El agravio

Barry Eisler · Capítulo 29 de 35

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El agravio

29 - El pinchazo

 

Sarah tomó un taxi en el hotel y se dirigió a su casa situada en la Misión. Estaba exhausta y se sentía en cierta forma atontada. La noche anterior, con Ben… había sido increíble. No sabía si desembocaría en algo, o siquiera si ella quería que pasara algo más, pero algo había surgido entre ellos e, incluso en medio de toda aquella locura, le había afectado profundamente. Y luego por la mañana, él se había marchado sin mayor consideración por ella de la que hubiera tenido por un sillón que le hubiera proporcionado cierta comodidad. ¡Ah! ¿Por qué se había peleado con su hermano? La había dejado tirada como si fuera una basura.

O quizá la pelea con Alex había sido sólo una excusa. Sabía que iba a sufrir desde el primer momento en que lo vio, y lo único que habría debido hacer era mantenerlo a una distancia considerable. Estaba tan furiosa consigo misma por su ridicula falta de juicio, como con Ben por haberla tratado como si fuera un objeto desechable.

Alex. No había querido hacerle daño. Ni siquiera sabía que podía. ¿Qué iba a pasar ahora, cuando se vieran en la oficina? ¿Querría él seguir trabajando con ella? ¿O la iba a dejar de lado?

Se dio cuenta de que las preocupaciones laborales e incluso románticas eran mundanas, sin duda porque su mente trataba de ignorar la difícil y real situación que estaba viviendo. Porque quienes querían Obsidian a toda costa todavía andaban por ahí. Si antes estaba en peligro, seguramente lo seguía estando. Pero como no sabía qué hacer al respecto, se preocupaba por cosas menos transcendentales.

El taxi se detuvo en la calle Lexington delante de su casa, un loft en el sótano de una de las casas estrechas e independientes que flanqueaban la sombreada calle. Le gustaba Lexington porque como sólo tenía cuatro bloques de casas, había poco tráfico. Sus aceras estaban más amenazadas por los triciclos Big Wheels y las bicicletas de los muchos niños que vivían en el barrio que por coches o camiones.

Pagó al taxista y bajó. Llevaba fuera sólo veinticuatro horas y, sin embargo, la normalidad y la familiaridad del lugar le parecieron surrealistas.

Empezó a subir el camino enlosado que conducía a la parte frontal de la casa. Un hombre la abordó desde su derecha.

—Perdón, señorita.

Ella se volvió, sorprendida, pues no había advertido a nadie cuando salió del taxi. La sorpresa se convirtió en alarma. ¿Y si habían descubierto dónde vivía? Ben dijo que era fácil. Quizá la estaban esperando.

Pero el hombre, un asiático delgado que llevaba gafas de sol y un polar verde, mantenía una respetuosa distancia.

—Quiero ir a San José, y no sé si es mejor tomar la 101 o la 208.

Ella instintivamente, empezó a considerar las distintas opciones, a imaginar posibilidades.

—Bien —empezó a decir—, depende de a qué parte de San José vaya.

De pronto algo le pareció incongruente. ¿Por qué alguien que iba a pie hacía una pregunta semejante?

Porque de esta forma tu mente estará ocupada momentáneamente. Y no te fijarás en…

Notó un pinchazo en el cuello y se llevó una mano atrás. Lanzó un grito. Tenía algo pegado al cuello. Trató de volverse, pero unas manos fuertes la sujetaron por los hombros. Ella forcejeó, pero el mundo empezó a moverse. Oyó procedente de algún punto que se abría una puerta corredera… ¿de una furgoneta? Y lo último que vio antes de que todo se enturbiara fue al hombre de las gafas de sol y el polar verde que se abalanzaba rápida y resueltamente sobre ella.