El agravio
15 - Discutir por discutir
Si bien pensaba que todo aquello era una exageración, al final Alex decidió hacer caso a Ben. Se fue a casa porque había quedado con el cerrajero pero, una vez solucionado el problema de la puerta, regresó al Four Seasons. Llamó a Alisa y le dijo que estaba con la gripe, que trabajaría desde casa y que suponía que sería cosa de un par de días. Y mandó un correo electrónico a Osborne, donde le explicaba lo que había ocurrido con Hilzoy y le decía que le contaría el resto cuando volviera al despacho.
No estaba mal quedarse en el hotel. Era lujoso, se comía bien y le gustaba el gimnasio con que contaban las instalaciones. Además, pocas veces se había tomado unas vacaciones de verdad, y aquello era lo más parecido a lo que iba a poder tener. Se metió en nononsenseselfdefense.com, y Ben tenía razón. Había muchísima información y, aunque el tema le era bastante ajeno, parecía contener buenos consejos.
El problema era que todo lo ocurrido en los últimos días empezaba a parecer… extraño, improbable, como si esa sensación rara pudiera disiparse si volvía a su vida normal. Le sorprendía con qué fuerza deseaba ir al despacho, ver a la gente que solía frecuentar, hacer las llamadas habituales, volver a casa al final de la jornada. Era como si le hubieran dicho que no se rascara una costra y el picor le estuviera enloqueciendo.
Empezó a preguntarse si no había sacado las cosas de quicio. ¿Tan difícil era creer que Hilzoy hubiera estado traficando con drogas? Y Hank… Por muy triste que fuera, ocurría a veces que personas jóvenes sufrían ataques cardíacos. Y no cabía duda de que la policía parecía pensar que la intrusión en su casa había sido un hecho fortuito. Quizá todo no había sido más que una gigantesca coincidencia. Si a eso se añadía una gran dosis de lógico nerviosismo, no era de extrañar que el conjunto hubiera empezado a oler a conspiración.
Estaba cenando solo en el restaurante del hotel la segunda noche cuando, al levantar la vista, vio que Ben se dirigía hacia él. Incluso antes de vislumbrarle la cara supo que era él por su modo de caminar. Era un andar típico de luchador, algo patizambo, pero sobre todo seguro y relajado, la forma de andar propia de quien no sólo piensa que el lugar le pertenece, sino que probablemente no le falte razón. Alex siempre había tenido envidia de esa forma de caminar. Cuando eran niños, trataba de imitarlo en secreto.
Se puso en pie y pensó en algo que decir, pero todo lo que le salió fue:
—Ben.
Éste iba vestido con vaqueros, botas, una camisa oscura y una chaqueta de lana. Y una bolsa de cuero en bandolera. No parecía mucho mayor. Seguía teniendo el físico de un defensa de fútbol americano, el aire de estar siempre a punto y de «No te metas conmigo». Llevaba el pelo largo y una barba de varios días; esto era nuevo. Iba mirando por todo el restaurante a modo de inspección, y por lo que había leído en la web nononsenseselfdefense, Alex comprendió que su hermano estaba examinando el lugar de forma táctica. Así que estas cosas se hacían realmente. Hasta entonces, Alex casi había llegado a sospechar que se trataba de puro teatro.
Ben dirigió la mirada hacia Alex y lo repasó de arriba abajo.
—¿Cómo estás, Alex?
—Bien, ¿y tú? —contestó Alex, que tuvo ganas de darle un apretón de manos pero no lo hizo.
—Estabas sentado con la espalda a la pared —comentó Ben tras hacer un gesto de asentimiento con la cabeza—. ¿Has visto la página web?
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Te dije que daría contigo.
—¿Cómo?
—En Palo Alto y Menlo Park —empezó a explicar Ben conforme echaba otra ojeada en torno—, debe haber tres hoteles buenos, ¿no es así? Y este es el más nuevo y el mejor. Ha sido el primero al que he llamado. Te has registrado con tu nombre. Te dije que no lo hicieras.
—Es que ya estaba registrado…
—Y tu coche está estacionado en el aparcamiento general.
—¿Y?
—Deberás decirle al portero que te lo traiga hasta la puerta. Esperarte en un coche aparcado cerca del tuyo sería la mejor manera de dar contigo.
—¿Cómo sabes cuál es mi coche?
—Lo único que hay que hacer es acceder al Departamento de Vehículos de California. Pero quien sea que te está causando problemas, ni siquiera necesitaría esto, pueden haberte observado entrando y saliendo de él en otro lugar. Peinar el aparcamiento, mirar las matrículas y… bam. Por cierto, un precioso M3.
Tal y como lo exponía Ben, todo sonaba evidente, pero ¿cómo iba él a saberlo? Deseó tener la oportunidad de ponerle a prueba, por ejemplo que tuviera que decidir qué imágenes adjuntar con la solicitud de patente, o codificar en C++, o un montón de cosas más. También él se sentiría estúpido.
—Otra cosa —prosiguió Ben—. Estás aparcado al final de la pendiente, fuera del aparcamiento propiamente dicho. Aquello está desierto. ¿Por qué quieres ponerles las cosas tan fáciles a los malos? Por lo menos habrías podido aparcar arriba, cerca de los edificios de oficinas, donde hay movimiento de gente.
—¡El aparcamiento estaba lleno cuando he llegado! —replicó Alex, a quien empezaban a molestarle, y mucho, aquellos sermones—. No cabía ni un alfiler. Era horario de oficina. Por la noche se debe de vaciar.
Pensó: Y ahora va a decirme que hubiera debido pensar en ello.
—Me gustaría comer algo —dijo Ben en cambio—. ¿Te importa que cambiemos de asiento?
Alex se levantó y Ben ocupó su silla. Este tomó el plato medio comido de Alex y lo puso al otro lado de la mesa.
—¿Quieres la carta? —preguntó Alex.
—No hace falta, tomaré lo mismo que tú.
Se acercó un camarero y Alex le dijo:
—Otros raviolis de setas silvestres al queso Taleggio. Y otro vaso de vino Sophie’s Rows.
—No, nada de vino —intervino Ben.
—Muy bien —dijo el camarero antes de alejarse.
—¿No te gusta el vino? —preguntó Alex, consciente de que era una tontería, pero viviéndolo al mismo tiempo como una ofensa personal.
—No, no mucho. Y menos después de un viaje largo.
—¿De dónde vienes?
—De Europa.
—¿Sabes que Europa es un continente? —replicó Alex, en un tono lleno de sarcasmo. Ben lo miró pero no dijo nada, y Alex se alegró de haberle dejado sin habla —. Me refiero a que es lo mismo que si dijeras «vengo de algún lugar de la tierra».
Ben seguía mirándolo.
—Si quiero que sepas más —dijo—, ya te lo diré.
—Ya, pues esperaré sentado…
—Es lo más inteligente que has dicho desde que he llegado.
Alex apartó la vista, cabreado. Con Ben por ser tan gilipollas y todavía más consigo mismo por haberlo llamado. Dios, ¿tan desesperado estaba?
Desgraciadamente, así era.
Después de cenar, subieron a la habitación de Alex. Éste advirtió que su hermano caminaba de forma rara. Se movía despacio, tomándose su tiempo, y no dejaba de mover la cabeza adelante y atrás. Y dejaba un amplio margen cuando doblaban las esquinas, a fin de darse más tiempo y espacio para ver lo que había al otro lado de ellas. No había nada ostentoso en todo ello; de hecho, resultaba sutil, y Alex reconoció que no habría notado nada si Ben no le hubiera dicho que se documentara al respecto.
Alex abrió la puerta y entró primero. Ben se quedó rezagado y, por un momento, Alex se sintió un poco desconcertado ante la deferencia de esperar. Pero luego entró y se puso a examinar toda la habitación, el armario, el lavabo, debajo de la cama, y Alex comprendió que la espera había sido sólo una táctica, una forma de dejar que Alex, caso de que hubiera algún problema dentro, fuera el primero en enfrentarse a él. Y antes de que Alex tuviera la ocasión de digerir lo que significaba todo aquello, Ben había vuelto a adoptar su actitud habitual. Como si fuera Alex el visitante, y no él, se dejó caer sobre una elegante butaca tapizada desde la que se veía la carretera 101.
—Bien —empezó a decir—, ¿ha pasado algo más?
Alex se tragó la confusión y la rabia, y apartó la silla del escritorio para sentarse y quedar así uno frente al otro.
—No.
—¿Cómo te sientes?
—¿Qué quieres decir?
Ben se encogió de hombros.
—Un intruso que entra en casa, en plena noche… aunque sea algo fortuito, resulta inquietante.
—Pues sí, estoy preocupado.
Hubo un momento de silencio. Fue Ben quien lo rompió.
—Tuviste una gran presencia de ánimo, eso de improvisar un arma.
Alex hizo un gesto de asentimiento con la cabeza al tiempo que lo miraba.
—Mañana, me gustaría ver la casa e ir a tu despacho. Ahora…
—¿No habías dicho que me mantuviera alejado de los lugares habituales?
—Y así tiene que ser. Mañana yo estaré contigo, es diferente. Ahora quiero que me cuentes más sobre esa tecnología. ¿Obsidian, se llama?
Alex se lo contó. Cuando terminó, Ben dijo:
—Me pregunto, ¿por qué la persona interesada no se ha limitado a comprar esa cosa? ¿Por qué esa persona iba a matar al inventor, al perito de patentes y al abogado que se ocupa de la solicitud de esa patente?
—Porque… no quiere que nadie conozca siquiera Obsidian.
—Por lo que me has contado —observó Ben tras lanzar un bostezo—, eso parece.
—Aún así, sigue sin tener sentido. No es algo de doble uso, que tenga un uso nuclear, o algo así. Es un algoritmo de seguridad. Sólo una forma mejorada de proteger la red. Es como si alguien intentara matar a alguien por inventar, no sé, una cerradura mejor.
—Bien, ¿y quién está en contra de las cerraduras mejores?
Alex pensó un momento, luego contestó:
—Los ladrones.
—Ahí está. Quizá nos las tenemos que ver con alguien que ahora puede entrar en las casas fácilmente. No quiere cerraduras mejores. O quiere ser el único propietario de una cerradura tan buena como ésa, y los ladrones dejarán de ser su problema. O quizá hay un uso que tú no conoces, algo que ha descubierto otra persona.
—¿Entonces tú crees que puede ser algo así?
Ben empezó a hacer ejercicios con la cabeza, y acabaron crujiéndole las articulaciones del cuello.
—Quizá sí, quizá no. Parece que el inventor traficaba con heroína. Eso es una profesión de alto riesgo. El perito de patentes tenía una insuficiencia cardíaca…
—Ya, pero ¿se puede fingir algo así? Quiero decir, que alguien lo matara y lo hiciera parecer un ataque al corazón.
—Estas cosas son más fáciles de hacer en las películas que en la vida real. Según parece, una vez hubo un tipo, japonés o medio japonés, que lo podía lograr de forma fiable, pero yo pienso que es un mito. De todas formas, dicen que se ha retirado.
—¿Y si no fuera así? Pongamos por caso que el perito fuera asesinado, pongamos por caso que quien entró en casa lo hizo con la intención de matarme.
—De acuerdo, pongamos por caso. El tipo de las patentes fue asesinado. Pero el tipo que entró en casa no lo hizo para matarte.
—¿Qué quieres decir? ¿Para qué…?
—Se me ocurren varias razones, pero la de matarte, por lo menos en aquel momento, no está entre ellas.
—Me estoy perdiendo.
—Alex, sabe dónde vives. Si sabe dónde vives, sabe dónde trabajas. Tú vas temprano al trabajo, ¿verdad?
—¿Por qué piensas eso?
—No me hace falta ser tu hermano para saber que eres el tipo de persona que entra pronto a trabajar. ¿El aparcamiento está casi vacío cuando llegas?
—Por regla general, sí, supongo.
—Pues ya lo tenemos. Te espera en el desierto aparcamiento del despacho, un disparo en la cabeza, y a echar a correr.
—¡Jesús!
—Con un blanco tan fácil como tú… si alguien hubiera querido matarte, habrías muerto ya una docena de veces. Entrar en tu casa supondría un riesgo innecesario, y además complicado.
—¿Por qué, entonces?
—Soledad —contestó Ben conforme se encogía de hombros—. Para interrogarte.
—¿Torturarme, quieres decir?
—Llámalo como quieras. Has dicho que tu coche estaba en el camino de acceso, por consiguiente él sabía que estabas en casa. Te quería tener en un entorno controlado y privado donde pudiera tomarse su tiempo. Una vez hecho, seguramente te habría matado.
—¿Así, sin más?
Alex pretendía que su pregunta fuera sarcástica, una respuesta indolente para ocultar su desasosiego. Pero vio que la mirada de su hermano iba hacia arriba y a la izquierda, un gesto evidente de que estaba reflexionando, y muy en serio.
—Así, sin más, no. Sin duda te hubiera obligado a que lo llevaras a algún sitio donde pudiera hacerlo y deshacerse de tu cuerpo.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Nadie habría podido relacionar todos los elementos de la historia. Después, yo habría llevado el coche hasta alguna estación de tren o autobús. Colocado tal vez algunas señales de heroína. Puesto alguna que otra pista. La historia entonces se convierte en «Abogado metido en asuntos de drogas se asusta cuando la policía le interroga sobre la muerte de su diente, también un traficante de droga. Desaparece porque teme ser descubierto, o ser el siguiente objetivo». Sí, no carecería de sentido. La policía tiene mucho trabajo, no iban a profundizar más allá, y menos sin cadáver.
—¿Cómo te desharías del cuerpo?
—Mejor que no te lo cuente.
Alex se imaginaba muerto, y un tipo sin rostro que se inclinaba sobre él con un hacha en ristre; o envuelto en una bolsa de plástico arrojado a un pozo; o colgado de unas cadenas y arrojado a unas aguas frías y turbias, mientras, a causa de la presión increíble, la luz del mundo iba desapareciendo encima de él…
—¿Cómo sabes estas cosas? —quiso saber—. Me refiero a que eres un verdadero experto, ¿verdad?
Ben se puso en pie y se acercó a la ventana. Se quedó allí, mirando el silencioso tráfico abajo. Al cabo de un momento, dijo:
—Empecemos por quién conocía el invento. ¿Era de conocimiento público?
Alex notó que un escalofrío recorría su espalda.
—No —dijo, al cabo de un momento—. La solicitud de patente es secreta por espacio de dieciocho meses, y luego, si no hay objeción, se publica.
—¿Y como estabais dentro de los dieciocho meses, la solicitud era secreta?
—Exacto. La presentamos hace un año.
—Pero había gente que estaba enterada del asunto. ¿Quién?
—Mucha gente. Los de la OPM, para empezar.
—¿Quién?
—La Oficina de Patentes y Marcas. También algunas personas del bufete. Y los inversores y los capitalistas de riesgo que contacté para que participaran. Y… supongo que cualquiera a quien Hilzoy se lo hubiera contado.
Ben se dirigió al otro extremo de la ventana.
—Tres objetivos: tú, el inventor y el perito. Mucha gente podía conocer a alguno de vosotros y vuestra conexión con el invento. Pero había alguien que os conocía a los tres. Aquí tenemos un cuello de botella. ¿Quién podía conocer al tipo de las patentes?
—En realidad, nadie. Esta patente ni siquiera había sido asignada a su grupo, yo lo conocía de la universidad. Me ayudaba extraoficialmente, me informaba sobre el progreso de la solicitud, esas cosas.
—¿Su nombre no aparece entonces en ninguna documentación?
—No, en absoluto. Sólo algunas llamadas y correos electrónicos extraoficiales.
—Pues alguien sabía que estaba implicado.
—¿Cómo?
—No lo sé. Podría ser algo tan simple como un pinchazo en tu teléfono o un micrófono en tu despacho. O en el suyo.
Permanecieron en silencio un momento.
—Necesito dormir un poco —dijo por fin Ben al tiempo que bostezaba—. Mañana seguiremos con las elucubraciones.
Alex se sintió violento. No quería que Ben pagara por una habitación. Ya se había pagado el billete de avión.
—¿Tienes habitación aquí? O…
—Dormiré en el sofá, ¿de acuerdo?
Uno de los jueguecitos de Ben. Actuar como si estuviera ofendido, siempre con cuidado de no aceptar nada que pudiera salirse de lo normal.
—Que duermas bien entonces —dijo Alex—. Has hecho un viaje muy largo, ¿no? Desde donde sea.