El agravio
27 - Hemos acabado
Alex estaba inclinado sobre su ordenador portátil y recorría la pantalla con los ojos; estaba leyendo, por lo que le parecía la milésima vez, las notas de Hilzoy. No se había acostado en toda la noche, pues las había estado repasando en todas las formas posibles, hada delante, luego hacia atrás, luego de forma aleatoria. Pensaba que si enfocaba las ideas de Hilzoy fuera del contexto podría localizar algo que se les había pasado por alto a él y a Sarah. Pero nada.
La barra de herramientas de Obsidian estaba diseñada como una aplicación típica de un software, con funciones dispuestas horizontalmente, que se podían seleccionar para dejar al descubierto un submenú desplegable de opciones relacionado con la función del menú principal. Se podía adaptar el menú para añadir fundones u ocultarlas, pero ninguna de las funciones le permitía hacer nada que no fueran las obvias variaciones de codificación. Probó todas las versiones del menú que se le ocurrieron. Lo adaptó. Ocultó funciones, luego las recuperó.
Funciones ocultas. Eso es lo que estaba buscando. Pero ¿dónde estaban? En las notas de Hilzoy no estaban, eso era seguro. A aquellas alturas, Alex las había prácticamente memorizado. Allí no había nada.
¿Existía quizá otra versión? ¿Algo que Hilzoy no hubiera siquiera confiado a su abogado?
Tal vez. Pero si había algo parecido a un secreto doble juego de notas, Hilzoy habría tenido que hacer también una copia de seguridad del mismo. ¿Por qué dejar que Alex guardara la copia de seguridad de uno pero no del otro? No tenía sentido. No había otra versión. Todo debía de estar allí.
Otra versión, pensó según se frotaba los ojos. Otra versión.
Llevó el cursor al menú y se desplazó por él. Archivo. Edición. Herramientas. Seleccionó Herramientas, luego se desplazó hacia abajo con el cursor. Macro, Personalizar… Buscar cambios.
Buscar cambios.
Buscar cambios… de versiones anteriores.
Maldita sea. ¿Podía ser tan simple?
Seleccionó Mostrar Versiones Anteriores. No pasó nada.
Mierda.
Se desplazó hacia abajo por las notas de Hilzoy. A media altura, los números del uno al diez aparecían en azul junto con una lista de funciones, todas ellas relacionadas con la creación de una macro. Los números no eran correlativos. Alex se los quedó mirando, sin comprender. Siguió desplazándose por el resto de las notas, pero no había otros cambios.
Volvió a los números. Parecía que, en una versión anterior, Hilzoy había numerado estas funciones. Pero ¿por qué? ¿Y por qué los números estaban desordenados?
Seguro que era por algo. Si había habido alguna versión previa, Hilzoy había aceptado todos los cambios, borrándolos todos de forma efectiva. Salvo esos números. Quería que quedara constancia de ellos. Pero en un registro secreto, aparentemente. Esto no podía haber sido un accidente. Debía de tener algún significado.
Bien, ¿y si ejecutaba las funciones en el orden de los números ocultos? Valía la pena intentarlo.
Siguió los pasos, del uno al diez, luego seleccionó Entrar.
No pasó nada.
Maldita sea. Había confiado mucho en ello.
Se volvió a desplazar arriba a la barra del menú y comprobó todas las funciones. Archivo, nada nuevo. Edición, lo mismo. Herramientas…
Parpadeó y se inclinó hada delante. En el menú Herramientas había tres entradas nuevas: Creación. Ocultación. Entrega.
—Joder —dijo en voz alta—. Esto es. Tiene que serlo.
Hilzoy había introducido un huevo de Pascua informático en Obsidian. Y no era el habitual, la versión just-for-laughs que uno podía encontrar en tantos DVD y tantos softwares comerciales. Nada de eso, éste parecía una nueva y completa aplicación para la tecnología.
Pero ¿una aplicación para qué?
El corazón empezó a palpitarle aceleradamente, se puso a trabajar con el teclado. Estuvo tan absorto que perdió la noción del tiempo y no recordaba siquiera dónde estaba hasta que vio una débil luz en el cielo al otro lado de la ventana. Le pareció increíble.
A las seis y media, se duchó y se vistió. Se metió la pistola que le había dado Ben en el bolsillo, pensando simultáneamente que pesaba mucho y hacía mucho bulto. No podía imaginarse llevando un arma, imagínate dos.
Se dirigió a la otra habitación para contárselo a Ben. El chico duro se había marchado la noche anterior al ver el ambiente caldeado, pero daba igual. Alex no se arrepentía de lo que había dicho. Una parte de él deseaba haber dicho más. Tal vez ahí radicara el problema. Ben era obtuso. No podía esperar que entendiese ciertas cosas, sobre todo cosas que no quería comprender, a menos que se las metiera a la fuerza en la cabeza.
Probó su tarjeta de acceso, pero no funcionó. Mierda, Ben había puesto el seguro por dentro. Debía de estar durmiendo todavía. Pero al cuerno, merecía la pena despertarlo.
Llamó con los nudillos y esperó. No obtuvo respuesta. Volvió a llamar, más fuerte. Al cabo de un minuto, oyó la voz de Ben.
—Un segundo, que me pongo algo.
Medio minuto después, Ben abrió la puerta, iba con una toalla enrollada a la cintura.
—Has madrugado mucho —dijo.
—Sí —dijo Alex al tiempo que pasaba por delante de él—. Lo he descifrado. He descubierto qué es Obsidian en realidad.
Ben cerró la puerta y puso el seguro.
—Espera —le pidió—. Tengo que despejarme un poco.
Desapareció en el cuarto de baño por espacio de un minuto. Alex miró en torno al cuarto. Una de las camas estaba deshecha. Había un montón de ropa en el suelo. Parecía la chaqueta y la camisa que Ben llevaba la noche anterior.
Este último apareció con uno de los albornoces del hotel. Fue a sentarse en una de las camas.
—Cuéntame —dijo.
—Debemos avisar a Sarah. Tiene que oír esto también.
—¿No crees que debe de estar durmiendo?
Alex se sorprendió ante tanta deferencia por parte de Ben. Ayer apenas le dejaba usar el baño. ¿Hoy le preocupaba despertarla?
—Seguro que querrá oír lo que tengo, créeme —insistió Alex. Se dirigió a la puerta de comunicación y la abrió, luego llamó con los nudillos en la del otro lado—. Sarah, soy Alex. ¿Estás despierta? He encontrado lo que estábamos buscando.
—Enseguida voy —oyó del otro lado de la puerta.
Apareció un minuto después, vestida con un albornoz del hotel. Llevaba el pelo recogido en la nuca, no iba maquillada, tenía los ojos pegados de sueño… pero seguía estando preciosa.
Resultaba curioso que tanto ella como Ben fueran en albornoz.
—Parece que soy el único que ha hecho algo esta noche —comentó, pretendiendo que su comentario fuera gracioso, pero ninguno de los dos se rió, o dijo algo. De hecho, parecían algo incómodos. Normal, al fin y al cabo los acababa de despertar.
—¿Qué pasa? —quiso saber Sarah, que se había apoyado contra la pared contigua a la puerta.
—He encontrado un huevo de Pascua —anunció Alex—. En Obsidian.
—¿Un huevo de Pascua? —exclamó Ben.
—Es un conjunto de datos ocultos —empezó a explicar Alex tras haber hecho un gesto de asentimiento—. Algo que el programador introduce en la aplicación pero que no documenta, a lo que sólo se puede acceder mediante una extraña secuencia de órdenes. Hilzoy introdujo uno en Obsidian. Documentó la secuencia en sus notas, y ocultó esta documentación de forma que únicamente se pudiera ver si se cotejaban las notas actuales con una versión anterior.
—Me pierdo —intervino Ben—. ¿Qué son las funciones secretas? ¿Y por qué documentarlas si se supone que son secretas?
—La secuencia era complicada. Debía serlo, pues en caso contrario cualquiera podía haber tropezado con ella por casualidad. Pero como Hilzoy tenía miedo de olvidarla, la incluyó en las notas con una especie de tinta invisible.
—¿No le preocupó que alguien la encontrara?
—En absoluto. Nadie más tenía las notas, simplemente formaban parte de una copia de seguridad del programa que guardaba su abogado, ¿y por qué iba éste a molestarse en leer las notas de su programa? Y aunque yo, o alguna otra persona, las hubiéramos leído, ¿para qué se nos habría ocurrido buscar versiones anteriores? E incluso buscando en una versión previa, las pistas que dejó no habrían significado nada. Habría que saber de antemano que había algo oculto, y entonces devanarse los sesos para descubrir de qué se trababa, como hicimos Sarah y yo. Y aun así, era fácil pasarlo por alto.
—Bien, ¿y de qué se trata? —preguntó Ben.
Alex se preguntó por qué Sarah estaba tan callada. Por regla general, se impacientaba cuando alguien empezaba a explicar algo y se apresuraba a intervenir.
—El conjunto del proyecto es un caballo troyano —explicó—. Por fuera, es un programa excelente y eficaz para encriptar, es decir, codificar datos. Sin embargo, para lo que es idóneo es para encriptar virus.
—Criptovirología —intervino Sarah, con la mirada fija en Alex.
Este último asintió con la cabeza, satisfecho de que ella lo hubiera entendido a la primera.
—Exacto. Criptografía malintencionada.
—Un momento, chicos —interrumpió Ben—, os estáis adelantando un poco con respecto a mí.
—Está bien —dijo Alex—. Sabes lo que es un virus informático, ¿no?
—Claro. Un código que alguien cuela en un sistema para desbaratarlo todo.
—Sí, más o menos. Pues bien, hay básicamente dos formas de detectar y bloquear los virus: firmas y heurísticas. Firmas significa básicamente que el software antivirus tiene una lista de virus conocidos con instrucciones para bloquearlos o aislarlos. Es comparable al nombre de un terrorista sospechoso. Va a parar a una lista negra de las compañías aéreas y, si surge el nombre, al tipo no le dejan subir al avión. Se trata del nombre que tecleas o, en el caso de virus, una especie de huella digital.
—Sí, entiendo…
—El segundo método es la heurística. Aquí, el virus es desconocido, y se intenta localizar mediante los comportamientos típicos de los virus. Siguiendo con el ejemplo del avión, esto sería como un perfil de pasajero. El nombre del tipo no desencadena alarma alguna, pero su comportamiento está asociado al de un terrorista. En ese caso, tampoco puede subir al avión.
—De acuerdo, lo voy pescando.
—Por consiguiente, el mayor problema con el que se enfrenta el creador del virus es evitar que sea detectado. Si se trata de un virus nuevo, sólo deberá preocuparse de los comportamientos propios de los virus, pero no de que su firma sea detectada. Pero si se eliminan todos los comportamientos propios de los virus, queda algo que ya no funciona como un virus. Tal vez sea ilocalizable, pero también inútil.
—Así que estamos hablando de ocultación —observó Ben.
—En efecto. Aquí es donde entra la encriptación. Ésta se utiliza para crear un virus polimorfo.
Ben levantó las cejas, y Alex comprendió por el gesto que no había entendido. Se interrumpió un minuto para encontrar una forma de explicarlo.
—Polimorfo significa que cambia constantemente de forma —intervino Sarah—. Estamos hablando de un código que se transforma, pero mantiene intacto el algoritmo original. Que es, en términos generales, como funciona la encriptación. Si tú codificas un virus, el comportamiento como tal está escondido bajo una capa en continuo movimiento. El programa antivirus no sabe qué debe buscar.
—¿Por qué nadie lo había hecho antes? —quiso saber Ben.
—Se ha hecho —afirmó Alex—. Un búlgaro autor de un virus que se hacía llamar Dark Avenger creó un artefacto polimorfo hace algunos años. Y hubo un par de tipos, Adam Young y Moti Yung, que escribieron un libro entero sobre ello. Pero siempre ha habido una limitación intrínseca.
—No se puede codificar el virus por completo —empezó a explicar Sarah—. No se podría utilizar. Hay que dejar una parte no encriptada, que la parte encriptada descodificará y ejecutará. Y el software antivirus trata de captar esta parte no encriptada.
Alex sonrió, contento por la interrupción. Había estado tan callada todo ese rato… No era propio de ella.
—¿Y Obsidian lo encripta todo? —sugirió Ben—. ¿Cómo?
—Tal vez no funcione con todas las aplicaciones malintencionadas —contestó Alex—. No he tenido tiempo para probarlo adecuadamente. Pero para lo que funciona, y de manera brillante, es para un virus al que se le ordena realizar una codificación malintencionada.
—No lo cojo —interrumpió Ben—. ¿Un virus codificado para descodificar? ¿Para qué hacer una cosa así? Quiero decir, ¿el objetivo aparente de Obsidian no es la codificación?
Para Alex resultaba tan obvio que por un momento no supo qué contestar.
—Bien, sí —acabó diciendo—, pero el objetivo aparente es codificar tu información voluntariamente, y con tu propia clave para descodificarla. Míralo de esta forma. Imagínate que te pasara lo siguiente: no puedes acceder a tu información. Sería como llegar un día a tu casa, y descubrir que alguien ha instalado cerraduras nuevas en todas las puertas; unas cerraduras cuyas llaves tú no tienes. Aunque el autor de esa faena no haya logrado eliminar tus cerraduras y robarte tus pertenencias, te impide entrar en tu propia casa. Estás bloqueado fuera. Lo que, en la práctica, significa que te han robado la casa entera. Te has quedado sin casa.
—¿Y esto para qué se podría utilizar? ¿Extorsión? —preguntó Ben.
—Ésa puede ser una posibilidad —contestó Sarah—. O podría ser la destrucción pura y dura. Imagínate que se bloquea toda la información de un gran banco. O de la Bolsa de Nueva York. O del Departamento de Defensa. O…
—¿Estas instituciones no protegen su información con copias de seguridad?
—Por supuesto —afirmó Alex—. Pero puedes crear un virus que permanezca latente el tiempo suficiente para infectar también la información de las copias de seguridad. Y aunque éstas queden indemnes, piensa en los graves trastornos que se pueden causar al congelar su programa principal.
—De acuerdo, ya lo entiendo —manifestó Ben—. Maldita sea. ¿Tiene otras aplicaciones?
—Estoy tratando de descubrirlas. Quiero decir, bloquear una red informática ya es malo de por sí, ¿y si además se puede instalar un virus Obsidian para que éste transmita clandestinamente una información que los sistemas antiintrusión no puedan detectar? Imagínate. —Permanecieron en silencio un momento—. Entonces, ¿qué podemos deducir? Me refiero a quién está detrás.
—Es alguien con grandes recursos, de eso podéis estar seguros —observó Ben—. Alguien con una red capaz de localizar Obsidian, formarse un juicio sobre su potencial oculto, y actuar a gran escala geográfica para hacerse con él. Si tuviera que opinar, diría que son los chinos.
—¿Por qué los chinos? —preguntó Sarah.
—Porque, además de contar con muchos recursos, son muy activos en la guerra cibernética. Lograron introducir algún tipo de artefacto espía en el ordenador del canciller alemán que sustrajo algo así como ciento sesenta gigabytes de información cada día, hasta que alguien se enteró. Y no hace tanto, alguien se metió en el ordenador del despacho del secretario de Defensa. El Pentágono cree que fue el Ejército de Salvación del Pueblo Chino. Han utilizado juegos de guerra donde lanzan un ataque en toda regla a los ordenadores estadounidenses, siendo el objetivo el dominio electromagnético, es decir inutilizar nuestras operaciones militares y perturbar la vida de los civiles.
—Anda ya, Ben —intervino Sarah—. Pareces una presentación en Power Point del Pentágono.
—Créeme, esto es real. Los ordenadores del Departamento de Estado son explorados dos millones de veces al día. Dos millones. Y peor aún en lo que al Pentágono se refiere.
¡Jo! Era cierto que se mostraban muy simpáticos. Ayer, cuando discutían sobre estos asuntos, se había entablado prácticamente un combate a muerte.
—Lo único que digo es que no debemos descartar a los Estados Unidos — comentó Sarah—. Al gobierno también le interesa este campo.
—Y bien, ¿y ahora qué hacemos? —intervino Alex.
Sarah se encogió de hombros.
—¿Por qué no lo hacemos público? Me refiero a lo que se pueda ejecutar, como las notas de Hilzoy y sus conclusiones.
—¿Estás loca? —exclamó Ben—. Acabáis de decir que quien sepa la forma de utilizar esta cosa podría causar una destrucción inmensa.
—Eso no lo sabemos a ciencia cierta. Alex ha encontrado una aplicación perjudicial, es cierto, pero según sabemos nunca ha sido probada sobre el terreno.
—Exactamente —dijo Ben al tiempo que sacudía la cabeza—. Lo único que habéis dicho es que sabemos que Obsidian puede ser destructivo, pero no sabemos hasta qué punto.
—La información quiere ser libre —manifestó Sarah.
—¡Y qué más! —exclamó Ben tras soltar una carcajada—. Esto es como decir que una silla quiere libertad. La información no quiere nada.
—Lo que yo quiero decir es que…
—Sé lo que quieres decir —la interrumpió Alex—, pero los virus también quieren libertad, y eso no es óbice para dejarlos a su aire. No podemos hacerlo público. Imagínate el perjuicio que puede ocasionar. No podemos correr ese riesgo.
—De acuerdo —admitió Sarah—. Pero seguro que la gente que persigue esto no va a desistir sólo porque piense que sabemos toda la verdad sobre Obsidian, o que quizá tengamos otra copia. En absoluto.
—No —empezó a decir Ben al tiempo que miraba a Alex—, no han desistido. Ayer estuve en nuestra casa. Te estaban esperando.
A Alex se le hizo un nudo en el estómago, pues el recuerdo de aquella noche en el cuarto de baño había cobrado vida tenebrosamente.
—¿Qué pasó?
—Como pensé que era posible que alguien te tendiera una trampa allí, yo monté una contraofensiva. Lo que pasó es que, la trampa estaba, pero no era para ti, sino para mí. O alguien como yo. Hubiera debido preverlo. Después de lo que había pasado en el aparcamiento del Four Seasons, sabían que contabas con algún tipo de ayuda profesional, un guardaespaldas, o algo por el estilo. Me superaron mentalmente. Tuve suerte de salir bien parado.
—Tú saliste bien parado. ¿Qué le pasó al tipo que estaba esperando?
—No salió tan bien parado.
Alex lo miró. Notó que en su interior no quería comprender las implicaciones de esta última frase. Pero no pudo impedir ser consciente de su alcance.
—¿Has… has matado a alguien, en nuestra casa? —balbució.
—Ya no hay rastro de nada, si es eso lo que te preocupa.
—Bien… pues sí, eso es lo que me preocupa.
—Estupendo. En ese caso, ya puedes dejar de preocuparte.
—Pero… coño, Ben, si fue en defensa propia, y estoy seguro de que fue así, ¡habríamos podido llamar a la policía! Nos habrían creído. Había… ya sabes, había un cadáver. Te habrían tomado en serio, habrían debido tomarte en serio.
—Alex, defensa propia no es más que eso, una defensa. No voy a dejar que me acusen de homicidio, para luego confiar en que un buen abogado convenza a un jurado de que mi defensa es válida. Tú sueñas.
—¡Joder, Ben, la has pifiado!
Ben se levantó de la cama.
—La he pifiado, ¿eh? Me cargo a tres personas en dos días que intentaban matarte a ti, ¿y la estoy pifiando? No te parece bien lo que hago, ¿es eso, Alex? ¿Quieres que vaya a la cárcel por ti? ¡Dime de una vez qué demonios quieres!
Se quedaron mirando fijamente el uno al otro.
—Escuchad —intervino Sarah—. Ahora se trata de saber lo que vamos a hacer.
Alex la oyó sólo a medias. Estaba tan furioso que no sabía cómo reaccionar. Con el chulo de su hermano, el sabelotodo, que hacía siempre lo que le daba la gana, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo y sin medir las consecuencias.
—Sé la forma de descubrir algo más sobre el tipo que tan alterado tiene a Alex — dijo Ben—. Es decir, si Alex me da permiso.
Alex estuvo a punto de decirle: ¡A la mierda! ¡A la mierda contigo! Y luego marcharse y asumir las consecuencias de lo que pudiera suceder después. Cualquier cosa antes que la ayuda de ese gilipollas que mejor habría hecho con no nacer.
—Chicos, os dejo hablar tranquilamente, yo me voy a mi habitación —dijo Sarah, antes de dirigirse a su cuarto y cerrar la puerta.
—¿Por qué has de ser tan capullo? —exclamó Alex mirándole.
—Eres increíble —dijo Ben al tiempo que movía la cabeza asqueado.
Alex se alejó furioso hasta la pared. ¿Por qué nunca podía comunicarse con él? ¿Por qué no escuchaba de vez en cuando?
Bajó la vista hacia la pila de ropa que había en el suelo. A la camisa le pasaba algo raro, pero no sabía de qué se trataba. Se inclinó un poco hacia delante. Los botones, era extraño. No había ninguno.
¿Qué demonios? Por qué la camisa de Ben estaba sin…
Y entonces se le encendió la luz.
Los albornoces. La extraña sensación cuando había entrado. Lo silenciosa que se había mostrado. La ausencia de animadversión entre ellos.
Se fijó en la cama. La almohada no estaba hundida. Las sábanas no estaban revueltas. La cama estaba simplemente abierta, deprisa y corriendo a fin de crear la rápida y superficial apariencia de que él había dormido allí.
De que había dormido solo. Miró a Ben.
—¿No… no te habrás…? —se oyó decir. Ben sostuvo su mirada un momento, luego la desvió—. Oh, Dios, lo has hecho.
—Escucha —empezó a decir Ben tras mojarse los labios con la lengua—. Después de la emboscada que sufrí en tu casa…
—¿Qué demonios tiene eso que ver?
—Se trata de un efecto post combate, se pierde la cabeza.
—¿Estás intentando decirme que, después de haber matado a un tipo, tuviste que acostarte con Sarah? ¿No tenías otra alternativa? ¿Es algo propio de un soldado que yo no podría entender? ¿Es eso? ¿Lo he entendido bien?
—Alex, lo siento. —Ben suspiró.
Y Alex, al escuchar estas palabras huecas, lo odió. Lo odió más que nunca. Lo odió por todo lo que había causado, por hacer que él lo necesitara, por aprovecharse de la ocasión para…
—¡Tú que vas a sentir! —gritó Alex conforme le apuntaba con un dedo—. ¡Tú nunca sientes nada! ¡Hagas lo que hagas, provoques lo que provoques, a ti te importa todo un bledo!
—¿Pero qué te enrollas? Ya te he dicho que lo siento.
—Bah, chorradas.
—Entonces, ¿qué quieres de mí, Alex? Dime, dímelo ahora, ¿qué diablos quieres?
—Nada. No quiero nada de ti.
—Eso está bien. Porque yo no te debo nada. Y de todas formas, nunca me lo agradecerías. Lo único que sabes hacer es quejarte, suponiendo sobre todo que adviertas siquiera lo que hago por ti.
—¿Tú qué haces por mí? Dios santo, ¿cómo se puede estar tan ciego?
—¿Ciego? —exclamó Ben—. ¿Yo estoy ciego? Todo lo que hago es salvarte el culo cuando estás de mierda hasta el cuello. Igual que en el colegio, con la diferencia de que ahora los que quieren tu cabeza no se van a contentar con pegarte, te van a matar, y tú estás convencido de que tienes cierto derecho a mi protección, hasta el punto de que ni siquiera se te ocurre dar las gracias por ello. Mira, estoy harto de todo esto. Siempre la misma mierda, no puedo más.
—¿Quieres que te dé las gracias porque tumbaste a un par de matones en el instituto, Ben? Tú mataste a Katie. Tú la mataste. ¿Por qué no lo…?
Ben se movió tan deprisa que Alex no tuvo tiempo de reaccionar. Le golpeó en el pecho con las dos manos y Alex salió despedido hacia atrás, contra la pared que había detrás de él. Su cabeza rebotó en ella y vio las estrellas. Ben lo agarró por la camisa y lo empujó contra la pared al tiempo que le clavaba los nudillos en la garganta. Alex asió las muñecas de Ben y trató de apartarlas, pero en vano. No podía hablar. No podía respirar. Ben, con los dientes al descubierto, iba gruñendo algo incoherente y le lanzaba el aliento caliente en el rostro. Alex echó el brazo atrás con la intención de darle un puñetazo, pero como tenía la pared justo detrás le era imposible hacer fuerza. Golpeó a Ben en la mandíbula, pero esto y nada fue lo mismo. Notó que los pulmones se le contraían espasmódicamente en busca de aire y pensó: Oh, Dios, quiere matarme, quiere matarme de verdad, y fue presa del pánico. Levantó una rodilla pero Ben tenía las caderas ladeadas y, por consiguiente, la ingle estaba fuera de su alcance. Le arañó las manos, luego la cara. La fuerza de los nudillos en su garganta se intensificó.
Una parte recóndita de su mente susurró: La pistola. La pistola. La pistola.
Buscó a tientas el arma en su bolsillo. Los contornos de la habitación se desvanecían detrás del rostro de Ben y unos borrones grises se apoderaban de los cantos de todos los objetos.
La pistola. La pistola. La pistola…
Ben le lanzó un rodillazo a los testículos. Sintió una explosión de dolor en el estómago y una irrupción de luz detrás de los ojos. Ben dio un paso atrás y él se desplomó. Se asfixiaba y tenía arcadas.
Ben se agachó y sacó la pistola del bolsillo de Alex, luego se apartó de él.
—¿Qué vas a hacer, Alex, vas a pegarme un tiro? ¿Es eso lo que quieres hacer?
Alex consiguió ponerse de rodillas. Se apretaba el cuello y el estómago con las manos y aspiraba, entre arcadas, bocanadas de aire.
—¿Quieres pegarme un tiro? —repitió Ben—. ¿Piensas que yo maté a Katie? ¿Y a papá? ¿Y a mamá? ¿Piensas que todo fue culpa mía? Bien, ahora tienes la ocasión de vengarte de ellos. Adelante.
Alex oyó un sonoro ruido sordo en la alfombra. Miró y vio que se trataba de la pistola que le había quitado Ben.
Respiraba con dificultad y reprimía la necesidad de vomitar. Te mataré, pensó.
—Anda, tío duro —dijo Ben—. ¿Y el valor de tus convicciones?
Alex se apoderó de la pistola y apuntó al rostro de Ben. Imaginó que apretaba el gatillo, imaginó que Ben se caía hacia atrás, despedido por la fuerza de la bala que le había alcanzado.
—Eso es —dijo Ben—. Así se hace. Adelante, Alex. Soy el tipo que mató a toda nuestra familia, ¿no es eso lo que crees? Fui yo quien lo hizo todo, todo es culpa mía. Adelante.
Aprieta el gatillo. Aprieta el gatillo. Borra esa sonrisa pedante de su cara para siempre. Ben sacudió la cabeza asqueado.
—No voy a estar esperando toda la vida, gilipollas. Aquí tienes tu oportunidad. Si quieres aprovecharla, hazlo.
Alex se puso de pie, aunque no había recuperado todavía el aliento. Detestaba que Ben no estuviera asustado. Es lo que más le molestaba.
Entonces, asústalo. Hazlo. Ha intentado matarte. Hazlo. Katie. Mamá. Papá. Hazlo, hazlo, hazlo, HAZLO.
Se abrió la puerta de comunicación. Miró en esa dirección. Era Sarah.
—¡Para! —gritó esta última.
Ben la miró a ella, luego de nuevo a Alex.
—La última oportunidad —dijo.
—Alex, ¿te has vuelto loco? —exclamó Sarah—. Suelta la pistola. ¡Suelta la pistola!
Dios, quería hacerlo. Y la idea de rendirse a su hermano que siempre lo había despreciado le provocó un nuevo acceso de náuseas.
Pero no podía. Era consciente de ello. También de que Ben lo sabía, y esto era exasperante.
Sin pensarlo más, levantó el brazo y arrojó la pistola a la cabeza de Ben. Le dio en la frente y Ben se desplomó al suelo.
—De acuerdo —dijo Alex—. Ahora te toca a ti. Adelante.
Ben se sentó. Un hilo de sangre rezumaba de un tajo en su frente. Tomó el arma.
—¿Quieres matarme? —gritó Alex conforme se apuntaba al pecho con los pulgares—. Has matado a todos los demás. Venga, adelante. Mátame a mí también.
Ben se pasó los dedos por la frente. Se miró la sangre en ellos y se limpió con el albornoz.
—Si me importaras algo —dijo—, lo haría. Pero me importas un carajo. Tú y yo hemos acabado. Ahí te quedas.
Se dirigió a la pila de ropa en el suelo, dejó caer el albornoz como si Alex y Sarah no estuvieran allí y se puso los pantalones, luego los zapatos, después la camisa sin botones y finalmente la chaqueta. Cogió su bolsa y sacó los teléfonos móviles de Alex y Sarah. Los arrojó sobre la cama y se puso la bolsa en bandolera.
—Ben… —murmuró Sarah.
Éste pasó por delante de ella para dirigirse al baño, sin prestarle atención. Al cabo de unos segundos salió con una toallita de papel pegada a la frente.
—Ben… —repitió Sarah.
Él se detuvo y la miró.
—Fue un error —dijo—. Olvídalo.
Acto seguido abrió la puerta y se fue. Ésta se cerró detrás de él. Se había ido.
Reinó un silencio extraño en el cuarto por un momento.
—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó.
—Nada —fue la respuesta de Alex.
De repente se sentía enfadado con ella. La había llevado con ellos para ayudarla, porque tal vez corriera peligro. Y ella se lo pagaba tirándose a su hermano. Él se había pasado toda la noche descifrando Obsidian mientras ellos follaban como conejos. Bien, al cuerno con ella. No la necesitaba. No necesitaba a nadie.
—Me voy a casa —informó—. Te veré en el despacho.
—¿Cómo vas a ir a tu casa? —replicó ella—. Ben acaba de contarte…
—¡No quiero oírlo! —exclamó él, con mayor brusquedad de la que había pretendido—. Por favor… como ha dicho él, olvídalo. Olvídalo.
Fue a recoger sus cosas a la tercera habitación al otro lado del pasillo. No le importaba que le estuvieran persiguiendo. No le importaba nada. Si le mataban, pesaría en la conciencia de Ben. Como todo lo demás.