en el borde del porche y nos mojamos los pies con el césped húmedo.

—Jonah —digo—. ¿Has pensado en qué vas a hacer cuando acabemos el instituto?

Se encoge de hombros.

—Aún me queda otro año para pensarlo.

—Pero tendrás alguna idea.

Apaga el porro chafándolo en la hierba junto a su pie. Enciende un cigarro y me pasa otro.

—El ejército —dice—. Supongo que el ejército.

Enciendo mi cigarro. Me siento tenso. Intento no sonar chillón ni insensible.

—El ejército —repito.

—Ya sé lo que piensas, no te molestes.

—Vale.

—¿Y tú qué?

Intento modificar mi lenguaje corporal para parecer menos negativo.

—Voy a ser un escritor premiado —digo—. Me compraré una casa en la costa del Sol, dormiré todo el día y follaré toda la noche.

Jonah se ríe.

—¿Podré ir a visitarte?

—Sí —contesto—. Claro que sí.

Volvemos a entrar y vemos Factor X desde la cama de Jonah. No digo nada. Jonah interrumpe a menudo con comentarios. Cosas que Jonah dice mientras vemos Factor X:

Tío, debería ganar, está muy buena.

En serio, tío, me la follaría.

¿Es marica o qué?

Es marica.

Todo el mundo vota a los gays.

Seguro que mi madre le vota.

¿Crees que podría participar?

Creo que podría ganar.

Entonces canta la canción de El rey León.

Le digo que me marcho.

—Vale —me dice—. Nos vemos, tío.

Jonah me cae muy bien. Espero que no vaya al ejército. Podría ser un joven Russell Brand.

En la calle, no se ve ninguna estrella. Las únicas luces que hay en la oscuridad son las que hemos puesto nosotros: farolas, luces de las casas, aviones que parpadean. Me siento como un intruso en una enorme obra de arte conceptual. Dejo pequeñas huellas de barro. Mientras espero el autobús, dos chicos se paran delante de mí con sus bicis. Solo usan el freno de delante, así que se paran después de un largo y arqueado derrape. Llevan bufandas subidas hasta los ojos y la capucha puesta, una azul y una negra. Tengo mucho miedo.

—Muy bien, tío —dice Capucha Azul.

—Sí, tío —respondo.

En estas situaciones es importante hablar de la misma forma en que te hablan.

—El teléfono, tío —dice Capucha Negra.

Huele a fluidos corporales y a perro mojado.

No me muevo.

Estoy en estado de shock.

—El puto teléfono —repite.

No me preocupa que me peguen. Me preocupa mearme en los pantalones.

—Sueltaelputoteléfonoya —dice. Una única y larga palabra compuesta. No es muy pegadiza.

Rebusco en el bolsillo. Le quito la tapa al teléfono y saco la tarjeta sim. En casa se la pondré a mi viejo Nokia 3210 y todo seguirá igual. Así aprenderán.

Les doy el teléfono.

—Ylacartera —dice Capucha Azul.

Pienso en sacármela y mearles encima.

—No tengo cartera.

Un meado amarillo neón ácido que les dejará ciegos para siempre.

—¿Loqué?

Gilipollas.

—Eh.

Capucha Negra me empuja.

—Pírate, gilipollas.

Vencido, me pongo a andar hacia la noche. Mi corazón es como un tambor.

Uno de los chicos me tira una piedra que me da en la cabeza. Me toco y la mano se mancha de rojo. Me pregunto si voy a morir lapidado.

Otra.

Esta vez, en el cuello.

Son talibanes y yo una mujer falsamente acusada de adulterio.

Corro.

En casa, bajo la cálida luz de mi habitación, me siento delante del ordenador. Giro la cabeza. Me duele el cuello.

No sé qué hacer. Decido no contárselo a Mamá. Si lo hago, se preocupará mucho por mi seguridad y no me dejará salir de casa sin un guardia armado o un enorme y feroz mastín.

Sé qué tengo que hacer.

A veces, cuando estoy enfermo o triste, me pongo el CD antiguo de Avril Lavigne y pienso en lo feliz que era en 2003, cuando besar a una chica que sabía a Panda Pops en una fiesta del instituto era suficiente para pensar que no había nada mejor.

Escucho el disco de Avril Lavigne y canto las letras en silencio, mirando al techo. Si Mamá me viera, le preocuparía que fuera gay. No soy gay. Soy joven y estoy un poco asustado.