El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 42 de 45

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El Corcel

Capítulo 37, 1993

treinta y siete

1993

 

En agosto, Angelo redobló las medidas de seguridad en torno a la pista de pruebas de XB Motors, consiguiendo encolerizar a Loren y a Beacon al prohibirles el acceso al circuito excepto si él estaba presente. Los invitó a ver las pruebas del 000 pero no dejó que se acercaran a hablar con la gente de su equipo. Todos eran ingenieros jóvenes con una intensa lealtad personal a Angelo, y a ninguno le importaba mucho XB Motors. Tenían claro que si el 000 fracasaba se quedarían sin trabajo, pero también sabían que cualquier persona que hubiese trabajando en el proyecto del coche eléctrico de Angelo Perino encontraría trabajo fácilmente.

El coche de pruebas continuaba utilizando un chasis del Corcel porque era fácil añadir la carrocería de resina del Gran Corcel para conseguir, aproximadamente, el mismo peso que tendría el prototipo definitivo del 000. Cindy fue a Michigan exclusivamente para probarlo y, más adelante, aprovechando un viaje de Betsy a una reunión del consejo, Angelo también la llevó para que condujera el coche.

—Es fantástico —dijo Betsy alborozada—, maldita sea, es un coche terriblemente excitante.

Cindy fue más analítica.

—No me siento del todo cómoda con los frenos —le dijo a Angelo—, es como si apretaras un botón; hace lo que se supone que debe hacer, pero el conductor no siente ninguna resistencia cuando aprieta el freno.

—Estamos trabajando en eso —contestó Angelo—. Lo que sucede cuando aprietas el freno a fondo, es que el pedal comprime un muelle que cierra una serie de interruptores que regulan progresivamente la intensidad de la frenada, pero entiendo que uno no se sienta del todo cómodo si no nota una resistencia que le oriente. Vamos a hacer que el ordenador simule esa resistencia. Los conductores del futuro no necesitarán esa presión en el freno, pero los conductores actuales no se encuentran cómodos si no la notan. Es solo uno de los diez mil pequeños problemas que tenemos que resolver.

—La cuestión principal es cuántos kilómetros se pueden recorrer antes de recargar las baterías.

—En su versión actual, se pueden recorrer los 400 km que separan Washington de Nueva York sin necesidad de una recarga.

Cindy sonrió divertida.

—Para entonces uno ha tenido que parar ya, para poder ir al lavabo.

 

El desnudo del profesor Carpenter fue exhibido con cierta publicidad en la galería VKP. Quién era su propietario no importaba lo más mínimo; simplemente no estaba a la venta. Al poco tiempo alguien lo reconoció y el rumor corrió por el mundillo del arte: nada menos que un catedrático podía ser admirado en todo su esplendor y detalle con el realismo característico de la obra de Finch y los visitantes comenzaron a llover en la galería con el único objeto de poder contemplar el Finch de Carpenter. Si hubiese estado a la venta, ninguno de esos visitantes tenía suficiente dinero para comprarlo, solo venían por el morbo y se quedaban contemplándolo boquiabiertos. Muchos de los académicos y críticos se escandalizaron, y Cindy descubrió, para su sorpresa, que eran bastante estrechos de miras.

Carpenter desapareció durante varias semanas. Le estaban arreglando la nariz en el hospital de Yale, en New Haven. Angelo le estaba pagando la operación con la condición de que Carpenter continuara telefoneando a Loren y a Roberta endilgándoles la desinformación que le proporcionaba Angelo.

 

Durante dos semanas, en septiembre, la audiencia del distrito de Michigan escuchó el caso de la Fundación Hardeman y evaluó los argumentos de si era conveniente o no que diversificara su cartera de inversiones. El fiscal general defendió la tesis de que la fundación y las entidades benéficas a las que financiaba corrían un riesgo considerable al tener invertido todo su capital en las acciones de una sola compañía, que, además, era una empresa familiar con escasos accionistas externos. El sesenta por ciento estaba concentrado exclusivamente en manos de cinco miembros de la familia Hardeman: el señor y la señora Hardeman, Elizabeth Hardeman, vizcondesa de Neville, Anne Elizabeth Hardeman, la princesa Alekhine, y Alicia Hardeman. El predominio de la familia Hardeman en el accionariado de la compañía aumentaba el riesgo de la inversión. Además, había otro factor de riesgo añadido, la empresa se había embarcado en el desarrollo de un vehículo experimental, y nada garantizaba que no pudiera ser un fracaso.

Angelo Perino, presidente de XB Motors, declaró como testigo el miércoles de la segunda semana.

—¿Es usted uno de los accionistas de la compañía, señor Perino?

—Sí lo soy.

—¿Qué porcentaje de acciones de la compañía posee?

—El dos por ciento.

—¿Qué porcentaje de su fortuna personal representa eso, señor Perino?

—No estoy seguro. Posiblemente un diez por ciento.

—Así que si la compañía va a la quiebra, eso no le arruinaría.

—Así es.

—Durante los años que ha tenido relaciones con la empresa, ¿cuántos coches radicalmente nuevos se han fabricado?

—Depende de la definición del término radicalmente nuevo. Yo diría que cuatro.

—¿Y cuáles son?

—El Corcel, el modelo que llamamos el Gran Corcel, el Corcel X y el coche en el que estamos trabajando en este momento, el 000, o Corcel E, es decir el Corcel Eléctrico.

—De esos cuatro coches, ¿cuántos diría que han sido un éxito?

—Solo uno. El Corcel. No pasó lo mismo con el Gran Corcel y el Corcel X. Lo que suceda con el 000 es algo que está por ver.

—Si el nuevo coche fracasa, ¿qué impacto tendría sobre la valoración de las acciones de XB Motors?

—El impacto sería muy negativo.

El viernes uno de octubre, el tribunal falló que la Fundación Hardeman debería reducir su inversión en XB Motors en un 75 por ciento, para proceder a invertir los fondos resultantes, de una forma diversificada, en la clase de acciones que la ley del Estado de Michigan tenía clasificadas como apropiadas para realizar inversiones de tipo fiduciario.

No había mercado para las acciones de XB Motors, siempre se habían negociado fuera de la Bolsa, entre los propios accionistas, por lo que un banco de Detroit y otro de Nueva York fueron contratados para crearlo.

Antes de que los tribunales ordenaran su venta, las únicas acciones que se podían comprar procedían de los herederos de antiguos empleados y se movían a niveles de entre 775 y 885 dólares por acción. Cuando los bancos completaron los preparativos para ofrecerlas al mercado, su cotización se movía entre los 550 y 600 dólares por acción. Para aumentar su cotización, y expresar públicamente su confianza, Angelo dio una orden de compra a 600 dólares y adquirió acciones por valor de 1 200 000 dólares, duplicando su paquete accionarial. Durante las dos semanas siguientes las acciones subieron hasta 675 y se comenzaron a vender poco a poco. A final de año, la cotización había llegado hasta 750 dólares. La participación de la Fundación Hardeman había bajado hasta el 14 por ciento, pero todavía era necesario vender otro 6 por ciento, para poder alcanzar el nivel exigido por el tribunal.

Realizadas todas las compra-ventas, se contabilizaron un total de 518 accionistas, uno de los cuales era Tom Mason con cien acciones. Otros veintiocho directores de concesionarios eran, asimismo, accionistas de XB Motors.

 

Las dos familias y sus huéspedes se repartieron entre las dos casas de Greenwich y los que no cabían se fueron al hotel Hyatt. La cena de Navidad se celebró en la casa de Perino, y estuvo preparada y servida por una empresa de catering que tuvo que montar seis mesas extra.

Angelo y Cindy recibieron a los invitados, él vestido de etiqueta y ella con un vestido blanco de cóctel, delante de un árbol de Navidad de seis metros.

Había acudido toda la muchachada. John, que tenía veinte años, hacía tiempo que había roto con Buffy Mead, y para esta ocasión había invitado a Deirdre Logan que tenía dieciocho años y estaba claramente deslumbrada con él. Anna y Van que nunca se separaban. Morris tenía dieciséis años y estaba empeñado en demostrar a todo el mundo que ya podía beber champán sin marearse. Valerie tenía catorce años y era tan bonita como Anna. Mary solo tenía diez y estaba un poco superada por toda la fiesta.

El vizconde y la vizcondesa de Neville vinieron desde Londres con todos sus hijos. Sally, la hija que Betsy tuvo con su psiquiatra, tenía doce años y era una tímida chica con gafas, delgada y frágil, que se movía con la delicadeza propia de la bailarina en la que aspiraba convertirse. John, el hijo que Betsy y Angelo habían tenido juntos, tenía ahora diez años y era un guapo mozo consciente de ello. Charlotte y George, los hijos de Neville y Betsy con siete y ocho años respectivamente, estaban empeñados en no irse a la cama antes de que terminara la fiesta. Van, junto a Sally y John, los otros hijos de Betsy, estaban alojados en su casa. Alicia vino acompañada por Bill Adams. Max Van Ludwige había venido desde Ámsterdam, acompañado de su mujer Gretchen. Amanda también había sido invitada, lo mismo que Marcus Lincicombe y Dietz von Keyserling. Keijo Shigeto y Toshiko y sus hijos también participaban en la celebración navideña. A Jenny Perino, esta vez no le fue posible viajar desde Florida para las Navidades. Cindy había invitado también a Loren y Roberta, pero se habían excusado. Y, cómo no, también fueron invitados la princesa Anne y el príncipe Igor Alekhine que enviaron sus regalos de Navidad, disculpándose por no poder asistir.

La fiesta era un enorme barullo y confusión para los niños, y también para alguno de los adultos.

—Pienso asistir a vuestra junta general de accionistas —le dijo Bill Adams a Angelo—. Compré unas cuantas acciones y también se las recomendé a varios inversionistas a los que represento que me han delegado sus votos. No tengo la menor duda de que conseguirás hacerte con el control de XB Motors.

—Todo lo que necesitas es un coche que sea un éxito y estoy seguro de que ya tienes uno.

—Sí, solo tengo un par de meses para resolver todos los pequeños flecos que todavía quedan.

No pudieron colocar todas las mesas en el mismo cuarto, y unos momentos antes de que todo el mundo empezara a correr de un lado para otro buscando la tarjeta que les indicara su lugar, Angelo y Cindy invitaron a sus huéspedes a pasar al cuarto de estar. Los camareros se aseguraron de que todo el mundo tuviera su copa de champán, incluso el niño más pequeño.

Angelo no golpeó ningún vaso para convocar la atención de los presentes, en esta ocasión prefirió utilizar un pequeño gong.

—Quiero pedir a Anna y Van que se reúnan con Cindy y conmigo aquí debajo del árbol —dijo— y que también lo hagan Betsy y George, y Max y Gretchen. Antes de que ocupemos nuestros lugares para cenar me gustaría daros una feliz noticia.

Se hizo el silencio entre los invitados.

—Amigos, Cindy y yo estamos muy, muy felices de poder anunciaros el compromiso de nuestra hija Anna con Loren, hijo de Max y Betsy. ¿Verdad que son una pareja preciosa?

Todo el mundo aplaudió.

—Y ahora ha llegado el momento. Loren, al que todos conocemos como Van, colocará el anillo de compromiso en el dedo de Anna. Yo he visto ese diamante y os puedo asegurar que es tan grande que se podría anclar un bote con él.

La mano de Van temblaba al poner el anillo a Anna, que tenía las mejillas brillantes porque habían empezado a asomarle unas lágrimas.

—Un brindis —propuso Angelo—. Por su felicidad y por la unión de nuestras familias, los Perino, Hardeman y Van Ludwige. No podría sentirme más orgulloso.

 

Esa noche Van y Anna compartieron el mismo cuarto y cama en el Hyatt con la bendición de sus padres. Las familias habían acordado que ya eran lo suficientemente mayores para eso y se lo merecían. Pospondrían su boda hasta que él hubiese terminado sus estudios de derecho en Harvard, mientras ella continuaba con sus estudios en Radcliffe.

—No tenemos que hacerlo esta noche si no estás preparada —dijo besándola con afecto.

Anna sacudió su cabeza.

—Estoy lista, Van. Lo he estado desde hace mucho tiempo.

—Entonces…

—Estoy tomando la píldora. He venido preparada.

Él tuvo que tragarse las lágrimas.

—¡No puedes ni imaginarte cuánto te amo! —declaró.

—Suelta la presilla en la parte de atrás —susurró— y bájame la cremallera.

Él la había visto desnudarse antes, pero nunca como prólogo de su inminente unión. Todo era nuevo y constituía una aventura. Le había quitado en otras ocasiones el sostén para besarle los pezones, pero nunca como ahora. Se arrodilló delante de ella para bajarle las braguitas y quitarle el liguero y las medias.

Cuando estaba totalmente desnuda, él todavía continuaba totalmente vestido. Ella le bajó su cremallera y le cogió el pene delicadamente con una mano, acariciándolo mientras él se quitaba la corbata y se desabrochaba la camisa.

Se acostaron juntos. Anna no tenía experiencia, pero tenía un instinto certero. Sabía lo que iba a hacer y lo esperaba con gusto. Había pensado a menudo en ello, incluso lo había soñado, pero no había hablado del tema con otras chicas, ni tampoco había leído manuales sobre sexo. Solo lo sabía. Se tumbó sobre su espalda y se abrió para recibirle. Él la penetró y era tal y como ella había anticipado.