El agravio

Barry Eisler · Capítulo 35 de 35

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El agravio

35 - Un cambio en la rutina

 

Sarah llegó al Ritual a las seis y media, poco después de amanecer. No había vuelto allí desde que todo aquello había sucedido, y hubiera debido alegrarse de volver a su rutina. Sin embargo, en lugar de vivirla como un alivio, le parecía… insulsa.

La sensación de volver al trabajo había sido rarísima. Osborne había desaparecido. Era la comidilla de la oficina. Ella había ido al despacho de Alex y le había preguntado si sabía lo que estaba pasando.

—Creo que ha sido un castigo para Osborne, y una advertencia para nosotros.

—¿No crees que deberíamos contarlo?

—Pienso que estaríamos locos si lo hiciéramos.

—¿Qué dice tu hermano?

—Lo mismo.

Pensó que debería sentirse asustada, en cambio se sentía deprimida. Había tenido ganas de decirle que sentía lo que había pasado con Ben. En medio de todo lo demás, podía parecer intrascendente, pero no lo era. Pero tal vez mencionarlo hubiera empeorado su relación, habría sido todavía más violento de lo que ya era. Así que, tras un ligero gesto de asentimiento, había abandonado el despacho.

Entró en el local y vio a Gabe detrás del mostrador, como todas las mañanas.

—Hola Sarah —saludó el camarero—. Te hemos echado de menos estos días.

—Sí, he tenido que hacer unas gestiones.

—Espero que lo hayas podido solucionar todo.

—Creo que sí, sí.

—Estupendo. ¿Te preparo lo de siempre?

—Lo de siempre, gracias —dijo Sarah suspirando.

—Que sean dos, por favor —dijo una voz detrás de ella.

Ella se volvió, aunque ya sabía.

—Quería verte —dijo Ben.

—Muy bien. Pues ya me has visto. Ahora puedes marcharte.

Ben alargó unos billetes a Gabe.

—Yo me pago mi café —protestó Sarah.

—Te pagas el siguiente.

Ella sacudió la cabeza. Quería estar enfadada. Y lo estaba, pero, más que por cualquier otra cosa, sobre todo consigo misma por haberse puesto nerviosa al verlo.

—¿Podemos hablar un momento? —preguntó él—. Llevo esperando media hora ahí fuera pelándome de frío. Un café me sentaría de maravilla. Por cierto, ¿tú qué has pedido?

—Un Black Eye.

—Suena peligroso. ¿Qué es?

—Una taza de café largo con dos chorros de expreso.

—¡Joder! ¿Te tomas uno de esos todos los días? Yo diría que uno a la semana sería más que suficiente.

Ahora se hace el simpático. Será cabrón.

Se dirigieron al fondo de la barra mientras esperaban los cafés.

—No te he dado las gracias por lo que hiciste el otro día —dijo Ben—. Tenías que haber echado a correr, pero bueno. Tuviste muchas agallas.

—Ni siquiera lo pensé.

—Bien, pero aun así. —Ella no replicó—. ¿Pasa algo?

Sarah apartó la mirada.

—Quisiera hacer algo —observó al cabo de un momento.

—¿El qué?

—Hacerlo público. Contactar con los blogs. Decirles lo que sé.

—¿Qué sabes?

—No digas tonterías. Sé muchas cosas. Y tú lo sabes.

Él le sonrió amablemente, muy distinto de aquella sonrisa de suficiencia que esgrimía cuando quería tomarle el pelo.

—Sí, es cierto, sabes algunas cosas. Pero ¿crees que es la primera vez que mi unidad se ve envuelta en un lío público? Reconozco que esta vez es uno muy grave, pero ha habido otros. Y puedo asegurarte que, en este mismísimo momento, mientras tú y yo estamos aquí tomando los Black Eyes… se están destruyendo documentos, cambiando nombres falsos y estableciéndose coartadas… Es prácticamente una rutina. Esa gente sabe la forma de protegerse, Sarah. Son buenos para esto. Jugadores más importantes que tú y que yo han intentado derrotarlos, pero ellos siguen ahí.

—¿Y eso te alegra?

—Ni me alegra ni me deja de alegrar. Simplemente es así. Quizá la información quiera ser libre, pero la libertad… la libertad quiere una unidad como la mía.

—Es lo que tú quieres creer.

Él sacudió la cabeza, y a ella se le ocurrió que parecía increíblemente triste.

—Escucha —dijo él—. Por ahora, hemos conseguido un equilibrio. Delicado sí, pero equilibrio al fin. Pienso que a eso se refirió Hort cuando dijo que iba a retirarse del caso.

—¿Qué pasa con Osborne?

—Ya sabes lo que le ha pasado.

—Y podría pasarme a mí, ¿no es eso?

—Si le dieras motivos a Hort, pues sí, podría pasarte lo mismo.

—¿Me estás amenazando?

La tristeza volvió a aparecer en su rostro.

—No. No quiero que me tengas miedo. Es lo último que quisiera.

Ella apartó la mirada. Sabía que él tenía razón. Sabía perfectamente que el gobierno solía salir impune; cielos, llevaba años viendo cómo sucedía. Debía confesar que, si quería divulgar el programa, era más por su propia dignidad que porque esperase un cambio real.

Y había otra razón para su reticencia. No quería perjudicar a Ben. Este motivo le daba más vergüenza que cualquier otro, y esta vergüenza la ponía furiosa.

—Ya, pues tienes una extraña manera de mostrarlo —replicó—. Te metes a hurtadillas en mi habitación del hotel, y ahora me abordas aquí.

Luego apartó la mirada. Al cabo de un momento, sin embargo, volvió a mirarlo. Le dio la impresión de que él hacía un esfuerzo para no sonreír. Tal vez la alusión al hotel. Debía reconocer que resultaba difícil dejar de pensar en ello.

—Quieres que me arrastre, ¿verdad? —comentó él.

—¿No crees que es lo propio? —replicó ella tras un momento de reflexión.

—Escucha —empezó a decir él con expresión seria—, lo que ocurrió la otra noche, no podía haber pasado en un peor momento de mi vida. Y no podía haber sido nada mejor.

—¿Y bien?

—Pues no sé. No estoy acostumbrado a arrastrarme.

Fue ella entonces la que contuvo una sonrisa.

—Pues no te iría mal practicar un poco.

—Está bien, ¿qué tal esto? Quiero volver a verte.

Ella sacudió la cabeza.

—Esto no puede funcionar. Yo detesto todo lo que tú representas. —Él apartó la mirada y movió la cabeza. Sarah comprendió que ella había esperado una de sus típicas respuestas cortantes, y que le había fascinado que no lo hiciera, o que no quisiera hacerlo—. Quiero decir… —prosiguió—, ni siquiera sé dónde vives. ¿Dónde vives? ¿Vives en alguna parte?

—Me muevo mucho, es cierto. Pero… estaba pensando en quedarme en San Francisco una temporada. Cerca de casa.

—¿Ah sí? ¿Y cuánto tiempo es eso?

—No lo sé. ¿Cuánto tiempo podrás aguantarme?

—No estoy segura.

—No sería necesariamente enseguida. Primero quiero ir a Manila. Cerciorarme de que mi hija sabe que tiene un padre. Pero después, si quieres…

Ella no contestó. No sabía muy bien lo que estaba pasando. Tenía una sensación de irrealidad.

Llegaron los cafés. Ella se puso leche y azúcar. Ben le dio un sorbo al suyo.

—¡Uau! ¿Es así como consigues trabajar todas esas horas?

—No sé cómo lo consigo —replicó ella, tras un movimiento de cabeza.

—No eres realmente tú, ¿verdad? —observó él mirándola.

—No lo sé.

—¿Qué es lo que te gustaría hacer?

Ella tomó un sorbo de café antes de contestar.

—Estoy en ello.

—Tómate algún tiempo para ti. Viaja. Descubre cosas. —Sugirió él, para luego encogerse de hombros.

—Haces que suene sencillo.

—Lo es.

—¿Ah sí? —exclamó ella—. ¿Es por eso que vas a Manila?

—Tengo que aclarar algunas cosas dentro de mí, sí.

—¿Cómo qué?

Ben entornó los ojos, y ella se preguntó si no estaría yendo demasiado lejos. Pero qué caray, no iba a hacerla callar.

—Como lo que ha pasado esta semana —contestó finalmente con voz pastosa—. Si soy uno de los chicos buenos, como siempre he creído ser.

Ella se lo quedó mirando.

—Bien, ¿por qué simplemente no lo admites, en lugar de actuar como si los consejos no fueran contigo?

—No estoy acostumbrado a admitir nada —contestó él, cuya expresión se había suavizado—. Es como lo de arrastrarse. Pero estoy dispuesto a aprender.

Ella no pudo reprimir una sonrisa. Permanecieron en silencio un momento.

—Tenías razón —dijo ella—. Después, me pareció despertar de un sueño. Lo demás, también.

—Siempre pasa —replicó él, al tiempo que hacía un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Y luego apareces por aquí. ¿Estoy soñando otra vez?

—No estás soñando.

—¿Me lo puedes demostrar?

—Bien, si quieres te pellizco.

—Mi casa está a dos manzanas de aquí —dijo ella—. ¿Por qué no me pellizcas allí?

Allí se encaminaron sin pérdida de tiempo. Ella sabía que era una mala idea, pero no le importaba. Y tal vez no volviera a verlo nunca más, pero eso tampoco le importaba. Ya se aclararía las ideas más tarde. Y lo iba a conseguir. Estaba segura de ello.

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