El agravio
10 - El rey del mundo
Ben empezaba a aburrirse en Ankara. Esperar al objetivo era una cosa; para ello tenía una paciencia de francotirador. Pero esperar información era diferente. Hort aún no había podido enterarse de quién era el ruso, suponiendo que el tipo lo fuera, y le había dicho que se quedara tranquilo hasta que lo esclareciesen. Por consiguiente, leía, hacía ejercicio dos veces al día y visitaba algún que otro monumento arqueológico.
La ciudadela de Ankara era impresionante, debía reconocerlo. Un día tuvo el capricho y fue a visitarla a primera hora de la mañana. Estaba situada en una colina de un kilómetro de altura y, a causa de la niebla, no era posible ver la ciudad abajo. Pensó en toda la gente que había contribuido a su construcción, que si bien hacía tiempo que había desaparecido, había dedicado toda su vida a hacer aquel monumento en la montaña.
Pensó en sus padres: ¿Lo veis, viejos? Estoy haciendo un poco de cultura. Ya os dije que algún día lo haría.
Sonrió. La idea que ellos tenían de la cultura siempre había diferido de la suya. Se opusieron enérgicamente al ejército ya la primera vez que les habló de ello estando en el instituto. Su padre quería que Ben, que no mostraba la aptitud de Alex por las ciencias, fuera abogado. A Ben esta idea le ponía la piel de gallina.
Su padre le presionó para que se matriculara en la universidad.
—¿Por qué no te dejas puertas abiertas? —Argumentaba el hombre—. Date una oportunidad. Si vas a una buena universidad no será una pérdida de tiempo. Y después siempre podrás ingresar en el ejército, y en calidad de oficial. Y tendrías todas las ventajas y las oportunidades de una carrera universitaria más la militar.
Ben sabía lo que su padre pensaba realmente: Cuando termines la carrera, ya se te habrán pasado esas tonterías. Lo que pretendía era mantener a Ben en el «buen» camino el tiempo suficiente para que acabara quedándose en el redil.
Había reclutadores en los partidos de fútbol americano y los combates de lucha libre olímpica donde participaba, y en Stanford, Berkeley, Michigan, Penn y alguna que otra universidad se interesaban por él para la práctica de los deportes mencionados. Pero sus notas no eran tan buenas para poder ingresar en ninguna de ellas. Se le ocurrió que podía presentarse en algunas para apaciguar a su padre, pero como luego no lo aceptarían en ninguna, podría decir: eh, lo he intentado, pero no ha sido posible. Hola, ejército.
Casi funcionó. Pero el padre formaba parte del Consejo de Administración de Stanford, que además resultaba ser la universidad más interesada en la destreza de Ben en fútbol americano, y tiró de algunos hilos. Ben fue aceptado. Luego su padre empezó con nuevos argumentos: Stanford será estupendo. Allí podrás jugar, mientras que en una de las universidades de categoría superior te habrían dejado sin jugar el primer año. Además la preparación es de las mejores, te será muy útil cuando seas oficial del ejército.
Ben sabía que su padre tenía algo de razón, pero no quería ir a una universidad tan próxima a casa. De hecho, quería estar lejos de casa, tan lejos como en otro país. No sabía explicar exactamente la razón. No se trataba de que no quisiera a su familia, y la zona de la bahía de San Francisco era un buen sitio para vivir, y Stanford estaba bien como universidad, y sí, allí también podría jugar al fútbol americano y hacer lucha libre, pero… quería algo más suyo, algo fresco, algo para lo que él creyera que tenía madera, y de lo que no fuera capaz su padre y, mucho menos, Alex. Presentía que dentro de él había algo especial, y que era una equivocación estar en una universidad a cuatro kilómetros de la casa donde había nacido y se había criado… Habría sido algo parecido a traicionarse a sí mismo, de una forma que apenas podía entender, por no decir explicárselo a su padre.
Al cuerno. Decidió que no pensaba ir ni a Stanford ni a ningún otro sitio; era su vida y se iba a alistar en el ejército. Había hablado con un reclutador, que le había dicho que podía tener una plaza garantizada en las tropas aerotransportadas, que eran la «cantera» del Batallón Ranger y a su vez conducía a las Fuerzas Especiales. Todo lo que siempre había soñado, todo aquello donde sabía que podría destacar. Aprender idiomas, adiestrar fuerzas autóctonas, tener unas aventuras que las personas normales y corrientes apenas podían imaginar. Decidió que iba a anunciárselo a sus padres justo después del campeonato. Se iba a enfrentar allí con los mejores luchadores de California y no podía permitirse ninguna distracción.
Ocupaba el octavo lugar, lo que significaba que en la primera ronda se iba a enfrentar con lo mejorcito, un tipo imbatible llamado Musamano que tenía una constitución de toro, y nadie imaginaba que Ben fuera a llegar siquiera a las semifinales. Pero Ben había reflexionado mucho sobre lo que sus contrincantes sabían de él, lo que se esperaban. Era conocido como un luchador de una sola muñeca y media llave, efectivo, pero fácil de comérselo. Un poco predecible. Empezó a considerar qué pasaría si le hacía dar unas cuantas volteretas a Musamano.
Imaginó qué haría él para bloquear a alguien que luchara como él lo hacía. Mantener los brazos rígidos, pensó. Palmas en la esterilla, cabeza alta. Esto impide la posibilidad tanto de la sola muñeca como de la media llave.
Pero defenderse en esta postura crea nuevas vulnerabilidades, ¿no es cierto? Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que podía sorprender a la gente atacando con una llave cuna, bien desde cerca o desde lejos, daba igual. Con las manos plantadas y la cabeza alta, sobrecompensando contra el esperado ataque de media llave y muñeca, serían vulnerables.
Como no quería que nadie supiera lo que estaba haciendo, practicaba nuevos movimientos en casa, con su padre y con Alex. Su padre no tenía mucha paciencia para ello, pero intentaba ser un buen deportista. Alex era demasiado pequeño y no tenía experiencia, pero Ben podía usarlo como un maniquí de entrenamiento. Le decía lo que tenía que hacer y cómo moverse, que tratara de escapar y que resistiera de esta o aquella manera. Alex se quejaba de los golpes que se daba al caer sobre la esterilla, pero había que reconocer en su favor que nunca se negaba. Y así, cuando llegó el primer día de torneo, Ben se sentía preparado.
Musamano lo derribó inmediatamente en la primera ronda y lo dominó por el resto de ésta. Pero Ben se puso encima al principio de la segunda, y Musamano se preparó para el ataque de Ben exactamente como había esperado éste. Golpeó en un crossface con su mano izquierda y dejó caer la derecha hasta la parte interna del muslo derecho de Musamano, dando una voltereta en el sentido de las agujas del reloj sobre la cabeza de su contrincante, con lo que lo sorprendió y pudo lanzarlo por los aires. El brazo derecho de Musamano se desmoronó y desapareció un cuarto de su estabilidad. Ben oyó un rugido procedente del público y algo se revolvió en su interior: ¡Estaba funcionando! Pero apartó la excitación. Aún no se había acabado.
Salió disparado de forma todavía más agresiva, dio al crossface todavía más efecto y atacó tan salvajemente que notó los dientes de Musamano en su antebrazo derecho a través de su mejilla. Musamano gruñó y estiró el brazo derecho para prepararse, y ahí estaba, era ahora o nunca. Ben introdujo su mano derecha detrás de la rodilla derecha de Musamano y cambió las direcciones, saltando sobre la espalda de Musamano y aterrizando junto a él a su derecha. Lanzó la mano derecha más para abajo y se apoderó de su muñeca izquierda, arremetió con la cabeza en la sien derecha de Musamano, e intentó rodar a la derecha. Notó que su contrincante le agarraba fuerte en la otra dirección y por un segundo Ben pensó que había perdido la ventaja, que iba a perder el control. Pero entonces Musamano se movió, se arqueó sobre Ben y luego cayó sobre la esterilla, los hombros hundidos, el cradle en su sitio. Ben oyó otro rugido del público, más fuerte en esta ocasión, y Musamano cargó y se arqueó pero Ben hundió más el cradle, formando un ángulo con el hombro de Musamano en el suelo, apretando con todo lo que tenía.
Encajó una rodilla bajo los riñones de Musamano y le rechinaron los dientes, al tiempo que apretaba y apretaba. El sonido del público se había convertido en un verdadero rugido; no eran solamente vítores sino el estrépito de miles de pies pateando que resonaba a través del suelo y de las paredes, si bien él sólo era consciente de ello a medias. Tal vez oyera un pitido, pero no significó nada para él, que seguía trabajando los hombros de Musamano contra el suelo, lo asfixiaba, intentaba inmovilizarlo o matarlo, le daba igual el qué. Entonces notó unas fuertes manos que tiraban de él, le apartaban y fue entonces cuando comprendió que lo había conseguido, había inmovilizado a Musamano. Se había acabado, había ganado.
Soltó a su contrincante y se puso en pie. Le temblaban los brazos. El público armaba un jaleo tremendo. Miró a su alrededor y vio que incluso sus normalmente comedidos padres se habían levantado y alzaban los puños cerrados sobre sus cabezas al tiempo que gritaban a todo pulmón. Alex y Katie daban brincos y lanzaban vítores. Sonrió y miró a Musamano. El luchador se estaba poniendo en pie lentamente. Parecía asombrado. Parecía vencido.
El árbitro tomó a cada uno de la muñeca y los condujo al centro del cuadrilátero, luego levantó el brazo de Ben. El público volvía a estar excitadísimo. Ben no podía dejar de sonreír. Lo había conseguido. Había vencido a Musamano. Se sentía el rey del mundo.
Tras esta primera ronda tan inesperada y definitiva, sus contrincantes llegaron con la moral minada. Lo veía en su mirada y su postura apenas subían al cuadrilátero. Era el tipo que había logrado inmovilizar a Musamano, ¡por todos los santos!, y aunque había aprendido en una de las primeras clases que Si A puede vencer a B y B puede vencer a C, A puede vencer a C, es una pura falacia, él notaba que la gente así lo veía. Siguió ganando hasta el final del torneo. Estaba imparable.
Fueron los dos mejores días de su vida.
Pero luego…
Ahuyentó el pensamiento. Por lo menos sus padres habían mostrado buena voluntad. Pero el cabrón de Alex, pensó, nunca había dicho, «Tranquilo, Ben», «No fue tu culpa, Ben», o «Imagino cuánto debes de sufrir tú también, hermano».
Bien, al diablo con él. La última vez que había tenido noticias suyas, estaba estudiando Derecho. Antes, estaba en algo así como un curso de doctorado en informática. Todas aquellas carreras, ¿y qué ha logrado en definitiva? Nunca fue a ninguna parte, en realidad nunca se marchó de casa. Ahora debía de ser un rico abogado, el tipo de yuppie ignorante y amargado que nunca se había ensuciado las manos y miraba a los soldados por encima del hombro. Era lo único bueno con respecto a sus padres y Katie, haberse ido. Ya no tenían que aguantar a Alex. Y él tampoco.