El agravio

Barry Eisler · Capítulo 32 de 35

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El agravio

32 - Afrontarlo

 

Alex conducía sin rumbo, mientras iba pensando adónde podía ir. Al final se había desmoronado y había llamado a Ben, pero no obtuvo respuesta. Sabía que debía mantenerse alejado de los lugares habituales, y lo comprendía, pero como quería llevar consigo el teléfono móvil por si Ben o Sarah le llamaban, significaba que debía estar en movimiento por si alguien estaba intentando localizar la señal. Pero Dios, estaba cansado. Tenía ganas de pararse en algún lugar, el banco de un parque, cualquier sitio, y cerrar los ojos unos minutos.

Se preguntó qué iba a pasar con Osborne cuando aquel asunto se resolviera. ¿Cómo podría siquiera mirar a ese tipo, después de lo que había hecho?

Reflexionó sobre lo que le había contado Ben, que le habían tomado a Osborne unas fotos incriminatorias, o le habían filmado en vídeo, en Tailandia. Ben parecía convencido de que era tan sencillo como esto, pero… ¿podían realmente haber escogido a Osborne de entre todos los abogados de Sullivan, Greenwald, y haber identificado su vulnerabilidad para luego explotarla? Cuanto más pensaba en ello, más inverosímil le parecía.

Recordó la egolatría de Osborne, las fotos de todos aquellos magnates de la zona y de Washington. El hombre estaba muy bien relacionado. Bien, quizá fuera así como llegaron a centrarse en él. Era conocido en Washington, había incluso testificado en el Congreso alguna que otra vez, para cupos de visados, impuestos sobre plusvalías y otros asuntos próximos y apreciados en Silicon Valley. Quizá… quizá estuviera más involucrado en el asunto de lo que Ben quería reconocer. Este último era muy arrogante y se creía muy listo, y prácticamente le había dicho a Alex que consideraba que los abogados no eran más que un puñado de ovejas zampa cafés. Aquella arrogancia le convertía en un gallito que no veía más allá de sus narices y no entendía que las personas importantes como Osborne podían ser unas arpías y hacer gala de una habilidad política alucinante. Cuanto más reflexionaba sobre ello, más convencido estaba de que Ben había descuidado algo en lo referente a la participación de Osborne. Y cuanto más seguro estaba de que Ben se estaba equivocando con Osborne, más convencido estaba de que Ben se estaba equivocando también con su comandante.

Estaba metido en un callejón sin salida, literal y figuradamente. Basta. Lo iba a afrontar de frente.

Se dirigió a Sullivan, Greenwald, pero, siguiendo las admoniciones de Ben, aparcó en el complejo de oficinas y cines que había al otro lado de la calle. Cruzó Page Mill a pie, entró por la puerta posterior y se fue directamente al despacho de Osborne. Alejó todos los pensamientos que trataban de amontonarse, todas las razones por las que se estaba comportando como un estúpido, todos los motivos por los que se estaba equivocando. Tragó saliva, pero siguió teniendo la garganta seca.

Osborne estaba hablando por teléfono, y tenía los pies, con sus botas de vaquero, sobre el escritorio. Alex entró sin más y cerró la puerta. Osborne le lanzó una mirada. —¿Ni siquiera llamas?— y siguió hablando. Las dudas paralizaron a Alex por un momento. Luego algo se desencadenó en su interior, y se fue hasta detrás de la mesa con pasos firmes para apretar la clavija del teléfono y cortar la comunicación.

Osborne retiró los pies de la mesa y los puso en el suelo.

—Pero ¿tú qué te crees? —exclamó.

Apartó la mano de Alex y empezó a marcar un número. Alex agarró todo el aparato y lo arrojó al otro lado de la habitación. Fue a estrellarse contra la pared y se hizo pedazos. Osborne se levantó de un salto.

—¿Te has vuelto loco? —dijo, con los ojos desorbitados.

Alex se lo quedó mirando. El corazón le latía aceleradamente, pero tenía la cabeza clarísima.

—¿Qué sabes de Obsidian? —preguntó.

—Yo no sé nada. Obsidian era tuyo, ¿lo has olvidado? Y tu hermanito el misionero ya me ha preguntado todo esto. A punta de pistola, por cierto.

—Has tenido suerte de que no te matara.

—Sí, vale, y tú tienes suerte de seguir con vida.

Y de pronto, Alex supo que Osborne había mentido a Ben. No había fotos. Estaba asustado, sí, tal vez de que lo descubrieran, pero no de aquello. En caso contrario no le estaría mirando como si no fuera más que un moscardón inoportuno. No se estaría mostrando tan chulo de buenas a primeras.

Sobre el escritorio, había un pisapapeles de la empresa Lucite. Sin pensarlo, Alex lo agarró como si fuera una piedra y golpeó a Osborne en la cabeza con él. Éste lanzó un grito y se desplomó pegándose un porrazo en la mesa al caer. Alex, blandiendo el pisapapeles y respirando sonoramente, se quedó mirándolo desde arriba.

Osborne se tambaleó a derecha e izquierda; le salía sangre de la nariz y se apretaba la cara con las manos.

—Pequeño imbécil —dijo jadeando.

Alex sonrió. Se sentía exultante. No sabía, ni le importaba, si estaba yendo hacia arriba o bajando en su excitación.

—He hecho una copia de Obsidian —empezó a decir, improvisando—. La he mandado por correo a la agencia de noticias Usenet, y he añadido los detalles de tu implicación y todo lo demás. Ahora está codificado. Pero si dentro de una hora no he introducido un código, se descodificará y se diseminará por una docena más de agencias. Así que será mejor que me cuentes lo que sabes.

Osborne trató de ponerse en pie.

—No te muevas de donde estás o te aplasto la cabeza.

—Estás acabado aquí, fanfarrón. Y no sólo en Sullivan, Greenwald. Cuando haya hecho unas cuantas llamadas, ninguna compañía del Valley te dará trabajo.

Alex se echó a reír. Reconocía la técnica: redoblar la apuesta, caldear la negociación. Nunca había negociado con la ayuda de un objeto pesado en la mano, pero aparentemente los principios eran los mismos.

—¿Sabes qué? —dijo—. ¿Por qué no se lo cuentas todo a la policía de San José? Hay allí un tal inspector Gámez que está investigando la muerte de Hilzoy. Y está en contacto con la policía de Arlington, la que se ocupa de la muerte del perito de patentes que se cargó tu gente. ¿Crees que tendré que contarles mucho para que se hagan con una orden judicial y examinen tus llamadas, tu correo electrónico? Te arrancarán las amígdalas para ver lo que escondes y, cuando apunten en la dirección adecuada, lo encontrarán. Te sacarán de aquí esposado y yo, por mi parte, ya me cuidaré de que el Merc y el Chronicle y KRON lleguen a tiempo para las noticias nocturnas. Así que no intentes venderme la moto de las fotos incriminatorias de Tailandia. Esto no es una toma de poder, David. Me has salido un socio silencioso. Pero no hace falta que me cuentes nada. Dejaré simplemente que llegue el correo de Usenet y entonces lo leeré todo en el Merc. Sí, será divertido.

Arrojó el pisapapeles a Osborne y se volvió para marcharse. El truco estaba en creerse de verdad el farol. Era lo mismo que abandonar en plena negociación. Había que desalojar la parte de la mente que sabía que era una táctica. Era verdad que uno se iba a marchar. Uno quería marcharse.

Caminó hasta la mismísima puerta e incluso tenía ya la mano en el picaporte cuando Osborne dijo:

—Espera.

Alex abrió la puerta y se volvió a mirarlo.

—Olvídalo. Has perdido tu oportunidad.

—Está bien, está bien. Tú ganas. Pero cierra esa maldita puerta y escúchame.

Alex cerró la puerta pero no soltó el picaporte, pues esta postura indicaba: Tienes aproximadamente diez segundos para hacerme cambiar de opinión.

—Conozco a ciertas personas en Washington —empezó a explicar Osborne, al tiempo que agarraba un puñado de pañuelos de una caja y se los llevaba a la nariz—. Gente de la Casa Blanca. Centrados en el contraterrorismo.

—¿Ah sí?

—Una de las áreas de las que se ocupan es la guerra cibernética. Seguridad de los sistemas. Así, cuando tú me hablaste de las prestaciones de Obsidian, hice una llamada. Sólo trataba de ayudar, nada más.

—Admiro tu patriotismo, David —se rió Alex—. Sé que no tenía nada que ver con compadreos políticos, creación de fondos de inversión o hacer la pelota a gente susceptible de ayudar gubernamentalmente a tus clientes. Siempre has sido demasiado desinteresado para haber imaginado nada semejante.

Osborne se apartó los pañuelos de la nariz, pero volvió a aplicárselos.

—Piensa lo que quieras.

—¿Y entonces qué te dijeron los de la Casa Blanca?

—Me comentaron que quizá había leído algo sobre un programa en los periódicos.

—¿Qué programa?

—No me lo dijeron. Yo imaginé que se trataba de algo de la FISA, lo que usa la Agencia de Seguridad Nacional para espiar dentro del país. Había visto algo al respecto en The Wall Street Journal y en Wired. El Quantico Circuit, donde algunos soplones dijeron que las compañías de telefonía proporcionaban al gobierno acceso a las llamadas de sus clientes.

—¿Qué más?

—Dijeron que hay muchas compañías privadas que cooperaban y que necesitaban nuestra ayuda para luchar contra el terrorismo. Y también es verdad. Es por esta razón que las compañías telefónicas ayudaron a escuchar a Al Qaeda…

—Para ya. Me importan un bledo la política o tus justificaciones. ¿Qué te dijeron sobre Obsidian?

—Que podía ayudar con ese programa.

Alex no lo captó. Lo que había visto de Obsidian podía ser utilizado para sabotaje, tal vez extorsión, pero no para eso otro. Le habría gustado que Sarah estuviera allí. Ella sabía mucho más sobre los tejemanejes del gobierno que él.

—¿Que les podría ayudar para espiar? —preguntó.

—Eso es lo que yo entendí.

Alex reflexionó. Cabía la posibilidad de que Obsidian tuviera otras utilidades. Él mismo había reconocido alguna más en el hotel cuando descifró las notas de Hilzoy por primera vez. Y el hecho de que el gobierno jugara a la defensiva para evitar que otros poseyeran Obsidian, no significaba que no estuviera simultáneamente interesado también en su potencial ofensivo. Cielo santo, y Ben se había marchado a su reunión sin tener conocimiento de esto. ¿Dónde estaba? ¿Y por qué no había llamado aún?

—¿Qué más? —preguntó Alex—. ¿Qué me dices de Hilzoy y de Hank Shiffman, el perito?

—Yo no sabía nada de eso. Bueno, me dijeron que querían interrogar a un par de personas, pero…

—¿Interrogar? —Alex se rió—. Asesinaron a dos personas cuya existencia tú conocías. ¿Y me voy a creer que imaginabas que a mí también sólo me querían «interrogar»? David, si no fueras tan patético, me harías gracia.

Osborne no contestó.

—¿Qué te dieron? —preguntó Alex—. ¿Qué podía hacerte…? —Y entonces cayó en la cuenta. Las fotos ególatras. El nuevo cliente de la empresa de telefonía—. ¿Negocios? —prosiguió—. Hiciste todo esto… para que ellos te consiguieran clientes.

—Yo sólo trataba de ayudar —dijo Osborne, sin mirarle a los ojos.

—Cuéntaselo a la policía.

Alex abrió la puerta y salió.

—¡Espera! —lo llamó Osborne al tiempo que iba tras él—. ¡Alex!

Alex era consciente de que las secretarias, con los ojos y las orejas abiertos de par en par, lo observaban al pasar. No se inmutó. Siguió caminando.

Osborne lo alcanzó y lo agarró por un brazo.

—Escúchame —susurró—. Te haré socio. Con el trabajo que he aportado, el comité de dirección hará lo que yo le diga. Este año, no hablemos más.

Alex se detuvo y bajó la vista a la mano de Osborne. Al cabo de un momento, éste lo soltó.

—¿Sabes? —dijo Alex—. No hace mucho, te habría creído si me hubieras dicho una cosa así.

—Créeme —rogó Osborne al tiempo que hacía violentos gestos de asentimiento con la cabeza—. Créeme. Es la verdad.

—Pero no se trata de eso —observó Alex conforme se volvía a poner en movimiento—. Se trata de que me da igual.

Continuó caminando pasillo abajo, seguido hasta la escalera por las súplicas de Osborne.