El Corcel
Capítulo 9, 1978
1978
No fue fácil para la familia Hardeman decidir si era oportuno celebrar los cien años de Loren Hardeman Primero, Número Uno. Estaba muy débil y era evidente que poco a poco se estaba hundiendo en su sueño eterno. Pero todavía era capaz de enfadarse y podía descargarla contra cualquiera que en su opinión no hubiese sido lo suficientemente deferente con él o que no le demostrase el debido interés en su centenario.
Roberta tomó una decisión: celebrarían el aniversario en una cena íntima a la que solo la familia más próxima sería invitada: Loren y ella, la princesa Anne Alekhine, Betsy y su hijo Loren Van Ludwige. La princesa Anne no se dignó responder a la invitación, pero Betsy voló desde Londres sin el pequeño Loren, que tenía el sarampión. El grupo familiar que aquella tarde se reunió alrededor de la mesa estaba compuesto por Número Uno, Número Tres, Roberta y Betsy.
El anciano se sentó a la mesa vistiendo un serio traje gris, camisa blanca y una corbata a rayas rojas y azules, con un sombrero de panamá cubriendo su cabeza. Betsy, que hacía poco había estado jugando al tenis, continuaba de blanco. Roberta vestía sus pantalones favoritos de punto con estribos, de color crema, y un top de lamé de manga larga. Loren, como era habitual, estaba fuera de lugar dentro de una chaqueta azul cruzada y unos pantalones de algodón blancos.
Bethlehem Motors había enviado una nota a la prensa informando de que Loren Hardeman Primero, el fundador de la compañía, cumpliría cien años el próximo martes. Cerca de la mesa habían colocado dos grandes cestas, llenas a rebosar, con telegramas y cartas de felicitación. Número Uno se encogió de hombros al verlas y no demostró el menor interés por su contenido.
Loren le leyó una. Era de la Casa Blanca, de Jimmy y Rosalyn Carter, y Número Uno la escuchó cabeceando atentamente pero cuando Loren le quiso enseñar la tarjeta grabada agitó la mano impacientemente y la rechazó diciendo:
—¡Cacahuetes!
No permitió que Loren le leyera otros telegramas de los grandes de la industria del automóvil.
—Frases vacías —murmuró—, por cumplido. He enterrado a sus abuelos.
Bebió su whisky canadiense como en los viejos tiempos.
—¿Qué diferencia hay? ¿No habéis preparado una cena especial? —preguntó.
La cena de cumpleaños había sido preparada por una empresa de catering. Seguía una dieta tan estricta que no tenía cocinero desde hacía años; solo comía las papillas que su enfermera le preparaba. Esta noche, sin embargo, como plato especial tenía corazones de palmito y palometas con vino del Rin bien frío.
Cuando terminaron de cenar y retiraron los platos se sirvió el brandy y fue entonces cuando Número Uno pidió con un gesto de la mano que retiraran la botella, exigiendo la atención de los presentes.
—Hay algo que quiero decir —les comunicó. Empujó hacia atrás su silla de ruedas y miró a su alrededor dejando que sus ojos se posaran brevemente en cada miembro de la familia—. Creo que fue Maurice Chevalier quien dijo que solo hay una cosa peor que ser viejo, y es la alternativa. Si alguno de vosotros tiene la ambición de vivir hasta mi edad, no se lo aconsejo. No merece la pena.
»Loren, ese coche que Perino está construyendo es una auténtica mierda. Tiene el aspecto de una caja de zapatos. Igual que el primer Ford. Quizá funcione bien, todo lo que leo acerca de él alaba esos motores japoneses, pero no se venderá porque no tiene un diseño moderno. Recuerda esto: hoy en día no se puede comprar un Studebaker o un Packard o un Hudson, pero se puede comprar un Sundancer. Y eso es así porque siempre he sabido mantener a todos los listillos bien sujetos por la correa. Yo ya estaba construyendo coches antes de que la familia Perino existiera.
»Roberta, asegúrate de que Loren se mantenga erguido y no se deje avasallar. Ya sé que mantienes otras partes de su anatomía bien tiesas, pero ahora me estoy refiriendo a su espinazo.
»Betsy, también tengo algo que decirte a ti, pero en privado. Concédele cinco minutos a la enfermera para que pueda meterme en la cama y entonces sube a verme. Quiero hablar contigo.
Loren miró a la enfermera llevarse a Número Uno en su silla de ruedas y después se dirigió a Betsy:
—Te va a echar una buena bronca.
Betsy dio un trago a su copa.
—Quizá no sea eso.
Número Uno estaba en la cama recostado contra cuatro almohadas, vestido con un pijama de franela a rayas azules y blancas. Betsy podía ver ahora por qué siempre llevaba un sombrero de panamá. Solo le quedaba una corona de cabello raída alrededor de un cráneo afeado con manchas hepáticas que le hacían parecer mucho más frágil y viejo.
Con su falda corta de tenis y sus zapatos blancos, Betsy estaba fuera de lugar en el dormitorio de un anciano obviamente a las puertas de la muerte, pero cuadró sus hombros, respiró profundamente y se puso en jarras delante de él.
Número Uno señaló en dirección a un aparato de vídeo al lado de la televisión.
—¿Crees que sabrás encenderlo?
Betsy se acercó a la máquina e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Muy bien. Saca ese diccionario de aquel estante.
Eso hizo y descubrió detrás del libro una cinta de vídeo.
—Ponla.
Apareció la imagen de una cama vacía mientras se escuchaban unas voces fuera del encuadre.
—Maldita sea, no debías haber venido. Sabes que no debías haber venido. —Era la voz de Angelo.
—¿Por qué no? Ese viejo pellejo está roncando, mi padre está durmiendo la mona y Roberta duerme también. ¡Te deseo! No sabes cuánto. —Era su voz.
Ahora entraron los dos en cuadro, ella quitándose urgentemente la ropa. La iluminación era mortecina y el enfoque no muy claro, pero nadie podía dudar de la identidad de los protagonistas ni de lo que hacían. Ella se tiró sobre la cama y se abrió de piernas. Angelo se bajó los calzoncillos y, sin quitarse la camiseta, la montó.
—Hace cuatro años de esto. He mirado la cinta muchas veces —murmuró Número Uno—. Eres una auténtica puta, Betsy. Me hubiera gustado conocerte hace cincuenta años.
—¿Era Sally mejor que yo? —preguntó.
—Tu abuela Sally era una señora.
—Ya, y tú todo un caballero —completó ella con sarcasmo.
El anciano sacudió la cabeza con disgusto.
—¡Con ese Angelo Perino! —bufó.
—Tú y yo hacemos una pareja perfecta —susurró roncamente Betsy en el vídeo, dando un trago a su brandy y pasándole después la copa a Perino—. Pero tiene que haber algo más que todo esto. Algo más que deslizarme de noche por toda la casa como una ladrona para meterme en tu cama. ¡Por el amor de Dios, Angelo! ¡Abandónala! Pásale una buena pensión y vente a vivir conmigo.
—Lo mejor está todavía por llegar —interrumpió Número Uno.
Y así era. Después de un minuto o dos de urgentes murmullos, Angelo se puso a cuatro patas ofreciendo su culo a Betsy, que hundió su cara entre sus nalgas, y aunque la cámara solo podía ver la parte posterior de su cabeza era evidente que su lengua estaba explorando su ano tan profundamente como le era posible. Sus gruñidos no dejaban lugar a dudas de lo que estaba sucediendo.
—Ya puedes apagarlo. Esa era la parte más interesante. Me hubiera gustado conocer una zorra de tu calaña hace cuarenta años. Nadie me ha hecho nunca algo parecido.
—No me lo puedo creer.
—¿Te gustaría ver a tu padre con Roberta? —le preguntó Número Uno—. ¿Te gustaría ver cómo le pone morado el culo con el cinturón? Se lo llena de señales. ¿Quieres oírle decir cómo le gusta y suplicar que le continúe pegando? ¿No pensarás que iba a permitir que la gente intrigara, conspirara, follara y chupara culos en mi casa sin grabarlo? ¡Ese no soy yo! ¿Cómo coño crees que he llegado a vivir cien años y he logrado joder a cualquier hijo de puta que…?
—Iba a llamarte viejo diabólico —dijo Betsy—, pero ya eras maligno antes de que fueras un anciano. ¿Cuándo te convertiste en un auténtico demonio, abuelo? ¿Cuándo te tiraste a la mujer de tu hijo y engendraste a Anne? ¿O ya eras así desde siempre?
—He tenido una buena descendencia, ¿no es verdad? Mi hijo era un maricón y acabó suicidándose. Mi nieto… bueno, todavía tengo esperanzas: es retorcido y sabe odiar.
—¿Para qué me lo has enseñado? —preguntó señalando con la cabeza el vídeo.
—Lo utilizaré contra ti si intentas impugnar el nuevo testamento que están redactando mis abogados y que pienso firmar este fin de semana. Has estado hablando de tu hijo como Número Cuatro, ¡pues sigue soñando, puta de tres al cuarto! Tu hijo nunca tendrá nada que ver con Bethlehem Motors. Lo estoy dejando todo a mi fundación. Tú y Anne seréis miembros del consejo pero no tendréis los votos necesarios para imponeros a Loren y al resto de sus consejeros.
—Tendrás que enfrentarte con Roberta.
—He hecho un trato con ella. He adoptado las disposiciones necesarias para que se coloque una buena cantidad de dinero a su nombre, y me estoy librando de ella. Manipula a Loren como si fuera un titiritero y él su títere. Lo va a convencer de que es necesario que tenga un heredero que ella no puede darle. Buscará una chica apropiada y se divorciará de él para que pueda casarse y dejarla embarazada. Entonces sí que tendremos el auténtico Loren Cuarto, ¡un verdadero Hardeman! Cuando cumpla con su parte la fundación le pagará a Roberta la cantidad acordada.
—Lo tienes todo bien planeado, ¡eh!, montón de mierda.
Número Uno hizo una mueca irónica.
—Me he fijado que hace cuatro años le suplicaste a Angelo que dejara a su mujer y se fuera contigo, pero mira por dónde desde entonces ha tenido dos hijos más con ella.
—Has pensado en todo, ¿verdad?
—Creo que sí. Los abogados me traerán los documentos este fin de semana.
—Has pasado algo por alto, abuelo —contestó Betsy.
—¿Sí? ¿Qué?
—A mí —contestó.
Y cogiendo una de las almohadas donde se recostaba se la aplastó contra la cara ahogándolo. Intentó resistirse pero era un viejo de cien años y ella tenía veintiséis y estaba en suficiente buena forma como para haber jugado esa misma tarde tres sets seguidos de tenis sin cansarse.
Algo oportuno sucedió, al menos para ella. Sintió cómo se ponía rígido y pensó que le estaba dando un infarto. Quizá no moriría ahogado a causa de la almohada. Quizá… De todas maneras continuó presionando la almohada sobre su cara durante cinco minutos más. Cuando finalmente la apartó se estaba poniendo azulado y sus ojos vacíos miraban el techo. Quiso asegurarse de que realmente estaba muerto y se sentó a su lado otros diez minutos asfixiándolo suavemente con la almohada para no dejar marcas en su cara.
Después sacó la cinta de vídeo de la máquina limpiándola para borrar todas sus huellas de los controles.
Él no había podido filmar ese vídeo personalmente; alguien de la casa o de fuera lo había hecho. No sería bueno que la policía descubriera que la única cinta que faltaba era la suya con Angelo. Buscó detrás de los libros y, tal como esperaba, encontró unos doce vídeos más. Le hubiera gustado ver el vídeo de Roberta zurrando el culo de su padre pero no podía quedarse allí mirando las cintas y tampoco podía arriesgarse a guardarlas.
Salió al balcón del dormitorio de Número Uno. La casa estaba silenciosa y casi totalmente a oscuras. Se quedó unos momentos atenta para ver si había alguien allí fuera y al no detectar a nadie lanzó todas las cintas al césped.
Unos minutos después estaba en el jardín recogiéndolas. Se dirigió hacia la orilla de la playa, pero se detuvo en un momento de inspiración para quitarse el traje de tenis y las bragas y caminó por la arena totalmente desnuda abrazada a las cintas de vídeo. En caso de que alguien la viese y se preguntara por qué se movía tan furtivamente siempre podría poner la excusa de que había decidido dar un paseo desnuda por la playa.
Si no podía encontrar los restos de una fogata dejada por los pescadores, sacaría las cintas de sus carcasas, las rompería en trozos y las arrojaría al mar.
Pero a menos de cien metros encontró lo que esperaba encontrar: los tizones todavía encendidos de una hoguera y cerca de la línea de la marea encontró restos de madera y hojas de palmera. Recogió un poco de combustible y, manteniendo un fuego bajo, sacó las cintas de sus carcasas, la suya la primera, y las depositó sobre las brasas. Quemaron con rapidez, pero con más llama de lo que le hubiese gustado. Cuando todas las cintas estuvieron quemadas, dejó que el fuego derritiera las carcasas. Cubrió los restos fundidos con arena para que se enfriaran y unos minutos después entró en el mar y los arrojó tan lejos como pudo. Solo entonces salió del agua y volvió a la casa.
Ningún grito turbó la noche. A la mañana siguiente, cuando bajó y se dirigía a la terraza, Roberta la paró y le comunicó la muerte de Número Uno mientras dormía a causa de un infarto.
—Bueno, cumplió con su deseo de llegar a los cien años —fue el comentario de Betsy. No tenía nada más que decir.
Eran las doce cuando terminaron todas las formalidades legales, pero la noticia se había propagado ya por todas las agencias de prensa.
Llegó un telegrama de Nueva York:
Ha sido un doloroso golpe enterarme de la muerte de Loren Hardeman y quisiera expresar mis
condolencias a todos los miembros de la familia y a sus muchos amigos entre los que me honro
considerarme. Era un gigante de la industria del automóvil y su pérdida dejará un vacío difícil de
llenar.
Angelo Perino