El agravio

Barry Eisler · Capítulo 30 de 35

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El agravio

30 - Siempre igual

 

Alex estaba tumbado en su cama, pero tenía los ojos abiertos de par en par. Por regla general, no solía dormir durante el día, pero como no había pegado ojo en toda la noche, necesitaba dormir unas horas como fuera.

Había recorrido todo el jardín en busca de alguna señal de lo que había pasado la noche anterior. Y la encontró detrás: el montón de leña estaba volcado y, a corta distancia, la hierba chafada y manchada de algo oscuro y de aspecto pegajoso que inmediatamente identificó como sangre. Un sendero de hierba aplastada llevaba a la cerca, e imaginó a Ben arrastrando el cuerpo. Había ocurrido de verdad. Ben había matado realmente a un hombre en su jardín. Aparte de la violencia del hecho, las señales del acto le aterrorizaron. Volvió a amontonar la leña y regó el césped ensangrentado, conforme imaginaba cómo se lo iba a explicar al inspector Gámez cuando éste lo volviera a llevar a aquella sala sin ventanas para interrogarlo. ¿Sangre? Yo no he visto sangre alguna. Simplemente hacía falta regar. Sí, hay aspersores, pero de vez en cuando riego a mano.

Al final, su agotamiento superó a su imaginación. Se le cerraron los ojos. Volvía a estar en el jardín, pero ahora era pequeño, y observaba a su padre regar el césped. Katie le lanzaba un Frisbee a Arlo. En algún lugar sonaba un teléfono…

Se despertó sobresaltado. El teléfono. No era un sueño. Mierda, hubiera debido descolgar ese trasto. Tomó el auricular.

—¿Diga?

—Alex, soy yo.

Ben. Le invadió una oleada nauseabunda de adrenalina. Dejó pasar unos segundos.

—Déjame en paz —dijo luego.

Colocó el auricular en el aparato y se tumbó. No había pasado un instante cuando el teléfono volvió a sonar. No lo atendió. Al cabo de tres llamadas, enmudeció.

Decidió que el truco radicaba en dar a Ben por muerto. Nada de odiarlo, nada de guardarle rencor, sino situarlo en la misma zona de su cerebro donde guardaba los recuerdos de mamá, papá y Katie. Incluso llorar por él. Así podría aceptar la pérdida, superarla y seguir con su vida. Eso es lo que tenía que hacer. Ben estaba muerto. Estaba bien. Sentaba bien.

Desapareció la agitación. El agotamiento volvió a apoderarse de él. Empezó a conciliar el sueño.

Alguien estaba llamando a la puerta principal.

Se incorporó de golpe, y a su mente acudió el recuerdo de aquella noche en el cuarto de baño.

—¡Alex! —Oyó que gritaba Ben—. ¡Alex!

Recordó la pistola que su hermano le había dado. Si todavía estaba en su poder, podía disparar a través de la puerta.

Se puso la almohada sobre la cabeza. Está muerto. Esto es un mal sueño. Está muerto.

Los golpes en la puerta eran cada vez más fuertes.

—¡Alex, abre la puerta o hago saltar la cerradura de un tiro! —gritó Ben—. ¿Quieres que todos los vecinos se enteren? ¿Los Levin? ¿Los Andrew? ¿La señora Selwyn?

Cristo. Alex saltó de la cama y se puso el batín. Bajó las escaleras y se quedó frente a la puerta.

—¡Lárgate! —dijo en voz alta.

—Abre la puerta.

—¡No! No quiero saber nada de ti. ¡Márchate!

—Alex, voy a contar hasta tres y luego voy a cargarme la cerradura de un disparo. Uno.

Dios bendito, parecía que volvían a ser unos niños. Salvo por las armas.

—Dos.

—¡Está bien, está bien! ¡No dispares, idiota!

Abrió la puerta y, joder, era verdad que Ben había sacado la pistola. Llevaba la cabeza vendada, lo cual le produjo una gran satisfacción. Ben guardó el arma en su funda y entró. Alex cerró la puerta detrás de él.

Ben miró en torno. Alex cayó en la cuenta de que no había estado en la casa desde hacía, ¿cuánto? ¿ocho años? Algo así.

—Está igual —comentó Ben. Inhaló por la nariz—. Huele igual.

—¿Qué quieres decir que huele?

—En el buen sentido. Huele a…

—¿A qué huele?

—A hogar —contestó Ben al tiempo que se encogía de hombros.

Alex estuvo a punto de decir: Pues no es tu hogar.

—¿A qué has venido? —dijo en cambio.

—Tu jefe está metido en esto —le dijo, mirándole.

Alex estuvo a punto de echarse a reír.

—¿Osborne?

—Le estaban chantajeando. Era su hombre dentro de tu empresa.

—Buen trabajo, Colombo. Pero es demasiado tarde. Ni siquiera me importa. Márchate, por favor.

—Alex…

—Hemos acabado, ¿recuerdas? De verdad. Vete.

—No lo entiendes.

—Claro que lo entiendo. Yo ahora voy por mi cuenta, y tú por la tuya. Vete. Vete, Ben. Sal de mi casa.

La había llamado «mi casa» deliberadamente, pero Ben no pareció advertirlo.

—Alex, necesitas mi ayuda —dijo.

—No, no necesito tu ayuda, no quiero tu ayuda.

—¡Claro que sí! —gritó Ben, de cuya boca salió volando un poco de saliva—. ¡Sí, Alex, la necesitas! ¡Y te vas a aguantar! Vas a escucharme, y si después decides que no quieres mi ayuda, de acuerdo. No quiero ser responsable de ninguna muerte más. Vas a escuchar lo que tengo que decirte, vas a hacer lo que yo te diga y, entonces, si no lo haces, será tu maldita culpa, habrás cavado tu propia tumba, te habrás suicidado, pero ¡no será mi culpa! ¡En absoluto! —Se quedaron mirándose. Ben jadeaba y se le habían tensado los músculos del cuello—. ¿Te crees que yo no sufro? —prosiguió—. ¿Te crees que no daría cualquier cosa por haber acompañado a Katie a casa aquella maldita noche? ¿Por qué quieres atormentarme? ¿Te crees que no me atormento ya bastante? ¿Qué quieres que haga, que diga que lo siento? ¿Que te implore perdón? ¿Que me queme a lo bonzo? ¿Qué cojones quieres?

Se calló, con la voz quebrada. A continuación se dio media vuelta y golpeó la pared con la palma de la mano. Alex oyó un sonoro ¡crac! y notó que el choque retumbaba a través de las tablas del suelo. En la pared apareció un agujero y de él saltó lentamente polvillo de yeso.

Ben permaneció en esta posición, los hombros hundidos y la respiración entrecortada. Luego, tras restregarse el rostro con la mano, se volvió y miró a Alex. Tenía los ojos rojos.

—¿Qué es lo que quieres? —dijo.

Alex se lo quedó mirando. No daba crédito a lo que veía. ¿Ben… Ben estaba llorando?

—¿Y por qué simplemente no me lo dijiste? —preguntó Alex—. ¿Por qué nunca… dijiste nada?

—Porque tú me echas la culpa. Siempre lo has hecho.

Alex no pudo negar la verdad de esta afirmación. Y, de pronto, se sintió el imbécil mayor de todo el mundo. Él nunca había querido que Ben sufriera. O, en cualquier caso, no sólo eso. No, él había querido… había querido arrancarle algo. Castigarlo. Al ver las lágrimas de Ben, al ver la prueba innegable de su dolor, comprendió que toda aquella situación entre ellos era, como mínimo, tan culpa suya como lo era de Ben.

—Papá y mamá… me dijeron que no había sido culpa tuya.

—Sí —replicó Ben riéndose—, a mí me dijeron lo mismo. Pero no era lo que pensaban. Y tenían razón. Y tú también.

—Yo no pienso que tuvieran razón —manifestó Alex, sorprendido de sus propias palabras—. Pienso… no lo sé.

Había estado a punto de decir: Pienso que necesitaba echarle la culpa a alguien. ¿Qué estaba diciendo? Necesitaba pensar.

—Y con papá —prosiguió Ben—. Desearía haberlo hecho de otra forma. Tenía la sensación de que, si no me alistaba, iba a arruinar toda mi vida, se me iban a cerrar las puertas, o algo así. Cuando miro atrás, comprendo que era una estupidez. Habría podido esperar. Habría debido esperar.

Alex no sabía qué decir. Jamás se había sentido tan confuso.

—Quizá… quizá no hubieras evitado nada —dijo tartamudeando, al cabo de un momento—. Creo que papá… lo que hizo, lo hubiera hecho igual pasara lo que pasara.

—Cristo —dijo Ben al tiempo que se frotaba las sienes—. Creo que podría dormir una semana seguida.

—¿Cómo tienes la cabeza? —se interesó Alex al tiempo que sonreía.

—Me duele. Te juro que no esperaba en absoluto que me arrojaras la pistola. Que me pegaras un tiro, tal vez, pero que me la tiraras…

—En ese momento parecía una buena salida.

—Supongo que así era.

Permanecieron en silencio un momento.

—¿De verdad está Osborne metido en esto?

—Así es. Sentémonos y te lo cuento.

Alex se sentó a la mesa de la cocina. Ben se dirigió a un armario, sacó un vaso y lo llenó de agua del grifo.

—¿Quieres un poco? —preguntó.

Alex movió la cabeza en sentido negativo, asombrado de la familiaridad del gesto. Una cosa tan simple como servirse un vaso de agua.

Ben se reunió con él a la mesa y le puso al corriente de los últimos acontecimientos. Habían chantajeado a Osborne. La unidad de Ben estaba en el ajo. Su comandante era una de las personas que estaban detrás de todo el asunto.

—¿Has quedado con él? —preguntó Alex—. ¿Cómo puedes fiarte? Quiero decir, ha intentado matarme.

—Es posible que no supiera que soy tu hermano.

—¿Te lo crees?

—Voy a enterarme.

—¿Cambiaría la cosa si lo hubiera sabido de antemano?

—No lo sé —dijo Ben, tras lanzar un suspiro—. Es una de las cosas que quiero saber. No voy a verme con él donde ha propuesto, puedes estar seguro.

—¿Dónde, pues?

—Ya se me ocurrirá algo. Hazme un favor, no te quedes aquí durante el par de horas que yo me ausente.

—Ben, yo no puedo vivir así.

—Eso es precisamente lo que estamos intentando solucionar. Para que puedas volver a tu vida y no tengas que preocuparte de si te siguen o no.

—No entiendo por qué piensas que puedes confiar en ese tipo. En mi opinión, no deberías ir a verlo.

—No confío en él. Soy muy prudente, créeme. Pero te diré lo que vamos a hacer. Supongo que tienes todavía las notas de Obsidian y Hilzoy en tu ordenador portátil, ¿no?

—En efecto.

—Vete a algún lugar y llévate el ordenador. Esto será una especie de seguro para mí, si las cosas salen torcidas.

—Ben, hablo en serio, no creo que sea una buena idea. Estás tan agotado como yo, es posible que no puedas pensar con claridad.

—Confía en mí, ¿de acuerdo?

—¿Y Sarah?

Por un instante, la expresión de Ben fue genuinamente triste.

—Te refieres a…

—No, eso no. Olvídalo. ¿Está en peligro?

—No más que tú, y probablemente menos. Pero dudo que me escuche…

—Seguro que a mí tampoco me escuchará —comentó Alex, y lanzó un suspiro.

Hubo una pausa.

—Lo siento, Alex —dijo luego Ben.

Alex sacudió la cabeza. En el hotel se había comportado como un imbécil. Al fin y al cabo Sarah no era su amiga, ni nada. Ni siquiera se había atrevido a tomar iniciativa alguna al respecto, y sabía que nunca lo haría. Se había puesto celoso, simplemente. Pero se le había pasado.

—¿Estás seguro de que es una buena idea? —insistió.

Ben hizo crujir los nudillos.

—No, pero resulta que no se me ocurre otra mejor. Ve a algún lugar. Descansa. Yo te llamaré dentro de un rato.

Ben se marchó y Alex empezó a vestirse. Se preguntaba adónde ir. ¿A otro hotel? Estaba harto de hoteles. Además, estaba tan cansado, que podría quedarse dormido por unas cuantas horas en la misma biblioteca.

Quería creer que Ben iba a poder solucionarlo todo, pero no podía. Habían matado a dos personas por Obsidian. Su propio jefe formaba parte del complot Habían accedido a la base de datos de la oficina de patentes, y al sistema de archivo del bufete. No parecía ser el tipo de gente a quien se pudiera convencer para que desistiera de hacer algo. ¿Por qué pensaba Ben que por ser Alex su hermano fuera a cambiar algo? Aquella conexión parecía más susceptible de condenar a Ben que de salvar a Alex. ¿Por qué Ben no lo veía? ¿Y por qué Alex no podía convencerlo?

Se puso una camisa y empezó a pasear. Maldita sea, Ben estaba cometiendo un error. Estuvo a punto de llamarlo, pero luego decidió que sería en vano. Cuando a Ben se le metía algo en la cabeza, nada ni nadie podía disuadirlo.

Se dio cuenta de que estaba pensando sólo en lo que pudiera sucederle a Ben. Y entonces comprendió otra cosa: eso era lo que pretendía Ben. Éste no quería que Alex tuviera miedo por sí mismo. Recordó la forma en que Ben lo sacó cariñosamente del cuarto de Katie en el hospital muchos años atrás, y se preguntó cómo habían llegado a estar tan mal.

Continuó caminando arriba y abajo. ¿Qué iba a hacer, quedarse sentado esperando estar equivocado, esperando que Ben sacara las castañas del fuego?

Era una locura. Tenía que hacer algo. Tenía que correr algún riesgo. Tomó el teléfono móvil y llamó a Sarah. Le salió el buzón de voz.

—Sarah —empezó a decir—, soy Alex. Siento lo de esta mañana. Escucha, acabo de estar con Ben y me ha contado un montón de cosas sobre el asunto que deberías saber. Y está a punto de hacer una tontería y necesito… pensar en la forma de ayudarlo. Llámame.

Agarró el ordenador portátil y salió de la casa.