Crezco

Ben Brooks · Capítulo 32 de 37

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Crezco

Capítulo 32

 

Me están entrando ganas de vomitar. ¿Dónde está Georgia Treely? Estoy muy borracho. El Plan Georgia. No voy a ser padre. 2:35. No he visto a Tenaya desde hace una o dos horas. Decido ir a buscarla.

No está en la cocina, ni en los armarios de la cocina, ni bajo los cojines del sofá, ni en la televisión, ni en ninguna de las habitaciones de arriba. La gente aún no está de bajón, ni se ha tumbado en el suelo a dormir. La gente sigue bebiendo y follando. La casa sigue llena de mucho ruido.

Seguramente, Tenaya estará fuera.

Voy al baño a sentarme. Me siento en el váter y me miro fijamente las manos. Las líneas bailan. Los pliegues de los dedos sufren espasmos.

Un ruido desde el otro lado del baño.

El armario del calentador.

Abro la puerta y me encuentro a Tenaya agachada junto al aislamiento del calentador. Queda el espacio justo para meterme a su lado. Es como si estuviéramos en una caja llena de aire de la selva. Lleva el iPod puesto. Le quito el auricular del oído derecho y me lo pongo en el izquierdo. Bon Iver. Sus ojos son estuarios pero, al menos, no se ha autolesionado. Durante un rato, no hacemos nada, nos quedamos sentados. Sé por qué llora. Me siento comprensivo. Llora por Tom pero también por lo que Tom representa: fracaso. Todos fracasamos a menudo. Nos fallamos los unos a los otros y nos fallamos a nosotros mismos. Mamá le falló a Papá, Keith le falló a Margaret, Tabitha le falló a la vida, Tom le falló a Tenaya, Jonah les ha fallado a unas treinta chicas. Supongo que yo le he fallado a Abby. Lo siento, Abby.

A la media hora o así, empieza a llover. El agua repiquetea en la pared de detrás de nuestras cabezas como si tuviera una vejiga del tamaño de una moneda y estuviéramos metidos en el único baño. Lluvia persistente, de acero. El sonido del agua al caer no encaja con el ambiente de sauna que nos rodea. Es como una niña gritando porque se ha cortado en la rodilla mientras estás calentito en la cama leyendo Harry Potter.

Cuando te sientes triste y llueve se llama «falacia patética». Como en Macbeth, cuando Duncan muere y hay una tormenta. La falacia patética en la vida real es como si la Naturaleza se mostrara insensible y empeorara las cosas. Por eso, ahora mismo no creo que la Madre Naturaleza deba llamarse así. Debería llamarse Naturaleza Keith o Naturaleza Tom o Naturaleza Hijadeputa. Mi cabeza de cristal se ha roto y Tenaya está triste. Las madres no se mean sobre las personas cuando se sienten así, las abrazan y maldicen a sus enemigos.

Saco la papelina de mefedrona y preparo dos esquinas de la tarjeta de crédito para sentirnos mejor.

Enciendo un cigarro.

Tenaya apoya la cabeza en mi pecho y siento la humedad de sus mejillas empapando mi camiseta.

—¿Estás bien? —pregunto.

—No lo sé. —Me quita el cigarro de la mano y le da una calada—. Me siento rara.

—Ya —le digo—. Lo sé.

Tenaya levanta la cabeza. Me mira directamente a los ojos. Intenta subir por mi cuerpo como sea. Va a subir y a esconderse allí.

Se acerca más y me besa.

Resulta extraño que estemos haciendo esto, pero tampoco tanto porque no parece Tenaya, sino una imagen borrosa y aguada. No pienso en quién es o en qué pretende, solo pienso en estar cerca de otro cuerpo.

Nos seguimos besando. Besa con seguridad.

Abre la puerta del armario del calentador. Salimos y vamos a la bañera vacía. Se mete dentro. Es un feto enorme en un útero blanco de plástico. Se baja los pantalones y saca su precioso pie izquierdo.

No debería.

Me tumbo entre sus piernas. Muevo la pelvis de forma sencilla pero agradable. Abre la boca. Levanta la cabeza y se da con el grifo. Lo hago lo mejor que sé.

Después, me siento y ella se queda tumbada, con la cabeza sobre mi pecho. Me doy cuenta de que hay charquitos en el fondo de la bañera. Mapas de agua se dibujan en la tela de mi pantalón. Tiene el pelo mojado. Como una niña que se ha ahogado en el océano. Una niña diminuta. Por accidente. Solo una vez.

Tengo lágrimas en los ojos porque, no sé por qué. Siento que me tiemblan las manos. Se me acelera el corazón. Ella sigue con la cara hundida en mi pecho.

Me doy cuenta de que lo he hecho.

Me he mordido las uñas hasta sangrar.

Me he ahorcado con una media de rugby.

He asesinado a mi exmujer.

Al menos, ya no voy a ser padre.

Me arrastro debajo de ella para salir de la bañera y me voy.