Crezco
Capítulo 3
Cuando me despierto, hace frío y una densa luz amarilla inunda el salón. El televisor sigue encendido, se ve a una mujer cansada que vende Tupperware. Recoloco el edredón de tal manera que solo queda destapada la cabeza de Tenaya. Preparo té y empiezo a llenar la bañera.
Según mi programa, debería seguir durmiendo porque son las 6:30. Eso significa que si me baño ahora tendré tiempo de trabajar en la novela antes de que empiece Jeremy Kyle. Es importante que siga escribiendo cosas, aunque no digan nada coherente. Escribiendo pasajes incoherentes será poco probable que logre una novela fundamental, pero será más probable que si no escribo nada.
El agua de la bañera está caliente y toda la sangre se me concentra en la superficie de la piel, como si intentara descubrir qué está pasando fuera. Como cuando todo el mundo frena para mirar un accidente de coche, a mi sangre le fascina la desgracia de mi piel. Pongo un poco de las sales de baño de Mamá para que el calor huela a lavanda. Los vapores de lavanda me marean y me tranquilizan. Soy una persona relajada y activa. Leo Mi lucha.
El señor Glover siempre nos pide que leamos algún capítulo del libro de texto para la clase de Historia. El libro es un desierto. Es un «camino seguro para aprobar el examen», pero no resulta demasiado útil si lo que quieres es entender bien la historia. Por ejemplo, al describir a un racista, el libro de texto diría que «las personas de color parecían no gustarle y solía presentar una actitud violenta hacia ellas», mientras que en su diario, el racista escribiría «sus malditas pieles infernales me ciegan y eclipsan el horizonte». Por eso prefiero leer la literatura original de nuestras personalidades históricas.
Algunos fragmentos que citaría de Mi lucha son:
Lo que hoy se presenta ante nosotros en materia de cultura humana, de
resultados obtenidos en el terreno del arte, la ciencia y la técnica, es casi
exclusivamente obra de la creación aria.
Creo que Hitler pensaba esto porque nunca tuvo la oportunidad de escuchar Wu-Tang Clan.
A medio camino entre el hombre y el mono.
Marqué esto. Me pareció gracioso. Se lo enseñé a Kobe durante el descanso y se rio.
Los pueblos no mueren a consecuencia de las guerras perdidas.
En defensa de Hitler, he sacado el fragmento de su contexto. Le sigue algo sobre que los pueblos solo mueren a consecuencia de la impureza racial. Me hizo gracia, porque Estados Unidos es el candidato favorito a «campeón del mundo» en este momento, y sus ciudadanos son inmigrantes de todo el mundo, dedicados a procrear en una superfructífera orgía de riqueza y poder.
También leí libros escritos por gente del Ku Klux Klan cuando los estábamos estudiando en clase. Tuve que pedirlos en la web del Ku Klux Klan y, como el pedido superaba los 25 dólares, me enviaron una camiseta gratis que decía white knight walking con la foto de un miembro del Klan a caballo. Era de la talla XL, así que me la puse para dormir una noche y Keith me la vio mientras me lavaba los dientes. Al día siguiente, tuvo una conversación secreta con Mamá en la cocina.
—Tranquilízate, Keith. Estoy segura de que es solo una fase, ya se le pasará —le dijo ella.
Algunas de las frases de propaganda del Klan son:
Poned en cuarentena a todos los portadores del sida. Los falsos maestros de la cristiandad justifican el matrimonio interracial para cegar a la raza aria de modo que no pueda administrar las leyes de Dios. Somos la niebla.
Cuando tengo la piel de los dedos plegada como cisnes de origami, salgo de la bañera y me visto. Abajo, pongo la tetera al fuego y me siento a la mesa con un cuaderno y un cigarrillo.
Trabajo durante una hora entera en la escena de una violación en la que hay un hombre llamado Martin, con la barba pelirroja y al que le gusta el curry, y una mujer llamada Cindy, que solo tiene siete dedos de los pies y cree que Martin pararía si se los pudiera enseñar. Durante toda la escena, ella intenta quitarse los zapatos mientras él la penetra. También intenta librarse de él repitiendo sin parar: «Solo tengo siete dedos en los pies». A Martin no le importa. Llega un momento en que Cindy hasta parece halagada por la violación. Al sentir que alguien la desea de verdad, se entrega a Martin y la violación deja de serlo para convertirse en sexo.
No sé qué pensar de la escena de la violación, porque es conmovedora pero también inverosímil. Arranco las páginas y las tiro a la basura. «De vuelta a la mesa de dibujo», como diría Keith. Sin embargo, esta hora no ha sido un desperdicio porque he decidido que en la novela debería haber una violación, puede que varias.
Tenaya entra en la cocina. Se sienta enfrente de mí y se lía un cigarro. Cuando se levanta, siempre tiene el pelo como si acabara de follarse apasionadamente a un adicto al crack en una habitación con las paredes de velero. Personalmente lo prefiero así, pero las chicas suelen tener un sentido distorsionado de su imagen, de modo que no me hace caso cuando se lo digo.
—Te queda bien el pelo así —digo.
—Cállate, Jasper.
—Solo es un piropo.
—¿Cómo va la novela? —me pregunta.
Tenaya siempre apoya mis ambiciones. Le he prometido que cuando gane el Booker nos trasladaremos a Europa del Este y viviremos de té y tostadas.
—Ahí va —le aseguro—. Le voy a añadir la escena de una violación.
—A Sarah DiLeeso la violó un chico de Layton Hill que llevaba una pulsera policial en el tobillo.
—¿En serio? —le pregunto, fascinado—. ¿Crees que me dejaría entrevistarla?
—Va a empezar Jeremy Kyle —me dice.
Ha pasado mi pregunta por alto; estaba fuera de tono.
Si alguien intentara violarme haría todo lo posible por hacerle una paja para que se corriera antes de romperme el ano, así no querría seguir con la violación. Sin embargo, si esto no resultara viable, le propondría que yo fuera el que diera y él quien recibiera, porque así sería menos doloroso para mí. Para convencerle le diría cosas como: «Lo has estado pasando muy mal últimamente, deja que haga yo todo el trabajo».
Volvemos al salón y ponemos Jeremy Kyle. Es un programa de televisión en el que se arreglan las relaciones de personas especialmente agresivas mediante intensas discusiones circulares y pruebas con el detector de mentiras. Tenaya me pide una camiseta y voy a buscar la del Ku Klux Klan. Frunce el ceño al ponérsela. Le llega hasta las rodillas. Parece una niña de ocho años vestida de Satanás para Halloween.
En el programa de hoy salen un hombre llamado Jay y una mujer llamada Kayler. Los dos sufren de acné severo. Ella tiene sobrepeso y él está flaquísimo. Pero ese no es el problema de su relación. El problema de su relación es que él fumó tanta hierba que se folló al perro y ella lo considera infidelidad. Él lo admite, pero dice que no es infidelidad. Discuten durante un rato, pero ella le hace pasar por el detector de mentiras porque cree que puede ser un «violador de perros en serie».
Antes de que den los resultados de la prueba, subo arriba a cambiarme de ropa para ir a ver a Julia. Suele hablar de lo mucho que he progresado por lo bien que combino la ropa y lo bien planchada que parece. Me decido por unos pitillos azules y una camiseta blanca. Mamá lo calificaría de «presentable».
—Vale, me voy —digo.
—Aquí estaré. Por si te lo estabas preguntando, Jay ha mentido en lo de no ser un «violador de perros en serie».
—Vale, gracias.
* * *
El cielo vuelve a estar gris. El cielo siempre es gris en las afueras. No sé si alguna vez habrá tenido color entre las diez de la mañana y las nueve de la noche.
En la parada del autobús, me encuentro con la anciana esquizofrénica del 26. Mamá me regañó una vez por reírme cuando oí que hablaba de cultivar perros en los árboles durante las fiestas del pueblo.
Las llaman las «fiestas del pueblo» aunque en realidad son las fiestas del barrio.
Esta mujer en particular se llama señora Mulberry, y cree que es posible cultivar personas a partir de semillas hechas de papel de seda y orina. Una vez, el año pasado, Tenaya y yo pegamos la cara contra el cristal de su ventana-mirador y vimos que todo el suelo del salón estaba cubierto de tierra y bolitas de papel.
Hemos estudiado la esquizofrenia en Psicología. Provoca una percepción distorsionada de la realidad. La esquizofrenia de la señora Mulberry es muy original porque la mujer no cree que la persiga ninguna organización gubernamental secreta / horda de alienígenas / culto religioso.
—Buenos días, señora Mulberry —le digo.
—Hola, cariño.
Lleva un bigote postizo y un impermeable azul.
—¿Qué tal va la siembra?
—No demasiado bien. Un virus horrible infectó todas las semillas y me las tuve que comer para que no me crecieran niños con síndrome de Down.
—Lo siento. Quizá la próxima temporada traiga mejor cosecha. ¿Sabía que la gente con síndrome de Down técnicamente pertenece a una especie distinta porque tiene un número diferente de cromosomas?
—Ratas cara chata —dice.
Me siento incómodo con el comentario de la señora Mulberry, pero, siguiendo los deseos de Mamá, asiento y sonrío.
Llega el autobús. El conductor es el de las rastas que parecen kebabs viejos. Subo y me siento en el piso de arriba para que la señora Mulberry no pueda seguirme. Cuando arranca el autobús oigo unos arañazos angustiados que significan que la señora Mulberry intenta seguirme escaleras arriba con la ayuda de su bastón y de sus rodillas de Meccano rotas. Finalmente, suspira y se sienta en el piso de abajo.
He tenido terapeuta desde que nos pillaron a Tenaya y a mí matando un gato. Solo matamos al gato porque me caí accidentalmente encima de él y estaba sufriendo mucho. Lo maté con el pie. Tenaya no va al terapeuta porque su madre no puede permitírselo y también porque insistió en que maltratar a los animales era algo perfectamente normal en chicos de nuestra edad. Alegó que debíamos de estar poniendo a prueba los límites de nuestra relación con el mundo natural. Mi madre dijo que la madre de Tenaya era una «puta hippie gorda» y la madre de Tenaya dijo que mi madre era una «zorra rica».
Mi terapeuta es especialista en arteterapia y se llama Julia. Insiste en que la llame Julia y no «señora Hawthorn» para que la vea como una amiga y me abra a ella, cosa que no hago.
Julia es agradable e ingenua. Se cree todo lo que le digo.
Observo por la pequeña ventana de Julia como el cielo se funde y forma charcos en el asfalto. Ya me ha preguntado por Sebastian (le he confiado a Julia que soy homosexual y que tengo una relación desde hace tiempo), por la Cunnilingual (le he confiado a Julia que escribo historias cortas para una revista erótica) y por la meditación (le he confiado a Julia que practico budismo mahayana y que me estoy acercando a la iluminación parcial).
—¿Has tenido más pensamientos oscuros últimamente, Jasper? —me pregunta.
Se le sale el azúcar de la boca. El azúcar solo es aceptable en el té, no cuando se les sale de la boca a mujeres con traje y un sueldo desproporcionado que se piensan que me están dando un champú emocional.
Julia se inclina hacia delante.
La forma de los pliegues de su delgada cara sugiere que era atractiva pero que no se ha dado cuenta de que ya no lo es. Tiene los ojos verdes y el pelo rubio muy corto, tal como se lo cortan las mujeres de mediana edad que quieren parecerse a Victoria Beckham. Julia no se parece a Victoria Beckham. Julia se parece a Susan Boyle.
—Esta mañana he visto un caracol. Me han dado ganas de aplastarlo con el pie, pero luego he pensado que, si lo hacía, le arrebataría al caracol un futuro de experiencias agradables, así que solo le pasé por encima.
Da unas suaves palmaditas, como un aplauso femenino poco convincente.
—¿Ves, Jasper? Te dije que podíamos progresar. Solo tienes que acordarte de ponerte en el lugar de los demás.
Asiento.
—Empatía —dice.
—Empatía —repito.
Julia coge una hoja de papel de al lado de mi carpeta. Mi carpeta es donde escribe todas las mentiras que le he contado durante el último año.
La hoja de papel tiene tres óvalos. En cada óvalo hay un nombre; Sebastian, Mamá, Keith. Julia me pide que escriba dentro de cada óvalo la expresión que mejor ilustre lo que siento hacia esa persona.
Cuando fui a la clínica por primera vez, me prometieron que la arteterapia era una práctica «curativa» y «enriquecedora» cuya efectividad había sido probada científicamente en estudios realizados con numerosos sujetos. Soy un usuario experto de Google y aún no he encontrado ninguno de esos estudios. En realidad, la arteterapia es paternalista, o lo sería si me la tomara en serio. Julia cree que me está dando un gran apoyo y yo creo que le sigo la corriente, así que las sesiones oscilan como los carruseles y las atracciones de feria, y son fascinantes.
Dibujo una cara con tupé que guiña un ojo en el óvalo de Sebastian, una cara sonriente con el pelo rizado en el de Mamá y una cara con bigote levantando el pulgar en el de Keith. Julia asiente con un gesto de ánimo. Respuesta correcta.
Después de pasar una hora entera dibujando caras, animales, edificios y «objetos abstractos que representan sentimientos tangibles», me dice que pare.
Julia sonríe.
—Creo que hemos progresado mucho, sin duda. ¿Crees que hemos progresado, Jasper? —me pregunta.
—Sí, Julia. Creo que hemos progresado adecuadamente. Me siento como una persona sana y equilibrada, gracias por tus cuidados y tu atención.
Se sonroja. Sus mejillas son campos de amapolas vacíos.
—¿Qué tal el Klan? —me pregunta.
Hace un mes, decidí sacarle provecho a la camiseta del Ku Klux Klan poniéndomela para una sesión de terapia y diciéndole a Julia que me había unido a ellos. Le expliqué que organizaba reuniones bimensuales en mi habitación con otros miembros del Klan de los alrededores de Ivythorne.
—¿Hay muchos miembros del Klan en Ivythorne? —me preguntó.
—Sí, muchos. ¿Te acuerdas de aquel destacado artista afro-caribeño que murió el año pasado?
—Sí, John Ducell. Murió de cáncer.
—Sí, claro.
Julia se quedó con la boca y los ojos muy abiertos cuando se lo dije. Después, cambió de tema.
—Va bien, gracias —le digo—. La semana que viene vamos a pintar unos grafitis en el club social caribeño.
Cada vez que Julia se traga mis mentiras o no consigue disuadirme de participar en crímenes de odio, siento una profunda decepción por el año 2010. No me gusta cómo actúa la gente hoy. El señor Hutchinson lo llama «la plaga de la era posmoderna». La plaga es la tolerancia. La plaga ha hecho que se tolere incluso a los intolerantes. Por eso puedes entrar en www.kkk.com y comprar camisetas con eslóganes del White Power.
Internet está bien porque se puede ver pomo gratis, pero mal porque se puede comprar ropa racista.
Julia pasa dos hojas de papel de un lado de su mesa al otro.
—Uy, mira, se ha acabado el tiempo —dice, sonriente—. Que pases un buen fin de semana, Jasper.
—Gracias.
Enfrente del Oaktree Centre me lío un cigarrillo y llamo a Ping. Me dice de quedar en McDonald’s. Un chico asiático me adelanta y cruza las puertas de cristal automáticas con dibujos de árboles negros. Lleva unos pantalones cortos y unas deportivas plateadas, se va rascando las manos. Unas costras largas como la cola de una cometa le suben por los brazos. Parece doloroso.
Cuando llego a McDonald’s, encuentro a Ping recostado contra un páramo distópico de envoltorios de hamburguesa y sobrecitos flácidos de kétchup. Está mandando un mensaje. Me pregunto a quién. No me ve entrar, así que me pongo detrás de él y le anuncio mi presencia dándole un fuerte golpe en la cabeza al tiempo que digo:
—¡Coco bongo!
—Que te den, maricón —me suelta al mirarme.
Sonrío.
—Vamos —digo.