El Corcel
Capítulo 13, 1979
trece
1979
Los desnudos del joven Greg que pintó Amanda causaron sensación en el mundo artístico y consolidaron su reputación como nuevo talento del realismo, cotizándose entre 20 000 y 27 000 dólares. El cuarto cuadro de la serie se lo regaló a Cindy y estuvo expuesto en la galería VKP una buena temporada antes de que se lo llevara a casa.
Los padres del chico se negaron a dejarle posar si no le aumentaban sus honorarios. Argüían que la reproducción de los retratos en revistas y catálogos le había creado una situación muy embarazosa con sus compañeros de colegio y proponían que lo correcto era fijar un porcentaje sobre el precio de venta de cualquier futuro cuadro. Amanda se limitó a encogerse de hombros y les contestó que no volvería a precisar más de los servicios de Greg como modelo.
Sus cuadros de flores no se vendieron tan bien: estaba establecida como retratista de desnudos en los que desplegaba una precisión casi fotográfica y los que se apartaban de la representación humana no eran bien recibidos. Un crítico escribió: «Ninguno de los grandes fotógrafos —Wetson, Steichen, Outerbridge— ha conseguido capturar con tanto éxito las sutilezas del alma humana como lo ha hecho la señorita Finch, una de las herederas con más talento de una de las tradiciones más antiguas del arte pictórico.»
Su carrera tomó un sesgo inusitado cuando Abraham y Corsica Alambert, dos agentes de bolsa de Wall Street, le encargaron un retrato de ambos, cogidos de la mano, desnudos y mirándose a los ojos. Amanda introdujo un dinamismo especial en el retrato haciendo que el marido estuviera sobre una plataforma y se inclinara, alargando la mano, para ayudar a subir a su mujer. La pareja quería un recuerdo de sus primeros años de su matrimonio celebrado en la edad madura y estaban dispuestos a pagar 50.000 dólares por ese capricho.
Ese cuadro todavía se encontraba en un caballete en el estudio cuando Dietz von Keyserling comenzó a posar para Amanda. En su retrato Dietz leía un libro, tumbado sobre un colchón cubierto por una manta azul. Planeaba exhibirlo en un lugar destacado de su galería, pero sin ponerlo a la venta.
Dietz y Amanda se convirtieron en amantes. Ella no fue capaz de verlo desnudo hora tras hora sin sentirse atraída, y por su parte, los autorretratos de ella habían suscitado un interés similar en él. Estaba sobreentendido que su affaire era simplemente una cuestión física y que no implicaba otro tipo de compromiso. De hecho, si con alguien se sentía comprometido era con Cindy, pero no podía estar con ella muy a menudo y no era el tipo de hombre que podía pasarse mucho tiempo sin hacer el amor.
Amanda era una mujer joven de escasa experiencia que se contentaba con tumbarse de espaldas, abrir sus piernas y recibirlo, sacando todo el placer que podía de un acto que no acababa de satisfacerla plenamente. Cindy la satisfacía mucho más, su lengua era mucho más sutil y más dúctil. Pero lo que Amanda realmente deseaba era poder tenerlos a ambos al mismo tiempo. Y una tarde de julio lo consiguió.
Tímidamente se lo propuso a Cindy en la cocina. Dietz estaba tumbado, desnudo sobre la plataforma, leyendo el libro con el que estaba siendo retratado. De no ser así —había dicho—, las muchas horas posando que su realismo exigía le hubieran resultado insoportables.
Cindy sacudió la cabeza negándose.
—Nunca pensé que escucharía una proposición como esa —contestó.
—Espero no haberte ofendido.
—No…
Ella miró a través de la puerta abierta a Dietz. Amanda había pintado su pene tal como era, pequeño y sin circuncidar, y Cindy se preguntó si realmente iba a querer mostrar eso en público. Sabía que aumentaba cuando se empinaba, pero de todas maneras… Amanda la vio mirar a Dietz, y enfocó sus ojos ligeramente miopes en Cindy. Era una tarde calurosa, estaban en el invernadero que hacía las veces de estudio y Amanda solo llevaba un top con unos tejanos cortados manchados de pintura. Cindy se inclinó y besó a Amanda. Últimamente se habían comenzado a besar con la lengua.
Dietz levantó la vista en ese momento.
—Chicas —dijo con una sonrisa—, ¡no tenía ni idea!
—Eres tan observador como un marchante de arte —bromeó Cindy—. Se nota que no eres un artista.
—Si lo que a mí se me ha pasado por alto puede adivinarlo cualquiera que sea un artista —contestó—: tenéis un problema. Nunca se sabe quién puede serlo.
—Ya veo que de solo pensarlo estás teniendo una erección, Dietz —le dijo Cindy bromeando—. Te felicito. La necesitas. Amanda debería ponerte vídeos porno mientras posas para que…
—No seas puñetera, Cindy —contestó él—. Si lo que quieres es quejarte de que no doy la talla, lo has dejado para un poco tarde.
—Le había sugerido a Cindy que probáramos a hacer un trío —interrumpió Amanda.
—¿Cómo…?
—Utiliza tu imaginación, Dietz —contestó Cindy.
Y a continuación, Cindy, siguiendo los caprichos de su imaginación, que no la de él, se tumbó desnuda sobre el colchón cubierto por la manta mientras Amanda sentada sobre su cara recibía las atenciones de su lengua. Dietz mientras tanto la cabalgaba vigorosamente. Al cabo de un rato cambiaron posiciones y Amanda le dio su ración de lengua a Cindy mientras esta, a su vez, tomaba la miniatura de Dietz en la boca.
Para su sorpresa, la experiencia no fue muy satisfactoria para Cindy. Su placer fue escaso y por primera vez se avergonzó de algo que había hecho. Decidió reservar todo su fuego sexual para Angelo. Tres meses más tarde se dio cuenta de que estaba embarazada de su cuarto hijo.
Cuando Keijo Shigeto hacía un gesto de afirmación con la cabeza, frecuentemente lo iniciaba desde la cintura y, a menudo, Angelo lo confundía con una reverencia. Por mucho que lo intentara todavía no había logrado dominar todos los matices de la etiqueta japonesa.
—Todavía no te he contado —le dijo un día Keijo— que mi abuelo fue general de brigada del ejército japonés. Sirvió durante la toma de Singapur y más tarde en Burma. Sobrevivió a la guerra y no fue acusado de ningún crimen de guerra. Nunca habló mucho conmigo, solo era un simple nieto, pero en una ocasión me dijo algo que siempre recordaré: «Sé siempre discreto, ser discreto es importantísimo.»
—Te entiendo perfectamente —contestó Angelo secamente.
Con ese comentario sabía lo que Keijo le estaba dando a entender de una manera oblicua: que no debía preocuparse de su encuentro fortuito la otra noche en un restaurante. Keijo había pasado cerca de la mesa de Angelo y Betsy sin mostrar la menor señal de haberlos visto. Angelo había estado seguro de que Keijo no solo lo había reconocido, sino que, con toda seguridad, había adivinado la identidad de su joven acompañante.
Betsy tenía la habilidad de averiguar adonde viajaba y cuándo. De tal modo llegó a controlarlo que se preguntaba si no habría sobornado a su agente de viajes o si no tendría comprados a algunos de los encargados de las reservas en las compañías aéreas que utilizaba normalmente. Nunca podía estar seguro de cuándo aparecería o cuándo llamaría a la puerta de su habitación en cualquier hotel, especialmente cuando se encontraba en Tokio.
—Me gustaría enseñarte un cuestionario, creo que así es como lo llamáis, que nos ha enviado una compañía de auditores que trabaja para XB Motors. —Keijo empujó en su dirección un mazo de cuarenta páginas de preguntas, que cubrían diferentes aspectos de la situación financiera de Shizoka Motors—. Tardaríamos un montón de tiempo en reunir toda la información que se nos pide y alguna es incluso confidencial.
Angelo dio un rápido vistazo al cuestionario. Sacudió la cabeza con una sonrisa y se lo devolvió a Keijo.
—Contéstales que toda la información que estáis dispuestos a dar es la que consta en los estados de cuentas que publicáis y de los que disponen.
—Podría preparar algunos informes y…
—Deja que se las arreglen solos —contestó Angelo—, que hagan su trabajo. Malditos contables. Me ponen enfermo.
—También he recibido una llamada del señor Beacon. Quiere un informe detallado de todas las modificaciones que se han realizado en el sistema de transmisión.
Angelo punzó la mesa con su índice.
—¡No! —dijo—. Cuando vea a Peter Beacon le diré que cualquier información que quiera sobre el Corcel tiene que pedírmela a mí primero y que deje de importunar con sus peticiones a nuestros socios japoneses. No le hagáis caso. Si te vuelve a llamar dile que hable conmigo, o mejor aún, ignora sus llamadas. Tengo que verlo la próxima semana y le diré que se ocupe de sus asuntos.
—Me dijo que llamaba de parte del señor Hardeman.
—¡Como si habla en nombre de Dios Padre! Dile que se vaya a hacer puñetas. ¿Sabes lo que quiere decir esa expresión?
Por primera vez vio a su colega japonés, tan competente y seguro de sí mismo, sentirse incómodo.
—Sí, lo sé —contestó con una risita.
—Bueno, probablemente no querrás utilizarla, pero seguro que tenéis otra igual de buena en vuestro idioma. Utilízala.
La oficina de Keijo era muy parecida a la de Angelo en Nueva York aunque no tan grande. Estaba en un edificio cercano a la planta de Shizoka Motors. La oficina estaba sobriamente amueblada y muy ordenada. Cualquier papel que no se necesitaba inmediatamente era archivado en algún lugar. Jóvenes secretarias corrían solícitas de aquí para allá trayendo y llevando los archivos. Los únicos detalles personales que había en la oficina eran una fotografía de la familia de Keijo y un vaso de flores, que en esta época del año eran crisantemos.
—De haber informado de algo al señor Beacon —dijo Keijo— hubiera sido que todas las modificaciones se están llevando a cabo según el presupuesto y el cronograma, excepto una cosa: el coste por unidad va a salir aproximadamente 125 dólares más caro de lo que habíamos calculado inicialmente.
Angelo sacudió la cabeza.
—Eso podría suponer perder nuestro mercado —contestó—. Tenemos que poder competir. Tienes que rebajarlo. Puedo aceptar cincuenta dólares extras. Esos ciento veinticinco dólares de sobrecoste pueden suponer la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Otra vez Keijo hizo el gesto afirmativo con la cabeza que podía confundirse con una reverencia.
—¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Será capaz tu compañía de cumplir con su presupuesto de costes?
—Buena pregunta —contestó Angelo—. Me estoy rompiendo la cabeza contra esa pared. Me paso los días luchando contra una demanda incesante de más informes y proyecciones de gasto que solo hace perder el tiempo a mi equipo. Esa forma tan americana de hacer las cosas es una auténtica maldición. Los malditos contables insisten en saber cuánto costará esto y aquello en 1982, cuando no tengo ni idea de lo que va a costar en 1980.
—Eso es producto de la inseguridad —dijo Keijo—. Las personas timoratas necesitan saber cómo serán las cosas el año que viene y el año después, cuando todo lo que deberían hacer es concentrarse en el presente.
—Esa es la batalla que estoy librando —contestó Angelo—. Tú, por tu parte, procura rebajar todo lo que puedas esos ciento veinticinco dólares.
—Haremos todo lo que podamos.
—Enviaremos un prototipo del chasis y de la carrocería a Japón el próximo mes. Está hecho a mano. Lo embarcaré en un 747 de carga en vuelo Detroit-Tokio. Volveré por aquí para ver la instalación del motor. ¿Lo tienes ya listo?
—Estará listo cuando llegue el momento.
—Primero lo probaremos tú y yo en la pista de pruebas… siempre que podamos montarlo sin problemas.
—No habrá ningún problema de acoplamiento.
—Lo sé. Bueno… creo que ayer noche me viste en el restaurante y que también viste a la chica con la que estaba. Sabes quién es, ¿no es así?
—No tengo necesidad de saberlo.
Me imagino que no, pero creo que lo sabes. Si yo te viera con una mujer en Estados Unidos, sabría quién era o intentaría saberlo. Son los negocios. Pero podrías confiar en que no diría nada; yo también confío en ti. Somos amigos.
Keijo cabeceó afirmativamente.
—Somos amigos.
—¿Te hizo algún comentario?
—Sí, pero solo para asegurarme de que no necesitaba preocuparme sobre su discreción.
—A pesar de ser un cabrón tan listo a veces eres increíblemente inocente.
—Confío en esa persona —contestó Angelo sencillamente.
—No me refiero a eso. Estoy hablando de mi padre. Parece que crees que se ha dado por vencido y se ha ido a la playa a tumbarse al sol. Te está vigilando, esperando el momento en que te hagas la picha un lío.
—En eso tiene él gran experiencia, no yo.
—¿No? Hace siete años bien que lo hiciste. Número Uno te engañó y tú lo creíste. Sacrificaste todo para conseguir lo que te dijo que quería y cuando se lo estabas entregando aprovechó para cortarte los brazos por el codo. Mi padre no está en la misma división que mi abuelo, pero no olvides que es un Hardeman.
—Pienso arrebatarle el control de esa maldita compañía, Betsy —dijo Angelo escuetamente.
—Y yo te ayudaré —contestó ella—, pero no confíes en mi padre, y más importante aún, no te fíes de Roberta. Mi padre preferiría hundir la compañía antes de dejar que se la arrebates. Pero lo que realmente desea es destruirte.
Encargaron la cena al servicio de habitaciones. El plato más caro que se sirve en Japón: carne. No era sorprendente que fuera tan cara, pensó Angelo, el ganado debía de ser alimentado con leche o algo parecido porque la carne era especialmente tierna y jugosa. La mantequilla en el puré de patatas tenía un sabor parecido a la mantequilla inglesa debido a que su contenido graso, más elevado que en la americana, le daba mayor sabor. El vino australiano era excelente. Finalizaron con un brandy, mientras el café burbujeaba esperándoles en una enorme cafetera eléctrica.
Betsy estaba como le gustaba estar con él; desnuda excepto por unos pantis sin entrepierna blancos y un minúsculo tanga de color azul.
Al día siguiente iban a pasar la noche en el campo, en una posada que Keijo le había recomendado, donde vivirían según el modo japonés: bañándose en un baño común, comiendo exquisiteces y durmiendo en un cuarto con solo un delgado tabique de bambú separándolos del resto de sus vecinos de hospedaje.
Pero esta noche…
—¿Me darás una respuesta directa a una pregunta directa? —preguntó Betsy.
—Por supuesto.
—¿Te has tirado a Roberta?
Él frunció el entrecejo y cabeceó negativamente.
—¿Estás bromeando?
Ella le cogió la mano.
—Número Uno tenía cámaras de vídeo escondidas en los dormitorios de invitados de su casa de Palm Beach y grabó todas las idas y venidas que tuvieron lugar en esos cuartos. La noche en que murió cogí todas esas cintas y me las llevé a la playa para quemarlas en los restos de una fogata que había dejado un pescador y después lancé los restos carbonizados al mar. En una de esas cintas aparecíamos tú y yo.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Cómo va ser? ¿O es que no sabes lo maligno que podía ser ese anciano? Me enseñó la cinta de nosotros dos.
—¿Y?
—Quizá volver a mirar la cinta, conmigo presente, le causó un infarto; eso si no fue que Dios, por fin, se decidió a hacer justicia.
—¿Estás segura de que cogiste todas las cintas?
—Todas las que estaban en la habitación. Dudo que hubiera otras.
—¿Qué tiene que ver eso con Roberta? Eso fue el tema inicial de…
—Angelo, no tuve tiempo de revisar su colección, pero, si había una cinta de Roberta contigo, estoy segura de que se la enseñó a mi padre. Hubiera sido típico de él hacer eso, para poder implantar en Loren un odio profundo hacia ti. ¡Angelo, ese anciano era peor que el diablo!
—No podía haber ninguna grabación de Roberta conmigo —contestó Angelo.
—Está bien. Roberta tiene la misma mentalidad que mi abuelo. Si alguna vez lo has hecho con ella, pregúntate si no lo ha grabado. Esa mujer es capaz de…
—No conozco mucho a Roberta —contestó Angelo— y no tengo el menor deseo de conocerla más.
—Otra cosa que me preocupa —continuó Betsy— es que Número Uno no pudo haber hecho esas grabaciones él solo. Me pregunto quién lo hizo y cuándo tendremos noticias suyas. Me parece que vamos a sufrir un chantaje en el futuro, mi amor.
—Solamente hay dos maneras de tratar con un chantajista. Pagarle o acabar con él.
—Angelo…
—Si alguien se pone en contacto contigo para hacerte chantaje, avísame.
—Te he traído algo —dijo Betsy un poco más tarde—. Mientras tú estabas haciendo negocios yo me he dedicado a pasear y explorar la ciudad.
Él ya había notado un pequeño paquete que había dejado sobre la mesita de café y esperaba que en algún momento se decidiera a abrirlo. Se lo dio para que él lo hiciera y le quitó el papel descubriendo una pequeña caja de madera con una tapa que se abría deslizándola. Dentro de la caja, forrada de seda rosa, había tres correas de cuero con hebillas, una docena de anillos de goma, e instrucciones en japonés, inglés, alemán y francés. «EL MUNDIALMENTE FAMOSO ARNÉS ÁRABE PARA MONTAR A SU AMADA DE UNA MANERA MÁS PLACENTERA».
Betsy le ayudó con las instrucciones. El arnés era de cuero blando con unas tiras de dos centímetros de ancho que se ajustaban con hebillas de acero. Betsy leyó las instrucciones y no pudo contener la risa, pero no se perdió detalle mientras él se lo colocaba. Se quitó sus calzoncillos y procedió a pasar primero la correa más larga a través de los bucles de las otras dos correas más cortas, para después pasarla bajo su escroto y sobre la raíz de su erección apretando luego la correa.
—Me excita la manera en que aprieta tus pelotas —dijo Betsy—, ya me está gustando y todavía no hemos empezado.
Los anillos venían en tres tamaños diferentes. Angelo se deslizó dentro de uno de tamaño medio y estiró el anillo para poder pasarlo por encima de las dos correas más cortas a cada lado. Finalmente las instrucciones decían que debía apretar las correas más cortas con las hebillas. Su pene, que ya estaba erecto, se puso aún más duro y grande. Saludaba a Betsy derecho como un poste, rojo de excitación.
—¿Te duele? —preguntó Betsy.
Angelo rio.
—No, en absoluto.
—Las instrucciones dicen que si no te la aprietas demasiado puedes andar con eso puesto todo el día presumiendo de paquete.
—Como una mujer con el sostén —bromeó él.
—Ponte los calzoncillos, quiero ver cómo te queda.
—No estoy seguro de caber en ellos.
Lo intentó con éxito llenando sus calzoncillos con un bulto de gran tonelaje. Se dirigió al espejo y se echó un vistazo. Se quitó los calzoncillos y volvió a mirarse.
Betsy señaló a su extraordinaria erección.
—Quiero eso —dijo mientras se bajaba las bragas.
Emitió un quejido cuando él la penetró, pero dos minutos más tarde estaba gimiendo y contorsionándose de placer. El arnés le causó una eyaculación prematura, pero lo mantuvo erecto y él continuó en la brecha sin retirarse hasta que se hubo corrido tres veces y ella, a su vez, le correspondió con otros tantos orgasmos.
Betsy se apresuró al cuarto de baño para lavarse. Cuando volvió se sirvió dos whiskies.
—¿Te ha gustado el regalo? —preguntó mimosa.
Angelo sonrió.
—Ha sido el mejor que he tenido nunca.
—Déjame que te ayude a quitártelo. No quiero que te hagas daño. —Abrió las hebillas y soltó las correas—. Es tu regalo —dijo—, pero se queda conmigo. No quiero que lo uses con otra mujer.
Él la besó.
—Y yo no quiero que se lo pongas a otro hombre.
—No conozco a otro hombre que esté dispuesto a usarlo —contestó— y quizá tú tampoco conozcas a otra mujer que esté dispuesta a tomarte con eso puesto. Nosotros dos estamos hechos un buen par, Angelo, siempre te lo he dicho.