El agravio

Barry Eisler · Capítulo 16 de 35

Páginas del PDF

El agravio

16 - Karma sincronizado

 

Cuando Alex se despertó a la mañana siguiente lo primero que oyó fue el ruido de la ducha. Se sentó y miró el reloj que había sobre la mesilla de noche. Las seis y media. Parecía que iban a madrugar. Le sorprendió no haber oído a Ben levantarse. Por regla general tenía el sueño ligero.

Se dirigió en calzoncillos al cuarto de baño y trató de abrir la puerta. Estaba echado el cerrojo. Joder, tenía que hacer pipí. Llamó.

—¡Ben, date prisa!

Le sorprendió de repente lo extraño de la situación. Cuando eran pequeños siempre habían compartido cuarto de baño, a menudo objeto de disputa, y ahora volvían a hacerlo.

Descorrió las cortinas y miró fuera. El sol estaba saliendo y por el cielo se deslizaban unas largas nubes de color rosado. Permaneció un momento observando, al tiempo que se frotaba los hombros desnudos. Se sentía desorientado. Debería estar en su casa, preparándose para ir a trabajar. La necesidad de ir al despacho, de volver a su vida era imperiosa.

Dejó de oírse la ducha. Alex se volvió y pasó por delante del sofá para dirigirse al baño. La bolsa de Ben estaba abierta. Alex vio ropa, un libro en rústica…

¿Eso era una pistola?

Miró más detenidamente. Era una pistola, pequeña y negra. ¡Jesucristo! ¿Ben tenía un arma? ¿Y la llevaba encima?

Se abrió la puerta del baño y salió Ben, con una toalla enrollada a la cintura y un bulto de ropa bajo el brazo.

—Todo tuyo —dijo.

—¿Tienes una pistola?

—Pues claro —replicó Ben según pasaba por delante de su hermano sin apenas mirarlo.

—¿Y la llevas encima?

—¿Dónde quieres que la lleve si no?

¡Dios santo! Parecía aquel tipo que, a la pregunta de ¿Por qué robas bancos? contesta Porque es ahí donde está el dinero.

—Me refiero a que… —empezó Alex, luego se lo pensó mejor—: ya verás. Si se supone que la tienes que llevar encima, ¿por qué no te la has llevado al cuarto de baño?

Ben dejó caer la ropa que llevaba bajo el brazo sobre el sofá y, a modo de truco de magia, se quedó blandiendo otra pistola, ésta mayor que la que había visto Alex un momento antes.

—La otra es de reserva —explicó—. La llevo en los riñones. Normalmente no me llevo las dos al baño.

—¿Puedes viajar con ellas? ¿En los aviones?

—A veces. Cuando no puedo, hago que me las lleven adonde voy.

Alex tenía ganas de preguntar más, cómo que te las lleven, y quién, pero decidió no hacerlo. No podía asimilar la idea de que su hermano llevase un arma. ¡Y no hablemos de dos! Claro que, en teoría, tenía sentido. Ben era una especie de soldado secreto. Pero aún así.

Hizo uso del retrete, se lavó los dientes, se duchó y se vistió. Ben se detuvo justo antes de abrir la puerta del cuarto.

—Te explico lo que quiero que hagamos. Le das al portero este resguardo y le dices que te acerque mi coche de alquiler. Yo voy a dar una vuelta por donde está tu coche y a echar un vistazo por los sitios donde yo esperaría si quisiera tenderte una trampa. Si hay alguien esperando y él o ellos no me dan buena espina, tal vez convenza a uno de ellos para que venga a dar una vuelta con nosotros.

—¿Convencerlos?

—¿Te tengo que hacer un dibujo, Alex? Tú lleva el coche de alquiler hasta allí. Si estoy solo, recógeme. En caso contrario, abres el maletero desde dentro. Si le haces a la persona adecuada la pregunta adecuada de la forma adecuada, descubrirás de dónde vienen tus problemas, y por qué. ¿No es eso lo que quieres?

—Sí, pero…

—Pero ¿qué?

—Escucha, no quiero verme metido en…

—Ya estás metido en ello. Y lo que quieres es salir.

—¿Qué estás diciendo? ¿Pretendes ayudarme… secuestrando a un tipo? ¿En el aparcamiento del hotel Four Seasons de Palo Alto?

—No, ¿qué estás diciendo tú? ¿Esperas que te haga el trabajo sucio? ¿Es eso?

—Yo no…

No prosiguió, no sabía qué decir. Todo estaba sucediendo tan deprisa. ¿Ben estaba realmente proponiendo que raptaran a alguien?

—Eres igualito que los políticos, Alex —prosiguió Ben riéndose—. Quieres que se haga una cosa, pero no quieres que se haga bien. ¿Crees que puedes coger un cagarro por el extremo limpio? No funciona así.

—Esto no es lo que yo…

—Sí, sí lo es. Estoy harto de los liberales que jamás han visto un arma, por no decir usado una bajo la presión de la adrenalina, que crucifican a los polis por no limitarse a disparar sobre la mano del malo que empuña el puñal. Que juzgan a los soldados que le meten a Ahmed una bala extra cuando ya se ha desplomado, sin ni siquiera ocurrírseles pensar que ha sido esa bala de más lo que ha evitado que el cabrón detone el chaleco explosivo. Si queréis podéis vivir en este mundo de fantasía, pero ¿qué te parece un poco de gratitud para la gente que lo hace por ti? ¿Quién hace todo el trabajo sucio para que podáis fingir que estáis limpios?

—¿Qué quieres, una flamante medalla de oro? —espetó Alex, en un tono más alto de lo que había pretendido—. Tú te ofreciste para hacer lo que haces, ¿no es así? ¿Acaso no te pagan un sueldo? Por supuesto yo estoy contento de que haya gente que se aliste en el ejército para no tener que hacerlo yo, pero podría decir lo mismo con respecto a los mineros de carbón. ¿Por qué merecéis vosotros una dispensa especial?

—Pero tú no les dices a los mineros cómo deben extraer el carbón —replicó Ben tras sacudir la cabeza—. No les dices que lo hagan sin que se les meta carbón bajo las uñas. Entonces, ¿cómo sabes tantísimo de mi trabajo? Ya tengo que aguantar esa mierda en la CNN continuamente y no pienso aguantarlo de ti.

Se quedaron un momento mirándose. A Alex se le ocurrieron algunas réplicas, pero todas le sonaban infantiles y, además, ¿para qué?

Ben consultó su reloj, y el gesto recordó el de alguien que estuviera deseando estar en otro lugar.

—Ahora voy a ir caminando hasta tu coche —empezó a decir—, por si hubiera alguien esperándote para matarte. También comprobaré el vestíbulo. Espera un minuto antes de salir tú, para que no nos vean juntos. —Acto seguido entregó a Alex el resguardo para el portero, echó un vistazo por la mirilla y salió.

Alex esperó un momento durante el cual tuvo que reprimir el deseo de romper algo, luego salió. Bajó al vestíbulo en el ascensor y, al salir, miró en torno a él con cautela. Estaba vacío. ¡Cielos! ¿Es así como iba a ser a partir de entonces? Siempre preguntándose si aquel tipo detrás del diario en un vestíbulo estaba allí para acabar con él. No le cabía en la cabeza vivir de aquella forma.

Le dio el resguardo al portero. El hombre se alejó para regresar al cabo de diez minutos con un Taunus gris. Aspecto anónimo, pensó Alex. Así vive Ben.

Se subió en el coche y dobló la esquina. Ben estaba solo cerca del M3. Alex se detuvo para que su hermano subiera.

—Llévame a tu despacho —ordenó Ben—. Toma hacia el sur por Page Mill, para no hacer el camino que sueles hacer desde casa.

Alex estuvo a punto de preguntarle cómo sabía dónde estaba su despacho, pero recordó: había estado indagando en la web. Y además conocía el terreno. También él había nacido y crecido allí.

Circularon en silencio. Cuando llegaron al aparcamiento de Sullivan, Greenwald, Ben dijo:

—Pasa por donde sueles aparcar pero no te pares. A ver qué vemos.

Alex obedeció. Eran poco más de las siete, y no había muchos coches.

—¿Ves aquél de allí? —preguntó Ben—. El Jaguar. ¿Ves que el techo y las ventanas están cubiertas de rocío? Lleva ahí toda la noche. Nadie podría ver nada desde dentro. Para nosotros significa seguridad.

—Parece lógico.

—Lo que estamos buscando es un coche que haya sido utilizado esta mañana. Y lo más obvio, uno que esté en marcha para que sus ocupantes no tengan frío y que las ventanillas no se empañen. Pero no veo nada semejante.

—Pero la mayoría de estos coches no están cubiertos de rocío.

—Exacto. Sus dueños, madrugadores como tú, han venido con ellos a trabajar. Lo importante es que no hay nadie dentro. Hasta ahora, todo bien. Ahora rodea el edificio un par de veces más para que yo pueda ver el perímetro, luego aparca donde no suelas hacerlo, y entremos por donde no lo hagas normalmente.

Después de aparcar, entraron en el edificio. Ben se movía con cautela, como lo había hecho en el hotel. Se iba parando y mirando alrededor como si estuviera estudiando algo.

—Tarjetas de acceso —observó, y Alex no supo si se dirigía a él o hablaba solo —. Esto es un obstáculo. Además, si uno no trabaja aquí, ¿dónde meterse? Como la gente va y viene, se corre el riesgo de ser descubierto tanto por la mañana temprano como por la tarde, y por consiguiente no se puede controlar el entorno. Así pues, el aparcamiento es el mejor sitio para esperar. Hay muchísima gente que llega y se marcha, es cierto, pero por regla general el objetivo resuelve ese problema al aparcar siempre en el mismo sitio. Sí, no cabe duda, yo optaría por el aparcamiento.

Subieron un tramo de escaleras en el edificio Estrella de la Muerte.

—No digas nada cuando lleguemos a tu despacho hasta que yo te diga que no hay peligro.

—¿Peligro de…?

—Tú limítate a no abrir la boca.

Recorrieron el largo pasillo enmoquetado de verde. Había luz en el despacho de Osborne y, cuando pasaron por delante, Alex miró adentro. ¡Maldita sea! Osborne estaba allí, y levantó la vista al oír los pasos.

—¡Alex! —llamó Osborne—. No esperaba verte. ¿Cómo te encuentras?

—Oh, mejor —contestó Alex—. ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Ya has vuelto de Tailandia?

—Siempre llego temprano —replicó Osborne para luego hacer un gesto en dirección a Ben—. ¿Y él es…?

—Mi hermano, Ben.

Osborne se puso en pie y se acercó a ellos caminando despacio con sus botas de vaquero.

—No sabía que Alex tuviera un hermano —dijo conforme alargaba la mano.

Ben esperó más de un segundo para estrechársela.

—No vengo mucho por California últimamente —dijo.

—¿No? ¿Dónde vives?

—Trabajo de voluntario en las misiones de África.

Osborne parecía sorprendido. Alex pensó: ¿Qué demonios?

—África —observó Osborne—. Hmm.

—Sí, proporcionamos comida, ropa, cobijo, nuevas fuentes de agua limpia, medicina, atención pastoral, educación…

Osborne parecía más atónito de lo que Alex lo había visto nunca.

—¡Caramba! —exclamó.

—Bienaventurados sean los niños… —prosiguió Ben sonriendo—, para ellos será el Reino de los Cielos. Mateo 19.14. ¿Estás de acuerdo?

—No hay nada más importante que los niños —dijo Osborne—. Bien, no os entretengo más. —Les dedicó una sonrisa forzada y regresó a su escritorio.

Alex y Ben prosiguieron pasillo abajo, el primero echando chispas. ¿Qué demonios era todo eso? Osborne iba a pensar que tenía una especie de pirado religioso por hermano. Tenía ganas de decir algo, pero ya estaban llegando a su despacho y su hermano le había dicho que no hablara.

Entraron. Ben se llevó un dedo a los labios, luego señaló la puerta y giró la mano como si estuviera dando vueltas a una llave. De acuerdo. Alex cerró la puerta y echó la llave. Ben dejó su bolsa sobre el escritorio y sacó algo que parecía una radio. Le conectó una varita unida a un cable y se puso a caminar por todo el despacho al tiempo que apuntaba la varita aquí y allá. Alex comprendió: Joder, está comprobando si hay micrófonos.

Al cabo de unos minutos, Ben volvió su atención al teléfono de Alex. Examinó el auricular, la línea y el propio aparato.

Ben dejó el detector sobre el escritorio. Se quedó mirando por la ventana un momento, luego bajó las persianas.

—Tu despacho está limpio —declaró.

Alex advirtió que la luz roja indicadora de la unidad estaba todavía encendida.

—¿La dejas encendida? —preguntó Alex.

—Por si hubiera un micrófono que hubiera estado apagado mientras yo hacía la comprobación, y que han conectado luego.

—¿Piensas de verdad que alguien haya podido poner micrófonos en mi despacho?

—Recuerda que estamos haciendo cosas por si acaso —explicó Ben encogiéndose de hombros.

—¿Llevas este equipo siempre contigo?

—¿Adónde quieres ir a parar?

—No sé… —murmuró Alex conforme sacudía la cabeza—, no sé cómo puedes vivir así.

—Estaría muerto si no lo hiciera.

—Supongo que debe de ser agotador.

—Te lo parece a ti porque no sabes qué buscar. No tienes motivos en tu vida normal.

—¿Qué estabas mirando por la ventana?

—Un sitio donde se pudiera instalar un láser para leer las conversaciones a través del cristal de la ventana.

—¡No hablarás en serio! ¿Se puede realmente hacer una cosa así?

—No es fácil, pero se puede hacer. No cuesta nada evitar riesgos.

Alex se sentó en su sillón, contento de que Ben no se le hubiera adelantado. De no haber estado jugando con su equipo, sin duda ya lo habría hecho.

—¿Por qué le has contado a Osborne todo ese cuento de que eres misionero?

Ben se echó a reír con una risa carente de alegría y tomó asiento en una de las sillas al otro lado del escritorio.

—No me ha gustado el olor de ese tipo. No me apetecía hablar con él. Es tu jefe, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes?

—Simplemente lo sé.

—Sí, y una razón de peso para que no crea que mi hermano es un fanático.

—Era lo mejor que podía decirle para cortar la conversación. Los peces gordos que se pasan el día cobrando quinientos dólares la hora para mover papeles de un lado al otro no les gusta la gente que trabaja en obras benéficas. Les hace sentir que sus vidas son superficiales.

—¿Crees que mi vida es superficial?

Ben se quedó contemplando la oficina a su alrededor.

—Has estado fuera un par de días, ¿no? ¿Te parece que hay algo fuera de lugar?

Alex no iba a dejar que fingiese que no lo había oído.

—Te he preguntado si crees que mi vida es superficial.

Hubo una pausa.

—Da igual lo que yo piense —comentó luego Ben.

—No, yo lo quiero saber.

—No estoy seguro, Alex. Sigues viviendo en la misma casa, trabajas en una oficina que está a menos de diez kilómetros de distancia, hiciste todos tus estudios universitarios en el mismo sitio, aquí… Me pregunto si has hecho alguna vez algo diferente. ¿Has corrido algún riesgo alguna vez?

Alex notó que le ardían las orejas.

—¿Y qué? Stanford era lo mejor. ¿Y sabes cuánto pagas de plusvalía en California cuando vendes una casa? —Conforme lo iba diciendo ya sonaba lamentable. Pero al cuerno con Ben, la vida no consistía sólo en correr riesgos—. Te crees un gran temerario —añadió—. Pero ¿quieres saber lo que pienso?

—La verdad, no —contestó Ben tras apartar la vista con gesto aburrido.

—Fallaste en el instituto, abandonaste la universidad y aquí en el Valley no habrías podido abrirte camino. Fuiste a parar al único sitio donde parece que sirves y desde entonces has hecho de la necesidad una virtud. No ejerces tu profesión porque sea respetable e importante. Lo haces porque no sabes hacer otra cosa.

Ben desenvolvió un chicle y se lo metió en la boca. Le alargó el paquete a su hermano. Este tuvo ganas de tirárselo de la mano.

—¿Ves aquí algo fuera de lugar?

Alex se lo quedó mirando un momento, luego decidió dejarlo estar.

—Déjame ver —dijo.

Lo advirtió apenas empezó a mirar. Sobre la mesita auxiliar tenía ocho montones de documentos dentro de sus respectivas carpetas. Ahora faltaba uno. El de Hilzoy.

—¡No puede ser! —exclamó.

Acto seguido se puso a rebuscar entre las pilas, sólo para confirmar lo que ya sabía. Daba toda la sensación de que la carpeta de Hilzoy había… desaparecido.

—¿Qué pasa? —quiso saber Ben.

—El expediente de Hilzoy. Obsidian. No está.

—¿Estás seguro?

—Estaba aquí sobre esta mesa. Es donde pongo todos los asuntos en curso. — Revisó el archivador—. Nada, no está.

Se sentó y llamó a Osborne.

—Oye, David, ¿te has llevado por casualidad una carpeta de mi despacho?

—¿Por qué, falta algo?

—David, ¿podrías hacer el favor de contestar directamente y dejarte de circunloquios?

Lo estaba diciendo y no se lo creía. Incluso Ben le estaba mirando con expresión sorprendida. Hubo una pausa.

—No, no he tocado ninguna carpeta de tu despacho —acabó contestando Osborne, y colgó.

—Yo de ti no me preocuparía de que pensara que tienes un hermano pirado — comentó Ben—. Parece que tú solito te bastas y te sobras para mandarlo todo a la mierda.

Alex no contestó. Le había sentado bien hablarle tan bruscamente a Osborne. También había esperado impresionar a Ben… salvo que éste ahora le estaba criticando, o burlándose de él. Vale, no importaba. Tenía motivos para estar irritado. Y ya se estaba hartando de comer mierda.

—¿Hay alguien más que hubiera podido llevarse la carpeta? —quiso saber Ben.

—Bien, está Alisa, mi secretaria, pero cuando se lleva algo lo vuelve a dejar en su sitio antes de marcharse.

—¿Por qué no echas una ojeada a su mesa para asegurarte?

Alex se levantó y fue a ver. Ningún documento sobre la mesa. Regresó, se sentó y empezó a mover la cabeza.

—¿Alguien más? —volvió a preguntar Ben.

—Sarah, supongo —contestó Alex tras reflexionar un momento—. Es la pasante que me estaba ayudando en este asunto. Pero ella no se habría llevado algo de mi despacho. O si lo hubiera hecho, me habría dejado una nota o un mensaje, o algo así.

—Compruébalo de todas formas.

Alex llamó a Sarah a su teléfono móvil.

—Hola —dijo—. Perdona que te moleste tan temprano.

—No pasa nada. Estoy entrando en el aparcamiento. ¿Qué pasa?

Había pocos empleados que llegaran a la oficina más pronto que Sarah. Alex era uno de ellos.

—No encuentro una de mis carpetas de Hilzoy. ¿Tú te has llevado algo?

—Claro que no. Te lo habría dicho de haberlo hecho.

—Sí, ya me lo imaginaba, sólo quería estar seguro. Gracias.

Apagó y movió la cabeza en dirección a Ben.

—¿Seguimos haciéndolo todo por si acaso…? —sugirió este último.

Alex tragó saliva. Primero su casa, luego su despacho… ¿qué significaba todo aquello?

—No —contestó—. Aquí está pasando algo.

—¿Qué habrán conseguido llevándose esa carpeta?

—Nada —contestó Alex al cabo de un momento—. Tenemos los archivos cronológicos, están las copias de seguridad… y además, seguramente podré imprimir mucho de lo que falta de la correspondencia por correo electrónico, si llegase el caso.

—¿Has comprobado tu correo?

Alex encendió el ordenador y repasó la correspondencia.

—¡Dios santo! —exclamó—. Ha desaparecido todo. Todos mis archivos sobre el código fuente de Obsidian.

Salió para comprobar el archivo cronológico. No pudo encontrarlo. Volvió a mirar, cruzó las referencias. Nada. Obsidian había desaparecido.

Volvió a su despacho.

—Alguien se lo ha llevado todo —informó a su hermano—. Todo. No queda nada.

—¿Y la copia de seguridad?

—Eso no sé cómo comprobarlo. Tendré que preguntárselo a alguien de informática, cuando lleguen.

—Créeme, la copia de seguridad también ha desaparecido —afirmó Ben.

—¿Cómo lo sabes?

—Alguien ha estado aquí las últimas noches y ha llevado a cabo un trabajo muy profesional. Han hecho bien los deberes. Han sabido borrar los archivos de tu ordenador, los cronológicos y la correspondencia del correo electrónico. ¿Tú crees que habrán descuidado algo tan obvio como una copia de seguridad?

Alex seguía sentado en silencio, no daba crédito a lo que estaba pasando. No tenía ni idea de lo que debía hacer.

—Pues aquí está la pregunta —empezó a decir Ben mirándole—. ¿Por qué te estás librando tú?

—¿A qué te refieres?

—Han matado a dos personas, una en cada punta del país. Una, aparentemente, mediante un sofisticado sistema para que pareciese un ataque cardíaco. Habrán tenido montones de ocasiones para matarte. ¿Por qué no lo han hecho?

—¡No sabes lo que daría por saberlo!

—Creo que han cometido un error —dijo Ben al tiempo que tamborileaba con los dedos sobre el muslo.

—¿Qué quieres decir?

—La perfección es el enemigo de lo bueno. Y ellos han intentado ser perfectos.

—¡Eh, Ben! ¿De qué estás hablando?

—Hay alguien que quiere ese invento. No, no es la forma correcta de exponerlo. No quieren que nadie más lo tenga, y por consiguiente no quieren que nadie más lo conozca. Ahora ponte en su lugar. Tu objetivo es hacer desaparecer el invento. ¿Qué harías?

—Pues, no se puede, es demasiado…

—Si no tuvieras más remedio que hacerlo. ¿Qué es lo primero que harías?

—El inventor —contestó Alex tras un momento de reflexión.

—Exacto. En la secuencia que tenemos entre manos, ¿quién fue el primero en morir?

—El inventor.

—¿Qué sería lo siguiente?

—Supongo que dudaría entre la oficina de patentes y el abogado que ha solicitado la patente.

—Se cargaron al tipo de las patentes antes que a ti. Quizá fueron a hablar con él antes de matarlo. También querían hablar contigo.

—¿Adónde quieres ir a parar? —preguntó Alex.

—Pero tú te largaste —prosiguió Ben sin hacerle caso—. Te estaban vigilando y, de pronto, no apareces ni por el trabajo ni por tu casa. ¿A qué conclusión llegan? Que has estado atando cabos. Y cuando comprenden esto, cambian las prioridades. ¿Qué habrías hecho en su lugar?

—No sé… los papeles supongo. El expediente.

—Ya lo tienes.

—Pero ¿qué van a conseguir? Ahora las solicitudes de patentes son electrónicas, toda la fórmula está en un sistema de recuperación de la información de las solicitudes llamado PAIR de la Oficina de Patentes y Marcas. Para acceder a él, hace falta un certificado digital y una contraseña. Me refiero a que es…

—Pruébalo.

Alex abrió la página web de PAIR, e introdujo el número de la solicitud. No había nada con aquel número.

—¿Qué demonios pasa? —se preguntó.

—¿No está?

Alex volvió a probar, en esta ocasión mediante el número de expediente, y luego con el número de cliente. Nada. Miró a Ben y movió la cabeza en silencio.

—¿Lo ves? —dijo Ben—. Iban a por las personas antes de ir a por los documentos. Como tú interrumpiste la secuencia de su operación, cambiaron las prioridades. Y el hecho de que fueran capaces de eliminar la documentación demuestra que estaban preparados para ello; aunque, de haber sido posible, hubieran preferido eliminarte primero a ti. ¿Lo pescas? Es como poner orden en un cuarto que está hecho un asco, si hay tantos obstáculos que no puedes llegar a uno de los extremos, te ocupas de un lado para llegar al fondo más tarde.

—Esa chica, Sarah —prosiguió—. Has dicho que te ayudaba en el caso.

—Mierda, sí. No creerás…

—¿Se la menciona en la solicitud de patente? ¿Se puede saber de alguna otra manera que ella estaba involucrada?

—Sí, a las dos preguntas.

—¿Aparece un abogado responsable o algo parecido en una solicitud de patente?

—Sí, y ése sería yo.

—Bien, si saben que ella es una pasante, significa que como objetivo es secundario.

—Quieres decir…

—Todos los elementos de una operación conllevan posibles repercusiones, cosas que pueden salir mal y abortar la operación. Por eso se empieza con los objetivos más críticos. Como has dicho antes, primero el inventor, luego el perito, luego tú. No es hasta que se han eliminado los objetivos primarios que uno se arriesga a tener complicaciones atacando a la pasante que ha ayudado a solicitar la patente. ¿Comprendes?

—Sí. Piensas que ella está ahora en peligro.

—Lo estaría si yo fuese ellos.

—Pues tenemos que avisarla.

—¿«Tenemos», hombre blanco?

—Yo no entiendo de todo esto. Parecerá que he perdido el juicio. No me escuchará. Es… tozuda.

—Eso es cosa suya.

—Joder, por lo menos ayúdame a hablar con ella. ¿Cómo te sentirás si le pasa algo?

—No sentiré nada ni en un caso ni en el otro. No es mi problema.

Alex no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—¡Uau! ¿Cómo te has vuelto tan frío?

—¿Has dado dinero para beneficencia últimamente, hermano?

—¿Qué tiene eso que ver…?

—¿Conoces el Tren de las Sonrisas, para niños con labio leporino? ¿No más Malaria? ¿Care.org para la desnutrición infantil? ¿Y qué me dices de SaveDarfur.org? Con sólo unos pocos dólares al día, Alex, menos de lo que te gastas en cafés cada día, podrías salvar cientos de vidas.

—No es lo mismo.

—En eso tienes razón. Porque lo que me estás pidiendo implica un posible peligro para mí. Lo que tú te niegas a hacer con tus propias manos ni siquiera te causaría molestias.

—¿Cómo sabes tanto sobre esas organizaciones?

—Me las aprendo para poner de relieve la hipocresía cuando encuentro a gente como tú.

Alex comprendió que estaba a punto de enterarse de algo y no iba a dejarlo escapar.

—Les das dinero, ¿verdad?

—¿Y qué si lo hago?

—¿Por qué? ¿Para compensar otras cosas que haces? ¿Para reajustar las cuentas cósmicas?

—Pareces un niño pequeño que intenta comprender la vida adulta —observó Ben riéndose—. Pero vuelve a tus juguetes y deja la carga de la vida real a los mayores.

—Ya me gustaría poder hacerlo, Ben, salvo que a uno de esos mayores se le ha metido en la cabeza acabar conmigo. Pero, es verdad, no es tu problema. Perdona que te haya molestado.

—Así es, no es mi problema. No eres más que otra de mis obras de beneficencia.

Alex, atónito, se lo quedó mirando. Sin embargo lo realmente asombroso era que, después de todo el tiempo transcurrido, siguiera asombrándole su crueldad. ¿Y por qué iba a cambiar? ¿Cuándo había movido Ben un dedo por alguien?

—Déjame ver si lo he comprendido. Das dinero a organizaciones benéficas en beneficio de personas lejanas que jamás conocerás o tocarás. Pero cuando alguien frente a ti necesita tu ayuda, te importa un bledo. ¿Es así como funciona?

Se miraron un buen rato. ¡Al cuerno con todo eso!, pensó Alex para luego levantar el auricular y marcar la extensión de Sarah.

—Sarah, ¿puedes venir a mi despacho cuanto antes?

—Es extraño, no encuentro…

—Ven enseguida. Hablaremos de eso. —Colgó y miró a Ben—. Ahora viene. Y si te importa un bledo siquiera hablar con ella, mejor que te vayas ahora; a menos que quieras primero usar mi ordenador para hacer una donación a una de esas organizaciones que tanto te gustan. Ya sabes… así tu karma seguirá sincronizado.

Ben no replicó. Miraba a Alex y mascaba el chicle, al tiempo que se le iban hinchando los músculos de las mejillas.