El agravio

Barry Eisler · Capítulo 31 de 35

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El agravio

31 - Condicionado

 

Ben se dirigió en coche a Palo Alto con el fin de reconocer la zona. Hacía casi diez años que no había estado allí y, aunque no hubiera cambiado el trazado, que seguro había cambiado, no se podía fiar de sus recuerdos. Cuando vivía allí, veía el mundo de forma diferente, y captaba cosas diferentes. Antes, veía el barrio. Ahora, tenía que ver el terreno.

Recorrió las calles del centro, mientras observaba sin sentimentalismo alguno las cosas que habían cambiado y las que no. Prestó especial atención a los callejones y adónde conducían, a las calles de un solo sentido, a la situación de bancos, joyerías y otros establecimientos con cámaras de seguridad. Una vez satisfecho con la nueva familiaridad que había adquirido sobre el trazado táctico de la ciudad, empezó a buscar el lugar apropiado para la reunión. Encontró un restaurante llamado Coupa Café. Tenía delante una terraza, que estaba apartada de la acera y protegida por un porche que sostenían unas gruesas columnas. Se colocó delante de una de las mesas de la terraza y advirtió que, desde allí, tenía una buena perspectiva de la entrada del Citibank al otro lado de la calle, y de dos tiendas más abajo y que, si él se colocaba detrás de una de las columnas, quedaría a cubierto y escondido de la calle. Todas las mesas estaban ocupadas, pero alguna se liberaría. Y si fuera necesario, ya miraría de que quedaran libres.

Entró en el local. El restaurante era un rectángulo largo, la ventana que daba a la calle estaba en uno de los lados cortos, la barra ocupaba uno de los lados largos y, enfrente, había una pared pintada. Las mesas estaban muy juntas y, aunque ya era casi media tarde, el lugar estaba abarrotado. Al fondo, había una sala a la que se accedía por una puerta grande que estaba abierta y que sólo se veía parcialmente desde la parte anterior. La cruzó y encontró lo que estaba buscando: una salida de emergencia, sin alarma y cerrada por dentro. Daba a un callejón que conectaba con otros que se separaban en tres direcciones diferentes. Si las cosas se complicaban delante del restaurante, podía salir zumbando hasta allí y desaparecer por las callejuelas.

Se puso en la cola para pedir un café y llamó a Hort desde su teléfono móvil.

—No puedo subir hasta ahí —le dijo—. Tienes que venir tú aquí abajo.

—¿Qué quieres decir? ¿Dónde es aquí abajo?

—Palo Alto.

—¿Qué pasa? ¿Estás nervioso?

—Yo siempre estoy nervioso, igual que tú. Te espero en el Citibank de la calle Ramona en Palo Alto, entre las calles University y Hamilton.

—Ya entiendo. Muchas cámaras y cajeros automáticos.

—Más o menos. Será mejor para los dos hasta que aclaremos esta mierda. ¿Vendrás solo?

—Yo y el conductor.

—Está bien. Dependiendo del tráfico, supongo que tardaréis unos tres cuartos de hora. Te estaré esperando.

Colgó y cerró la tapa del teléfono. Se quedó junto a la barra, empezó a tomarse el café, y esperó. Cuando los clientes sentados detrás de la columna empezaron a levantarse, él se apresuró y ocupó la mesa. Estaba bien situada. Él tenía la espalda contra la pared, veía la calle arriba y abajo, la gente en torno a él le servía de camuflaje, y veía bien el Citibank.

Fue dándole sorbitos al café mientras observaba la calle. Los transeúntes que pasaban parecían todos nacionales: seguros de sí mismos, prósperos e inconscientes. Ben no tenía nada en común con ninguno de ellos. Él parecía un emigrante que hubiera regresado de un país lejano a la tierra de su juventud, y hubiera descubierto que había olvidado la forma de hablar y de vestirse, las costumbres y los códigos de conducta. Él ya no pertenecía a aquel sitio, si alguna vez había pertenecido a él. Era un extraño para el lugar, y éste era extraño para él.

Un Hyundai verde se detuvo junto al bordillo al otro lado de la calle, frente al Citibank. Se abrió la puerta del pasajero, y salió un hombre negro que entró en el establecimiento. Aunque no le hubiera visto el rostro, Ben lo habría reconocido. Por la enorme cabeza rapada, los anchos hombros y los arrogantes andares, que rayaban el pavoneo.

Ben observó al conductor. Por la estructura de los huesos parecía asiático y debía de tener más o menos la edad de Ben; llevaba el pelo cortado al rape y escondía los ojos tras unas gafas de sol. Por los apenas perceptibles movimientos de su cabeza, Ben supo que el hombre estaba vigilando por los espejos retrovisores. No era alguien a quien se pudiera andar espiando. No era un simple chófer. Parecía que no había nadie en el asiento posterior, pero no habría resultado tan difícil que hubiera dos hombres agachados, imposibles de ver a través de los cristales. Sin embargo, Ben dudaba que hubiera más de lo que podía ver. Atrios había actuado solo. No creía que dispusieran de refuerzos inmediatos.

Esperó un minuto, luego llamó al teléfono móvil de Hort. Éste contestó al instante.

—¿Dónde estás?

—En el restaurante. Coupa Café. Enfrente.

—Espero que no estés jugando conmigo, Ben.

—Me limito a ser cauteloso, señor. Como tú me enseñaste.

La línea se cortó. Ben vio que salía del banco y cruzaba la calle según iba moviendo la cabeza y dirigiendo la mirada a los mismos puntos conflictivos que Ben habría comprobado también. Lo vio, lo saludó con un leve gesto de la cabeza y se dirigió hacia él. Corrió una silla de forma que los dos estuvieran formando un ángulo recto, pero Ben seguía teniendo una perspectiva mejor de la calle. La presencia del hombre, su aura autoritaria, era casi abrumadora. Ben reprimió la necesidad de hablar, de explicarse, de preguntar y así poder comprender.

—¿Qué puedo decirte? —empezó a decir Hort en voz baja—. Ha sido una buena cagada. La pregunta ahora es ¿qué debo hacer para que te quedes tranquilo?

—Pues contármelo todo —contestó Ben, asombrado de su propia temeridad—. Conmigo siempre has ido con la verdad por delante.

Hort hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Lo primero que debes comprender es que nadie sabía que era tu hermano.

—Venga ya, Hort. ¿Cuántos Treven conoces?

—Hasta hace poquísimo, sólo a ti. Sin embargo, debes comprender que yo no era el único que manejaba la lista de los objetivos. Esto era trabajo de Atrios. Todo lo que yo supe es que él había determinado que la misión requería la desaparición de un inventor, un abogado y un perito de patentes. No me hacía falta saber más.

—No querías saber más.

Hort frunció los labios.

—Tal vez.

—Cuéntame el resto.

—Existe un programa informático de acceso especial —empezó a explicar Hort, después de mirar en tono a ellos e inclinarse hacia delante—, que se ejecuta directamente desde el Consejo de Seguridad Nacional. Se centra en la guerra cibernética.

—¿Cómo se llama el programa?

—No te hace ninguna falta saber cómo se llama. Ni siquiera deberías de conocer su existencia. Todo esto forma parte de una información muy reservada y me estoy arriesgando mucho introduciéndote en ella sin autorización.

—¿Cómo se llama, Hort?

Hort suspiró.

—¿No estarás haciéndome pagar por mis pecados?

—Simplemente no quiero tener la sensación de que me escondes algo.

—El programa se llama Genie.

—De acuerdo. ¿Qué hace Genie?

—Desconozco todos los detalles. Si estoy enterado de que existe ese programa es sólo por el invento que tu hermano intentaba patentar.

—Bien, cuéntame lo que sabes.

—Según parece, todas las solicitudes de patentes relacionadas con criptografía están sujetas a un estudio por parte de la Seguridad Nacional del Departamento de Defensa. La solicitud de tu hermano para Obsidian fue examinada de forma rutinaria. Pero algo con respecto al invento obligó a un segundo escrutinio. Para no cansarte, la solicitud fue subiendo y subiendo de escalón hasta llegar a la Casa Blanca. Y a los que trabajan con Genie en el Consejo de Seguridad Nacional no les gustó lo que vieron.

—¿Por qué no?

—Ni idea. Todo lo que sé, todo lo que se supone que sé, es que si Obsidian hubiera caído en malas manos habría supuesto una gran amenaza para toda la infraestructura de la red norteamericana.

—De acuerdo, ¿y entonces qué?

—Alguien en la Casa Blanca tomó una decisión. Por motivos de seguridad nacional, Obsidian debía desaparecer del mapa. Borrarse todo lo referente a él. La operación tenía dos vertientes: el mundo electrónico y el mundo real. A la Agencia de Seguridad Nacional le encargaron la parte electrónica. Nosotros nos ocupamos de los elementos del mundo real.

—Así que el inventor, el tipo de las patentes… ¿eran vuestros objetivos?

—Esas fueron las órdenes que recibí.

—Pero Hort, estos hombres eran… Quiero decir estos tipos eran ciudadanos norteamericanos.

—Ya sabes cómo funciona, Ben. No soy yo quien hace las reglas.

Ben tamborileó sobre la mesa con los dedos.

—Lo que estoy empezando a preguntarme es si en realidad hay reglas. No para el enemigo. Para nosotros.

—A mí tampoco me gusta. Pero el balance final es que se trata de salvar vidas. Y a veces para salvar vidas hay que incurrir en daños colaterales, tú ya lo sabes. Era una decisión del carajo, pero alguien la tomó. Y carece de importancia que tú o yo estemos de acuerdo con ella. Nuestro trabajo es llevarla a la práctica.

—Mira, Hort, sé muy bien lo que pasa. Pero una cosa es apresar a unas personas, mantenerlas incomunicadas en un buque de la marina, aislarlas, no permitirles que hablen con nadie. Pero… ¿ejecutarlas? ¿A norteamericanos? ¿Cuándo empezamos a hacerlo?

Hort lanzó un prologando suspiro.

—Estoy de acuerdo, es una situación muy delicada. Nadie querría alistarse para esto. Pero no estamos en el ejército porque sea fácil. Estamos porque es un trabajo que hay que hacer.

—Sí, pero…

—¿Qué vamos a hacer cuando alguno de nuestros enemigos se apodere de algo como Obsidian y lo utilice contra nosotros? ¿Cuando corten la energía nuclear, o el control del tráfico aéreo? ¿Vamos a pedir perdón a las familias de los que han muerto calcinados en esos accidentes, porque podíamos haber evitado que las herramientas que los han causado pasaran a manos enemigas, pero nos daba mucho reparo hacerlo?

Permanecieron en silencio un momento. Ben sabía que tenía razón, en un sentido, pero…

Pensó en Sarah, en lo que había dicho sobre transgredir un poco la ley. Ahuyentó el pensamiento.

—¿Y qué pasa con los rusos? —preguntó—. ¿Qué pintan en todo esto?

—Nada. Eso fue sólo una terrible coincidencia.

—¿Qué quieres decir?

—Hemos interceptado unas comunicaciones de su embajada en Ankara. Van detrás de ti por la operación de Estambul. Estamos intentando descubrir cómo, y hasta qué punto.

—¿Qué? ¿Cómo puede nadie saber quién se cargó a aquel tío en Estambul? No dejé nada detrás, Hort. Llegué y desaparecí como un fantasma.

—Bueno, dejaste cinco cuerpos detrás. Los fantasmas no hacen estas cosas.

—Iban a ser cuatro cuerpos de todas formas.

—Cuerpos iraníes. Un ruso muerto del FSB es un problema muy diferente.

—Esto sigue sin explicar cómo han podido señalarme a mí por aquel tipo.

—Como ya te he dicho, estamos tratando de descubrirlo.

—¿Y quiénes eran esos tíos del Four Seasons? No eran del FSB. No eran tan buenos.

—Eran de la mafia rusa, que opera fuera de Brooklyn. Hacen trabajos bajo contrato para el FSB.

Ben reflexionó sobre lo que había oído. Lo que Hort decía no era imposible. Pero…

—Mira —siguió hablando Hort—, puedo conseguir que dejen a tu hermano tranquilo. Necesito que me garantices, y tú serás responsable de ese compromiso, que no hay copias de Obsidian, de que nadie puede usarlo y de que tu hermano olvidará que esto ha sucedido nunca, y jamás hablará del asunto con nadie. Tú garantízame esto, y yo moveré algunos hilos en el Consejo de Seguridad Nacional y me aseguraré de que tu hermano deje de estar en su punto de mira para siempre.

Ben consideró la propuesta. En realidad era precisamente lo que él había esperado conseguir. Lo que, de hecho, tenía previsto proponer. Lo solucionaría todo. Le entregaba la copia de seguridad a Hort, le decía a Alex que mantuviera la boca cerrada. Al fin y al cabo, Alex había dejado de ser un desconocido para ellos. Su hermano era uno de ellos, un hermano que podía responder por él.

Se preguntó por un momento lo que haría Sarah si estuviera allí. Probablemente diría algo sobre lo conveniente que resultaba no formar parte de la plebe. Tener un pariente en el partido o en el politburó.

¿Y qué pasaba con Sarah? ¿Seguía también en el punto de mira? ¿Podía Hort hacer que la dejaran en paz?

—¿Y la chica? —dijo—. Sarah Hosseini, la abogada. ¿Está entre vuestros objetivos?

—Ella también trabajaba en la patente —contestó Hort—. En comparación con tu hermano, ella era terciaria, una mediadora, pero sí, especialmente ahora se ha convertido en una gran preocupación.

—¿No puedes sacarla de esta situación?

—¿Qué crees, que soy mago? —replicó Hort riéndose—. Sarah no es siquiera su nombre. Es Shaghayegh. Shaghayegh Hosseini. ¿Pretendes que vaya al Consejo de Seguridad Nacional y les diga que no deben preocuparse por una mujer que se llama Shaghayegh y está al tanto de todo lo relativo a Obsidian?

—¿Me estás diciendo que vais a matarla por llamarse así?

—Era un riesgo para la seguridad, Ben.

Éste notó que se le encogía el estómago.

—¿Qué has querido decir con «era»?

—La hemos cogido esta mañana cuando llegaba a su casa.

Ben bajó la vista a la mesa para que Hort no pudiera verle los ojos. Trataba de pensar. La hemos cogido. Eso significaba que todavía estaba con vida, ¿no? Si se hubieran deshecho de ella, si ya la hubieran matado, Hort no se habría expresado así. Se habría limitado a decir: Ya no está.

Cielos, pero ¿qué iban a hacer para que hablara? Lo podía imaginar. Y sabía lo que harían cuando se pusieran a la labor.

Fragmentos de pensamientos entrecortados pasaron por su mente.

No, él se está enrollando bien.

De acuerdo. Luego ya veré.

No, NO SE ENROLLA BIEN Y TÚ SABES PERFECTAMENTE CÓMO FUNCIONA ESTO.

Se apretó las sienes con los puños. Piensa. Piensa.

Pero lo único que se le ocurrió era que estaba allí para ayudar a Alex, y en cambio, estaba, estaba…

No. No iba a pasar de nuevo. Él no iba a dejar que pasara de nuevo. Miró a Hort.

—¿Qué vais a hacer con ella?

Hort hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Olvídalo.

—Te he hecho una pregunta —replicó Ben, con una voz tan baja como el gruñido de un perro.

—Y yo te he contestado. De la única forma que puedo hacerlo.

—¿Dónde la tenéis?

—Déjalo estar, hijo. Estás pisando terreno peligroso.

—No —dijo Ben tras sacudir la cabeza y en un tono más alto que antes—. No. No. No.

—Ben, yo te entrené. Hemos sangrado en los mismos lodos. Cargamos el mismo peso por nuestras acciones. Los hombres como nosotros…

—Dime dónde la tenéis, Hort. Dime que la vais a soltar.

Se hizo un largo y violento silencio.

—La última oportunidad —dijo Hort—. ¿Vas a responder por tu hermano? ¿Puedo confiar en ti?

Ben apretó los puños. Le sobresalieron los nudillos. Jamás se había sentido tan condicionado. Aquel efecto de presión, de estar oprimido, era casi físico.

Miró a su izquierda. Detrás de una de las columnas, se asomaba un hombre fornido; llevaba gafas de sol, una de sus manos descansaba dentro de una chaqueta oscura y su atención estaba centrada en Ben y Hort.

Mierda. Miró a su derecha. Otro hombre se había acercado sigilosamente por la acera y los estaba observando con postura y enfoque idénticos.

Seguro que había un tercer hombre dentro del restaurante, o justo al otro lado de la salida de emergencia. Era evidente que había subestimado, y mucho, el volumen de personal con que contaba Hort. Y se habían aproximado a él, sea por instinto o deliberadamente, en el mismísimo momento en que su confusión interna más le había distraído.

En parte estaba furioso por su propia ingenuidad. Hubiera debido imaginarlo, pero en su fuero interno había confiado en Hort. Estúpido. Hort le enseñó que la misión está antes que el hombre. Pero también tenía ganas de reír. Cinco hombres armados a un tris de armar un tiroteo, y unos yuppies a su alrededor que degustaban sus cafés y charlaban sobre los últimos ejercicios de Pilates, sin la más mínima idea.

—¿Cómo quieres que lo hagamos? —preguntó Hort en voz baja.

En la mente de Ben se barajaron varias posibilidades. Ninguna de ellas contaba con más de un diez por ciento de probabilidades de supervivencia. Si las únicas cartas en juego fueran las suyas, se habría arriesgado. Pero ¿qué le habría pasado a Sarah? ¿Y a Alex?

—¿Qué opciones tengo? —quiso saber, sin dejar de mirar a derecha e izquierda.

—Tienes dos. Puedes venir conmigo e intentar resolver el asunto, o podemos dejarte aquí. Yo, realmente, no quiero la segunda opción, Ben.

Ben tamborileó sobre la mesa con los dedos. Irse con ellos era lo mismo que ir a un escenario secundario del crimen. ¿Cuántas veces se había jurado que no iba a permitir que le ocurriera a él?

Sabía que podía cargarse a Hort antes de que nadie pudiera impedírselo. Pero él sería hombre muerto un segundo después.

Daremos esos pasos en otra ocasión, pensó. Cuando estemos solamente tú y yo en la pista de baile.

En su subconsciente sabía que esa idea no era más que una bravuconería. Pero era todo lo que tenía por el momento, y le bastaba para darle ánimos.

—Está bien —dijo—. Me voy contigo.