El agravio

Barry Eisler · Capítulo 33 de 35

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El agravio

33 - Una simple negociación

 

Una vez en el coche, Alex volvió a llamar a Sarah y a Ben. Ninguno de los dos contestó. Llamó a la secretaria de Sarah. No sabía nada de ella. Empezaba a estar seriamente preocupado.

No sabía qué hacer. Tal vez si pudiera descubrir otras aplicaciones de Obsidian, esas que el gobierno parecía tan ansioso por explotar. Pero no tenía tiempo.

¿Y si habían cogido a Ben? Había comprobado que estaba dispuesto a confiar en su comandante, que quería confiar en él. Alex conocía aquella mirada. La había visto cientos de veces en los ojos de clientes que querían el trato con tanto empeño que cedían a condiciones críticas, pues se decían que las condiciones carecían de importancia porque todo iba a ir sobre ruedas, todo el mundo iba a ganar tanto dinero que no habría ni tiempo ni motivos para recriminaciones o arrepentimientos. Y era sin duda la misma mirada que lucía un hombre rico justo antes de su segundo matrimonio. Qué demonios, no necesitamos un contrato prematrimonial. Estamos enamorados.

Joder, ¿qué iba a hacer?

Sonó su teléfono. Miró y vio que se trataba de Ben. Gracias a Dios. Apretó el botón Contestar y acercó el aparato al oído.

—¿Ben? ¿Dónde estabas? Empezaba a preocuparme.

—Ben está bien —contestó una voz baja de barítono con acento sureño—. Tú debes de ser Alex.

El miedo se apoderó del corazón y la garganta de Alex. Lo percibió con una horripilante y excelente memoria. Oh no. Oh Dios, por favor, no, y empezó a temblar tan violentamente que tuvo que hacerse a un lado y detenerse en el arcén.

—¿Quién es? —Logró preguntar.

—Soy una persona que conoce bien a tu hermano y no quiere que le ocurra nada malo. Y tú puedes contribuir a ello.

—¿Cómo?

—Entréganos Obsidian, hijo. Es todo lo que queremos. Y todos se podrán ir a casa. Ben, Sarah, todo el mundo.

Jesús, ¿tenían también a Sarah? Apretó el teléfono contra la boca con una mano y, con la otra, se abrazó y empezó a mecerse delante y atrás, al tiempo que luchaba por contener las lágrimas. Era hombre muerto. Todos estaban muertos. Si esa gente había logrado burlar a Ben, con todo su entrenamiento y experiencia, ¿qué probabilidades podía tener Alex?

Para. Piensa. Usa el cerebro.

De acuerdo. ¿Acaso no seguía teniendo Obsidian? Y si tenía algo que ellos querían, quedaba la negociación.

Se tranquilizó un poco al haberlo formulado así. Le devolvía a un terreno más familiar.

Aspiró hondo y exhaló el aire. Otra vez. Luego volvió a llevarse el teléfono al oído.

—No veo dónde está el problema —declaró—. Ustedes quieren Obsidian, y yo quiero a Ben y Sarah.

—Eso es, exactamente —dijo la voz—. No hay razón para complicarlo. Ya se ha complicado demasiado.

¿Lo ves? Una simple negociación. Puedes hacerlo.

Alex volvió a aspirar hondo y dejó salir el aire muy despacio.

—¿Qué propone?

—Hay un garaje en la calle Bryant de Palo Alto, entre University y Lytton. Espérame en el cuarto piso dentro de una hora.

—Déjeme hablar con Ben.

—Lo siento, hijo, pero no puedo correr ese riesgo. No quiero que os andéis pasando recaditos.

Un buen negociador sabe que no debe confundir medios con objetivos. El objetivo allí era asegurarse de que Ben estaba vivo. Hablar con él era sólo una forma de conseguirlo.

—Pregúntele cómo se llamaba el perro que teníamos cuando éramos pequeños — dijo.

—¿Perdón?

—Quiero estar seguro de que está bien. Comprendo sus razones para que no hable directamente con él, pero sin duda aceptará otra forma de asegurarme de que está bien.

Una pausa.

—Sí, de acuerdo —dijo la voz. Otra pausa, y luego—: Arlo.

—De acuerdo, bien. Y ahora… —Se interrumpió. No se le ocurría ninguna cosa personal que pudiera preguntar sobre Sarah. Cosa extraña, consideró: ¿Qué le ha pasado a la camisa de Ben esta noche? Por suerte, imaginó algo mejor—. Pregúntele a Sarah de qué marca es la ropa que usa en el gimnasio —dijo.

Se hizo otra pausa, en esta ocasión más larga. Alex creyó oír algo de fondo… ¿un susurro ahogado? No estaba seguro.

—Under Armour —contestó la voz.

Bien. Estaba viva.

—Voy a ir —declaró Alex—. Pero antes quiero que entienda algo. —Le dio al tono de voz el mismo deje de farol que había usado con Osborne. Y añadió que Obsidian estaba encriptado y dispuesto para mandarse a una docena de agencias Usenet. Si algo le ocurría a alguno de ellos, tanto Obsidian como todo lo demás pasaría a ser del dominio público.

—Eres muy cauto —observó la voz—. Lo entiendo, y lo respeto. Tú tráeme lo que yo quiero y te prometo que todo el mundo saldrá bien parado.

Se cortó la comunicación.

Alex cruzó los brazos y, en un intento de ahuyentar el pánico, empezó a mecerse adelante y atrás.

Piensa. Piensa. Piensa.

Pero no se le ocurrió nada. Si hubieran tenido otra copia del código fuente, habrían podido publicarla.

Espera. Tenía que haber otra copia. Hilzoy no debió entregar a la Oficina de Patentes y Marcas el código fuente con las funciones ocultas. Había en efecto dos versiones del ejecutable, lo que significaba que debía haber dos versiones del código fuente subyacente. Hilzoy tenía mucho cuidado en hacer copias de seguridad del ejecutable; en algún lugar debió de guardar también una copia de seguridad de la segunda versión del código fuente.

Pero ¿dónde? No había nada más en las notas de Hilzoy o, si lo había, no lo iba a encontrar nunca. Y no había nada más en el disco. Alex le había estado dando vueltas y más vueltas, y lo único extraño era aquel MP3. ¿Cómo se llamaba la canción? Sarah la había reconocido. Canto fúnebre, exacto. Cristo, Hilzoy no podía haber escogido un título más apropiado.

Pero en la canción no había nada. La había repasado de arriba abajo. Sólo que…

Y entonces tuvo una idea. Era una posibilidad muy, muy remota. Pero era lo único que tenía y, estando como estaba al borde del terror y la desesperación, se aferró a ella con una devoción feroz.

Consultó la hora. Había tiempo. Podía hacerlo. Lo que necesitaba era una conexión a Internet.

Y suerte a raudales.