El agravio
22 - El círculo sin fin
Alex se había marchado de la habitación como le había dicho Ben, y éste apenas necesitó un minuto para confirmar que no había nadie más. Todo el mundo tenía sus rituales a la hora de acostarse. A algunos les gustaba darse un baño; a otros, tomar una taza de té. Había gente que le gustaba leer en la cama; a según quien, escuchar música. Ben prefería una barrida visual de la habitación con una Glock sujeta con las dos manos a la altura del pecho.
Se sentó en el borde de la cama y reflexionó sobre lo que iba a hacer. ¡Maldita sea! ¿En qué estaría pensando? Había estado a punto… Cristo, no sabía lo que había estado a punto de hacer.
Es la presión, tío. La mierda esa del Four Seasons esta mañana… No era más que la habitual erección retardada después del combate. Y los dos martinis de ginebra tomados casi de golpe.
Sí, quizá. Pero esto no cambiaba el hecho de que había estado a un nanosegundo de besarla. Besarla. Diablos, si no hubiera logrado alejarse a tiempo, lo más seguro es que ahora estuviera en su habitación, y que besarla fuera lo que menos le hiciese.
Dirigió la vista a la puerta de comunicación. Ella estaba allí mismito, al otro lado, probablemente mirando también la puerta. Si llamaba, ella abriría. Cómo lo había mirado…
Se frotó el rostro con una mano. Lo que estaba haciendo era estúpido y peligroso. Sabía de tíos que habían caído en ese tipo de trampas femeninas. Él siempre los había considerado unos estúpidos, y ahora él estaba a punto de convertirse en uno de ellos.
La tía se lo había camelado. Sí, en cierta forma sí. Y la mierda que había dicho sobre su familia… una parte de él tenía ganas de tirársela, otra parte de abofetearla. ¿Qué sabía ella? Si no se trataba con su hija… ¿Qué pasa, tienes miedo de decir su nombre? Ami. Tu hija se llama Ami…, si no se trataba con Ami era porque, ¿qué clase de padre sería para ella? Las cosas que hacía sólo podían ser vividas en silencio y soledad. ¿Qué se suponía que debía hacer? Limpiarse las manos de sangre y llegar a casa: Hola cariño, ¿qué tal te ha ido hoy? Bien, tesoro, me he cargado a dos conocidos terroristas argelinos, y yo he salido bien parado. Menos mal, porque si alguna vez la cago, el gobierno estadounidense negará estar al corriente de mis actividades y, si no he conseguido tragarme la cápsula de cianuro, seguro que acabaré en la cárcel, torturado hasta la muerte. ¿Qué hay para cenar?
¡Por favor! Era lo mejor para ellas. No había servido para marido, y tampoco iba a servir para ser padre. No podía tener gente que dependiera de él. No tenía más remedio que estar solo.
¿Por qué entonces le preocupaba tanto que Sarah le tuviera miedo? Debería alegrarse de su temor; era su mejor baza para mantenerla a raya, para que tuviera la boca cerrada sobre lo que había pasado en el Four Seasons aquella mañana. Oderint dum metuant. ¿Y por qué se había conmovido cuando ella había reconocido que le tenía miedo? Él habría debido de hacer algo para reforzar la sensación, y en cambio había acabado balbuceando una chorrada sobre que algún día pensaría que todo aquello no había pasado. Consolándola. ¡Por el amor de Dios! Había… sí, de hecho había intentado consolarla. Debía de haber perdido el juicio.
El balance era que seguía sin tener la más mínima idea sobre ella. En realidad no sabía nada. Era su polla y nada más, la que había estado hablando al tratarla sólo con escepticismo y recelo. Lo que necesitaba era hacerse una paja, dormir y olvidar lo que había estado a punto de suceder esa noche.
A punto de suceder. Ahí estaba el problema. Vale, la tentación había sido muy fuerte, ¿y a quién no le habría pasado? Era muy guapa, no tenía sentido negarlo. Y tenía algo que… no le dejaba indiferente; algo que le hacía, de pronto, tener ganas de protegerla; y, acto seguido, desear empujarla contra la pared, recorrer su cuerpo con las manos y hacerla callar tapándole la boca con la suya.
Recorrer su cuerpo con las manos. Cuando la había cacheado en el bar, no había sentido nada de eso, estaba demasiado concentrado en la posibilidad de que pudiera llevar un arma. Pero, apenas se quedó satisfecho al respecto, se relajó, y otra barrera desapareció también, sobre todo por la forma en que no dejó de mirarle a los ojos mientras le pasaba sus manos por los costados y las piernas…
Expiró profundamente pero no quiso ir más allá. Ningún daño, ninguna tontería.
Encima, se sentía culpable. Pero ¿por qué? No había nada entre Alex y Sarah e, incluso así, no le debía nada a su hermano.
¿Por qué entonces le había dicho aquello de Alex? Tal vez quisiera distraerla. Tal vez le estaba intentando explicar por qué, aunque tuviera ganas, no podía hacerlo.
Sonó el teléfono de la habitación.
Descolgó al tiempo que pensaba, ¿Sarah?
—Diga.
—Me preguntaba si habrías vuelto.
—Sí, acabo de llegar.
—¿Has visto a Sarah? Hace ya un buen rato que salió.
Ben titubeó.
—Sí, la he visto. Está en su habitación. Escucha, tengo que volver a salir, pero antes paso por ahí y hablamos.
Colgó, comprobó el pasillo por la mirilla y se dirigió a la tercera habitación.
—¿Qué tal en Pearl’s? —preguntó Alex.
Por un momento, Ben olvidó que se suponía que había estado allí.
—Bien, bien —contestó—. ¿Y tú, has podido hacer algo?
—No mucho. Estábamos haciendo el experimento de usar Obsidian en diferentes entornos. Ningún adelanto. Y en las notas de Hilzoy no hay nada que nos pueda ayudar. Por lo menos nada que hayamos sido capaces de reconocer y usar. Voy a seguir investigando un poco más.
—De acuerdo. Tengo que salir para hacer algo.
—¿El qué? —Alex, curioso, había levantado las cejas.
—Nada, una simple gestión —contestó Ben mientras movía la cabeza—. Rutina.
No desconfiaba de Alex, pero tampoco hacía falta que supiera nada, y la seguridad operativa era la seguridad operativa.
—Da igual —dijo Alex—. Por cierto, he estado pensando en una cosa. Se me ha ocurrido que, cuando todo esto acabe, podríamos… ir juntos al cementerio.
Ben frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Sólo para presentarles nuestros respetos. Hace mucho tiempo que no has ido. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste al cementerio a ver las tumbas de papá y mamá? ¿Y la de Katie?
—No he ido nunca.
—Es a eso a lo que me refiero.
Ya estamos otra vez, pensó Ben. Juzgándome. En esta ocasión por no compartir sus supersticiones de hacer la genuflexión delante de un montón de tierra.
—Yo no voy a los cementerios —manifestó, conforme trataba de contener el enfado—. Pero me parece muy bien que tú vayas. Es cosa tuya.
—Escucha, no creo que esté pidiendo demasiado…
—Sí, estás pidiendo demasiado. Como siempre.
—¿Qué has querido decir con esto?
—He querido decir que hoy he estado a punto de comerme una bala que era para ti, y no estoy de ánimo para sermones sobre si soy un mal hijo y un mal hermano porque no voy al cementerio, donde los cuerpos de mis padres y de mi hermana son pasto de los gusanos.
A Alex se le tensó la mandíbula.
—No hables así.
—¿Que no hable cómo? Están muertos, Alex. Se han marchado. Ya no existen.
—¿Ah sí? ¿Y qué hiciste tú cuando sí existían? ¡Estabas demasiado ocupado para estar con mamá cuando agonizaba!
Ben sintió una especie de asombro intenso y airado, y sacudió la cabeza en un intento de ahuyentarlo. ¿Cómo era posible que estuviera sucediendo aquello? Después de todos aquellos años, después de toda la tierra que había puesto de por medio, allí estaban de nuevo atrapados en una especie de círculo infinito.
—¿Qué has dicho?
Alex empezó a dar un paso atrás, pero luego se mantuvo en sus trece.
—Ya me has oído.
Ben, todavía haciendo un esfuerzo para contenerse, dejó transcurrir un momento.
—Si yo estaba donde estaba era por ella —observó al cabo de unos instantes—. Y ella lo sabía.
—Ella no sabía nada. Lo único que sabía era que tú estabas tan ocupado jugando al G. I. Joe por esos mundos de Dios que no podías estar con ella cuando enfermó.
—Alex, yo la llamaba cada jodido día, y ella comprendió por qué no podía regresar. Me dijo que no viniera.
—¿No sabes reconocer una mentira piadosa? ¿Qué querías que hiciera, que te pidiera de rodillas que vinieras? ¿Qué te lo implorara? ¡Y aunque te lo hubiera pedido tampoco habrías venido!
—¡Ah, en cambio tú sí que te ocupaste de ella! No supe que tuvieras que dejar de asistir un solo día a la facultad.
—¡No tuve necesidad de faltar a clase! ¡Yo iba a verla casi cada día!
—Alex, eres un verdadero capullo. Estabas allí porque podías estar, porque podías estudiar sentado con ella en la habitación del hospital. Si estabas con nuestra madre era sólo porque eso no interfería en tus maravillosos y cojonudos planes profesionales. No te quedaste en casa para cuidar de ella, te quedaste en casa porque tenías miedo de hacer algo distinto.
—¡Fui yo quien estuvo con ella cuando murió! —exclamó Alex con una voz que se había vuelto chillona—. Fui yo quien le estuve sosteniendo la mano, no durmiendo como un niño en otra franja horaria.
—Cayó en coma un mes antes de morir, y nadie sabía hasta cuándo iba a aguantar —observó Ben, cada vez más furioso pero tratando de convencer a su hermano—. Tampoco podía darse cuenta de si yo estaba o no.
—Se dio cuenta —murmuró Alex, acompañando sus palabras de un gesto afirmativo de la cabeza—. Se habría dado cuenta si te hubiera visto.
—¡No podía darse cuenta, mierda! —gritó Ben—. Tenía el cerebro plagado de tumores, estaba drogada hasta los ojos, ¡se habría podido incendiar el hospital sin que ella se hubiera dado maldita cuenta! ¿Por qué no reconoces de una vez por todas que si estabas aquí era por ti, no por ella, y que no habrías estado aquí si hubieras tenido los huevos para hacer otra cosa? ¡La enfermedad de mamá fue la mejor excusa que tuviste jamás para quedarte en casa y no moverte!
—¡Y habría estado igualmente con ella! Tuve la suerte de no tener que faltar a la facultad, pero lo habría hecho en caso necesario, y eso es más de lo que tú puedes decir.
—Si te hace sentir mejor, sigue pensando así.
—¡Vigila lo que dices de ella! —replicó Alex—. Ni siquiera la echas de menos, cerdo.
—Claro que la echo de menos —dijo Ben de forma automática.
Sin embargo, lo cierto era que no la echaba de menos. Ni siquiera pensaba en ella. O en ninguno de ellos. ¿De qué iba a servir?
—¡Ya! ¿Y echas de menos a papá?
—No sigas por ahí, Alex. No respondo de lo que pasará si insistes.
—¿Te has preguntado alguna vez por qué lo hizo?
—Te he avisado, Alex.
¿Qué demonios? No recordaba la última vez que había avisado así a alguien. Detestaba las advertencias, fueran reales o un farol. Cuando hay que hacer algo, se hace. No se va avisando a la parte contraria para que tenga la oportunidad de prepararse. ¿Qué pasaba con su hermano que le hacía pensar y actuar como si volviera a ser un adolescente?
—¿Quieres saber lo que pienso? —prosiguió Alex.
—No. En absoluto, y ahora cierra el pico de una vez.
—Pienso que cuando tú te rendiste, él también lo hizo.
Ben notó que se quedaba sin sangre en el rostro. Se veía agarrando el cuello de Alex y golpeando su cara contra la pared una y otra vez. La necesidad imperiosa le tensó los músculos. Hazlo y ya está, arráncale a puñetazos la arrogancia a ese capullo, enséñale de una vez por todas lo que pasa cuando juegas con las personas equivocadas, pero algo lo contuvo. Apenas.
Necesitaba salir de allí. Si se quedaba acabaría haciéndole daño a Alex.
¿Y eso sería malo porque…?
Se dio media vuelta y salió de la habitación. Si Alex le llamó, no se enteró. El pasillo aparecía enmarcado en rojo y oía un zumbido en los oídos.
Jamás había tenido tantas ganas de matar a alguien como en aquel momento.
Bien, todavía quedaba mucha noche por delante.