Crezco
Capítulo 25
15:29- Estoy sentado en la consulta de Julia pensando en cómo acabé viniendo a verla por primera vez. Intentando no pensar en bebés ni en la paternidad. En mi mente, es el verano de 2009. El recuerdo es una vía de escape. Tenaya y yo estamos en un muro bajo de ladrillos al final de mi calle. Liamos cigarros. Deberíamos estar estudiando para el examen del certificado de secundaria.
A un lado del muro, se extiende el jardín delantero del número 46 de Chestnut Crescent. Al otro, un río de asfalto que desemboca en Ivythorne Road.
Observamos el sol.
—¿Jasper? —me pregunta Tenaya.
—¿Qué?
—Algún día seremos viejos.
Observamos el sol un poco más. Se derrite y forma lagos sobre el cemento, la hierba y los ladrillos.
—Sí, supongo que sí. A no ser que nos asesinen o pillemos el sida o nos atropelle un autobús o decidamos acabar con nuestra vida por una confusión emocional insoportable.
—Pero, estadísticamente, es probable que nos hagamos viejos.
—Sí —digo—. Es verdad.
—Eso significa casarse y tener hijos.
—Estadísticamente.
—Sí, pero yo no quiero hijos.
—¿Y?
—Bueno, que probablemente los quiera cuando sea mayor, ¿no?
—Supongo.
Tira el cigarro al jardín y apoya la cabeza en una cuna que ha formado con las manos.
—¿Significa eso que seré una persona diferente?
—No.
—Sí.
—No.
—Pero pensaré de forma diferente.
—La gente es inconstante.
—No quiero ser una persona diferente.
—¿Por qué no?
—No lo sé.
La pellizco.
—Toma —digo—. Ahora eres una…
Mamá aparece por la esquina, paseando y hablando enfadada con el manos libres de plástico azul. No nos ve porque está mirando el chapucero camino de entrada del número 32. Tenaya me tira del cuello de la camiseta y caigo del muro al jardín del número 46.
Es entonces cuando aterrizo encima del gato.
Tardamos un rato en darnos cuenta de lo que ha pasado. El animal ha lanzado una especie de grito ahogado. Está aplastado debajo de mí, como si formáramos parte de una escena de Tom y Jerry.
Tengo que quedarme tumbado encima del animal hasta que Mamá desaparece tras la esquina. Durante ese tiempo, al gato le quedan pocos músculos intactos para oponer resistencia. Tenaya y yo nos levantamos y lo miramos, un par de dioses jóvenes e inexpertos y con el estómago ligeramente revuelto.
—Mátalo, anda —dice Tenaya.
Siempre espera que tome la iniciativa porque soy un chico.
—No quiero matarlo, mátalo tú.
—Lo has aplastado tú.
—A ti te gustan los gatos —respondo, no del todo convencido de mi defensa.
—¡¿Qué?!
Miro al gato. Se le han salido los ojos fuera de las órbitas. Convulsiona como un epiléptico. Me pregunto hasta qué punto es consciente.
—¡Mátalo, joder! —grita Tenaya.
Debido al pánico y a un agresivo sentido de la responsabilidad, aplico una lamentable y cruda forma de eutanasia. Estampo la cabeza del gato contra el muro, con fuerza. El resultado es una explosión de fuegos artificiales de terciopelo compuestos de cerebro y sangre. Mi pie derecho en particular tiene una nueva y recargada decoración.
El Tiempo lleva mucho tiempo en danza, así que suele aburrirse. Para liberarse por un instante de su aburrimiento, al Tiempo le gusta recrear una serie de sucesos altamente improbables. Si estos eventos son románticos, se llaman Destino, pero si son del tipo negativo, los llamamos Coincidencia Desafortunada.
Acto seguido se da una Coincidencia Desafortunada porque el hombre calvo con manchas marrones en la piel del número 46 sale de su casa inmediatamente después de darle el golpe mortal a su gato con la bota. Aún está cubierta de trocitos de cerebro.
Nos da un ataque de pánico.
Corremos aunque es inútil porque conoce a mi madre. Creo que queríamos evitar la confrontación. Aun así, me tocó enfrentarme con Mamá, pero no con Keith. Keith tiende a evitar los enfrentamientos. Si alguna vez surge la posibilidad de un debate, dice: «Estamos de acuerdo en que no lo estamos». Me pregunto cómo defenderá su caso ante el tribunal. Usará una escopeta que dispare lágrimas de cocodrilo y una corbata que grite «buen cristiano».
Al final, Mamá dijo: «Eres un psicópata cruel», y yo dije: «Fue un accidente», y Keith dijo: «Estamos de acuerdo en que no lo estamos», y después me tocó ir a ver a Julia. Que es donde estoy ahora.
Julia está radiante hoy. Quizá alguien ha decidido que la quiere. Quizá tiene un novio que corre maratones y la llama July.
Quizá se sientan juntos por las noches bebiendo vino barato y viendo películas de Hugh Grant.
Pienso en pedirle consejo a Julia por lo del niño de Abby Hall. Julia probablemente intentará convencerme de que sea padre. Veré al hijo feo de Abby cada fin de semana en un McDonald’s de carretera porque me dará demasiada vergüenza llevarlo a un McDonald's de la ciudad. El niño intentará que le dé dinero. Le diré que me deje en paz.
La luz de la consulta de Julia hoy es como el mar por la mañana visto por unos marineros tristes. Es una mala metáfora que significa que hay luz pero que no es cálida. Es grisácea y cae en formas estiradas sobre la moqueta. Julia le da al botón del boli sin parar mirándome con impaciencia. Acaba de preguntarme por Tabitha Mowai.
—Me sentí triste —digo.
Recuerdo que Julia cree que soy racista. A veces, si cuentas las mentiras suficientes, estas hacen piña y se ponen en plan abusonas. Una se agacha detrás de ti mientras otra te empuja para que te caigas. Eso es lo que me están haciendo ahora mis mentiras.
—¿Sí? —pregunta Julia.
—Sí —respondo—. En realidad, no soy racista.
Julia sonríe.
—Lo sé.
—¿Qué?
—Sé que no eres racista, Jasper. Eres un buen chico, solo que de vez en cuando te dejas llevar demasiado por tu imaginación.
A esto se le llama cliché.
Me quedo mirando a Julia un rato con la boca abierta. Me pregunto si fingir durante todo este tiempo que era imbécil era solo un truco psicológico inteligente. Quizá sea una mujer extremadamente lista que podría darme un arsenal infalible de técnicas de seducción.
—Am —murmuro.
—Lo que importa —continúa Julia— es que estás madurando. Esperaba que lo hicieras y estaba en lo cierto. Tu madre solo quería que vinieras para asegurarnos.
—Pero sí que soy gay —afirmo—. Y Sebastian es real.
Julia vuelve a sonreír.
Se pone de pie, rodea la mesa y se agacha para envolverme en un ligero abrazo. Su pelo me roza la cara. Huele a mango.
—Creo que hoy es la última vez que nos vemos —dice Julia.
Así es.