Crezco

Ben Brooks · Capítulo 11 de 37

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Crezco

Capítulo 11

 

Son las 8:45. En mi cabeza está tocando un grupo de mierda. Jonah acaba de intentar despertar a Ping quitándole el edredón y ha destapado a Ana, desnuda, enroscada alrededor del culo color café de Ping como una sanguijuela medio sexy. Ping se ha cagado en todo y Jonah se ha reído.

—Hora de desayunar —le dice Jonah.

Hoy lleva una camiseta blanca sin mangas y unos vaqueros negros muy ajustados. Su pelo es un nido de cera de ayer acosada por el fantasma de la almohada.

Bajamos al comedor, que es como la cafetería del instituto pero llena de gente con pinta de vagabundos y mochileros. Bufet de desayuno continental. Tenaya coge un cruasán y yo tostadas con mermelada. Algunos de los viejos se enfadan con Jonah porque se ha bebido toda la botella de leche que era para el café y lo está negando, a pesar de que las manchas blancas alrededor de la boca le delatan.

Nos sentamos a una de las largas mesas. Hombres sin afeitar matan a Jonah con la mirada. Igual nos toca pelearnos para salir. Ana sigue intentando coger la mano de Ping mientras él intenta comer. Es una especie de guerra no declarada. Aunque se están peleando, los dos actúan como si no, como cuando una chica te da besos en el cuello y tú le empujas sutilmente la cabeza hacia abajo para que te la chupe.

—He tenido un sueño rarísimo —dice Ana.

Dejo de escuchar.

 

* * *

Estamos en el museo del crimen. Ya llevamos aquí dos horas. He visto infinitos aparatos de tortura, porras antiguas, pistolas y objetos para esclavizar. Hace un rato, Jonah ha cogido una de las capuchas del Ku Klux Klan de una estantería, se la ha puesto y ha corrido hacia Imran gritando: «¡Se acerca tu fin!». Imran le ha dado un puñetazo y la señora Norton casi se desmaya. Ahora Jonah tiene un círculo de moho hinchado alrededor del ojo izquierdo.

Tenaya y yo observamos una vieja silla eléctrica de Estados Unidos. Tiene el apodo de «Chula amarilla». La placa informativa dice:

Primera Silla Eléctrica

Inventada por Alfred P. Southwick en 1887 como método de ejecución para sustituir la horca. Se le ocurrió cuando vio morir a un borracho por tocar unos cables que estaban al descubierto, Aún se utiliza en Estados Unidos.

—No puedo creer que aún la utilicen —dice Tenaya. Me encojo de hombros.

—Yo sí —comento.

Junto a la silla hay una maqueta chapucera de Auschwitz dentro de una urna de cristal en forma de cubo. Ninguno de los objetos expuestos está ordenado de forma lógica. Al lado de Auschwitz exponen una de las exageradas pistolas de Bugsy Malone. El edificio huele a gato y a papel mojado.

—Auschwitz —dice Tenaya. En voz muy baja.

Sé que está pensando lo mismo que yo. Piensa en la excursión de Historia, cuando visitamos el campo. Cuando nos sentamos en un semicírculo de sillas de plástico y escuchamos cómo un superviviente nos narraba su experiencia, despacio. Se le veía tan frágil como una jaula de algodón de azúcar, con el fantasma borroso de un número en el brazo izquierdo. El señor Glover lloró. Tenaya me apretó la mano hasta que dejé de sentirla. Jonah experimentó algo no muy diferente a lo contrario de una experiencia religiosa.

La mayoría de la gente deambula por el museo tocando cosas con las manos y la nariz. Es algo que suele pasar en la vida. El año pasado, fuimos a la Tate y todo el mundo quería aparentar que le interesaba el arte pero lo único que querían de verdad era tocarlo. Se pasaron horas sobando las esculturas de mármol. Si algo he aprendido tras llevar vivo diecisiete años es que a la gente le encanta tocar cosas.

Cosas que a la gente le gusta tocar:

Coños

Cosas caras en las tiendas

Gelatina que aún no está lista

Mecheros

Cuellos

Cosas muertas

Perros

Cristal

Cicatrices

Piercings

Cosas que están en el suelo pero que no deberían estar ahí

Mofletes de niños

Nieve

Las rodillas de otros

Botones

Culos

A la gente también le gusta tocar la muerte. Lo hacen practicando rappel o viendo reportajes sobre Israel en las noticias. Tocar tiene que ver con la curiosidad. La curiosidad tiene que ver con la muerte.

Después de verlo todo, Jonah insiste en que vayamos a la tienda de regalos. Ahí venden gomas amarillas, sacapuntas y piedras enormes y brillantes. En todo pone museo del crimen de plymouth. En un rincón de la sala hay una señora mayor sentada detrás de una caja registradora de plástico gris leyendo una novela rosa de Maeve Binchy y masajeándose las sienes en un movimiento orbital de los dedos, lento pero constante.

—Menuda mierda —dice Jonah.

Tira un abrecartas de plástico al montón.

La señora mayor hace una mueca. No levanta la vista.

—¿Podemos irnos ya? —pregunto.

Jonah no contesta. Se acerca a una estantería de reja de metal llena de artículos de broma. Polvos picapica, jabón negro, caramelos con sabor a meado. Los artículos de broma son los peores. A Jonah le encantan los artículos de broma. Se siente como si compartiera un chiste privado con el resto del mundo.

—Mira esto —me dice Jonah poniéndome un pequeño paquete en la mano.

Se ríe a carcajadas. Le doy la vuelta. Hay una foto de un crucifijo y pone: condón católico. Jonah se está partiendo. Se ríe aún más.

—Es un… —Más risas—. Es un… —Carcajadas—. Es un condón con la punta cortada. —Le parece graciosísimo.

—A mí no me parece tan gracioso —digo—. Creo que es irresponsable.

Volvemos a la sala principal, donde la señora Norton agita los brazos mientras intenta contar cabezas.

—¡Chicos! —grita la señora Norton. Está junto a un antiguo uniforme de policía —. El señor Mandalay y yo nos vamos. Podéis quedaros todo el tiempo que queráis, o volver al albergue, o visitar la ciudad. Pero os ADVIERTO que tenéis que volver a las SEIS EN PUNTO y que quien no esté a esa hora RECIBIRÁ UN SEVERO CASTIGO.

Todos asienten y se dispersan. Ping y Ana desaparecen juntos con los brazos entrelazados como los aros olímpicos.

—¿Y ahora qué? —pregunta Jonah sacándose un paquete de tabaco del bolsillo de atrás.

—Creo que me vuelvo al albergue —responde Tenaya.

Aún carga con el fantasma de Tom. El tiempo es el único exorcista adecuado.

Asentimos con la cabeza y Tenaya me da un golpecito en el brazo y se marcha.

—Tú no te vas a ninguna parte —me dice Jonah.

—Vale —le digo.

De todas formas, yo también quería hacer algo.

—¿Qué hora es?

Saco el teléfono.

—Las cinco.

—Genial —dice—. Vamos a tomar un café. Luego tengo una sorpresa, y después de la sorpresa compraremos cervezas y ya veremos qué pasa esta noche.

—¿Cómo que ya veremos qué pasa esta noche?

—La sorpresa hará los planes por nosotros.

—La sorpresa no será una puta, ¿no?

—Y una mierda te voy a pagar una puta.

Salimos a las monótonas y grises entrañas de Plymouth.