El agravio

Barry Eisler · Capítulo 6 de 35

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El agravio

6 - Inexpugnable

 

Una vez anulada la reunión, Alex se tranquilizó un poco. Era una sensación similar a cuando se llega tarde para tomar un avión; mientras se tiene la esperanza de llegar a tiempo, la tensión va en aumento, pero cuando se sabe que ya no tiene remedio, que el avión ha salido, uno se puede relajar, aceptarlo y ponerse a buscar una alternativa.

Salvo que no había alternativa a Hilzoy. Era sólo un billete de ida.

Se puso a trabajar en otros asuntos, pero no podía sacarse a Hilzoy de la cabeza. Se preguntaba qué pasaría con la solicitud de patente si Hilzoy había… desaparecido. Sin duda pasaría a formar parte de sus propiedades y lo heredarían sus descendientes o beneficiarios. Pero ¿quiénes eran? Alex no sabía nada sobre la familia de Hilzoy, aparte de que estaba divorciado y no tenía hijos. ¿Había alguna forma de recuperar el asunto sin Hilzoy, sólo con la patente?

Sonó el móvil. Comprobó la pantalla. Era un «número privado», pero como estaba tan ansioso por tener noticias, contestó.

—Alex Treven.

—Señor Treven, soy el agente Gámez de la Policía de San José. ¿Tiene usted un minuto?

A Alex le dio un vuelco el corazón.

—Sí, sí, no hay problema… ¿Se trata de… Richard Hilzoy?

Hubo una pausa al otro lado de la línea, y Alex se dijo que tal vez no hubiera debido decir nada.

—Ha habido un crimen —empezó a decir Gámez—, y nos gustaría que se acercara a la jefatura para contestar a unas preguntas.

—Claro —contestó Alex—. ¿Cuándo?

—Si pudiera ser ahora mismo, mejor.

—Por supuesto —repitió Alex—. Dígame la dirección.

—Calle West Mission número 202. Entre por la puerta principal y pregunte por el agente Gámez.

—Supongo que llegaré dentro de media hora más o menos. ¿Le puedo preguntar…?

—Ya hablaremos cuando esté aquí —replicó Gámez—. Media hora más o menos, ¿de acuerdo?

—Sí, de acuerdo —dijo Alex antes de que se interrumpiera la conexión.

Empezó a ordenar unos papeles del escritorio, luego se dio cuenta de que era ridículo. Temía la noticia que le iban a dar, eso era todo, y buscaba una razón para aplazarla. O quizá trataba de imponer cierto orden en el universo ordenando su mesa. Por favor. Salió del despacho.

—Me acaba de llamar la policía —le explicó a Alisa conforme se marchaba—. Tengo que ir a la central.

—¿Es por Hilzoy? —preguntó ella a su espalda.

—A ver qué me dicen.

Introdujo la dirección en el navegador del M3 y, siguiendo sus instrucciones, se dirigió por Page Mill Road hacia la 280. Mientras cruzaba la Foothill Expressway, recordó haber leído aproximadamente un año atrás que un ciclista había muerto en ese punto. Un accidente imprevisto, desnucado. El recuerdo acrecentó la certidumbre de que realmente a Hilzoy le había pasado algo. Sabía que la vida era así, lo sabía por experiencia propia. Justo cuando todo iba bien, cuando no podía ir mejor, el destino se dejaba ver para recordarle a uno lo insignificantes que somos.

Se preguntó por qué le había llamado Gámez. Debía de ser por Hilzoy. ¿Pero cómo se le había ocurrido a la policía llamarlo a él? ¿Y de dónde habían sacado el número de su teléfono móvil?

Entonces lo comprendió. El móvil de Hilzoy. La cita con Alex y los inversores debía estar en el calendario electrónico. Además él le había llamado, ¿cuántas? ¿veinte veces aquella mañana? Y todas aquellas llamadas debían de haber quedado registradas.

Trató de imaginar lo que pensaría la policía de la cita y de todas aquellas llamadas perdidas. Se preguntó si sospecharían de él.

El cuartel general de la policía de San José era una verdadera fortaleza, formada por bloques de cemento, ángulos de noventa grados y cristales negros reflectantes. Los dos bancos que había delante estaban clavados al cemento del suelo y no ayudaban a suavizar la atmósfera pesada de la plaza. Incluso los árboles y las plantas parecían más un camuflaje que una decoración.

Alex respiró hondo, subió las escaleras de cemento y entró en el vestíbulo. Lo de siempre: cristal antibalas, cámaras de vigilancia, pesadas puertas metálicas con aspecto de alta tecnología. Había dos hileras de sillas metálicas y, sentadas, cinco o seis personas esperando, todas ellas con la expresión propia de quien está a punto de que le llamen para sacarle una muela.

Salas de espera. Las detestaba.

Detrás de un cristal blindado había una mujer que parecía estar allí para informar. Alex se acercó y dijo en el intercomunicador:

—Buenas tardes, soy Alex Treven. He quedado con el agente Gámez. Creo que me está esperando.

—¿Treven? —preguntó ella, y cuando él asintió con la cabeza, añadió—: Voy a decirle que está usted aquí.

Al cabo de veinte minutos, durante los cuales Alex no pudo sentirse más incómodo, de la puerta interior salió un hombre que miró alrededor de la sala. Iba vestido con una americana gris y una corbata oscura. Debía de medir un metro ochenta, su aspecto era atlético, tenía el pelo negro pelado casi al cero y, a juzgar por el tono de su piel y por el nombre, Alex imaginó que era latino.

Alex se levantó y lo miró. El hombre dijo:

—¿Alex Treven?

Este asintió con un gesto de la cabeza y se acercó.

—Hola… Usted debe de ser el… inspector Gámez.

—En efecto. —El hombre no le alargó la mano para saludarlo—. Siento haberle hecho esperar, pero estamos recibiendo mucha información sobre este caso y vamos de cabeza. Entremos, estaremos más tranquilos.

Alex lo siguió. Tenía ganas de preguntar por el caso, pero decidió que cuanto menos hablara mejor. Además, imaginaba que no iba a tardar en saberlo, para bien o para mal.

Subieron en ascensor hasta la segunda planta, donde recorrieron un pasillo no muy largo. Aunque no sabía muy bien la razón, a Alex aquel sitio le dio la sensación de ser muy burocrático. Tal vez era la decoración funcional. Luces de neón en el techo, falsos techos, baldosas lisas en el vestíbulo. Pasaron por delante de algunas puertas abiertas, y el sonido producido por las conversaciones en su interior era apagado, grave, dando la impresión de que la gente que estaba dentro se concentraba mucho en su trabajo. A Alex le impresionó el tamaño de las instalaciones, la cantidad de personal y los recursos que evidentemente el gobierno podía aportar a un determinado problema si así lo deseaba. Había algo… implacable que se respiraba en el lugar, y se sintió intimidado.

Doblaron a la derecha por una puerta. Había un letrero encima, algo como UNIDAD DE INVESTIGACIÓN CRIMINAL. Alex no lo vio bien cuando pasaron por debajo. Dentro había una enorme zona enmoquetada y dividida en unos doce cubículos. Alex vio a algunas personas trabajando, pero nadie levantó la vista.

Gámez le condujo a la derecha a una pequeña sala, de unos cuatro por tres metros. El techo era bajo. Una mesa, tres sillas, y unas desnudas y chillonas luces fluorescentes. Una vez dentro, desapareció todo el ruido exterior y Alex imaginó que debía de estar insonorizado.

Gámez cerró la puerta y se sentaron uno frente al otro. Sacó una libreta del bolsillo y se quedó mirando a Alex fijamente a los ojos.

—Cuando le he llamado, usted me ha preguntado si se trataba de Richard Hilzoy. ¿Por qué me lo ha preguntado?

La brusquedad del policía desconcertó a Alex.

—Esta mañana teníamos una reunión muy importante pero no ha aparecido. Le he llamado un montón de veces, y luego le he dicho a mi secretaria que se acercara hasta su casa para ver si podía encontrarlo. Ella me ha explicado que el lugar estaba lleno de policías, y que alguien le había dicho que habían asesinado a alguien. He tenido miedo de que fuera Richard. ¿Hay alguna razón para que no me explique lo que pasa? Soy su abogado y estoy muy preocupado.

Gámez se lo quedó mirando con detenimiento. Al cabo de un momento, dijo:

—Richard Hilzoy ha muerto asesinado esta mañana en el aparcamiento del edificio donde vivía.

Asesinado. Si bien había sospechado lo peor, y creía estar preparado para ello, la noticia dejó a Alex anonadado.

—¡Maldita sea! —exclamó—. ¿Qué… ha pasado?

—Me gustaría hacerle unas cuantas preguntas —fue la respuesta de Gámez—. Su reunión de esta mañana. ¿Con quién era? ¿Para qué era?

Alex contestó a las preguntas del policía. Éste fue tomando notas en una libreta. De vez en cuando le pedía alguna aclaración a su interrogado. En algún momento volvía sobre algo que Alex había dicho con anterioridad. Confirmó que la cita estaba en la agenda de Hilzoy, y que habían sido las múltiples llamadas perdidas lo que les había llevado hasta Alex. Éste advirtió que Gámez no sólo buscaba información general, sino que de hecho sospechaba de él, y aunque sabía que no tenía de qué preocuparse, resultaba desconcertante estar sentado delante de ese policía que pensaba que tal vez unas horas antes había asesinado a alguien.

En un cierto punto, Gámez le preguntó si estaba al corriente de que el muerto consumiera o comerciara con drogas.

—No —contestó Alex—. Me refiero a que, si bien no lo conocía mucho, nunca le vi… ni vi indicio alguno de que tomara drogas. Y no parecía el tipo de persona que traficara con ellas. ¿Puedo saber por qué lo pregunta?

Gámez frunció los labios. Se le inflaron las mejillas y espiró larga y lentamente.

—Hemos encontrado una cantidad sustancial de heroína escondida en el coche de Hilzoy.

—¿Heroína? ¿Habla en serio?

Gámez lo miró. Su mirada decía: ¿Tengo pinta de no hablar en serio?

Alex, mientras tanto, iba tratando de procesar toda aquella información.

—¿Cree… que lo mataron porque era un camello?

—Es posible.

—Sí, pero… me pregunto, ¿por qué quien lo mató no se llevó la droga?

Apenas lo hubo dicho, Alex se arrepintió de ello. Él no era policía, y tampoco quería que Gámez pensara que pretendía darle lecciones.

Pero éste se limitó a encogerse de hombros.

—Alguien registró su piso, seguramente en busca de la droga. Por la forma en que estaba escondida en el vehículo se les habría podido pasar por alto. ¿Y enemigos? ¿Tenía Hilzoy enemigos?

—No, que yo sepa. Se divorció el año pasado y andaba un poco despistado, pero no sé nada más de él.

Tras una hora de interrogatorio, Gámez cerró la libreta.

—Le agradezco su cooperación —dijo—. Sólo una pregunta más, en realidad es un favor porque nos ayudará a descartar cosas y nos ahorrará tiempo. ¿Le importaría que le tomáramos una muestra de ADN antes de marcharse?

Alex abrió los ojos de par en par. Una de las preguntas anteriores había sido si había estado en el coche o el piso de Hilzoy. La respuesta había sido no, gracias a Dios, y en aquellos momentos Alex comprendió el sentido de aquella pregunta.

Gámez volvía a mirarle con atención. Alex fue consciente repentinamente de que aquel hombre interrogaba cada día a mucha gente, tal vez a más de diez personas. Sin duda, sólo aquella mañana había escuchado más mentiras, y además expresadas por profesionales, de las que Alex había oído en toda su vida. Se encogió de hombros.

—No, no me importa, si eso puede ayudar. ¿Qué debo hacer?

En realidad no fue nada. Un formulario de consentimiento, un algodón húmedo frotado en el interior de la mejilla, y ya estaba. Gámez lo acompañó hasta el vestíbulo. Le dio una tarjeta de visita.

—Si se le ocurre algo más, llámeme por favor —dijo. Luego alargó la mano—. Y siento lo de su cliente.

Alex presintió por el gesto y las palabras de Gámez que estaba prácticamente descartado. Estrechó su mano.

—Espero que cojan al que lo hizo.

—Lo cogeremos —afirmó Gámez antes de alejarse.

¿Hilzoy traficaba con drogas? ¿A un nivel tan alto como para ser asesinado? A Alex le costaba creerlo.

Por otra parte, Hilzoy iba justo de dinero por el divorcio. Quizá estaba muy desesperado. Pero ¿cómo podía haber sido tan estúpido?

O tal vez se había puesto nervioso. Esto solía ocurrirle a ciertas personas cuando estaban muy cerca del objetivo susceptible de convertir sus sueños en realidad.

Una vez sentado al volante, miró el edificio de la policía por el espejo retrovisor. Parecía tan inexpugnable para el entendimiento como lo era para el ataque.

Pensó en el tono frío que empleó Gámez para decir: Lo cogeremos. La seguridad del policía habría debido producirle alivio. En cambio le resultaba más bien escalofriante.