El agravio

Barry Eisler · Capítulo 28 de 35

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El agravio

28 - Déjalo

 

Ben fue caminando hasta el Chinese Hospital en la calle Jackson, a unas cuantas manzanas de distancia. Sí bien el sol estaba aún bajo en el cielo, su resplandor le hacía parpadear. Le dolía mucho la cabeza por la herida producida al volar la Glock, y notaba la mente embotada por las emociones que acaba de experimentar. Pero todo ello no impidió que tomara precauciones en el camino.

Cuando Alex le arrojó la pistola le cogió por sorpresa, un recordatorio de lo peligroso que puede ser un aficionado. Porque a ningún profesional del mundo se le habría ocurrido arrojar así una pistola, sobre todo una cargada y en buen estado de funcionamiento. Iba simplemente… contra el instinto.

Si bien Alex no lo sabía, por supuesto, el arma no estaba cargada. Mientras éste permanecía en el suelo recuperando el aliento, Ben había sacado el cargador y había vaciado la recámara. Sabía que Alex no iba a notar la diferencia. Y si bien él sólo trataba de avergonzar y humillar al pequeño cretino con sus provocaciones, y estaba seguro de que no iba a tener las agallas de apretar el gatillo, era más seguro y tranquilizador.

Hizo una mueca de dolor por la herida en la cabeza. Tenía algunas vendas hemostáticas QuikClot en la bolsa, que habría podido usar para tapar la herida y detener la hemorragia, pero como el hospital estaba tan cerca… mejor que se la desinfectasen y cerraran bien, y guardar las vendas para una emergencia de verdad.

Sí, había tenido razón sobre las agallas de Alex, o más bien la falta de ellas. Pero no lamentaba haber manipulado la suerte a su favor. ¿Cómo era aquello que se decía? Las últimas palabras más estúpidas que se han dicho jamás son: «No tienes las agallas para hacerlo». No tiene sentido correr este tipo de riesgo.

Lo realmente peligroso había sido ponerle las manos encima a Alex. Porque cuando Ben se enfurecía, empezar era muchísimo más fácil que parar.

Ya ni siquiera lo recordaba todo. Alex le había acusado de matar a Katie, lo había dicho en voz alta, como Ben sabía que había estado pensando todos aquellos años. Ben oyó las palabras y entonces… ¿qué había hecho? Había una neblina roja, y luego lo estaba estrangulando, ¡a que sí! Sí, lo estaba estrangulando.

¿Estrangulando? Dilo. Lo estabas matando. Lo sabías. Lo notabas. Lo deseabas.

Pero se detuvo a tiempo. No sabía cómo, pero había parado. Esto debía de contar para algo.

Entró en la sala de urgencias del hospital y rellenó un formulario con un nombre y un documento de identidad falsos. Estaba de suerte, pues no había nadie delante de él. Le hicieron pasar, le sentaron y empezaron a curarle la frente.

Increíble. Había vivido dos tiroteos en días consecutivos, más lo de Estambul unos días atrás, ¿por qué no incluirlo también?, y había salido de todo ello sin un solo rasguño. Y había tenido que ser su hermano, que aparentemente no sabía diferenciar una Glock 26 de una jodida piedra, el que le causara algún daño físico.

La idea le dio ganas de reír. A pesar de lo furioso que estaba, debía concederle a Alex el mérito de haber tenido un par de huevos. Por lo menos se había defendido. Y había intentado hacer uso del arma, aunque Ben lo había visto venir de un kilómetro lejos y lo había parado sin problema.

Cuatro puntos y más tarde dos ibuprofenos. Salió del hospital y se fue caminando a buscar el coche donde lo había dejado la noche anterior. Pensó en lo que quería hacer. No había habido órdenes nuevas y, después de Estambul, no esperaba recibir ninguna antes de un par de semanas como mínimo. Quizá ir al Fort Bragg, hacer alguna salida en todoterreno, esperar. O volar a Cabo para unos días. Sí, Cabo, hacer un poco de submarinismo, ir a la playa, esperar allí. Esto estaría bien.

Pensó que, de camino fuera de la ciudad, iba a desviarse hacia el sur. Para ver si encontraba el Volvo. No por Alex, al cuerno con él. Sólo para satisfacer su curiosidad, eso era todo.

Cuarenta minutos más tarde atravesaba las calles de Ladera, tranquilas a aquella hora de la mañana. Tardó un buen rato en encontrar el coche; un Silver S80. Había aparcado en un sitio inteligente, Dos Loma Vista Drive, a menos de un kilómetro de la casa de Alex en línea recta, pero a varios kilómetros en coche. Estaba claro que el tipo había estudiado un mapa topográfico y había visto que, con la ayuda de las gafas de visión nocturna, no le costaría recorrer la corta distancia hasta la casa de Alex cortando por los jardines y que, al mismo tiempo, podía dejar el coche en un sitio donde, aunque alguien lo buscara, no se le ocurriría mirar en un primer momento.

Cuando vio que las luces del Volvo parpadeaban en respuesta a la llave con control remoto, aparcó y se bajó. Dos Loma Vista era una calle sin salida muy frondosa. No había nadie alrededor. Nadie iba a verlo.

Comprobó en el interior del coche que no hubiera algún artefacto explosivo. Estaba limpio. A continuación examinó una de las puertas posteriores. Si alguien había puesto una bomba trampa en el coche, lo más probable era que los cables estuvieran en la puerta del conductor, y como ya lo habían superado mentalmente una vez, no iba a permitir que volviera a suceder. La puerta trasera estaba bien. Entró en el coche e hizo una rápida búsqueda. No había nada. Ninguna documentación, ni siquiera los papeles de una compañía de alquiler de coches. Sólo un objeto, en la guantera. Un teléfono móvil.

Caramba.

Ben se lo metió en el bolsillo y se tomó el tiempo de anotar el número de identificación del vehículo que había en el salpicadero bajo el parabrisas. Era improbable que le llevara a otra cosa que no fuera el nombre que el tipo había usado para alquilar el coche, pero nunca se sabía.

Se alejó en su coche y aparcó en el centro comercial de Ladera. El teléfono era un Samsung T219, un modelo básico, de prepago. Comprobó el menú. Sólo había una llamada entrante, una con un prefijo 650. La llamada había llegado hacía un cuarto de hora. El tipo debió de vaciar el teléfono antes de salir del coche para ir a casa de Alex. Inteligente. Pero no pudo impedir que alguien le llamara posteriormente.

Ben apretó el botón de Devolver Llamada y se acercó el teléfono al oído. Sonaron dos timbrazos al otro lado de la línea, y luego una voz masculina:

—Te he llamado, como habíamos quedado. Yo todavía no lo he visto.

El corazón de Ben empezó a latir aceleradamente. Maldita sea, la voz le sonaba, pero no conseguía situarla.

—Sé que has llamado —dijo, en un tono cercano a un susurro para disfrazar la voz.

—¿Dónde estás? ¿Por qué hablas tan bajo?

—Estoy en un lugar público. No quiero que nadie me oiga. ¿Dónde estás tú?

—Pues en la oficina, ¿dónde quieres que esté? Él no está aquí.

Hijo de puta. La oficina. Por eso le sonaba la voz. Era Osborne. Debía pensar deprisa, improvisar.

—Ha surgido un pequeño problema. Necesito verte —dijo.

—¿Ahora mismo?

—Sí. Sal al aparcamiento y espérame junto a tu coche. Estaré ahí dentro de cinco minutos.

Hubo un silencio.

—No creo que eso sea una buena idea —dijo Osborne finalmente.

—Cambiarás de opinión cuando oigas lo que acaba de pasar. Cinco minutos. Liquidamos el asunto y te marchas.

Ben colgó, sin darle la ocasión de replicar. Había ido improvisando sobre la marcha, y seguramente había incurrido en media docena de incongruencias, tal vez más. En aquellos momentos, el subconsciente de Osborne le estaba diciendo que había algo que no encajaba. El truco estaba en que se sintiera bajo presión, no darle tiempo a que escuchara a aquella vocecita diciéndole que había algo fuera de lugar. Y si aun así la escuchaba, si comprendía que algo iba mal, Ben no quería que tuviera la oportunidad de pedir refuerzos. Cinco minutos era perfecto para los dos.

Tomó la 280 hasta Page Mill y se metió en el aparcamiento de Sullivan, Greenwald. Si Osborne no estaba esperando todavía, lo localizaría de otra forma, no había problema.

Pero allí estaba, de pie junto a un reluciente Mercedes sedán negro, mirando impaciente a derecha e izquierda y vestido de forma absurda, con una camiseta y unas botas vaqueras. Ben se metió en el espacio que había junto a él. Osborne lo miró, y su expresión no pudo ser de mayor confusión. Antes de que tuviera la ocasión de procesar lo que estaba viendo, Ben ya había salido del coche con la Glock en la mano. Osborne vio el arma y se le desorbitaron los ojos.

—No abras la boca —ordenó Ben—. Abre tu coche y ponte detrás del volante. Si lo haces, supondré que quieres hablar conmigo. Si no lo haces, supondré que quieres morir aquí mismo.

—Yo… Yo… —empezó a tartamudear Osborne.

Ben apuntó la Glock directamente a su ingle.

—Cierra el pico y abre el coche.

Osborne sacó sus llaves y apretó un botón. Se produjo una señal y los faros parpadearon. Ben entró detrás por el lado del pasajero. Luego se deslizó junto a una sillita de niño y se sentó detrás de Osborne.

—Ahora arranca —ordenó Ben—. Si eres listo, esto no será más que una charla. Pero si juegas conmigo, eres hombre muerto. ¿Nos entendemos?

—¿Dónde quieres que vaya? —dijo Osborne.

—Recto por Page Mill, hacia la 280.

Salieron del aparcamiento y se introdujeron en Page Mill.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó Osborne.

—Las preguntas las hago yo. Tú limítate a conducir. Dobla a la izquierda en Coyote Hill Road.

—Coyote… ¿por qué quieres ir a un sitio tan solitario? ¿Por qué no hablamos mientras conduzco?

Buena intuición, pensó Ben. Y buena pregunta. Ben jamás dejaría que alguien le llevara a un posible escenario secundario del crimen. Lo que fuera que el malo quisiera hacer contigo, sería cien veces peor en un lugar aislado.

—Haz lo que te digo, o te meto una bala de nueve milímetros en el cogote. Te volará el cerebro, pero apenas saldrá sangre. Te pondré en el asiento del pasajero y llevaré tu cadáver de vuelta a tu bufete por el carril permitido para los coches con dos pasajeros. ¿Qué te parece la idea?

—Está bien, está bien, Coyote Hill Road.

Un minuto después, Osborne giraba como le había ordenado.

—Ese camino sin asfaltar —indicó Ben, según señalaba una hondonada oscura flanqueada de árboles que cortaba por unas colinas verdes para ir a Deer Creek Road y algunos edificios de oficinas que había al otro lado—. Gira ahí. —Osborne obedeció. Siguieron un trecho hacia abajo por el camino sin asfaltar, y cuando estuvieron fuera de la vista de Coyote Hill, Ben dijo—: Para. Apaga el motor.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Osborne.

Ben empujó la sillita al suelo y pasó por en medio al asiento del pasajero, así podía ver la cara de Osborne.

—Quiero conocer tu punto de vista sobre Obsidian —dijo.

—No sé de qué me estás hablando.

—Del invento que patentó Alex.

—Sí, ya sé de qué se trata, pero no sé de qué estás hablando tú.

Ben reflexionó. Había dos posibilidades. Una, que Osborne dirigiera todo el asunto con alguna importante conexión de mercenarios. Dos, que él fuera dirigido por terceras personas. Pero ¿cuál de las dos? Osborne tenía que creer que él sabía más de lo que en realidad sabía, es así como le haría hablar, y para crear esa ilusión, Ben debía empezar en la dirección adecuada. Basándose en las respuestas de Osborne, sus suposiciones irían siendo cada vez más específicas. Toda la interpretación era una utopía, en gran medida lo que hacen los adivinos para engatusar a sus clientes, y al igual que aquéllos, la clave estaba en establecer credibilidad, una apariencia de conocimiento, e incluso de omnisciencia, ya desde el principio.

Osborne estaba asustado, eso era evidente. Cierto que le estaba apuntando con una pistola, pero su miedo olía a otra cosa.

—¿Por qué te contactaron?

—Nadie me ha contactado. Ya te lo he dicho, no tengo idea de qué me estás hablando.

Ben sonrió. Había advertido, por su mirada y por las gotas de sudor que de pronto perlaban su frente, que la pregunta le había aterrorizado. Bien, él no dirigía el cotarro. Había alguien que lo estaba presionando con algo. Pero ¿qué?

Echó una mirada a la sillita de niño que había en el suelo. ¿Habían amenazado a su familia? No, no le parecía que el miedo de Osborne fuera legal. Parecía algo más relacionado con… la vergüenza.

¿Qué sabía Ben de ese hombre? Su encuentro había sido muy breve. Había estado en su despacho unos minutos. Alex había mencionado Tailandia, creía. Y había también una fotografía. Osborne y algún alto dignatario tailandés.

—¿Fue en Tailandia, no? —aventuró Ben, consciente de que si se equivocaba el otro sabría que estaba dando palos de ciego y costaría mucho recuperar el momento adecuado.

Ben no se había equivocado. Osborne parpadeó varias veces y dijo:

—Qué bobada.

Nada de bobadas, pensó Ben. Ese parpadeo nervioso es mejor que un polígrafo.

—¿Fotografías? —sugirió—. ¿Un vídeo? ¿Qué fue?

Osborne sacudió la cabeza, pero no dijo nada. Las pestañas se le movían tan deprisa que era agotador mirarlo. A Ben le llegaba incluso el miedo que desprendía, un olor avinagrado que invadía todo el coche.

La sillita de niño, pensó Ben. Un tipo con una familia. Una reputación. Una posición en la sociedad.

Y un gusto por algo en Tailandia. ¿Prostitutas? Pudiera ser. ¿Homosexuales? ¿Niños? En Bangkok, se podía tener cualquier cosa que uno quisiera.

Bien, no importaba. Sabía bastante para trabajárselo.

—Hay algo que debes comprender —empezó a decir—. La gente que te ha estado chantajeando son también mis enemigos. ¿Puedes imaginarte lo que les hago a mis enemigos? —Osborne no replicó y Ben prosiguió—: Dime pues lo que necesito saber, y desaparecerá la gente que se ha metido en tu vida. Para siempre. Si no me dices nada, supondré que sigues queriendo matar a mi hermano. Lo cual te convertiría en… mi enemigo.

—¡Eso es mentira! —exclamó Osborne—. Yo no quiero que Alex muera. Yo no quiero hacer daño a nadie.

—Explícate entonces. Convénceme.

Osborne bajó la vista.

—Hace unos meses… —empezó a decir.

—No apartes la vista. Deja que te vea los ojos.

Osborne, en cuyo rostro se reflejaba el miedo y la rabia, levantó sin embargo la mirada.

Eso es, capullo. ¿Lo has notado? Estás conectado a un detector de mentiras humano.

—Hace unos meses, salía de la oficina una noche, y había un hombre esperándome junto a mi coche. Se dirigió a mí por mi nombre de pila. «David, —dijo —, me alegro de verte». Pero yo no tenía idea de quién era. Me… entregó un sobre de papel manila. Me dijo que tenía algo que era preferible que nadie supiera. Que él podía conseguir que nadie lo supiera.

—¿Qué había en el sobre?

Se hizo una larga pausa. Osborne se pasó la lengua por los labios antes de contestar:

—Unas fotos.

—¿Fotos de qué?

—Fotos de Tailandia.

De acuerdo, no estaba mal. Ben ya se hacía una idea de la situación. Alguien se entera de Obsidian. Por el momento, dejó de lado cómo; sabía por su conversación con Alex que aquí había diversas posibilidades. Este alguien quiere hacer desaparecer el invento. ¿Cuáles son los nódulos que debes atacar? El inventor, el abogado, el perito de la patente. La oficina de patentes. El sistema de archivo de la anterior. El bufete.

—¿Qué querían de ti? —siguió preguntando.

—Querían saber cómo podían deshacerse de Obsidian. Yo les dije que no podrían, porque estaba en el sistema PAIR del gobierno, cielo santo, pero ellos me replicaron que no me preocupara de eso. ¿Cómo podían hacer desaparecer el invento en Sullivan, Greenwald? Querían saber cómo funcionaba nuestro sistema de archivo, los códigos de acceso, las copias de seguridad, todo.

—Y tú se lo explicaste.

—Tuve… tuve que hacerlo.

Parecía lógico. Se enteraron por la solicitud de que Alex se ocupaba de la patente. Pero a fin de obtener la información que necesitaban para que desapareciera el invento, necesitaban a alguien de dentro.

¿Cómo supieron que podían extorsionar a ese tipo precisamente? Se empieza por la página web de la empresa. Ahí se obtiene la lista de socios y empleados, someras biografías de ellos. Se identifica a los probables candidatos en base a la información pública. Se requiere gente casada, gente con familia, gente con puntos de presión. Se consiguen unas cuantas cartas de la seguridad nacional y entras en sus vidas: se pinchan sus teléfonos, se examinan los extractos de sus tarjetas de crédito, se controlan sus correos electrónicos. ¿Quién defrauda a Hacienda? ¿Quién tiene una amante? ¿Quién tiene un armario homosexual del que no ha salido? ¿Quién lleva a cabo una actividad que requiere frecuentes viajes a la ciudad del sexo más famosa del mundo?

Después se entra en Sabre o en uno de los otros sistemas de reserva online para saber cuándo tiene previsto viajar. ¿Qué hotel? El tipo es socio de uno de los principales bufetes de abogados de San Francisco, por consiguiente se alojará en uno de los tres o cuatro mejores hoteles de la ciudad. Se fuerza su habitación. Se instala una cámara estenopeica. Un vídeo escondido. O se le sigue allí donde vaya. Se consigue la prueba. Se le muestra. Se le hace comprender lo que pasaría si su mujer viera esas fotos. O si el vídeo saltase a YouTube, o el URL se envía a toda su libreta de direcciones de correo electrónico. Ahora su vida está en nuestras manos, su reputación, todo. Nos pertenece.

—¿Quién era el tipo a cuyo teléfono móvil has llamado esta mañana?

—Es él. El mismo tipo que me esperaba en el aparcamiento la primera noche.

—¿Tiene un nombre?

—Me dijo que lo llamase Atrios.

—Está bien. ¿Por qué llamabas a Atrios esta mañana?

—Él me llamó ayer. Buscaba a Alex.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que Alex había estado en la oficina por la mañana, pero que no lo había vuelto a ver. Me dijo que lo llamara si había algún cambio, pero que de todas formas le fuese informando de forma periódica.

Esto concordaba con lo que había dicho antes por teléfono, y con lo que Ben se había tropezado en el jardín de Alex. ¿Pero quién era Atrios? ¿Para quién trabajaba?

—Atrios —dijo Ben—. ¿Cómo te comunicabas con él?

—Tengo este número de teléfono móvil. Eso es todo.

Ben reflexionó sobre lo que podía hacer al respecto. Seguir la pista hasta el dueño, claro, pero estaba claro que Atrios era un profesional y, por consiguiente, prácticamente imposible que hubiera registrado el teléfono, o alquilado un coche, bajo un nombre susceptible de dar alguna pista. Maldita sea, parecía que habiéndole matado se le había cerrado la única vía informativa. Claro que no había tenido mucha elección, pero aun así.

Sonó su teléfono en el bolsillo. Lo sacó y miró la pantalla. Estaba oscura. Pensó: ¿Qué demonios? Su bolsillo volvió a sonar.

Joder. El móvil de Atrios.

Sacó el teléfono que se había llevado del Volvo y miró la pantalla. Era un prefijo 202. Washington D. C.

—Voy a contestar —informó Ben—. Pon las manos en el volante, mira hacia el frente y mantén la boca cerrada.

Osborne obedeció. Ben apretó el botón de Contestar y se acercó el teléfono al oído.

—Misión cumplida —dijo, con la misma voz baja que había usado para Osborne un rato antes.

—¿Por qué demonios no has dado señales de vida? —preguntó la voz al otro lado de la línea.

Ben estaba preparado para improvisar de una docena de formas. Pero no estaba preparado para aquello. Se quedó helado, sin saber qué hacer o decir.

Aquella voz grave de barítono… aquel acento fuerte de Georgia…

—Hort —dijo—. ¿Qué carajo es esto?

Hubo una pausa.

—¿Quién es? —preguntó Hort.

—Soy Ben.

Otra pausa.

—¿Ben? Hijo, ¿qué diablos estás haciendo con ese teléfono?

—Hort, ¿qué está pasando aquí? ¿Quién era Atrios? ¿Tenéis a mi hermano como objetivo de alguna operación? ¿O a mí?

—¿Tu hermano… quién es tu hermano? ¡Dios todopoderoso! ¿Te estás refiriendo al abogado?

Ben trataba desesperadamente de tener claro si todo aquello no era una comedia. Si Hort no se estaría haciendo el tonto. ¿Cuántas posibilidades había de…?

—¿Qué le ha pasado a Atrios? —quiso saber Hort—. ¿Cómo has conseguido este teléfono?

—Atrios ya no está.

—¡Oh, maldita sea! Tú… oh, joder, Ben, no tienes ni idea del lío que estás armando.

—¿De qué lío hablas? Yo sí que estoy metido en un lío. Y estoy intentando arreglarlo de alguna forma.

—Escúchame bien. Tienes que dejarlo. Inmediatamente. ¿Has entendido? Déjalo.

—¿Dejar qué?

—¿Estás todavía en San Francisco?

Sonó un timbre de alarma en la mente de Ben.

—Sí. Estoy aquí todavía.

—Yo también. Tenemos que vernos.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Dirijo la operación que tú has estado jodiendo.

—Pues tu operación apunta a mi hermano.

—Creo que ahora lo voy entendiendo. Antes no lo sabía. Debemos aclarar la situación. ¡Dios todopoderoso!

—¿Qué quieres que haga?

—Estoy en el hotel Grand Hyatt en Stockton. Nos vemos en el vestíbulo dentro de un cuarto de hora.

La sugerencia provocó en Ben sentimientos encontrados. Por una parte, con quince minutos Hort no tenía tiempo de organizar nada. Por la otra, no le gustaba el cara a cara cuando eran otras personas quienes escogían el lugar del encuentro.

No. Necesitaba cambiar la situación, darse tiempo para pensar, para asegurarse de que no iba a capitular.

—Ahora mismo estoy al sur de donde tú estás —dijo—. Tardaré una hora en llegar. Digamos una hora y media para mayor seguridad.

A Hort esto le parecería correcto. Si Ben aceptaba el lugar y se sentía cómodo aplazando la hora, significaba que se sentía confiado. Aunque lo cierto era que no lo estaba demasiado.

—Está bien. Noventa minutos.

Ben colgó. Miró a Osborne. Éste seguía con las manos en el volante.

—Tú sabías lo del inventor, ¿no es así? —dijo Ben, al tiempo que la cabeza le volvía a retumbar—. Hilzoy. Sabías lo que le pasó.

Osborne miraba fijo hacia delante. Cuando habló, su voz era un octavo más alta de lo habitual.

—La policía dijo que lo mataron por un asunto de drogas.

—Sí, esto es lo que pensó la policía, es lo que se suponía que debían de pensar, pero yo te he preguntado qué puñetas sabías tú.

Osborne no contestó. Y fue suficiente respuesta.

La cabeza parecía estallarle. Ese capullo sabía lo que estaba pasando. Sabía que iban a matar a Alex. Lo que era lo mismo que haber intentado matarlo con sus propias manos.

Se maravilló de que él mismo fuera tan poco consecuente. Unas horas antes, había querido matar a Alex, en cierta medida lo había incluso deseado. Pero esto era diferente. Alex era su hermano. Tal vez fuera una paradoja, tal vez fuera una estupidez, pero así era.

Reflexionó sobre si Osborne suponía todavía alguna amenaza. Si sacándolo de la escena fuera a mejorar la situación, lo haría. Pero no se le ocurrió nada. No sabía qué pensar al respecto. Una parte de él quería hacerlo de todas formas. Y, de hecho, cuando obligó a Osborne a ir hasta aquel lugar desierto su intención era acabar con él. Pero al ver cómo se aferraba al volante, al ver e incluso oler su terror, se fue echando atrás. Había matado a muchas personas, en combate, en defensa propia y a sangre fría. Pero nunca había matado a alguien sin estar autorizado para ello, o si no era necesario. Había cruzado muchos límites durante su vida, y se sorprendió al comprender que no quería cruzar aquél.

—Sal del coche. Deja la puerta abierta.

Osborne lo miró, con una mirada repleta de súplica.

—No lo hagas. Por favor, no lo hagas.

—Si fuera a hacerlo, cretino, ya lo habría hecho. Y sin que te hubieras dado cuenta previamente.

Salieron los dos del coche. Osborne levantó las manos delante de él, medio en son de clemencia, medio en son de defensa.

—Deja las llaves y el teléfono en el asiento —ordenó Ben.

Osborne obedeció.

—Ahora márchate. Seguro que sabes cómo volver a tu aparcamiento. Que tengas un buen paseo.

Él por su parte, volvió a Sullivan, Greenwald, aparcó el coche y tomó el suyo. Quería confiar en Hort. Siempre lo había hecho. Le asqueaba empezar a dudar ahora.

Pero quizá hubiera una salida. Tal vez el asunto quedara esclarecido. Si podía sentarse con Hort, escuchar lo que tenía que decirle… Tal vez hubiera una explicación. Tal vez pudiera quedarse finalmente tranquilo. Tal vez.

Pero primero debía informar a Alex de los últimos acontecimientos.