El agravio

Barry Eisler · Capítulo 21 de 35

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El agravio

21 - Mejor así

 

Alex había bostezado tres veces en una hora, y los dos últimos bostezos habían sido contagiosos.

—Estamos en un callejón sin salida —comentó Sarah mirándolo—. Yo propongo descansar por esta noche.

Alex se la quedó mirando con aquella mirada indescifrable propia de él, pero luego su expresión se suavizó.

—Tienes razón —concedió—. Debemos abordarlo desde ángulos diferentes para ver dónde nos estamos perdiendo, y eso no lo vamos a conseguir si no descansamos. ¿Tienes hambre?

Como ella había previsto la pregunta, tenía preparada la respuesta.

—No, ahora no. Voy a salir un momento para comprarme algo de ropa. ¿Nos vemos por la mañana?

—¿Las siete es demasiado temprano? —propuso él.

—No, está bien. De todas formas, dudo que pueda dormir bien esta noche. Todo esto es tan increíble.

Se dirigió a su habitación por la puerta de comunicación, se desnudó y se metió en la ducha. Durante todo el día, algo había estado rondándole la cabeza, y si no se ocupaba de ello, reventaría.

El día había empezado de forma extraña, para convertirse en una verdadera pesadilla. Habían desaparecido sus archivos. La inesperada llamada de Alex. Luego aquel tipo en el despacho de éste, que tenía toda la pinta de ser peligroso, pero que había resultado ser el hermano de Alex. Cuando le habían contado lo que estaba ocurriendo se había quedado preocupada, pero no se había asustado. Pensándolo bien, comprendía que si había hecho gala de una relativa sangre fría era porque no había captado bien la situación. No había creído que pudiera estar realmente en peligro. Sí, había comprendido que probablemente la policía no podía ayudar y había aceptado marcharse con Alex y Ben para intentar descubrir qué había de tan valioso o peligroso en Obsidian. Era casi como un juego, una especie de aventura, una ruptura de la rutina. Y luego Ben había vuelto del aparcamiento del Four Seasons con sangre en la cara, y ella había visto la noticia en la televisión, y había comprendido que el hermano de Alex era alguien capaz de matar a dos hombres, unos gangsters según parecía, con la misma facilidad con que la mayoría de la gente se servía una taza de café. ¿Capaz de matar? Peor, los había matado. No había otra explicación.

¿Y qué iba a hacer ahora? ¿La había convertido, o se había convertido ella solita, en cómplice? En el segundo curso de leyes, había optado por Derecho penal, pero, apenas transcurridos cinco minutos de la graduación y del examen final, lo había borrado todo de su mente. Por consiguiente, no sabía hasta qué punto todo aquello podía perjudicarla legalmente. Y lo legal podía ser el menor de los problemas.

Sabía que él no se fiaba de ella. La forma de mirarla, cuando había pasado disimuladamente para ver lo que había en la pantalla de su ordenador portátil… ¿Tenía miedo de que ella se pusiera histérica y acudiese a la policía? ¿Y qué haría él si ella lo hacía?

Había dos formas de enfrentarse a la situación. Podía tener la boca cerrada y confiar en que todo saliera bien. O podía enfrentarse directamente con el problema.

Salió del hotel y se encaminó hacia el norte por la calle Stockton. La noche era fría y clara, y una luna creciente brillaba baja en el cielo. El barrio de Chinatown estaba tranquilo, pues casi todas las tiendas habían cerrado ya y se ocultaban tras unas rejas metálicas. Como algunas de éstas tenían puertas y muchas permanecían abiertas, podía vislumbrar a familias que cenaban y amigos que jugaban a cartas, y le llegaba el olor del arroz hervido y de los dulces, así como el sonido de risas y conversaciones en un idioma musical que le habría gustado comprender. Detrás de algunas puertas se veían unas escaleras empinadas y estrechas cuya parte superior desaparecía de su ángulo de visión. Y se preguntaba a qué habitaciones conducían, quién las bajaba cada mañana y cada noche, qué vidas se vivían en aquellos reductos ocultos.

Pasó por delante de un mural que honraba a los trabajadores chinos del ferrocarril. En su base, brillaban unos farolillos de papel que se estremecían con la brisa. Mientras observaba los viejos edificios de madera, con sus balcones pintados de verde y rojo y los aleros vueltos hacia arriba al modo asiático, dobló a la derecha por la calle Pacific. Un hombre mayor estaba cerrando su establecimiento, una tienda de hierbas en cuyo escaparate se exponían unos tarros de cristal llenos de especímenes asquerosos que sin duda procedían de la tierra, el mar o cualquier otro sitio posible. Cuando pasó por delante, él la saludó y le sonrió dejando al descubierto una boca desdentada; ella correspondió a su vez con una inclinación de cabeza y una sonrisa.

Salió a la calle Columbus, y la tranquilidad del atardecer en Chinatown se vio de pronto reemplazada por el tráfico y las luces de North Beach. Allí estaba, el club de jazz Pearl’s, un local situado en la planta baja con ventanas que daban a la calle y una puerta bajo una marquesina roja. Cruzó la calle y, tras explicarle al portero que no tenía reserva pero que estaba buscando a un amigo y quería echar primero una ojeada, entró.

Era un local pequeño, tal vez treinta personas, estaba enmoquetado, iluminado tenuemente de rojo y contaba con unas mesitas redondas cubiertas de manteles blancos. Una voluptuosa mujer negra estaba cantando Need My Sugar con acompañamiento de piano y contrabajo, y el público iba marcando el ritmo con los pies. Ben no estaba allí. ¿Estaba quizá en el lavabo? Esperó cinco minutos y luego desistió, sorprendida de lo decepcionada que se sentía. Si no se enfrentaba a él, si no superaba aquella situación, seguro que no iba a poder dormir.

Acababa de doblar a la izquierda por la calle Columbus y estaba pensando si picar algo en el Café Prague antes de buscar una tienda Walgreens o algo parecido que estuviera abierta, y donde pudiera comprarse una muda y un par de cosas más, cuando oyó que alguien la llamaba. Se dio la vuelta, pero no vio a nadie. Pasó un autobús. ¿Se lo había imaginado? Y luego volvió a oírlo. Levantó la vista y vio a Ben, asomado a una ventana del primer piso del Vesuvio.

—Sube —le había dicho.

Sintió una extraña sensación de placer que no supo definir, ¿excitación?, ¿alivio?, en cualquier caso cruzó la calle.

Cuando entró en el local éste le gustó de inmediato. Resultaba extraño que, viviendo en San Francisco, nunca hubiera estado en el Vesuvio, claro que tampoco había estado nunca en Alcatraz. Era uno de esos sitios, muy frecuentado por los turistas, que uno pensaba que siempre estaría allí y que algún día acabaría conociendo. Pero jamás había sentido una curiosidad especial. Para ella, el local era más un museo beat que un bar de verdad donde uno iba a tomar una copa, sin embargo apenas entró le impresionó su autenticidad y se alegró de haberse equivocado.

Subió al primer piso y caminó junto a una barandilla que daba abajo. El techo era muy bajo, tal vez dos metros de altura, y estaba pintado de marrón oscuro o negro. Entraba algo de luz procedente de la calle, pero aparte de esto estaba tan oscuro que tuvo que forzar la vista para ver algo. Distinguió un par de grupos que charlaban y reían alrededor de unas mesas. Vislumbró la silueta de Ben contra una ventana, perfilada por el letrero de neón del Tosca Café situado al otro lado de la calle. Él estaba algo apartado de su mesa y tenía los dos pies bien plantados en el suelo. Siempre parecía… preparado. Para qué, ella no lo sabía.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó él mientras ella se acercaba.

Ella se detuvo delante de la mesa pero no se sentó.

—Quería hablar contigo.

Él hizo un gesto de asentimiento, luego dirigió la vista a la calle y de nuevo hacia ella.

—¿Te importa si te paso las manos por encima? —preguntó en voz baja.

Ella movió la cabeza, sin estar segura de haber comprendido bien.

—¿Qué dices?

—No voy a estar tranquilo sentado aquí contigo si no te cacheo. Lo siento, pero funciona así.

Ella no supo cómo reaccionar. ¿Hablaba en serio?

En el intervalo, mientras ella trataba de hacerse una composición de lugar, él se levantó y se acercó a ella. Luego se inclinó hacia delante, y ella comprendió que lo hacía por si alguien estuviera observando, para ocultar lo que estaba haciendo realmente. Le llegó el olor del jabón del hotel, y también algo masculino que no fue capaz de situar. Notó que su mano izquierda se movía bajo su chaqueta y ascendía por el costado derecho, sintió la palma de su mano firme contra sus riñones, sus costillas y el borde del pecho. Luego la mano derecha llevó a cabo la misma operación en el otro lado. La apretó contra sí y le pasó suavemente las manos por la parte inferior de la espalda y las caderas. Ella notó que el corazón le latía más deprisa y se dijo que era porque estaba furiosa.

Él dio un paso atrás y, después de echar una ojeada al bar, se arrodilló delante de ella y le pasó las manos por la parte interior de las piernas, desde los tobillos hasta las ingles. Ella oía su propia respiración entrando y saliendo ruidosamente de su nariz.

Él se incorporó y se la quedó mirando. Ella le devolvió la mirada.

—¿Satisfecho? —preguntó.

Él asintió y volvió a sentarse, pero sin indicarle que hiciera lo propio.

La insolencia de esta actitud, así como el no ser capaz de replicar más que con una mala expresión de sarcasmo, la pusieron tan furiosa que tuvo ganas de levantar una silla y darle con ella como si fuera un bate de béisbol.

—Levántate —dijo.

—¿Qué?

—Levántate —repitió ella.

Él obedeció. Ella se acercó más y lo miró directamente a los ojos.

—Será mejor que los dos nos andemos con cuidado, ¿no te parece? —observó ella.

Luego deslizó sus manos dentro de la chaqueta de él y recorrió lentamente sus costados. Notaba el calor de su piel a través de la camisa, los músculos bajo aquélla. En ningún momento apartó la vista de él. ¿Quería jugar a ser insolente y sarcástico? Ella también era capaz de jugar.

Se arrodilló delante de él y le tocó con la misma despreocupación clínica, la misma autoridad, que él había tenido con ella. Luego se puso en pie y le puso una mano en el estómago. Éste era duro y plano y ella notó que se contraía y relajaba ligeramente al ritmo de su respiración.

—Supongo que no vas armado —dijo ella, sin dejar de mirarle a los ojos.

Él puso su mano sobre la de ella y empezó a guiarla hacia abajo. Ella no daba crédito… ¿qué pretendía? Pero no pensaba ni parpadear.

Más abajo. El corazón le salía del pecho, pero no iba a apartar la mirada.

La mano de Sarah se detuvo ante una protuberancia dura justo por encima de la ingle de Ben, y comprendió de qué se trataba; un arma, dentro de una pistolera especial y secreta.

—Vaya, al final resultará que puedo confiar en ti —observó él.

—¿Por qué? —quiso saber ella.

—Porque nadie, incluso con el entrenamiento más rudimentario, habría hecho un cacheo tan malo. Quizá seas tan sólo una abogada.

—Y quizás tú seas tan sólo un gilipollas.

—Uy, soy mucho más que eso.

Él tenía su mano todavía sobre las suyas. Sarah se soltó y fue a sentarse. Al cabo de un momento Ben se sentó a su lado.

—¿Y bien? ¿De qué querías hablarme? —preguntó éste último, con tanta despreocupación en el tono y la expresión que dio la sensación de que en realidad le importaba un bledo.

Furiosa, ella se lo quedó mirando unos segundos.

—Olvídalo —replicó para, acto seguido, ponerse en pie.

Él se levantó con tal rapidez que ella se sobresaltó. Ben la tomó por el brazo.

—¿Por qué? —dijo—. ¿Estás enfadada porque te he cacheado? ¿Porque no me he puesto cachondo cuando me lo has hecho tú?

—Ponerse cachondo es una condición humana. Cosa que tú no eres.

—Escucha. Como no te conozco, no confío en ti. No es nada personal.

—¡Al cuerno que no lo es! Te fiaste de mí hasta que oíste mi nombre. Así que no me vengas con que no es nada personal.

—¿Por qué no te sientas? Te invito a una copa.

—No necesito que nadie me invite, puedo pagarme mi copa.

—De acuerdo, pues entonces invítame tú —replicó Ben, que estaba mirando por encima del hombro de Sarah.

Sarah siguió la dirección de su mirada y vio que la camarera estaba detrás de ella.

—Un martini Sapphire con ginebra Bombay —pidió él—. Sin aceituna ni vermut.

¡Al cuerno! Sarah le hizo un gesto afirmativo a la camarera.

—Que sean dos.

Se sentaron.

—¿Vas a decirme por qué estás aquí? —preguntó Ben.

Sarah notó que el corazón le latía aceleradamente, y esto la enfureció de nuevo. Detestaba que él se mostrara tan frío con ella, y al mismo tiempo él la ponía nerviosa. Y le asustaba lo que iba a decir a continuación.

—Es… —empezó a decir, tras aclararse la garganta—, por lo del Four Seasons. Me pongo en tu lugar, como dijiste que debía hacerse, y pienso en lo que debes de estar pensando. Y, si yo estuviera en tu lugar, tendría miedo de que yo pudiera… ir a la policía o algo así. Tengo miedo de lo que puedas hacer para evitarlo.

Él se la quedó mirando un momento, y ella creyó ver, a la difusa luz de la calle, que algo pasaba por sus ojos. ¿Simpatía? ¿Arrepentimiento? Luego él apartó la mirada.

—Cuando acabe todo esto, mirarás atrás y te parecerá que nunca ha sucedido.

Ella no le captó. ¿Le estaba diciendo que no se preocupara? ¿Qué no iba a… hacerle daño alguno?

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Lo sé. Todo esto te resulta muy extraño. Como si fuera algo que le estuviera ocurriendo a otra persona. Cuando se haya acabado y vuelvas a tu vida normal, te parecerá que despiertas de un sueño.

Ella lo miró, en un intento de interpretar su expresión.

—Tienes razón —convino—. Es así, pero ¿tú cómo lo sabes?

Él sacudió la cabeza y apartó la mirada, y ella pensó: Porque tú nunca te has despertado.

La camarera les llevó las bebidas y Sarah pagó. Durante unos minutos, estuvieron bebiendo en silencio.

—¿Cómo es que hablas tan bien el persa? —preguntó Sarah en ese idioma.

—Ya sabes por qué —contestó Ben, igualmente en persa.

—No me gusta lo que haces —manifestó Sarah, volviendo al inglés.

—No pasa nada —dijo Ben riendo—. A mí me gusta.

—¿Te gusta la violencia?

—Es una herramienta de trabajo —contestó Ben acompañando sus palabras de un encogimiento de hombros—. ¿Acaso a los artesanos no les gustan sus herramientas? ¿Por qué estudiaste Derecho? ¿Porque te gustan los litigios?

Ella se lo quedó mirando, sorprendida por la forma en que la pregunta había llegado al corazón de sus propias dudas.

—En realidad, no lo sé. Tal vez porque se me daba bien. ¿Por qué te metiste en esta profesión?

Por un momento, el rostro de Ben se quedó sin expresión, luego desvió la mirada.

—Es una larga historia.

Volvió a reinar el silencio entre ellos.

—Cuéntame algo sobre ti —dijo Sarah al final.

—¿Cómo qué?

Ella no lo sabía en realidad. Las palabras habían salido sin pensar. No las había planeado, y no sabía qué estaba preguntando exactamente.

—No sé. Algo… que me puedas contar. No sobre el trabajo. Algo personal. Por lo menos así tendré la sensación de que te conozco un poco.

—Me gusta arrancarles las alas a las moscas —dijo él con un encogimiento de hombros—. No soy más que un simple aficionado, pero estoy pensando en hacerme profesional.

Ella movió la cabeza, consciente de que era una pérdida de tiempo y sintiéndose estúpida por haberlo siquiera intentado.

—¿Estás casado? —preguntó—. ¿Tienes familia?

Una pausa, y ella pensó que no iba a contestar. Pero al final dijo:

—Lo estuve.

—¿Qué pasó?

—No pasó nada. Ella era filipina. La conocí en Manila. Cuando nos vinimos para acá, me di cuenta de que no era la persona que yo había creído que era.

—Quizá a ella le pasó lo mismo contigo.

—Estoy seguro de que así fue.

—¿Hijos?

Transcurrió un largo momento.

—Una hija. Viven en Manila.

Sarah no pudo impedir sentirse intrigada ante aquella evidente reticencia, y todavía más por su buena disposición para contestar la última pregunta.

—¿No las ves?

—Está muy lejos —contestó él encogiéndose de hombros.

—Pero ese no es el motivo de que no os veáis.

Él tomó un largo trago de ginebra.

—¿Y qué me dices de ti? ¿Algún novio?

—No —negó ella, según sacudía la cabeza—. Hubo alguien cuando estaba en la facultad de Derecho. Pero ahora nadie.

—¿Por qué no? Deben de ir locos detrás de ti en el bufete.

—¿Por qué lo dices?

—¿Pretendes que te haga un cumplido, o eres realmente tan ciega? —replicó él.

Sarah notó que se sonrojaba, mitad por contrariedad, mitad por vergüenza.

—Simplemente no he encontrado a nadie.

—No, no es eso.

—¿Qué quieres decir con «no es eso»? ¿Cómo lo puedes saber? No sabes nada sobre mí.

—Sé mucho sobre ti. Mi trabajo consiste en saber cosas de la gente.

—¿Ah sí? ¿Y qué sabes?

—Sé que cuando una mujer guapa como tú está libre no es porque no haya encontrado a nadie. Es porque no quiere encontrar a nadie.

—¿Y por qué, según tú, no quiero encontrar a nadie? —preguntó ella, al tiempo que reprimía la necesidad de cambiar de posición en su asiento.

—Por varias razones. Esta mañana has llegado al despacho a qué hora, a las siete creo, ¿no? Quieres hacer una carrera brillante dentro de la abogacía. Un novio sería una distracción. Y, además, si los hombres de la oficina supieran que tienes novio, perderían las esperanzas. Y si ellos pierden las esperanzas, tú no podrías manipularlos sutilmente.

Ella no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—Estás muy seguro de ti mismo.

—Tú has preguntado.

—¿Y qué más?

Él tomó otro trago de ginebra.

—Tú sabes que si te enredas con alguien, el tipo no sabrá relativizar la situación. Lo sabes porque ya te ha ocurrido. Seguramente querría casarse de inmediato a fin de guardarte bajo llave mientras todavía lo pudiera hacer. Tú no puedes tolerar eso porque quieres dejarte las puertas abiertas. No con respecto a los hombres, sino a la vida. No sabes lo que quieres realmente. Lo que quieres ser cuando seas mayor.

—¿Ah sí? —exclamó ella, sin darle mayor importancia a la provocación—. ¿Y qué quiero ser?

—No lo sé. Pero no abogada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si quisieras ser abogada, no habrías contestado tan deprisa.

Ella movió la cabeza, en silencio. Su descaro le estaba sacando de sus casillas… pero por mucho que le pesara, debía de reconocer que no iba tan desencaminado.

—¿Quieres saber por qué no tienes trato con tu familia? —contraatacó.

—Me lo vas a decir de todas formas.

—Porque no puedes soportar los apegos. No puedes soportar que alguien dependa de ti. ¿Por qué? ¿Has defraudado a alguien? ¿Has fallado a muchas personas?

—No tienes ni idea de lo que estás hablando.

—Claro que lo sé. De no ser así, no habrías sido tan rápido en replicar. Cambia un poco de tu habitual y engreído silencio.

Él sonrió. Y ella no supo decir si esa sonrisa seguía en la línea de su condescendencia habitual, o si significaba touché.

—¿Qué es? ¿Piensas que tu hija está mejor sin un padre que con uno inestable? ¿Qué es, una especie de vacuna? ¿Una desilusión preventiva?

Él tomó un sorbo de su vaso.

—Déjalo.

—¿Por qué? ¿Es más divertido meterse en las cabezas ajenas que en la propia?

—Tú no estás en mi cabeza.

—Repítetelo. Tal vez eso te ayude a creértelo.

Él se la quedó mirando con una expresión torva, y ella volvió a pensar en una tremenda presión y un tremendo control. ¿Qué tenía ese hombre que le daban ganas de saber lo que había detrás de aquel control, que le hacía tener ganas de aumentar la presión hasta el punto que el control se resquebrajase? ¿Por qué la había menospreciado? ¿Por qué había hecho unos comentarios tan racistas? Era un tipo mezquino, y ella se estaba poniendo a su altura.

Sarah sabía que las palabras eran las adecuadas. Sin embargo, no estaban teniendo ningún impacto en sus propios sentimientos.

—¿Otra? —propuso Ben tras apurar su copa.

Ella acabó la suya también, haciendo un esfuerzo para reprimir una mueca.

—Ahora te toca invitar a ti.

Ben pidió dos más. Ella se preguntó si era una buena idea. La primera ya le había dejado un poco tocada. Pero como había advertido cierto reto en la propuesta de él, no iba a dejarse amilanar.

¿Te das cuenta de lo estúpida que eres?, pensó. Pero una vez más, las palabras no surtieron efecto alguno.

Permanecieron en silencio unos cuantos minutos. La camarera les llevó las bebidas y se retiró. Sarah tomó un sorbo y miró por la ventana, meditabunda y disfrutando del rumor que le llegaba. Estaba a gusto en aquel bar. Estaba a gusto sentada en la penumbra, observando la calle como si fuera una especie de atalaya secreta. El Pearl’s estaba justo enfrente; veía perfectamente su entrada.

Y entonces lo pescó. El capullo. El condenado.

—No has estado en el Pearl’s para nada —dijo—. Has anunciado que ibas a ir porque pensabas que tal vez te siguiera. Has venido aquí para vigilar y ver si venía.

—Algo así. —Ben se encogió de hombros.

—Algo así… ya entiendo, no era a mí a quien esperabas, ¿a quién esperabas, a los otros malos? ¿A los terroristas iraníes para los que trabajo?

—Soy suspicaz por naturaleza, ¿no lo recuerdas?

—¿Sabes una cosa? Eres una verdadera mierda. La gente no va por ahí sospechando de los otros, ni siquiera los tipejos como tú.

—Deberías salir más a menudo.

—Yo salgo muchísimo. Venías por aquí cuando eras pequeño, ¿verdad? Es por eso que querías quedarte en la ciudad en lugar de ir a un hotel cerca del aeropuerto. Y también querías estar cerca de North Beach, ¿me equivoco? Como conoces la zona, sabías que aquí podías montar algo como esto de ahora. ¿Esperas que me crea que esto es simple rutina para ti? ¿Lo haces con todo el mundo?

—Lo hago cuando es necesario.

—¿Lo habrías hecho igual si yo no fuera iraní?

—Como he dicho, lo hago cuando es necesario.

—¿Tanto te cuesta reconocer que es porque soy iraní, que eso te molesta?

—Yo no tengo que reconocer nada.

—¡Por supuesto que no! Ni siquiera tienes que reconocértelo a ti mismo. No tienes huevos para eso.

Ben colocó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

—Escucha, cariño. Tú no vives en el mundo real. Tú vives en una fantasía. Y cuando algo se inmiscuye en tu pequeña y falsa ilusión, cuando tienes que dar las gracias a alguno de los grupos sociales que hacen posible tu estilo de vida, cuando llegas a tener la mínima idea de lo que se hace por ti para que puedas vivir de la forma que crees merecer, te entra un soponcio. Perdóname, pero me cuesta tomarte en serio.

Se reclinó en su asiento y se terminó la copa de ginebra de un solo trago.

—Es verdad —replicó ella—. Lo que yo realmente necesito es lanzarme al mundo sola y sin trabas, ir matando a la gente que debe morir, y regodearme con la nobleza trágica de mi sacrificio. Ah, y por supuesto, debo abandonar a mi familia. Esto último es obviamente parte de mi aprendizaje al progresismo.

Se reclinó a su vez y vació su copa como había hecho él. La ginebra le abrasó la garganta y todo lo demás a su paso hasta el estómago. Cerró los ojos y, haciendo un esfuerzo por no toser, se estremeció.

Cuando abrió los ojos, él la estaba mirando. Permanecía callado y ella no supo en qué estaría pensando. ¿Lo había ofendido? En realidad era lo que había pretendido, pero de pronto se arrepentía. Lo que él le había dicho había sido muy feo, cierto, pero se preguntaba si lo que acababa de hacer ella no era muy cruel. Lo uno no justificaba lo otro. Tuvo ganas de excusarse pero presintió que eso no habría hecho más que empeorar las cosas. Poner de relieve que sabía que le había ofendido, e intentar luego hacerle sentir mejor, habría sido como retorcer el cuchillo ya clavado.

—Creo que he bebido demasiado —comentó ella, con la esperanza de que él lo interpretase como la excusa indirecta que ella pretendía.

—Volvamos al hotel —ordenó él.

Ella había esperado un insulto, algo como que no aguantaba el alcohol, tal vez, y el hecho de que él pareciera haber perdido todo interés, le hizo preguntarse de nuevo si habría ido demasiado lejos.

Bajaron por Columbus, luego se metieron en Chinatown. La luna estaba más alta que antes, y el viento también era más frío. Bajo el resplandor inútil y amarillento de las farolas, los objetos aparecían poco definidos, inconsistentes; los coches, los letreros y las fachadas de las tiendas se entremezclaban, tenebrosos elementos de los que se había apoderado la oscuridad.

Sarah advirtió que, mientras caminaban, él no dejaba de mover la cabeza, a derecha e izquierda, e incluso hacia atrás cuando atravesaban una calle o doblaban una esquina. No intentes nunca abordarlo sigilosamente, se dijo ella. Debes atacarlo de frente.

Dentro del hotel hada un calor agradable, la luz que desprendían las lámparas del techo y los apliques se difuminaba en sus bordes y el sonido de sus pisadas en las alfombras recordaba latidos sordos en medio del silencio. En el ascensor no hablaron, y ella fue muy consciente de la cercanía de su acompañante. Ben la acompañó hasta su cuarto y esperó mientras ella sacaba la tarjeta de los vaqueros. Sarah abrió la puerta, luego se volvió.

—Quisiera preguntarte algo —dijo.

—Dime.

—¿Alex lo sabe?

—¿Si sabe el qué?

—Que tiene una sobrina.

Una pausa.

—No sé por qué debería saberlo.

—¿Quieres decir que nunca se lo has contado?

—No nos hablamos.

—¿Por qué no?

—¿Tú tienes hermanos o hermanas?

—No. —Sarah movió la cabeza.

—Bien, en ese caso, sería difícil de comprender.

—Inténtalo.

—Es una larga historia.

—¿No tenemos tiempo?

—No, no lo tenemos. Tú necesitas una buena noche de sueño para poder trabajar en Obsidian mañana. Y yo tengo todavía algo que hacer esta noche.

—¿El qué?

—Te lo contaré mañana.

Sarah quería añadir algo. Más que eso, quería que entrara en su habitación. Lo deseaba de verdad. Pero tenía miedo de pedírselo.

Permanecieron así un momento. Luego él apartó la mirada.

—¿Sabes que Alex está enamorado de ti? —dijo.

Ella se esperaba cualquier cosa menos aquello.

—¿Qué? ¡Qué va!

—Sí, está enamorado.

—¿Te lo ha dicho él?

—No, él jamás me lo diría.

—Entonces, ¿cómo lo sabes?

—Es mi hermano —contestó Ben, tras lanzar un suspiro.

¿Por qué le estaba contando esto? ¿Acaso le estaba diciendo que… tenía ganas de entrar pero que no quería hacerle daño a Alex? Estaban tan desconectados que Alex ni siquiera sabía que Ben tenía una hija. Entonces, ¿qué le podía importar? En cualquier caso, Alex no estaba enamorado de ella, era ridículo.

—No sé qué decir al respecto —dijo ella.

Él sonrió, pero sus ojos estaban tristes.

—Di buenas noches.

Acto seguido él ya se estaba alejando. Sus brazos se movieron y, de pronto, apareció una tarjeta de acceso en una mano y una pistola en la otra. Ella pensó: ¿Qué demonios? Él abrió la puerta y, tras un movimiento fluido, desapareció, siendo el chasquido de la cerradura al cerrarse detrás de él la única prueba de que había estado allí un momento antes.

Ella no se movió, se sentía borracha, confusa y extrañamente desvalida. ¿Necesitaba una pistola para entrar en su habitación de hotel? Estaba loco. Tenía que estar loco.

Esperó un momento, pero él no volvió a salir.

Entró en el cuarto. No había pasado nada. Se dijo que mejor así.