El agravio

Barry Eisler · Capítulo 5 de 35

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El agravio

5 - ¡Uf!

 

Ben se guarecía de la lluvia bajo uno de los elegantes soportales de la Mezquita Azul; estaba rodeado de una veintena de turistas parlanchines y vigilaba por el rabillo del ojo la salida de la mezquita, a unos quince metros de distancia. Los iraníes habían entrado hacía diez minutos después de haber ido caminando desde el hotel, tal como Ben había previsto. Como sabía por un reconocimiento previo de la zona que había sólo una salida, no les había seguido adentro.

La gente que lo rodeaba consultaba las guías en doce idiomas diferentes y no paraba de hacer fotos de los elevados minaretes, las inmensas semicúpulas y las filas de fuentes para las abluciones. Ben llevaba el gorro bien calado, se había subido la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla y delante de él su aliento se convertía en niebla. No era el sitio ideal para hacer el trabajo, pues era demasiado abierto, había demasiados testigos posibles, y estaba demasiado cerca de donde se había alojado, pero si se presentaba la oportunidad, la iba a aprovechar, por lo que no quería que pudieran reconocerle luego en las fotos de algún turista idiota.

Durante el paseo desde el hotel hasta la mezquita, los científicos no parecían ser conscientes de la seguridad que les rodeaba. En cambio, los tipos del VAVAK se comportaban de forma bastante alerta. Se habían situado uno delante y el otro detrás de los científicos, sin dejar en ningún momento que el hueco entre sus posiciones fuera menor de unos ocho metros. Disparar a uno de ellos a quemarropa significaba tener que alcanzar al otro a cierta distancia, lo que permitiría que los científicos aprovecharan para darse a la fuga. Abordar primero a los científicos habría significado dar a los chicos del VAVAK un segundo extra para reaccionar y darles la oportunidad de disparar desde dos direcciones diferentes. Lo ideal era cargarse a los cuatro casi al instante y luego alejarse libre de obstáculos, y los guardaespaldas estaban tratando precisamente de dificultar algo así.

Además de colocarse en una posición táctica, era evidente que no dejaban de mantener los ojos bien abiertos; sin embargo estaban en una situación de desventaja. Como Ben estaba casi seguro de cuáles iban a ser sus siguientes destinos, las atracciones más importantes del Sultanahmet y de Seraglio Point, y el camino que iban a seguir, podía sin problema perder contacto visual de vez en cuando. Además, la zona estaba abarrotada de turistas, que caminaban de un punto al siguiente en el mismo orden que seguían los iraníes. Bajo estas circunstancias, no tenía nada de extraño ver a la misma persona más de una vez. Y lo mejor de todo, que la cincuentena de personas que pululaban por la zona se encogían bajo paraguas negros y agachaban la cabeza para protegerse del frío y de la lluvia, al igual que Ben, lo que hacía casi imposible reconocer a una persona determinada.

Pero también Ben operaba bajo una desventaja significativa: iba solo, mientras que la gente que utilizaba para ocultarse lo hacía en pareja o grupos. Por ello, de vez en cuando se ponía a consultar su guía con fascinación estudiada, tomaba notas sobre los seis minaretes, las cúpulas con sus torrecillas en los lados y la entrada especial del sultán, sacaba fotos y procuraba mezclarse al máximo con los turistas que le rodeaban.

Cuando salieron los iraníes, uno de los científicos y uno de los acompañantes bajaron la escalera y doblaron a la izquierda, mientras que los otros dos se quedaron bajo el pórtico. Ben comprendió de inmediato por qué se habían separado: el científico tenía una necesidad imperiosa. Había estado en el lavabo que se disponían a usar, y habría sido un lugar ideal: pequeño, retirado, al final de un tramo de escaleras, y en el extremo del sótano de la mezquita. Pero si algo salía mal, corría el riesgo de salir de allí con la mitad del trabajo hecho, tal vez menos. No, mejor esperar el momento adecuado, cuando estuvieran todos juntos.

El científico y el hombre del VAVAK regresaron al cabo de unos minutos, y Ben los siguió hasta la iglesia de Santa Sofía, donde esperó cerca de la salida mientras ellos la visitaban. La siguiente parada fue en el palacio de Topkapi y en esta ocasión uno de los dos esbirros esperó fuera. Esto confirmó la más que fundada sospecha de Ben, que los del VAVAK iban armados. El palacio albergaba una colección valiosísima de espadas, coronas y tronos otomanos incrustados de joyas, y había un detector de metales en la entrada, a fin de evitar que nadie pudiera acceder provisto de equipo para robar. Ben imaginó que el tipo que estaba esperando guardaba las dos armas mientras el otro acompañaba a los científicos. Estuvo medio tentado de esconder la Glock en algún lugar y seguirlos, pero enfrentarse a los tres con las manos vacías era un gran riesgo. Por no hablar de las cámaras, de un solo punto de salida y de los guardias con metralletas. No, habría una oportunidad mejor. Esperó fuera de las enormes puertas del palacio, regateando con los tenderos, haciendo fotos y echando ojeadas a la entrada para estar seguro de que el guardaespaldas seguía allí. También observaba con atención a la gente que iba y venía por si había alguna unidad de contravigilancia. El cerebro no lo había mencionado, pero podía no saberlo y había que andarse con cuidado. No vio nada que le pareciera sospechoso.

Después de Topkapi, cuando ya empezaba a caer la tarde, los iraníes se dirigieron hacia el oeste. Ben creyó saber adónde se dirigían: o al Gran Bazar o al Bazar de las Especias. Si estaba en lo cierto, su oportunidad no estaba lejos.

Fueron deambulando por las callejuelas adoquinadas a través de combinaciones alternativas de penumbra y claridad, conforme el sonido de sus pasos resonaba en las paredes de piedra de uno y otro lado y se mezclaba con la conversación y las risas de los compradores y transeúntes. Lo que se veía del cielo era gris, un gris triste y pálido. Había dejado de llover, pero hacía mucha humedad y mucho frío, y a causa del vaho brillaban las fachadas desconchadas de las tiendas de recuerdos, las de alfombras y los puestos de comida, todas apiñadas unas junto a otras bajo unos toldos combados y unas oxidadas marquesinas. Ben se mantenía a distancia, se detenía cuando los iraníes se detenían, se ponía en movimiento cuando ellos lo hacían, tranquilo, paciente, seguro de que surgiría la ocasión.

De pronto los sonidos que los rodeaban se vieron amortiguados por la salmodia del muecín que llamaba a la oración, el adhan. Ben no sabía tanto árabe como persa, pero comprendía lo que decía:

Alá es el más grande.

Doy testimonio de que no hay más dios que Alá. Doy testimonio de que Mahoma es el mensajero de Alá. Apresuraos hacia la plegaria.

Apresuraos hacia el bienestar.

Alá es el más grande.

No hay más dios que Alá.

Los iraníes se detuvieron ante un edificio mediocre y pequeño situado en una esquina y que sólo un minarete junto a la entrada dejaba ver que se trataba de una mezquita. Los científicos se descalzaron y entraron, acompañados de uno de los guardaespaldas. El otro se quedó esperando fuera. Ben sonrió. Quizá estaban dispuestos a entregar su fe a Dios, pero no su seguridad. Se retiró un poco y esperó.

Salieron un cuarto de hora más tarde y continuaron hacia el noroeste. ¡Venga!, pensó Ben. El Bazar de las Especias. Lo estáis deseando.

Prosiguieron por Marpuccular Cad, la calle que delimitaba el lado sudoeste del bazar, luego se metieron en Tahtakale Cad, siempre hacia el noroeste. Se detenían de vez en cuando para examinar los artículos de alguna que otra tienda, pero no entraron en ninguna. Los acompañantes mantenían sus posiciones tácticas. ¡Venga!, pensó Ben. ¡Venga! A pesar del frío que hacía, notaba que estaba sudando.

Los siguió por Uzunçarşi Cad, conforme se le iba acelerando la respiración. Ya se había hecho completamente de noche. Había temido que fueran directos al puente Galata, pero ahora la cosa tenía buena pinta, parecía que el destino era en efecto el Bazar de las Especias. Tensó los cordones de la mochila y con la mano izquierda apretó el reconfortante bulto que era la Glock enfundada.

Siguió tras ellos cuando doblaron a la derecha para meterse en Hasircilar Cad, la calle principal del Bazar de las Especias. Perfecto. Esto era lo que había estado esperando.

Se volvió y empezó a bajar con paso apresurado por la calzada de Tahtakale Cad para seguir un camino paralelo al que estaban haciendo los iraníes. Fue sorteando coches y camiones para no tener que pasar por las aceras y evitar los densos grupos de peatones. La mochila estaba segura. El peso de la Glock caía en el lugar adecuado.

Dobló a la izquierda en Yeni Cami Cad, luego de nuevo a la izquierda en Çiçek Sok, ahora en un rumbo de colisión con los iraníes. Como había tanta gente, tuvo que aminorar la marcha. Pasó por delante de puestos repletos de enormes montones de especias, cuyos colores amarillos, naranjas, rojos y verdes resplandecían bajo las luces incandescentes que pendían sobre ellas. Había mesas con inmensas pilas de golosinas y pasteles y frutas bañados en miel. La mezcla de aromas de especias, café y humo de tabaco llenaba el aire. Unos vendedores ambulantes anunciaban su mercancía a voz en grito por encima del estruendo, al tiempo que trataban de pasar con sus carros entre los muchos compradores que iban de acá para allá.

En la esquina de Tahmis Cad y Hasircilar Cad, vio que se dirigían hacia él, a unos doce metros. El corazón le latía ahora violentamente. Miró en torno a él y no advirtió nada fuera de lugar.

Se volvió a la izquierda y se detuvo frente a uno de los escaparates en ángulo del Kurukahveci Mehmet Efendi, una de las tiendas de café más antiguas de la ciudad. Ben había estado allí media docena de veces durante sus rondas de reconocimiento, y siempre había como mínimo diez personas haciendo cola ante sus dos ventanas en ángulo para comprar el café en grano tostado que había hecho famoso al establecimiento. Era una parada lógica para los iraníes. Aunque no se detuvieran allí, iban a pasar justo por delante. Podría verlos a través de los escaparates de la tienda.

Retrocedió unos pasos, y fingió estar observando los variopintos utensilios de cocina que había en el puesto adyacente a la cafetería. Se caló bien el gorro y se bajó la cremallera de la chaqueta. El corazón le latía aceleradamente.

Un minuto después, apareció el primer chico del VAVAK a través del escaparate contiguo en ángulo. Dio un giro y se detuvo a menos de tres metros de donde estaba Ben. Los científicos se hallaban ahora delante del escaparate contiguo, y se habían puesto a hacer cola junto con otras diez personas para comprar el famoso café de Kurukahveci. No veía al otro acompañante, pero no hacía falta ser muy listo para adivinar que estaba a corta distancia detrás de ellos.

Ben cerró los ojos un momento, luego aspiró hondo y dejó salir el aire. Otra vez. Y de nuevo.

Sacó la guía que llevaba en uno de los bolsillos y, haciendo ver que la consultaba, pasó despacio delante del esbirro. No pensaba en lo que estaba a punto de hacer. Se concentraba en el libro.

En la esquina delante de la tienda de café, miró a la izquierda. Allí estaba el segundo chico del VAVAK, como había esperado, a unos diez metros por detrás de los científicos.

Miró adelante, luego a la derecha, como cualquier turista despistado tratando de orientarse. No detectó problema alguno.

Volvió a guardar la guía en el bolsillo y regresó donde se hallaba el primer guardaespaldas. Pasó por delante de él sin mirarle directamente. Vio de reojo que le estaba mirando. No importaba. Era demasiado tarde.

Pasó por el lado izquierdo del tipo. Conforme lo hacía, deslizó su mano derecha dentro de la chaqueta abierta. Cuando estuvo a tres pasos del tipo, la Glock ya estaba fuera. Se dio la vuelta en el sentido de las agujas del reloj, se quedó apoyado sobre el pie derecho y apuntó a dos metros de distancia.

El miembro del VAVAK sólo tuvo tiempo de abrir los ojos de par en par. Ben apretó el gatillo. Se oyó un suave pffft y en la frente del aquél apareció un limpio agujero negro. La cabeza dio una violenta sacudida y un espasmo recorrió el cuerpo. Luego se le doblaron las rodillas y se desplomó. Ben ya se había alejado de él y doblaba la esquina.

Los científicos estaban ahora en el escaparate. El segundo guardaespaldas vio que Ben pasaba por delante de ellos con la Glock en ristre y que se acercaba con intenciones inequívocas. Alguien gritó al otro lado de la esquina.

El segundo tipo reaccionó al instante y metió la mano en su chaqueta, pero no tuvo más que un instante y no fue suficiente. Ben estaba demasiado lejos para asegurar otro tiro en la cabeza. Levantó la Glock, la sujetó con las dos manos, apuntó al pecho del miembro del VAVAK y apretó el gatillo. Pffft. El tipo dio una sacudida hacia atrás. Ben siguió caminando recto hacia él. Volvió a disparar, a quemarropa, y el hombre se tambaleó. Ben ajustó la puntería y el tercer disparo le voló al tipo el ojo izquierdo.

Se oyeron más gritos. La gente empezaba a dispersarse. Los científicos se volvieron con expresión confusa, sin entender lo que estaba pasando y buscando el origen de todo aquel jaleo. El primero ni siquiera vio que Ben se dirigía a él desde una distancia de unos cinco metros. Le disparó en la cabeza. El segundo apenas tuvo tiempo de levantar las manos, no se sabe si para defenderse o pedir clemencia. Ben le metió una sola bala justo entre los ojos y, cuando el cuerpo cayó al suelo, él ya se había alejado.

Iba mirando a derecha e izquierda mientras caminaba. La gente gritaba y huía de allí. No vio a ningún héroe. Nadie se fijaba en él. Todo el mundo estaba intentado alejarse de allí lo antes posible. Él iba con la cabeza gacha, la mirada al frente y la Glock pegada al costado.

De pronto notó algo fuera de lugar, alguien que no encajaba en aquel caos de gente motivado por el pánico. Prestó atención y vio a un tipo fornido de aspecto eslavo que estaba quieto y le miraba fijamente. Ben se detuvo en seco. Se cruzaron las miradas. No cabía duda de que el eslavo era un profesional. Se veía en su cara, en su postura, en su actitud tranquila.

Estuvieron así durante un tenso segundo, cada uno tratando de adivinar las intenciones del otro. Fue el eslavo quien hizo el primer movimiento. Se volvió un poco a la izquierda conforme metía la mano en la chaqueta. Sin pensárselo dos veces, Ben levantó la Glock con las dos manos. Disparó tres veces, a cada pffft iba avanzando. El eslavo cayó al suelo. Consiguió sacar el arma, demasiado tarde. Ben le atravesó la cabeza desde un metro de distancia.

Bastante tocado, con la cabeza dándole vueltas y sin entender cómo había pasado aquello, Ben se alejó y se metió en un callejón. ¡Cristo, no había visto al tipo! El jodido había estado allí como un fantasma mientras todo aquello tenía lugar. Si el gentío no lo hubiera dejado encallado como una madera a la deriva en la marea baja, Ben no lo habría visto nunca. Y joder, si el tío hubiera tenido la presencia de ánimo de sacar el arma un segundo antes…

Puso un cargador nuevo en la Glock y siguió caminando. Conocía aquellas calles de los reconocimientos previos y procuró mantenerse en las más oscuras hasta que estuvo bien lejos del Bazar de las Especias. En el camino, se arrancó la barba postiza y la arrojó a un contenedor rebosante de basura. Se deshizo del gorro negro y se puso uno rojo. La chaqueta era reversible. Se la quitó, le dio la vuelta y al cabo de un momento era amarilla en lugar de azul. Se libraría del arma más tarde, cuando estuviera seguro de estar a salvo.

Dio un rodeo y se encaminó al puente Galata, de nuevo entre una muchedumbre para él felizmente ignorante. La idea era cruzarlo, tomar un taxi hasta la estación Haydarpaşa y de allí un tren a Ankara, que no sólo había sido su punto de llegada, sino que además le iba a permitir abandonar la zona con mayor seguridad.

Oyó sirenas en la distancia. Iban en la dirección contraria a la suya. Respiró hondo y dejó escapar un largo suspiro. Todo iba bien. No le seguía nadie y nadie le podía relacionar con lo que acababa de pasar. Estambul era una ciudad de más de diez millones de habitantes. Él era una aguja en un pajar, una gota en el océano. Siguió caminando, volvía a ser un turista cualquiera.

Pero ¡maldita sea! ¿Quién era aquel tipo? El bastardo había estado a punto de acabar con él, no cabía duda.

Bien. No lo había conseguido. Algunos días uno se comía al oso, y otros días el oso le devoraba a uno.

El oso.

Se detuvo. Vaya mierda, ¿no era ruso ese tipo?

Desde luego tenía pinta de ruso. Bien, no era Vasilyev, estaba seguro de ello. El tipo era un profesional, no cabía duda, no era ni científico ni civil. Aunque tal vez alguien conectado con Vasilyev. Sí, ¿qué otra persona podía haber estado espiando a los iraníes? ¿Y por qué el tipo había vacilado tanto antes de sacar el arma? Quizá porque pensaba que él no era un objetivo. O tal vez porque creía que era inmune. Por lo menos hasta que vio la mirada de Ben. Al fin y al cabo, nadie se iba a atrever a cargarse a un agente ruso. Había que estar loco.

Hijo de puta. Quizá no hubiera matado al ruso, pero tenía la sensación de que acababa de matar a un ruso.

Pensó ¡uf! y tras la vertiginosa carga de adrenalina, la idea resultó incluso divertida. Se puso el dorso de la mano sobre la boca y lanzó una carcajada silenciosa.

Confiaba en que los capos no se enfadaran demasiado.