El agravio

Barry Eisler · Capítulo 34 de 35

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El agravio

34 - La difusión

 

Amedida que Ben escuchaba a Hort desde la parte trasera de la furgoneta, se iban acrecentando tanto su rabia como su frustración. Alex no tenía idea de lo que estaba haciendo. Iba al encuentro de Hort como una mosca a un panal de rica miel.

Se hallaban en una furgoneta con cabida para siete pasajeros. Sarah y Ben estaban en el asiento central, Sarah detrás del conductor, Ben detrás del pasajero, y ambos con las manos esposadas a la espalda. Conducía el asiático y Hort ocupaba el asiento del pasajero. En la última fila, los dos tipos que habían flanqueado a Ben cuando salieron del Coupa Café.

Cuando Hort le preguntó cómo se llamaba su perro, Ben comprendió de inmediato la idea de Alex. Desde un punto de vista táctico, era inteligente. Estratégicamente, un desastre. ¿De qué le iba a servir la confirmación de que Ben y Sarah estaban vivos, si eso le llevaba a hacer algo que tendría como resultado la muerte de todos ellos media hora más tarde?

De todas formas, había dado el nombre de Arlo. Habría podido incorporarse y gritar algo para que Alex no les hiciera caso, pero consideró que eso no habría servido de nada. Al final lo matarían y encontrarían a Alex de todas formas. Tenía que llevar todo el asunto a un punto crítico.

Cuando Hort le preguntó a Sarah sobre su ropa de gimnasia, ella había contestado «SourceForge». Ben reconoció el nombre de la página web técnica que había salido en la conversación cuando estaban en el hotel. Trataba de decirle a Alex que, al cuerno, divulga el ejecutable de Obsidian, mejor eso que nada. Su instinto había sido bueno, pero Hort no tragó. Le hizo un gesto al tipo que estaba detrás de Ben, que le apretó la yugular y empezó a estrangularlo. A Sarah le bastó con mirar apenas un segundo para revisar su respuesta.

Sí, la chica tenía buen instinto. No sólo para la táctica, también para el objetivo. Porque ninguno de ellos se iba a salvar mientras Hort tuviera todavía una posibilidad de recuperar Obsidian. Cristo, ojalá hubiera sabido lo que en realidad ocurría cuando estaban en el hotel. Alex y Sarah habrían llevado a cabo su trabajo, y la operación de Hort habría llegado a su fin.

Miró a Sarah. Ésta le miró a su vez y le lanzó una sonrisa débil y triste. La sonrisa no consiguió ocultar que estaba muerta de miedo. No había dicho nada desde que lo habían desarmado y metido en la furgoneta junto a ella. Era inteligente, y probablemente sabía que todos iban a morir. Probablemente tenía razón.

Iban en aquel momento dirección sureste por la vía rápida Foothill. Ben no lo entendía, pues habían quedado con Alex en Palo Alto, en la dirección opuesta, y según había comprendido, Alex había aceptado.

Como había tenido tiempo para pensar, comprendía una parte de lo que había sucedido. Hort debía de haberle entregado a los rusos. Pero ¿por qué? Vivo o muerto, iba a intentar descubrirlo.

—¿Cómo supiste que era yo? —preguntó—. Sabías que era mi hermano pero ¿cómo lo relacionaste?

La pausa que siguió fue tan larga que Ben pensó que Hort no iba a contestar. Pero entonces éste se volvió.

—Yo quería mantenerte fuera de todo esto, por el bien de todos, incluido el tuyo. Pero entonces presentaste aquella solicitud para que te entregaran armas en San Francisco, cuando yo te había dicho que no te movieras de Ankara. Era un problema. Sólo por precaución, intervinimos algunas comunicaciones de Alex. Llamó al programa Military OneSource, y al Centro de Recursos Humanos del ejército, y entonces comprobamos su correo electrónico y supimos que había estado en contacto contigo. ¿Y por qué ibas a venir aquí si no era para ayudarlo?

—No me quedó otra elección.

—Ahí está el quid de la cuestión. No te quedaba otra elección. La sangre es la sangre. Pero a mí tampoco me quedó otra elección. Era el responsable de una misión. Y por mucho que tu conducta fuera comprensible y obligada, te convertiste en una amenaza para llevarla a cabo. Si te sirve de consuelo, fue la llamada telefónica más difícil de toda mi vida.

—¿Así que me entregaste a los rusos?

—¿Qué importa cómo decidí que se hiciera? Pero sí, saqué provecho de la sospecha generalizada de que tú habías matado a aquel maldito ruso en Estambul. Había gente que te lo quería hacer pagar.

—¿Y tú les allanaste el camino?

—Como ya te he dicho, ¿eso qué cambia?

Ben se lo imaginó. Hort se ponía en contacto con algún homólogo ruso y le decía: Eh, hemos encontrado al granuja que mató a vuestro chico en Estambul. No era una operación autorizada. Si lo queréis, es vuestro. Y aquí tenéis dónde podéis encontrarlo.

Aunque rebuscado, tenía sentido. Se aplacaba a los rusos, se apaciguaba a los contables, se eliminaba la protección de Alex y se creaba un cortocircuito y una distracción de lo que realmente estaba ocurriendo con una operación que se estaba descontrolando de forma vertiginosa.

—Supongo que tienes razón —admitió Ben, al tiempo que contenía una amargura que rayaba en la desesperación—. Pero yo hubiera debido imaginarlo. ¿Sabes por qué razón ni se me pasó por la imaginación? Porque yo creía que tú eras tan leal conmigo como yo lo soy contigo.

Hort bajó la vista un momento, luego volvió a mirar a Ben.

—Te soy leal, hijo. Soy leal con todos mis hombres. Pero mi primera lealtad es siempre la misión. Y tú los sabes.

—Bien, ahora lo sé.

—Me gustaría haberlo podido hacer de otra forma, Ben. Créeme que me gustaría.

Llegaron a San Antonio Road en Los Altos.

—Gira aquí —dijo uno de los tipos de atrás.

Doblaron a la izquierda. ¿Qué hacían en Los Altos? Y entonces lo comprendió.

Estaban localizando la señal del teléfono de Alex. Debían de llevar el equipo detrás. Alex, maldita sea, te dije que podían seguirte la pista así.

—Aquí es —anunció el hombre detrás de él—. El último lugar antes de que se perdiera la señal.

—Da una vuelta —ordenó Hort—. Tal vez veamos su coche.

Ben respiró hondo. Gracias a Dios, Alex había pensado en desconectar el maldito aparato al caer en la cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Pero sólo significaba que Hort no le iba a coger desprevenido. Era muy probable sin embargo que Alex fuera a la cita en el garaje.

Recorrieron las calles de Los Altos, entrando y saliendo de los aparcamientos. Cada vez que aminoraban la marcha delante de un M3 oscuro, a Ben se le retorcían las tripas de puro miedo, pero no era el coche de Alex en ninguna de las ocasiones.

Al cabo de veinte minutos, habló de nuevo el tipo de detrás.

—Espera, vuelve a estar conectado. En… Mountain View. Baja por San Antonio y entra en El Camino.

¿Qué demonios estaba haciendo? Había apagado el teléfono, ¿por qué lo había vuelto a encender?

—Espera, se está moviendo —prosiguió el de detrás—. Quédate en San Antonio. Ve a la 101.

—¿Adónde se dirige? —preguntó Hort.

—Yo diría que a Palo Alto —contestó el tipo—. Al garaje. Parece que se dirige hacia la 101.

Sonó el teléfono de Ben. Hort contestó.

—Hola. —Una pausa—. Bien, nosotros también estamos llegando. Gracias por llamar. Dentro de media hora habremos resuelto todo este asunto y todos podréis marcharos.

Colgó. Alex debía de haberse puesto nervioso al haber perdido el contacto, y había vuelto a conectar el teléfono para asegurarse de que todo seguía como estaba previsto.

—No, espera, está tomando Alma —informó el de detrás—. Siempre en dirección a Palo Alto.

Salieron de San Antonio para introducirse en la rampa de entrada.

¿Qué demonios? ¿Por qué Alex no había vuelto a desconectar el teléfono?

Porque está conduciendo. Jesús, ¿pensaba que no podían seguir su pista si estaba en movimiento? Ben trató de contener su rabia. No podía esperar que su hermano lo supiera. No era su mundo. Pero puñeta, lo iban a sorprender, le iban a obligar a pararse junto a la carretera, y le iban a meter en la furgoneta… Si Alex había planeado algo, alguna acción táctica en el garaje, ellos no iban a dejar que la pusiera en práctica.

Siguieron hacia el oeste por Alma, dos carriles en cada dirección. Al no ser hora punta, el tráfico era fluido, pero había suficientes coches para ocultarse y vigilar, incluso a alguien consciente de que le seguían, cosa que no era en absoluto el caso de Alex.

—¿Es él? —preguntó el conductor.

Ben se inclinó a la izquierda y, con el corazón en un puño, miró por la ventanilla. Parecía el coche de Alex, pero no estaba seguro.

—Acércate un poco más —ordenó Hort—. Sólo un poco de momento.

Pudo ver la matrícula. Ben la reconoció en el mismo momento que Hort decía:

—Es él. Aminora un poco ahora. Deja unos cuantos coches en medio.

Los latidos del pecho de Ben se aceleraron todavía más. La adrenalina se apoderaba de su sistema. Apretó los puños, las pantorrillas, los tobillos. Miró a derecha, izquierda, delante, midió distancias, calculó posibilidades. Quería volverse pero no lo hizo. No quería aparentar otra cosa que no fuera resignación.

La única esperanza que veía era desbaratarles el plan cuando trataran de coger a Alex. Si éste comprendía que no tenían intención de negociar, tal vez se diera cuenta de que la única esperanza era divulgar Obsidian. Si pudiera librarse, si comprendiera la situación, si lo divulgara… Jesús, pensó. Jamás había ejecutado un plan tan enteramente compuesto de condicionales.

Siguieron a Alex hasta Addison, una calle bucólica con cuidados chalés. Alex redujo velocidad para cruzar la rotonda de Bryant.

—A por él —ordenó Hort.

El conductor se metió en la rotonda en el sentido de las agujas del reloj y aceleró para introducirse en la calle del otro lado por delante de Alex. Giró el volante a la derecha y se empotró en el coche de Alex. En medio de un chirrido metálico, Alex subió a la acera y fue a chocar contra un árbol. El conductor frenó y fueron a detenerse justo un poco más allá de donde se había parado el coche de Alex.

El conductor apretó un interruptor y se abrió la puerta corredera lateral de la derecha. El que estaba detrás de Ben pasó junto a éste y se dispuso a salir del vehículo. Mediante un movimiento suave, Ben se volvió un poco en el asiento, apoyó la cabeza y el cuello en el respaldo, dobló las rodillas delante del rostro y lanzó los talones contra la rabadilla del tipo. Éste gritó y, después de golpearse la cara con el borde superior de la puerta, salió volando.

Ben aprovechó el impulso de la patada para ponerse en pie. Se lanzó por la puerta, aterrizó en el suelo sobre el hombro y rodó de lado. Levantó las rodillas, empujó los brazos hacia abajo y pasó las esposas por el trasero. Encogió las piernas y tiró más hacia abajo, consiguió pasar la cadena por detrás de las rodillas, las pantorrillas…

Se oían gritos procedentes de la furgoneta. Oyó que se abría una puerta. Venga, venga…

La cadena se enganchó en los tacones. Retorció frenéticamente los pies e impulsó las muñecas hacia delante con todas sus fuerzas. Las esposas se le clavaron en las muñecas y cuando creía que no iba a conseguirlo, la cadena pasó por debajo de las botas.

Empezó a levantarse y alguien le agarró del pelo. Vio llegar la rodilla a tiempo para volver la cabeza y frenar su trayectoria con las manos. El golpe llegó, pero había evitado peores consecuencias. Trató de incorporarse, pero el tipo le tenía agarrado por un mechón de cabello que retorcía al tiempo que empujaba la cabeza hada abajo. Sólo veía el suelo y un par de piernas. Una de éstas, en preparación para otro rodillazo, se levantó. Ya verás. Ben levantó los brazos, apuntó hacia arriba con los nudillos de los pulgares, y lanzó un fortísimo puñetazo a los testículos del interfecto.

Este último gruñó y aflojó el puño que tiraba del pelo de Ben, el cual giró la cabeza y se soltó. Era el otro tipo del asiento posterior. Trató de agarrarlo de nuevo, y Ben adelantó los brazos para un doble codazo, con la idea de pasar la cadena por el cuello del tipo, pero golpeándole en cambio en los dientes.

Sarah, con las manos esposadas a su espalda, salió de la furgoneta. Miró a Ben.

—¡Corre! —le gritó él.

El tipo apartó los brazos de Ben a un lado y se deslizó detrás de él. Le volvió a agarrar del pelo y le pasó un brazo alrededor del cuello. Ben lanzó los puños hacia arriba justo a tiempo para frenar otro intento de estrangulación.

—¡Corre! —volvió a gritar.

Sarah salió corriendo y, un segundo más tarde, Ben oyó gritar al tipo que tenía detrás y notó que se aflojaba la presión en su cuello. Se volvió y comprendió la razón; Sarah había corrido hasta detrás de él y le había mordido en el brazo. Colgaba de él como un terrier. El hombre echó atrás el otro brazo para golpearla. Ben cruzó los brazos y metió las manos detrás de la cabeza del tío, con lo cual el cuello de éste quedó atrapado en el triángulo formado por las muñecas y la cadena. Ben, a modo de palanca, echó las muñecas hacia atrás y los codos hacia delante. Al tipo se le desorbitaron los ojos y le salió la lengua de la boca. Ben notó el crujir del cartílago y apretó más fuerte, a pesar de que la cadena se le clavaba en las muñecas.

Se produjo una explosión de luz blanca y, de repente, estaba mirando hacia el cielo, incapaz de comprender lo que había pasado. Estaba estrangulando al tipo, lo estaba matando, y entonces…

Notó que le estallaba la cabeza. Alguien… alguien debió de golpearlo con una pistola desde detrás. Dirigió la vista a la furgoneta. El asiático empujaba a Sarah a su interior. Y Hort… Hort tenía a Alex agarrado por el cabello, y apoyaba un arma en su sien.

Ato, pensó, pero las palabras no salieron. No.

Alex sostenía un ordenador portátil en las manos. Cielo santo, ¿se había llevado Obsidian con él? Todo estaba perdido.

—Entra en la furgoneta, Ben —ordenó Hort—. O te adornaré con los sesos de tu hermano.

Ben se puso en pie y se dirigió con pasos tambaleantes al vehículo. Tenía la impresión de que alguien le hubiera clavado un cincel vibrador en la parte posterior del cráneo.

—Todo va bien —dijo Alex—. Les he traído lo que querían.

—Alex —dijo Ben, y se detuvo. No sabía qué decir. Estaban los tres muertos.

En esta ocasión le sujetaron a él y a Sarah con las mismas esposas.

—Un jodido intento —le dijo, porque quería que ella tuviera algo con que sentirse bien—. Para una abogada.

Pero posiblemente ella ni le oyó. Tenía ganas de decirle algo también a Alex, pero ¿qué? Alex había entregado Obsidian en bandeja. El juego había terminado.

Se pusieron en marcha. El tipo a quien Ben le había dado una patada en la espalda gemía como si le hubieran clavado la punta de una ballesta, y el otro al que casi estrangula tosía tanto que parecía a punto de vomitar tejido pulmonar. Lo único que esperaba era que el daño fuera permanente.

Hort se volvió y apuntó a Ben con una pistola.

—Está bien, hijo —le dijo a Alex—. No te lo diré dos veces. Quiero que detengas la difusión que has montado.

La difusión. ¿Qué había hecho Alex, montar una especie de programa de difusión que sólo él podía detener? Cielos, lo que había conseguido era asegurarse de que iban a torturarlo antes de matarlo.

—Necesito una conexión a Internet —replicó Alex.

—Alex, no lo hagas —dijo Ben—. Nos matarán apenas tú…

—Os mataré a los tres si no lo hace —declaró Hort sin levantar la voz—. Como ya te he dicho, Ben, yo no quería haber llegado a esto. Pero la misión es lo primero.

—Vayamos a Mountain View —dijo Alex—. Google ha instalado Wi-Fi en todo el pueblo.

—Al cuerno con eso, Alex… —dijo Ben, con una mueca en la cara.

—Ben, sé lo que estoy haciendo.

—Basta de charla —conminó Hort.

Ben cerró los ojos. Le estallaba la cabeza, le dolían las muñecas, y estaban a cero de probabilidades de salir de aquello.

Siguieron circulando en silencio. Ben trató de concentrarse en el dolor, porque lo que sentía en el cuerpo era muchísimo más fácil que lo que pasaba por su mente. Había sido un estúpido. Todo aquello que había imaginado sobre que no había reglas… que eso contaba para la otra parte. Bien. Era así como funcionaba. Hort era simplemente más implacable. Lo que explicaba por qué él blandía un arma mientras que Ben iba esposado. Por qué Hort se iba a ir de rositas, mientras que ellos tres iban a acabar en una tumba poco profunda. Siempre se había tenido por realista, presumía de ello. Y ahora, cuando le quedaban ya pocos minutos en la tierra, había tenido la revelación, y se había visto obligado a enfrentarse a la verdad. Que consistía en que no era más que un estúpido, un ingenuo de mierda, y que los realistas de verdad le habían dado mil vueltas y estaban a punto de ganar la partida.

Cuando llegaron a Shoreline Road en Mountain View, Alex abrió el ordenador.

—Está bien —informó—. Tengo conexión.

Se metieron en una calle lateral y se detuvieron.

—Hazlo —ordenó Hort—. Y muéstrame que está hecho.

—Ya está hecho —declaró Alex.

Hort frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con que ya está hecho? Me has dicho que debías descodificarlo e introducir una contraseña para detener la secuencia de difusión.

—Lo he dicho únicamente porque tenía miedo de lo que pudiera pasarles a Ben o a Sarah antes de poder enseñarle lo que he hecho en realidad.

Le expresión de Hort se volvió tan hermética que se hubiera podido decir que estaba congelada.

—¿Quieres decir que has hecho algo más?

Alex asintió. Aunque disparatado, durante un segundo, recordó al niño repelente que había sido de pequeño. Ben vio un ridículo rayo de esperanza.

Hort movió la dirección de la pistola, de forma que la boca apuntaba al rostro de Alex. Ben contuvo la respiración.

—¿Qué? —preguntó Hort—. ¿Qué has hecho?

Alex le alargó el ordenador.

—Aquí está. Puede comprobarlo por sí mismo.

Hort no le hizo caso. El arma no se movió. Miraba a Alex con unos ojos tan gélidos que Ben tuvo la certeza de que iba a disparar, y siguió sin poder respirar.

Luego Hort bajó el arma. Tomó el ordenador y se quedó mirando en silencio la pantalla.

—¿Qué significa esto? —exclamó—. ¿StatCounter? No entiendo.

—Oh, no es más que una página web que hace el seguimiento y la estadística de descargas y visitas a otras webs —explicó Alex, tras lo cual se inclinó hacia delante y señaló la pantalla—. Mire, aquí puede ver cuánta gente ha descargado el programa de SourceForge. Y aquí, esto es Slashdot, ¡uy, cien descargas en media hora! Impresionante. Se lo he mandado también a McAfee y Norton.

Las punzadas que sentía Ben en la cabeza eran tan agudas que casi las notaba también en el estómago. No sabía si reír, llorar o vomitar. Por qué no las tres cosas.

Hort apretaba tanto la mandíbula que los músculos de sus mejillas parecían de mármol.

—Ay, pobre estúpido hijo de perra —dijo conforme sacudía la cabeza pero sin apartar los ojos de la pantalla—. No tienes ni idea de lo que acabas de hacer.

—Sé lo que he hecho.

—Has desencadenado la anarquía, hijo. La anarquía. Estados Unidos de América es el país mejor conectado de la Tierra. Esa cosa va a circular como un virus, y nadie es más vulnerable a ello que nosotros.

—No, creo que no lo ha entendido. No he divulgado sólo el ejecutable. He difundido también el código fuente.

—Nosotros teníamos todas las…

—No, no es así. Hilzoy tenía otra copia. Escondida a plena vista, en la copia de una canción que le gustaba y que estaba en una página web pública con ficheros compartidos. Me ha costado bastante encontrar el archivo bueno, era sólo un poco mayor que el resto. Pero estaba allí. Lo descodifiqué con Obsidian y ahora todo el mundo tiene una copia.

—Entonces estamos jodidos. Has jodido a todo nuestro país.

—No niego que se pueda producir algún que otro trastorno. Pero ¿sabe qué? En este mismísimo momento, en cientos de sótanos y garajes, hay más piratas informáticos y aficionados, muchos de ellos imberbes, de los que puede usted imaginar, que están despanzurrando el programa. Algunos estarán tratando de descubrir la forma de explotarlo, sí. Otros encontrarán formas de defenderse contra él. La red es como un organismo. La gente es su célula T. No se puede parar algo así, por mucha gente que se elimine. Son bits. Es información. Y…

—Y la información quiere ser libre —añadió Sarah.

—En cualquier caso —prosiguió Alex—. El aspecto anárquico es sólo una parte. O tal vez ni siquiera eso.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Hort mirándolo.

—Según su hombre en el bufete, Osborne, el Consejo de Seguridad Nacional no se interesaba por Obsidian porque pudiera crear problemas en las redes. Lo querían para un programa de espionaje nacional.

—¿Osborne te lo dijo?

—Pregúnteselo usted mismo.

Se hizo una larga pausa.

—Creo que lo voy a hacer —dijo Hort con expresión sombría.

—Te han utilizado, Hort —observó Ben—. Has hecho el primo. ¿Te gusta cómo sienta? —No era racional, pero le hizo sentir un poquito mejor saber que habían jodido a Hort como éste le había jodido a él.

Hort volvió a mirar la pantalla. Sacudió lentamente la cabeza.

—Mire esto —prosiguió Alex—. Veinte descargas más desde que estamos hablando. Se está extendiendo el rumor. Esto va a toda pastilla.

—Genie está muerto —intervino Ben—. Vuelve a Washington y diles que ya no lo pueden recuperar. Diles que todo lo que has hecho no ha servido para nada, tonto del culo.

Hort respiró hondo. Cerró el ordenador y miró a Alex, luego a Ben, y finalmente a Sarah.

—Esta operación ha terminado —dijo—. La misión ha fracasado. Yo he fracasado.

Dirigió la mirada a uno de los hombres sentados en el asiento posterior.

—Quítales las esposas. Déjales marchar.

—Pero… —protestó el hombre.

—Haz lo que te digo.

El hombre vaciló, pero luego se inclinó y abrió las esposas. Acercó la cabeza al oído de Ben.

—Esto no ha terminado —susurró sibilinamente.

—Tal vez no me hayas oído bien —intervino Hort, y el interior de la furgoneta resonó con su voz de barítono—. Esta. Misión. Ha. Terminado.

Ben dobló las manos. Estaban entumecidas. Y tenía las muñecas en carne viva.

Salieron los tres del vehículo. Hort bajó su ventanilla y los miró.

—Quizá Genie esté muerto —dijo—. Pero es posible que haya personas que sigan pensando que, después de todo lo sucedido, ciertos individuos suponen un riesgo para la seguridad. Les diré que no es vuestro caso. Creo que os lo debo. No hagáis nada que me haga quedar como un estúpido. Lo lamentaríais. —Miró a Ben—. Era una misión, Ben. Y por mi parte quisiera que siempre lo consideraras así. Ahora eres tú el que debe decidir si estos parámetros son válidos para ti. Yo no influiré en tu decisión.

Ben, que se estaba frotando las muñecas, hizo un gesto de asentimiento. Lo cierto era que no sabía lo que iba a hacer. Hacía un minuto, habría dado cualquier cosa por haberle disparado un último tiro a Hort. Ahora no estaba seguro.

—En marcha —dijo Hort, y el coche arrancó.

Ben se volvió a Sarah.

—¿Estás bien?

—Debo irme —contestó, conforme sacudía la cabeza.

—Sí, por supuesto, te…

Ella levantó las manos y dio un paso atrás.

—No, necesito… sólo quiero estar sola.

—Sarah, espera —insistió Ben.

—Como muy bien dijiste, fue un error.

—Sarah, no te vayas —intervino Alex—. Tenemos que…

—Nada —replicó ella antes de volverse y echar a correr, sin siquiera mirar atrás.

Caltrain estaba a sólo unas manzanas de distancia. Ben imaginó que se iba a casa.

—Deja que se vaya —dijo.

—¿Crees que no le pasará nada estando sola?

—Creo que si Hort fuera a hacer algo, ya lo habría hecho, mientras nos tenía a los tres.

—¿No le preocupará que te tomes la revancha con él?

Ben movió la cabeza, según reflexionaba sobre ello, y sin saber muy bien qué pensar.

—Es posible, pero… no, no nos habría dejado marchar. No nos habría dejado marchar sabiendo que yo podía querer vengarme. Ha sido un modo de disculparse.

—Yo no diría tanto —observó Alex haciendo una mueca.

—Sí, bueno, pero supera alguna de las alternativas que yo me temía. Mira, por lo que me ha dicho, él no quería esta misión. Creo… que quizá en parte se ha sentido aliviado al tener un motivo para abandonarla.

—No lo puedes saber con certeza. ¿Cómo puedes confiar en un tipo como ése?

Ben pensó un momento. Todas las respuestas que acudían a su mente le parecían trasnochadas e inútiles.

—No puedo. —Fue su respuesta, y las palabras surgieron acompañadas de una nueva oleada de dolor y náuseas—. No puedo.

Permanecieron en silencio un momento.

—Cuéntame lo que has hecho —dijo Ben—. ¿Has publicado Obsidian?

—Sí. Pero sólo en páginas técnicas. No he contactado con ninguno de los blogs políticos que nos dijo Sarah. No había tiempo.

—Mejor así. Al difundirlo como lo has hecho has neutralizado la operación de Hort. Llevarlo al terreno político habría implicado una investigación que le hubiera hecho sentir amenazado. Y con un tipo como Hort, es preferible que no te considere una amenaza. Pero dime, ¿cómo encontraste el código fuente? No he seguido muy bien tus explicaciones.

—Con una cerveza delante te lo explicaría mejor —dijo Alex sonriendo—. ¿Quieres que vayamos a tomar algo?

Ben reflexionó sobre ello. Tomar algo… ¿con Alex?

—¿Y qué pasa con tu coche?

—Seguramente ya se lo ha llevado la grúa. Diré que me lo han robado.

—Perfecto, entonces. Vamos a tomar una cerveza. —Echaron a andar—. Y después de la cerveza —añadió Ben—, si quieres, podríamos… podríamos ir al cementerio.

Alex le lanzó una mirada, luego apartó la vista.

—No te sientas obligado.

—No, quiero ir. Me gustaría ir contigo.

Siguieron caminando, mientras el sol vespertino les calentaba el rostro.

—¿Sabes una cosa? —dijo Alex—. Sabía que era una trampa.

—¿Una trampa? —Ben se echó a reír—. Pero ¿qué tipo de películas ves tú?

—Bien, yo sabía que tú querías confiar en ese tipo y que te equivocabas. Debía encontrar alguna forma de poner fin a esa situación.

Sin pensarlo, Ben pasó un brazo por los hombros de su hermano.

—Lo has hecho muy bien.

Alex no contestó. Ben tardó unos segundos en comprender que su hermano pequeño se había emocionado.

—Gracias —dijo al cabo de un momento.

Ben le dio un apretón en el hombro y no dijo nada. Tal vez se sintiera también un poco emocionado.