El agravio

Barry Eisler · Capítulo 17 de 35

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El agravio

17 - Te lo dije

 

Era extrañísimo. Como Alex le había preguntado por la carpeta de Hilzoy, a Sarah se le ocurrió comprobar también la suya. Y había desaparecido. Estaba a punto de llamarle cuando él se le adelantó.

Tomó la taza de café y se dirigió al despacho de Alex. Dio unos golpecitos en la puerta y se dispuso a entrar. Estaba cerrada. Qué raro, sobre todo porque Alex acababa de decirle que fuera.

—¡Está cerrado! —gritó.

—Perdona —replicó Alex desde dentro.

Al cabo de un segundo abrió la puerta. Sarah entró y, según él cerraba la puerta detrás de ella, advirtió la presencia de un hombre apoyado contra la pared.

—¡Oh! —exclamó sobresaltándose.

El hombre parecía una versión más alta y fuerte de Alex. El mismo cabello rubio, los mismos atractivos ojos verdes. Mascaba chicle y la miraba. Y algo en su aspecto resultaba inquietante, y la hizo sentir incómoda.

—Sarah, te presento a mi hermano, Ben —dijo Alex—. Alex, ella es Sarah Hosseini.

Su hermano. Claro, habría debido adivinarlo de inmediato dado el gran parecido. Pero ¿por qué la miraba de aquella manera? Parecía que la estuviera… evaluando. Pero no, sexualmente no, pensó. Su mirada carecía de pasión para que fuera así. Controlada en exceso.

—¿Hosseini? —comentó Ben conforme levantaba las cejas.

—Pues sí —replicó Sarah mirándole directamente, y sin haberle gustado el tono empleado por él. Sonaba a complicidad… incluso a acusación.

—Famileh shoma az shomaleh iran hastand? Man ye zamani yek khanevadeh hosseini mi shenakhtam ke az mashhad bodand.

La sorpresa de ella fue mayúscula. Acababa de preguntarle en perfecto persa si su familia procedía de Masshad, una ciudad del norte. Explicó que en una ocasión había conocido a un Hosseini de Masshad.

—Na famileh man tehrani hastand. Namantor ke khodet midoni hosseini esmeh rayeji ast — le contestó ella. No, mi familia es de Teherán. Hosseini es un apellido muy corriente. Supongo que ya lo sabes.

—¿Estás…? ¿Eso es persa? —preguntó Alex.

—Sí —dijo ella, sin apartar la mirada de Ben.

—¿Cuándo has aprendido el persa? —quiso saber Alex dirigiéndose a Ben.

—Un curso por correspondencia —contestó sin dejar de mirar a Sarah.

—Tu hermano habla como un nativo —observó ella—. No creo que lo haya aprendido con un curso por correspondencia. Está tratando de hacerse el simpático y no sé por qué. De hecho resulta algo grosero acabándonos de conocer.

Maldito, cómo la estaba mirando. No pensaba parpadear.

—Sí, a veces lo hace —intervino Alex—. No te habría obligado a aguantarlo si no fuera realmente importante.

Ben sonrió ante este comentario, pasó por delante de ella y fue a sentarse en una de las sillas. La sonrisa decía: Vale, te dejo que ganes nuestro concursito de miradas. Enhorabuena. Una actitud exasperante.

De acuerdo, se dijo ella, dejémoslo estar. Se sentó junto a Ben.

—Por teléfono —dijo Alex—, has empezado a decirme que habías perdido algo.

—Sí, mi carpeta sobre Hilzoy. Ha sido extraño, porque tú acababas de decirme que no encontrabas la tuya. ¿Qué pasa?

—¡Oh, no! —exclamó Alex mirando a Ben.

—¿Hay algo de lo que deba preocuparme? —quiso saber ella.

Notaba que Ben la estaba mirando.

—Depende de lo inteligente que seas —dijo éste último.

—Supongamos que soy más inteligente que tú —replicó ella mirándole a su vez.

—En ese caso, deberías estar muy preocupada —afirmó él, acompañando sus palabras de un encogimiento de hombros.

—Sarah —intervino Alex—, es posible que tú y yo estemos en peligro.

Alex se puso a hablar y Sarah, reprimiendo las ganas de interrumpirle con preguntas, escuchaba. Era difícil saber qué pensar. No ponía en duda que fuera cierto lo que había sucedido. Como es lógico, estaba al corriente de lo de Hilzoy, y no le costaría confirmar el resto. Tampoco dudaba de que Alex creyera realmente que existía una especie de conspiración. Pero en su opinión, tenía que haber una explicación lógica. La gente no se dedicaba a matar por unos inventos en el soleado y civilizado Silicon Valley. Se compraba, se vendía, a veces se ponían pleitos, pero ¿asesinar?

—¿Qué tienes tú que ver con todo esto? —preguntó Sarah mirando a Ben una vez Alex hubo terminado con su exposición.

—A decir verdad, nada —contestó Ben, moviendo la cabeza en sentido negativo.

—Ben está en el ejército —explicó Alex—. Sabe de estas cosas.

—¿El ejército? —exclamó Sarah mirando a Ben—. Debes de saber mucho.

Apareció un leve movimiento en las comisuras de los labios de Ben, como si ella le hiciera muchísima grada y apenas pudiera ocultarlo.

—Algo sé —dijo.

—Oh, me encanta. Cuéntame. —En esta ocasión él ladeó la cabeza y sonrió. Ella no había visto jamás una expresión más condescendiente—. Bah, por favor —siguió presionando ella—. Por lo menos dame una idea de cómo se conduce un tanque, o se dispara un rifle, o se requisa material, o lo que tú hagas, y te cualifique para saber de estas cosas.

Ben entornó los ojos, y le lanzó una mirada tan disuasoria como tranquila, y Sarah tuvo la sensación de entrever una tremenda presión y un tremendo control dentro de una precaria estabilidad. Aquel tipo tenía un aura peligrosa y se dio cuenta de que era una estúpida al presionarlo. Pero al mismo tiempo, toda aquella fachada de control excesivo y la condescendencia que hasta aquel momento era lo único que le había permitido atisbar… no, no podía dejarlo correr.

—No conduzco tanques —observó él al cabo de un momento—. Hace un montón de tiempo que no me echo un rifle al hombro. Y no requiso mucho material.

—En ese caso debes de ser muy especial.

¡Dios! ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué se empeñaba en… qué? ¿Provocarlo? ¿Ponerle nervioso? ¿Cogerle en falta? ¿Agrietar la tan cuidadosamente construida fachada de condescendencia?

—Oh, la verdad es que no soy nada especial. Nada comparable a, por ejemplo, un abogado. Vosotros, chicos, sois los especiales. Lo más de lo más en la cadena alimenticia. Los tipos como yo, no somos más que humildes servidores.

—Chicos… —empezó a decir Alex, pero Sarah le cortó.

—Cuéntame entonces —dijo—. ¿Qué trabajo llevas a cabo?

—Me limito a proteger a personas como tú, eso es todo. En realidad, nada importante.

Ella pescó esto último. O sea que protegerla a ella no era importante.

—¿Cómo? —dijo—. Hasta ahora sólo me has dicho lo que no haces.

Él consideró la respuesta antes de hablar.

—Neutralizo amenazas para que los abogados puedan seguir ganando mucha pasta y beberse cafés a precios exorbitantes. Es un trabajo sucio, pero alguien debe hacerlo.

Ella advirtió que él no sólo estaba haciendo gala de condescendencia, sino que la estaba mostrando de forma intencionada. Debajo de esto, implícito, había toda una visión del mundo donde las personas como Ben eran mártires y la gente como Sarah una manada de yuppies desagradecidos, o algo por el estilo. Juega esta baza, se dijo, consciente de que su actitud era inmadura y tal vez peligrosamente estúpida, pero tenía demasiadas ganas de ver adónde iba a desembocar todo aquello para parar.

—¡Qué noble por tu parte! Pero ¿qué tipo de amenazas? ¿Y cómo las neutralizas? Todo esto debe de ser muy peligroso —manifestó, sin ocultar el desprecio que sentía.

—Varias —replicó Ben. Su expresión seguía siendo neutra, incluso aburrida, pero algo que brillaba en sus ojos, ¿compromiso?, ¿resentimiento?, ¿ira?, le hizo pensar que estaba a punto de ganar la partida—. En su mayoría del tipo Eje del Mal. Iraquíes, hace algún tiempo ya. Norcoreanos. —Una pausa, luego—: Iraníes.

—Iraníes —repitió ella, conforme notaba que le subía el calor al rostro—. Deben de ser los peores de todos.

—Poco de fiar —dijo él sin dejar de mascar chicle—. Nunca sabes lo que están tramando.

—Bien, me alegro de que hayáis hecho tan buenas migas —intervino Alex—. Así será más fácil trabajar conjuntamente para mantenernos con vida un día más.

Maldita sea, tenía razón. Estaban jugando a un juego idiota.

—Espera un momento —dijo—. ¿Te queda algún documento sobre el código fuente de Obsidian?

—No creo —contestó Alex moviendo la cabeza de un lado al otro—. Lo han hecho desaparecer todo, incluso la solicitud en PAIR.

—¡Mierda! —exclamó ella.

—¿Qué pasa? —quiso saber Ben.

—Si tuviéramos el código fuente —explicó ella—, podríamos publicarlo.

—Claro —dijo Alex—. SourceForge, o Slashdot…

—No sólo en estas páginas técnicas —prosiguió Sarah—. Habríamos podido escribirlo en todos los blogs políticos, como Talking Points Memo, Unclaimed Territory, No Comment, Balloon Juice, Hullabaloo, Daily Dish, Firedoglake. Habríamos podido informar sobre las personas que han muerto, el asalto a tu casa…

—Es por eso que se han movido tan deprisa después de haber fallado con Alex — comentó Ben. Tenían que eliminar toda posibilidad de que pudierais hacerlo público. Todo esto es para que el invento siga siendo secreto.

—Esto es lo que hace el gobierno —dijo Sarah—. Guardar secretos. La información quiere ser libre. El gobierno quiere controlarla.

—Ya, bien, pero sin el código fuente no podemos publicar nada —observó Alex —. Pareceríamos un par de chiflados difundiendo una teoría conspirativa.

—Exacto —confirmó Ben—. Y luego al final, cuando de todas formas aparecierais muertos, en el supuesto de que alguien advirtiera que eso había sucedido, no habría pruebas. Sin pruebas, no hay historia. Lo principal es que el invento seguiría siendo secreto.

Permanecieron en silencio un momento. Ben miró a Alex.

—Tú tienes que saber algo —dijo—. En caso contrario, se habrían limitado a matarte y a eliminar después toda la documentación. Pero no lo hicieron. Primero querían sacarte información. ¿Qué es?

—¿Cómo quieres que lo sepa?

—¿Qué sabes? ¿Qué pueden ellos haber sospechado que sabes?

—No lo sé.

—Piensa. Lo sabían todo sobre el sistema de archivo de la compañía, sobre la copia electrónica y la de seguridad. Sabían qué abogados trabajaban en el caso. Sabían lo de PAIR, y la forma de acceder a él. Todas estas cosas son cuantificables y de procedimiento. Cosas formales. Sistemas. Lo que les habría desconcertado es la posibilidad de algo idiosincrásico, algo fuera del sistema, algo difícil de predecir. ¿Qué podría ser? ¿Qué es lo puede preocuparles si lo descuidan? ¿Un ordenador portátil? ¿Una copia de seguridad no oficial? ¿Tienes algo de esto?

—¡Sí! —exclamó Alex—. Cada vez que venía aquí, Hilzoy le dejaba una copia de seguridad de la última versión a mi secretaria. Un seguro de catástrofe, tener una copia en un lugar lejano. Ahora está en mi portátil. He estado trabajando en ello.

—Esto es exactamente el tipo de cosas que temían poder dejarse —observó Ben —. Era por esto que querían interrogarte. ¿Contiene el código fuente?

—No, es sólo un fichero ejecutable. Es como un programa de software que puedes comprar en la tienda. Y las notas de Hilzoy.

—Bien, ¿se puede aplicar un proceso de retroingeniería?

—No —contestó Sarah—. Quiero decir que, en teoría, tal vez se pudiera, pero en la práctica, no.

—¿No hay copias de seguridad del código fuente? —preguntó Ben.

Alex sacudió la cabeza.

—Se las han llevado todas.

—Vale, ¿y qué pasaría si publicarais la versión ejecutable?

—No creo que nos diese mucha credibilidad —contestó Alex con un encogimiento de hombros—. En la superficie, no es más que una ingeniosa manera de codificar datos. Desde que murió Hilzoy, he estado experimentando con él y no encuentro nada que pudiera explicar su asesinato. Por consiguiente, presentándolo como prueba de una conspiración, todo lo que conseguiríamos sería algún que otro bostezo.

Guardaron silencio un momento.

—Entonces, ¿qué podemos hacer? —quiso saber Sarah rompiendo el silencio.

—Yo veo tres posibilidades —contestó Ben.

Alex y Sarah se lo quedaron mirando.

—Primero, podéis no hacer nada. Es posible que quienquiera que esté detrás de todo esto considere que la relación riesgo/resultado haya cambiado. Han hecho desaparecer el código fuente. Han borrado el invento del PAIR. Han eliminado al inventor y al tipo de la patente. Y, si bien era una posibilidad que trataban de evitar, no saben lo de la copia de seguridad. Es posible que en estos momentos se sientan bastante seguros y se retiren.

—¿En qué medida es esto probable? —preguntó Alex.

—Yo diría que poco —dijo Ben—. Empezaron esta operación persiguiendo a personas. Al hacerlo, hizo falta mucha logística y mucho riesgo. Esto significa que para ellos las personas son importantes dentro de la operación. Lo que hiciste en tu casa les obligó a cambiar la secuencia de la operación, pero eso no cambia el valor de los objetivos.

—Y ahora he tenido tiempo de descubrir la desaparición de los archivos, y de todo lo demás —observó Alex—. De juntar las piezas. De pensar si hay algún tipo de copia de seguridad que ellos hayan descuidado…

Ben asintió y volvió la cabeza hacia Sarah.

—Exacto. Asimismo, es posible que pensaran que no merecía la pena matarla. Pero ahora deben de imaginar que la has puesto sobre aviso de lo que está pasando. Ahora ella sabe más que antes. Y, por consiguiente, es posible que hayan reconsiderado el grado de amenaza que supone.

Sarah trataba de controlar su irritación. ¡Vaya forma de comentar que su vida estaba amenazada! Como si ni siquiera estuviera en la habitación.

—Bien, la posibilidad uno no suena muy prometedora —manifestó—. ¿Cuál es la segunda?

—La segunda posibilidad es que descubráis, con una explicación convincente, por qué Obsidian es tan valioso que hasta merece la pena matar por él. Aquí, habríais avanzado un paso para saber quién es el asesino.

—Yo lo he intentado —contestó Alex—. No he encontrado nada.

—¿Quién se puede sentir amenazado? —prosiguió Ben—. ¿O quién puede ganar? ¿Las compañías de software de seguridad?

—¿Quieres decir que las compañías de software se dedican a matar a la gente? — dijo Sarah al tiempo que lanzaba una risa ahogada—. ¡Por favor!

—¿Por favor, qué? —replicó Ben mirándola—. ¿Por favor no me digas nada que pueda salvar mi vida a costa de pinchar mi burbujita de ingenuidad?

—Venga, Ben —intervino Alex—. Las empresas no van por ahí matando gente.

—¿En qué pruebas basas esa conclusión?

—¿Y qué me decís del gobierno? —sugirió Sarah—. Quizá la NSA, la Agencia de Seguridad Nacional, no quiere que haya redes más seguras que las suyas.

Ahora fue Ben quien se rió.

—De verdad no creo que la NSA…

—¿Cómo? ¿No crees que la NSA sea capaz de asesinar? ¿Y soy yo la que vivo en una burbuja? Apuesto a que no crees que el presidente sea capaz de detener a un ciudadano estadounidense dentro de nuestras fronteras, retenerlo sin acceso a un abogado, acusarlo de un delito o recurriendo a cualquier tecnicismo constitucional. Apuesto a que tampoco crees que el gobierno pueda pinchar el teléfono a un compatriota sin una orden. Apuesto a que no crees…

—Tú no tienes la más jodida idea de lo que yo creo.

—… que el gobierno se invente información para iniciar una guerra. Apuesto a que no crees que el gobierno está dirigido por personas que han llegado adonde han llegado en el mundo de la política aprendiendo a racionalizar todo tipo de corrupción, en nombre del mayor de los dioses. ¿Quieres decirme que estas cosas no pasan cada día?

Se detuvo, con la respiración entrecortada. No había tenido intención de hacer un discurso. Pero había logrado romper sus defensas. Aquella descarga no formaba parte del programa de autocontrol, ¿verdad?

—¿Sabes qué te digo? —dijo él—. Si hace falta saltarse algunas leyes para salvar vidas, se saltan. Es así como funciona.

—¿Ah sí? ¿Y quién determina qué leyes se modifican? ¿Y hasta qué punto? Si uno puede quebrantar algunas leyes, ¿por qué no los demás? ¿Dónde está el límite? ¿Qué significa siquiera la ley?

—Voy a darte una idea —sugirió él conforme mascaba indolentemente el chicle —. En lugar de echarle la culpa a Estados Unidos por todo lo que te fastidia, ¿por qué no consideras otras posibilidades? Si no es demasiado esfuerzo, claro.

—¿Como qué?

—¿Qué te parece los mulás de Teherán, para empezar? No te imaginas de lo que son capaces.

Sarah sabía que la estaba acosando de nuevo y trató de mantener la calma. Tenía ganas de decir: Yo soy norteamericana, racista de mierda, y odio a los mulás, pero sabía que esto era lo que él quería, enfurecerla. Y una vez conseguido, le diría que se estaba comportando emocionalmente, con lo que añadiría el sexismo a la lista de cualidades por las que ya le estaba detestando.

—Por supuesto —se limitó a decir, reemplazando la rabia por sarcasmo—. No dejemos a Irán fuera de la lista. Al fin y al cabo, cualquier país con un PIB similar al de Finlandia supone una amenaza grave para nuestra seguridad nacional. Por ejemplo, ¿no lo has visto en la televisión? La semana pasada fueron asesinados dos científicos nucleares iraníes en Estambul.

—¿Ah sí? —dijo Ben—. Pues no lo he visto.

—Pues sí, y también sus guardaespaldas. A pesar de que tenemos una ley, la Orden Ejecutiva 12333, que prohíbe el asesinato.

—¿Y qué podemos hacer? Irán tiene muchos enemigos —comentó Ben, tras encogerse de hombros.

—Desde luego, y es posible que subcontratáramos el trabajo a uno de ellos, de la misma forma que solíamos subcontratar el trabajo de tortura para no tener que infringir nuestras propias leyes. Hasta que empezamos a hacerlo nosotros mismos. ¿Ves lo que pasa cuando se puede modificar un poco la ley? Se empieza a quebrantar completamente.

—Admiro tu idealismo —dijo Ben, acompañado de una sonrisa tan paternalista que ella tuvo ganas de darle un puñetazo.

—Has hablado de una tercera posibilidad —intervino Alex—. ¿Cuál es?

Transcurrió un momento durante el cual Ben se entretuvo examinándose una uña.

—Ésta no os va a gustar —empezó a decir—. Es una que no tiene un final feliz. Y, por ahora, parece la más probable. Os veo a los dos ocultándoos hasta que alguien os vuele el culo de un disparo.

¿Cómo podía hablar de aquella manera tratándose de su propio hermano? ¿Cómo podía importarle tan poco? ¿Era teatro? Al fin y al cabo, estaba allí, y eso bien debía significar algo.

—¿Y qué me dices de la policía? —preguntó Sarah.

—¿Qué pasa con ella? —replicó Ben mirándola.

—Les podríamos contar lo de los archivos desaparecidos.

—Claro que podéis. ¿Qué esperáis que hagan al respecto?

—No lo sé. Que reconozcan que aquí está pasando algo grave, como nosotros.

Que dediquen más recursos. Tal vez que nos protejan.

—Sí, claro, pues adelante —dijo Ben, encogiéndose de hombros.

Se lo quedó mirando fijamente. Tuvo ganas de borrarle de la cara aquella total despreocupación.

—Está bien —concedió, despotricando para sus adentros—, dime lo que se me está escapando.

Ben suspiró.

—No miras el asunto desde la perspectiva del bando contrario. Aquí, el otro bando es la policía. Alex ya les contó su teoría de la conspiración, ¿no es así, Alex?

—Bien, no fue exactamente así —observó Alex—. Y, en cualquier caso, fue antes.

—¿Antes de qué? ¿Antes de afirmar que te han desaparecido unos cuantos archivos? Pensarán que es un montaje. Pensarán que estás buscando la forma de que te tomen en serio. Y empezarán a prestarte una atención muy diferente de la que esperabas.

—Pero también han desaparecido mis archivos —replicó Sarah.

—Sí, pero pensarán que ha sido Alex quien los ha cogido para que tú corrobores su declaración.

—¡Cómo van a pensar una cosa así! —exclamó, y en el mismo instante advirtió que sonaba petulante. Lo único que no quería era darle la razón.

—¿Cuántos policías conoces? —preguntó Ben—. ¿Sabes lo que hacen todo el día, qué visión tienen del mundo? Deja que te diga a qué se dedica un agente de homicidios en San José. Adolescentes muertos por heridas de bala. Testigos que tienen miedo de cooperar. Intentan controlar todo esto. Ése es su mundo. ¿La mierda que tú has mencionado? Eso es lo que ven en las películas. Y para ellos es real en la medida en que piensan que esas cosas existen. Y pongamos por caso que os crean, ¿qué harán? ¿Piensas que la policía de San José os va a proporcionar una protección completa?

Joder, tenía razón. Pero…

—Hay alguien que se ha llevado esos archivos de mi despacho —dijo Sarah—. ¿Cómo han entrado?

—Se me ocurren varias formas —contestó Ben—. ¿Por qué?

Alex se inclinó hacia delante.

—Claro, las tarjetas de acceso. Todas contienen un código personal. Si se quiere, se puede saber quién entra y sale, y cuándo.

—Aunque tuvieran ayuda dentro —replicó Ben con un encogimiento de hombros —, no vais a descubrir de quién era la tarjeta.

—¿Por qué no? —quiso saber Sarah.

—Hasta el momento han hecho un trabajo realmente profesional. No iban a cometer un error tan obvio.

—¿Cómo ha podido alguien entrar y salir por la noche? —preguntó Sarah.

—Escucha, no hace falta ser un Houdini para colarse ante las narices del conserje durante las horas de oficina y luego esconderse en un cuarto de baño, por ejemplo, hasta que todo el mundo se haya marchado. No quedaría prueba electrónica alguna de ello.

—Pero sabían a qué despachos debían ir —observó Sarah.

—Están vuestros nombres fuera junto a la puerta. Aunque no creo que eso les hiciera falta. Todo esto no ha sido planeado en un día. Han estudiado el sistema de archivo de la empresa, os han estado vigilando, desde hace meses.

—A pesar de todo, creo que debemos avisar a seguridad —sugirió Alex.

—No —dijo Ben.

—¿Por qué no?

—Primero porque, como ya he dicho, es una pérdida de tiempo. En segundo lugar, ya me conoce demasiada gente aquí. Prefiero pasar desapercibido.

Sarah estaba fuera de sí, empezó a decir: Perdón por crearte problemas, pero logró contenerse.

—¿Te fías de tu jefe? —preguntó Ben—. El vaquero.

Alex tuvo ganas de decir: No me fío de nadie.

—¿Por qué? —dijo en cambio—. ¿Piensas que pueda estar involucrado?

—Estaba aquí esta mañana temprano —comentó Ben tras encogerse de hombros.

—Hace horarios extraños. De todas formas, ¿por qué iba a hacerlo?

—¡Y yo qué sé! Es tu jefe.

—Gana una fortuna. No creo que tenga motivos económicos para meterse en líos.

—Ya sabes que nunca es suficiente —dijo Ben riéndose.

Reinó por un momento el silencio en el despacho.

—De acuerdo pues —dijo Sarah a continuación—, la opción dos. ¿De qué estamos hablando exactamente?

Ben miró a Alex.

—¿Puedes trabajar con esa copia de seguridad?

—Claro.

—Entonces adelante. Tómate unos días libres, busca un sitio seguro donde esconderte, olvídate de todo y descubre eso tan especial que tiene esa tecnología.

—No suena muy definitivo —observó Sarah.

—Y no lo es. Pero evita que Alex se quede esperando a que alguien le meta una bala en el cogote.

Ella advirtió que él sólo había hablado de Alex en cuanto a esconderse. ¿Qué se suponía que debía de hacer ella? Habían muerto dos personas. Alguien había robado en su propio despacho. Habían violado el sistema de PAIR, habían entrado en la casa de Alex. Le asustaba la idea de que desaparecieran las dos únicas personas en el mundo que entendían lo que estaba pasando.

—De acuerdo —convino Alex—. ¿Y qué sugieres que haga Sarah?

Sarah se sintió tan agradecida que tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreírle.

—Lo mismo que tú —dijo Ben—. Esconderse. Esperar a que tú descubras lo que da realmente de sí esa tecnología.

—Lo podré encontrar más deprisa con Sarah que solo.

Sarah parpadeó. ¿Había salido de la boca de Alex Treven?

Ben sacudió la cabeza.

—Creo que sería más seguro que…

—¿Qué? —replicó Alex—. ¿Que nos separemos? No veo la razón. Y tú mismo lo has dicho: lo que a fin de cuentas nos dará más seguridad es saber por qué hay alguien que es capaz de matar para poseer esa tecnología.

—De acuerdo —aceptó Ben al tiempo que se rascaba la mejilla—. Tú mismo.

—¿Puedes desaparecer por algunos días? —le preguntó Alex a Sarah.

—Tal vez si… —empezó a contestar Sarah tras lanzar un suspiro—, me pongo enferma… tú has estado enfermo, ¿no? ¿Era la gripe?

—Por lo menos hasta esta mañana —dijo Alex—. Osborne me ha visto cuando llegaba.

—Supongo que me podrías haber contagiado —sugirió Sarah tratando de sonreír —. Y tú puedes haber recaído.

—¿Y tú? —le preguntó Alex a Ben.

—¿Yo qué?

—¿Puedes dedicar más tiempo a esto? —preguntó Alex tras lanzar un suspiro—. ¿Quedarte un poco más con Sarah y conmigo?

—No creo que me sigáis necesitando.

Alex descansó las palmas sobre el escritorio, parecía buscar apoyo, o tal vez tratara de calmarse.

—Sí, Ben, sí que te necesitamos. Como habrás observado, no somos más que dos abogados. Fíjate lo deprisa que me encontraste cuando intenté esconderme por mi cuenta. Alguien podría haber hecho lo mismo que tú. Necesitamos permanecer unidos.

Ben miró por la ventana. Apretó un puño. Se destacaron los nudillos.

—Permanecer unidos —susurró.

—Exactamente —dijo Alex mirándole.

—De acuerdo —convino Ben según asentía con la cabeza—. Pero vosotros dos haréis vuestro trabajo, y yo el mío. El vuestro es estudiar la tecnología. El mío todo lo demás. Mando yo, y no quiero ni preguntas ni sermones. Haréis lo que yo diga. A partir de ahora estaréis en mi mundo, no en el vuestro. ¿Comprendido?

—Me parece bien —contestó Alex.

Ben miró a Sarah. Ésta le devolvió la mirada, ¡maldito freaky del control!, pero no dijo nada.

—¿Comprendido? —repitió él.

—Te he entendido —dijo ella.

—Sí —dijo él—. Yo también te entiendo. Dejadme echar un vistazo a vuestros teléfonos móviles.

Sarah pensó: ¿Ahora esto? Pero no dijo nada y le alargó el teléfono. Alex hizo lo mismo.

Ben apagó los dos y los metió en la bolsa de piel que había sobre la mesa.

—¿Qué estás haciendo? —quiso saber Sarah.

—Nada de preguntas —fue la respuesta de Ben.

—Pregunto porque me acabas de coger el teléfono. Y, además, el hecho de que yo no pueda preguntar no significa que no puedas bajar del burro de vez en cuando, y darnos alguna explicación.

Ben lanzó una risa ahogada. Ella le habría abofeteado.

—Sé que cuesta aceptarlo —empezó a explicar—, pero hay alguien que se ha metido de lleno en vuestras vidas. Vuestras casas y vuestros trabajos. Los coches que conducís. Los sitios que frecuentáis. Las cosas que hacéis. ¿Lo vas captando ahora? Te puedo asegurar que, si fuera yo vuestro cazador, estaría pegado a las señales de vuestros teléfonos, a menos que me proporcionaríais algo más fácil para seguir. ¿Tenéis alguno de los dos algún seguro de asistencia en carretera o estáis suscritos a algún servicio de emergencia, además del GPS del coche?

Sarah hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y vio que Alex hacía lo mismo. Aquella palabra que había usado con tanta indiferencia —«cazador»—, le había puesto la piel de gallina.

—¡Bingo! Me ocuparé también de esto. Decís que podéis desaparecer un tiempo, pero no sabéis cómo hacerlo. No creáis que vaya a ser fácil. Vais a tener que renunciar a algunas comodidades. ¿De acuerdo? ¿Necesitáis alguna explicación más, o está bien por ahora?

Permanecieron un momento en silencio. Sarah comprendía que en el fondo lo que decía Ben tenía su lógica, pero seguía ofendida por la forma empleada.

—¿Qué hacemos? —preguntó Alex.

Ben miró a Sarah.

—Exactamente lo que os he dicho.