El agravio
25 - Una locura
Ben aparcó en la calle California y fue anclando al Ritz-Carlton. Eran casi las tres de la madrugada, y la zona estaba desierta. No pensaba que se presentara un problema fuera del hotel. A aquellas alturas de la situación, si alguien le acechaba, lo más probable era que estuviera dentro.
Rusos por la mañana, un estadounidense por la noche. Le despistaba. ¿Diferentes grupos interesados en Obsidian? ¿Podía tratarse de esto? También podía ser que, quien estuviera detrás del asunto, se hubiera quedado sin personal ruso y hubiese recurrido a otros.
Si había alguien esperándole dentro, era muy posible que le diera una sorpresa. El tipo que había matado en casa de Alex no llevaba teléfono móvil o radio. Lo que significaba que no esperarían que volviera al hotel, por lo menos no tan pronto.
Después del Vesuvio, y como había creído que la chica iba de buena fe, se había quedado tranquilo, con lo cual había fallado en lo táctico. Había tenido suerte. No tenía intención de volver a confiar en ella.
En el interior del hotel reinaba tal tranquilidad que podía oírse el silencio. Una mujer, sola detrás de la recepción, le saludó pero, aparte de esto, todo, el vestíbulo, el bar… todo estaba desierto.
Subió en ascensor hasta la sexta planta, luego bajó por las escaleras hasta la cuarta. Cuando llegó al hueco de la escalera, sacó la pistola. Cualquiera con quien se tropezase a aquellas horas sin una fregona y un cubo en ristre, no era seguramente un amigo.
Se arrimó a la pared conforme se acercaba a la habitación de Sarah, luego, al pasar por delante, se agachó ante la remota posibilidad de que alguien estuviera mirando por la mirilla. Se colocó las gafas de visión nocturna sobre la cabeza pero no se las puso todavía. A partir de ahí, debía tener en cuenta cualquier posibilidad. Cualquier cosa. No únicamente una emboscada humana, sino también algo como un control remoto.
Abrir su puerta supuso ya una prueba de nervios. Contrarrestar la amenaza de un artefacto explosivo improvisado (IED) requería unas tácticas completamente distintas a contrarrestar la amenaza de una emboscada humana, y al pararse delante de su puerta para examinar posibles señales en ésta, le dejaban el culo muy expuesto a la otra. Bien, las paredes eran gruesas; no era probable que alguien se arriesgase a disparar a través de ellas. Aún así.
No encontró ni cables ni otras señales de nada que hubiera cerrado un circuito si la puerta se hubiera abierto. La cerradura magnética no parecía haber sido manipulada. Deslizó por ella la tarjeta de acceso con la mano izquierda, mientras con la derecha sostenía la Glock a la altura del pecho. Abrió la puerta un palmo y apuntó el arma hacia abajo. Nada en el otro lado. Ni cables o cualquier otra cosa fuera de lugar en la jamba de la puerta. Entró y desconectó el interruptor general. El cuarto quedó a oscuras.
Dejó la puerta cerrada, retrocedió al pasillo y se mantuvo a unos metros de distancia. Cabía la posibilidad de que alguien estuviera vigilando desde fuera. Al llegar, había dado la vuelta al hotel, claro, pero podía no haber advertido la presencia de alguien. Lo último que le hacía falta era que alguien viera las luces por los bordes de las cortinas de la habitación 767, esperase un minuto, y disparase a distancia un IED. O por lo menos no quería estar en la habitación cuando sucediera.
Esperó dos minutos. De acuerdo, si tenía que pasar de aquella forma, ya habría pasado. Regresó a la puerta, se colocó las gafas sobre los ojos y entró, luego puso el seguro de la puerta por dentro.
Tardó tres minutos en confirmar que estaba solo. Confirmar que nadie le hubiera dejado una carta de amor en forma de IED otros veinte minutos.
Se sentó en el suelo, apoyado en la cama, y se sacó las gafas. Respiró hondo. Cristo, vaya día. Se suponía que debía estar agotado, pero estaba aún demasiado excitado para notarlo.
Bien. Una cosa más, y luego podría descansar.
La muchacha.
Tenía tres formas de hacerlo. La primera, por la puerta de comunicación, si ella no la había cerrado por su lado. Segunda, podía hacer uso de su tarjeta de acceso de la puerta del pasillo, si ella no había puesto el seguro por dentro. No creía que fuera a funcionar ninguna de estas dos opciones. Por consiguiente, la tercera alternativa era la más prometedora: simplemente abrir la puerta de comunicación de una patada. Era de madera maciza, pero se abría hacia su habitación, y, para su propósito, la jamba metálica se deformaría y liberaría el marco que la rodeaba.
Abrió la puerta que daba a su lado, despacio, con cuidado, para asegurarse de que no había nada entre las dos puertas que pudiera cerrar un circuito. Se sorprendió al ver que la puerta del lado de ella no solamente no estaba cerrada con el seguro, sino que estaba abierta de par en par. Se alegró de haber dejado apagadas las luces de su habitación y llevar las gafas puestas. De no haberlo hecho, su silueta habría quedado enmarcada al instante.
Avanzó con mucho sigilo, sin gustarle que la puerta estuviera abierta, presintiendo una trampa. Al resplandor verde de la visión nocturna, la vio en la cama. Estaba tumbada de espaldas, tapada hasta el cuello por la colcha, y su largo y negro cabello se desparramaba por la almohada blanca. Su brazo derecho descansaba justo encima de su cabeza, el izquierdo estaba bajo la ropa de cama. Como él había advertido durante el día que ella era diestra, le tranquilizó ver que su mano fuerte estaba a la vista, y vacía. Parecía estar durmiendo, pero también se había hecho la despistada en el Vesuvio, y de forma convincente. Sin apartar demasiado la vista de ella, examinó la habitación. Estaba vacía.
Se acercó a la cama y se la quedó mirando un momento. Su respiración era lenta y regular. No se movió.
Se percató de que el seguro de la puerta estaba puesto. Lo cual convertía la puerta común en una especie de embudo. Esto no le hacía ninguna gracia. No le gustaba que nadie pudiera prever, y controlar, sus movimientos.
Sin dejar de apuntarla con la Glock, apartó la ropa y dejó su mano izquierda al descubierto. Estaba vacía.
Se quitó las gafas de visión nocturna, las dejó y encendió la lámpara de la mesilla de noche.
Ella abrió los ojos y empezó a parpadear, luego se sentó de un salto agarrada a la ropa de cama con la que se tapó.
—¿Qué demonios es esto? —exclamó—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—No pareces muy contenta de verme —observó él, disfrutando a pesar de todo del momento.
—¡Pues claro que no estoy contenta de verte! No puedes presentarte así. ¿Qué estás haciendo? ¿Qué quieres?
—No te hagas la tonta, corazón. Ya sé que eres buena, pero la escena está un poco pasada de moda.
Ella miró la Glock, dio la impresión de que la advertía por primera vez, y tal vez fuera así.
—¿Por qué me estás apuntando con un arma? ¿Te has vuelto loco?
Ben siguió apuntándola con la pistola. Y, por si acaso, y como él mismo tenía por costumbre dormir siempre con el arma al alcance de la mano, dijo:
—Sal de la cama.
—Ya estoy harta de esto. Sal de mi habitación.
Ben agarró toda la ropa de cama y tiró de ella. Voló hasta la pared opuesta y cayó al suelo.
Ella saltó al otro lado de la cama.
—¡Sal de aquí! —gritó.
No llevaba más que unas braguitas blancas y una camisola blanca también, y Ben dudó de sí mismo un momento. Pero ¿cuántos soldados habían cometido el mismo y fatal error con respecto a una mujer aparentemente dulce el instante antes de que ella hiciese explotar una bomba suicida?
Rodeó la cama, sin dejar de apuntar a la muchacha.
—Cállate —le dijo—. Y mantén las manos donde yo pueda verlas si no quieres que dispare.
—Estás loco —dijo ella mirándole fijamente y respirando con fuerza—. Estás completamente loco.
—Tienes razón —admitió él, que estaba ahora en el mismo lado de la cama que ella y se iba acercando—. Estoy tan desquiciado que soy capaz de hacer una locura, puedes estar segura. En un día, han intentado matarme tres personas. Una cosa así enloquece a cualquiera.
Ella no contestó. No, claro que no. Él se acercó. Ella retrocedió hasta la esquina, una pared a un lado, la mesilla de noche en el otro.
—Me has engañado bien durante un rato —dijo él—. Te lo reconozco. Pero ahora se ha acabado. ¿El tipo que me esperaba en casa de Alex? Me lo ha contado todo antes de morir. Me ha costado un poco sacárselo, pero, al final, ha cantado.
—No quiero saber nada —replicó ella.
Él se acercó más.
—En ese caso no haberte metido en esto. Pero tengo una buena noticia para ti. Voy a hacerte una pregunta. Si contestas satisfactoriamente, no te pasará nada.
—¿Qué pregunta?
—¿Para quién trabajas?
—¡No sabes de qué hablas!
—Mira, la respuesta no me parece satisfactoria.
Y, de pronto, ella avanzó hacia él.
—¿Vas a dejar de considerarme una enemiga? —gritó al tiempo que le hundía un dedo en el pecho—. ¡Soy iraní, y eso es lo único que quieres ver! ¡A cada suceso, tú lo desvirtúas en tu mente para probar lo que estás ya inclinado a creer! ¿Por qué? ¿Por qué necesitas ver en mí a una enemiga? ¿Qué consigues con todo esto?
Él se quedó tan sorprendido que estuvo a punto de dar un paso atrás, pero se detuvo a tiempo. Cuando había irrumpido allí estaba tan seguro de sí mismo que había esperado que ella confesara de inmediato. O que lo negase de forma poco convincente, para acabar confesando. Lo que no había previsto era un contraataque. Especialmente con aquel vocerío que podía llamar la atención. Tenía que recuperar el control.
—Esta noche, alguien ha hecho una llamada —empezó a decir, a medida que se sentía estúpido apuntándola con la pistola. Con lo agitada que estaba ella, podía producirse un accidente. La guardó en la funda—. Una persona que sabía que yo iba a ir a casa de Alex. No ha podido ser nadie más que tú.
—¿De qué estás hablando? Yo no sabía que pensabas ir a su casa. No tenía idea de adónde demonios ibas. Lo único que has dicho es que tenías algo que hacer.
—Podías haberlo imaginado…
Apenas lo hubo dicho, sonó débil. Cielos. ¿No tenía nada más en qué basarse? Sí, el tipo había preguntado también dónde estaba Alex. Pero… ¿podía haber sido porque la chica no les importaba? Alex era el primero, esto era evidente. De hecho, es posible que ni siquiera supieran que la chica se había escondido. Quienesquiera que fueran, sus recursos no eran ilimitados. Debían de reservarse a Sarah para más adelante, si daban un pavo por ella.
—Y esa persona que dices haber torturado esta noche —dijo ella—, ¿qué te ha dicho? Nada, por eso te lo estás inventando. Te lo estás inventando para asustarme.
Él no había dicho exactamente que hubiera torturado a nadie, aunque había confiado en que la idea la asustara. Pero al margen de esto, allí había algo que fallaba. O más bien, había algo que no fallaba. Ella estaba sola en el cuarto, desarmada, dormida o por lo menos haciendo un buen trabajo al fingirlo. No tenía sentido.
—¿Por qué has dejado abierta la puerta de comunicación? —preguntó.
—Porque me ha apetecido.
Sí, Ben supo que ella se traía algo entre manos.
—¿Por qué?
—¡No es asunto tuyo! —gritó ella.
Se dispuso a ponerle otra vez el dedo en el pecho, pero él se lo agarró con el puño.
—Te he hecho una pregunta —dijo, al tiempo que apretaba fuerte la mano y la empujaba contra la pared.
—Venga, sigue —replicó ella, haciendo una mueca—. Sigue. Rómpeme los dedos. Tortúrame. ¿No es eso lo que haces? Torturas a la gente hasta que te dicen lo que quieres escuchar.
¿Por qué había dejado la puerta abierta? Debía de ser para que él pudiera entrar fácilmente. Pero entonces, ¿por qué nadie le había tendido una emboscada?, ¿por qué no estaba armada? ¿Qué pasaba? ¿Por qué iba ella a querer que él pudiera…?
Oh, idiota.
Todo encajaba. Todo resultaba tan evidente. Era embarazosamente simple, y tú has debido de estar ciego o, reconócelo, predispuesto a no verlo.
Bajó la vista, consciente por primera vez de la poca ropa que llevaba encima, de lo poco que la cubría. La forma de sus pechos bajo la tela sutil de la camisola, la suave piel color caramelo de su barriga encima de las braguitas…
Soltó su dedo y puso la palma de la mano en la pared, junto a la cabeza de ella.
—¿Por qué has dejado la puerta abierta? —volvió a preguntar.
—Ya te lo he dicho, no es asunto tuyo.
Dios, qué guapa era. Pensaba haberlo advertido ya, pero no era así. No así.
—¿Por qué? —dijo de nuevo, en voz más baja.
—No voy a decírtelo —replicó ella.
Trató de zafarse y él puso su otra mano contra la pared junto a ella, con lo cual la bloqueaba por los dos lados.
—Quiero que me lo digas —dijo.
—No.
¿Respiraba ella más fuerte ahora? Él sí, lo sabía. Veía sus pezones, duros bajo la tela de la camisola.
Dio un paso y bajó la cabeza hasta que sus labios estuvieron a unos centímetros de su mejilla.
—Quizá yo lo sepa —dijo.
—No sabes nada sobre mí.
—Sé algo —prosiguió él, al tiempo que se acercaba más.
Ella levantó la vista hacia él, su mirada era airada, desafiante, tenía los labios separados y el aliento de su respiración silbaba entre ellos. Él notó los acelerados latidos de su corazón, los oía en sus oídos.
Se inclinó todavía más y ella volvió la cabeza con brusquedad. Sus mejillas se rozaron y él oyó el sonido de la respiración de ella en su oído. Le llegaba el olor de su pelo, de su piel. Se acercó más y se apretó contra ella, y la suave calidez de sus pechos contra él le produjo una especie de locura.
Apartó una mano de la pared y la puso sobre la cadera de la muchacha, luego dejó que se fuera deslizando hacia arriba, acariciando las costillas, la curva de los pechos, el cuello, la mejilla. Intentó moverle la cabeza hacia el centro. Ella se resistió un momento, pero luego se volvió y, tras emitir un sonido extraño, medio gruñido, medio grito, encontró sus labios, con la boca abierta y la lengua ya en la suya.
Él tomó su cabeza entre las dos manos y la besó furiosamente, y el corazón le latía con fuerza y los oídos le zumbaban. Se sentía desatado, como si hubiera perdido el control sobre algo y estuviera corriendo por la oscuridad. Estaba todavía apretado contra ella, pero ésta lo estaba rechazando. Era un hombre tan fuerte que hacía daño.
Él ya no podía ni pensar, sólo quería tenerla desnuda, lo necesitaba. Ninguna otra cosa importaba, ninguna otra cosa era real. Agarró la parte superior de la camisola con las dos manos y tiró de ella en direcciones opuestas.
En sus oídos resonó el ruido de la tela al desgarrarse, y luego tenía sus pechos entre sus manos, y eran preciosos, ella era preciosa.
Sarah introdujo los dedos por los huecos entre los botones de la camisa y estiró, y éstos saltaron con la cadencia de una ametralladora. Una parte de su mente pensaba: No debería sorprenderte, fíjate cómo te ha cacheado en el Vesuvio, donde las dan las toman, y acto seguido ella se inclinaba hada delante y le besaba en el cuello según forcejeaba con la hebilla de su cinturón. Él dejó caer la pistolera mientras ella se lo sacaba. Fue luego a bajar la cremallera y él se sacó como pudo la chaqueta y la camisa, y después al cuerno, no aguantaba más, no podía esperar más, así que se desabrochó los pantalones y se los quitó. Los apartó de una patada y tomó a Sarah de nuevo en sus brazos. Ella lo rodeó con su mano y apretó, y él sintió una corriente por todo el abdomen.
Le puso los brazos bajo el trasero y la aupó. Ella lanzó un grito de sorpresa y enroscó las piernas alrededor de su cintura. Él se volvió, se apartó dos pasos de la pared y posó a Sarah en el suelo. Empezó a besarla de nuevo, en el cuello, en los pechos, luego se apartó. Las bragas se tensaban sobre sus caderas y él envolvió los dedos en la tela y tiró; desgarró un lado, luego el otro y las apartó de su cuerpo, y todo esto sin dejar de mirarla, de mirarla a los ojos, de ver el deseo en ellos, las ganas, y se puso a tocarla hasta hacerla gemir, hasta hacerla retorcer, y estaba tan mojada que debía de ser real, tenía que serlo, ninguna mujer podía ser una actriz tan buena. Adelantó las rodillas haciendo que ella extendiese las piernas y se puso sobre ella, y la deseaba con tanta intensidad que se le borró todo lo que tenía en la mente.
Y la penetró y, por Dios, no había ya nada más en el mundo, nada mejor, tuvo la sensación de ser un hombre que, estando a punto de ahogarse, se iba tragando una bocanada tras otra de aire vivificante. Ella jadeaba, se movía contra él, cruzaba los tobillos detrás de su espalda, le ponía las manos en la cara, lo tiraba hacia ella, lo besaba. Se movieron así un rato, él quería ir más despacio, ser más cariñoso, pero no aguantó más y, alargando las manos, la agarró por el culo y la atrajo contra él mientras se iba moviendo más profundamente dentro de ella, una y otra vez, una y otra vez. Él cerró los ojos y vio remolinos de colores, negro, violeta y verde, la oyó gemir y notó sus manos en su pelo y en su rostro, y el calor de su cuerpo por todas partes.
Ella tensó las piernas y empezó a moverse de forma más apremiante, y gritó en su boca y él comprendió que estaba a punto de correrse, de irse bajo y en torno a él, y luego él también se iba, y todo el peligro, la incertidumbre y la locura del día que le habían estado atenazando como un tornillo, desaparecieron milagrosamente y se quedó vacío.
Despacio, con sumo cuidado, él soltó su trasero y apoyó el peso sobre los codos.
—No, quiero sentir tu cuerpo —rogó ella.
Él se relajó entonces un poco. Sin apartar todavía las piernas de su espalda, ella le rodeó el cuello con los brazos, y él oyó que, con cada respiración jadeante, emitía una especie de ronroneo. Así permanecieron un rato, mientras el corazón de Ben se calmaba y su respiración recuperaba el ritmo normal.
Él se apartó de ella y se tumbó boca arriba, luego volvió la cabeza para mirarla a los ojos. Tuvo ganas de decir Eres hermosa, pero no lo hizo.
—Lo siento —dijo en cambio.
—Yo no —replicó ella riendo.
—No, me refiero a…
—Sé a lo que te refieres.
—He tenido una mala semana —observó él al tiempo que suspiraba.
Ella se puso de lado para mirarlo, con el codo apoyado en el suelo y la cabeza en la mano.
—Tengo la sensación de que ha sido más de una semana —comentó en un tono cariñoso.
—¿Qué quieres decir?
Ella titubeó un momento, luego contestó:
—Tienes una hija, una ex mujer y un hermano, pero no te tratas con ellos, ni siquiera hablas con ellos de vez en cuando. Eso es algo más que una mala semana.
—Es complicado.
—Ya sabes lo que se dice: «Métetelo en la cabeza. El común denominador de todas tus relaciones disfuncionales…»
—«Eres tú». Sí, ya lo había oído.
Cielos, la tía era dura. E imaginó lo que sería tener algún tipo de relación con ella.
No iba a ganar muchas discusiones, eso era seguro.
—Mira —empezó a decir—, es cierto lo que has dicho en el bar. No puedo… no puedo tener a alguien dependiendo de mí. Quiero decir, ¿qué es peor, ir a visitar a mi hija un par de veces al año, o haber desaparecido completamente? Con lo primero sólo conseguiría que fuera consciente de mi ausencia, que sintiera una especie de pérdida. Con lo segundo, como no hay nadie a quien echar de menos, no hay sentido de pérdida.
—No lo pesco. ¿Quieres decir que, si nadie depende de ti, ya no defraudas a nadie?
—No es eso lo que estoy diciendo.
—¿Quieres saber lo que pienso?
—Alex siempre me pregunta lo mismo. Y yo siempre le contesto que no.
—¿Te lo dice de todas formas?
—Pues claro.
—Pues yo voy a hacer lo mismo. Lo que estás diciendo es como robar. Robar la herencia a una persona que ni siquiera sabe que la tiene. ¿Echará de menos el dinero? ¿Sabrá siquiera que ha desaparecido, o se sentirá perjudicada por su falta? No. Pero el hecho de que la persona ignore el robo no impide que tú seas un ladrón.
—¿Os enseñan estas cosas en la facultad de Derecho?
—Y por cierto, ¿qué pasó entre tú y Alex?
—Nos distanciamos.
—¡Venga ya! Nadie se distancia de esa forma. Ni siquiera sabe que te casaste, o que tiene una sobrina.
Mientras él decidía qué contarle, o si contarle algo, apartó la vista un momento. No sabía por dónde empezar.
—Teníamos una hermana… —Es lo que le salió y, a partir de ahí, lo fue contando todo. No pretendía hablar mucho, pero una vez hubo empezado a hablar ya no pudo parar.
—Qué desgracia de familia —observó ella al final de su relato—. ¡Y yo que creía que la mía tenía problemas!
—¿De qué familia hablas? —replicó él acompañando sus palabras de una risa seca—. No queda nadie.
—Estáis tú y Alex.
—Alex me culpa de todo lo que pasó.
—¿Te lo ha dicho?
—No con estas palabras, pero sé que es así.
Permanecieron en silencio un momento.
—¿Te alistaste para huir después de lo que pasó con tu hermana?
—No. Ya lo tenía decidido antes del accidente. Mis padres no querían. Me presionaron mucho, pero yo tenía muy claro que era eso lo que quería. Desde que era un niño.
—Creo que está bien que entraras en el ejército.
Él se la quedó mirando, sorprendido.
—¿Hablas en serio? Yo pensaba que me tenías por un sádico, un pequeño torturador.
—Yo no pienso eso. Sólo intentaba meterme bajo tu piel. En cualquier caso, no me refería a esto. Creo que hiciste bien alistándote porque es lo que tú querías. Me gustaría haber tenido tu presencia de ánimo para hacer frente a mis padres. Pero… tú también has tenido razón en el bar. No sé lo que quiero. —Él no replicó—. ¿Por qué estás ayudando a Alex? —preguntó luego.
—¿Esto es ayudarlo? —exclamó él mirándola.
—No tiene por qué enterarse —observó ella conforme le sonreía.
—Sí, creo que es lo mejor.
—¿Por qué? Dime. Quiero decir, eres tan poco apegado y todo eso. Y, sin embargo, aquí estás.
Él reflexionó sobre ello un momento. El hecho era que ni él mismo lo sabía muy bien.
—Necesita mi ayuda —fue todo lo que se le ocurrió decir.
Ben tenía ganas de que ella siguiera preguntando. Tal vez así lo descubriría.
—¿De verdad piensas que le… intereso? —preguntó ella en cambio.
—Venga ya, mírate.
—¿Sólo te basas en eso?
—Créeme, ya es mucho. Pero no, como te he dicho, lo sé. ¿Y tú? ¿Nunca te ha gustado?
Hubo una pausa. Luego ella contestó:
—Es un tío muy guapo, y tiene grandes cualidades. Pero… no sé, me recuerda a los tíos con los que salía cuando estaba en la universidad. No quiero que se repita la misma historia.
—¿A qué te recuerdo yo?
—No me recuerdas a nada —contestó ella mirándolo—. Pero al mismo tiempo, me recuerdas a algo.
—No te sigo —le dijo él después de sacudir la cabeza.
—Tampoco tienes que hacerlo —replicó ella sonriendo.
—Sí, pero…
—Shhh. ¿Por qué no te limitas a pedirme perdón otra vez?
—Lo siento.
Ella pasó una pierna por encima de su cuerpo y, después de poner una mano a cada lado de su cabeza, se colocó a horcajadas. Dejó caer el pelo en cascada a cada lado de su rostro y así, envolviéndolo muy de cerca, lo miró a los ojos.
—Me parece una disculpa muy pobre —dijo ella.
—Deja que te lo diga de otra forma.