El Corcel
Capítulo 5, 1974
cinco
1974
—¿Qué quieres que te diga? —le preguntó Cindy a Angelo—. Todo lo que sé es que acabará apuñalándote por la espalda. Por el amor de Dios, ¿no crees que ya ha llegado la hora de que Número Uno deje de mandarte que vayas de aquí para allá?
—Bueno, quiere hablar conmigo y no puede viajar. Probablemente nunca podrá abandonar Palm Beach en lo que le queda de vida.
—Pues que se aguante —gruñó Cindy acercándose a la ventana de la oficina. La Tercera Avenida se veía azotada por la lluvia que caía en ese momento sobre Nueva York.
—Solo estaré una noche —contestó Angelo—. Cogeré el avión para llegar justo a tiempo para cenar con él.
Cindy echó un vistazo a la oficina. Estaba satisfecha del resultado. Había elegido los muebles y los tres cuadros que colgaban de la pared eran un préstamo de la galería VKP (Von Keyserling y Perino). Aunque Angelo no pasaba mucho tiempo en la oficina, Cindy quería que disfrutara de un estilo elegante y cómodo.
—Supongo que estarás de vuelta para la cena y la inauguración de la exposición figurativa.
—Has invertido un montón de esfuerzo y dinero en ella.
—¿Te juegas algo a que no solo recupero la inversión, sino que además saco unos buenos beneficios?
—Si tú y Dietz tenéis esa opinión, ¿qué otra cosa puedo pensar?
—Pero ¿estarás o no? —insistió.
—¡Si Dios quiere y si el tiempo no lo impide!
—¿Quién diablos te crees que eres? —gritó Número Uno—. Te exijo que dejes de meter tus narices en mi empresa.
—Me importan un bledo tus exigencias. Me has hecho venir hasta aquí sin que yo tuviera el menor deseo de volver a verte. Pero si piensas que me voy a dejar intimidar o permitir que me insultes estás muy equivocado.
Loren Hardeman Primero clavó su mirada en Angelo, pero a los noventa y seis años quedaba poca fuerza en esa mirada. Lo que Angelo tenía ante él era un traje a medio llenar con el frágil y arrugado cuerpo de un anciano y el ala de un sombrero de panamá cubriéndole los ojos. Betsy estaba sentada a la mesa con un brillo de cólera en su mirada siguiendo la discusión entre Angelo y su bisabuelo. Loren Tercero también estaba presente, algo bebido y de un humor de perros.
—¿Te acuerdas de las modificaciones que introduje en tu Bugatti? —preguntó Número Uno ya sin tono de enfado—. ¿Te acuerdas?
Desde luego que se acordaba. Ese había sido su primer encuentro. Incluso recluido en una silla de ruedas, Loren Hardeman Primero era claramente en 1939 un hombre poderoso e influyente. Al principio Angelo no se había dado cuenta de la magnitud de ese poder; más tarde se percató demasiado bien. En aquella época había verdaderos magnates en Detroit y Loren Hardeman Primero era uno de ellos. Durante décadas había alimentado la esperanza de que si alguna vez conseguía volver a ponerse en pie volvería a ser un titán entre enanos y esa ilusión nunca le había abandonado.
—Creo que me debes un poco de respeto —añadió Número Uno con tono tranquilizador.
—Y tú también me debes un montón de cosas, compañero —contestó Angelo.
—Ya no formas parte de la empresa —argumentó Número Uno.
—Exactamente —repuso Angelo—. Y eso es lo que decía la primera página de mi informe. Y también decía que, aunque poseo doscientas mil acciones de Bethlehem Motors, he dejado de tener cualquier clase de relación con la familia Hardeman o con la dirección de la compañía.
—Dices que estamos perdiendo dinero con el Sundancer. ¿Qué te hace pensar eso?
Angelo se volvió hacia Número Tres.
—¿Qué me dices al respecto, Loren? ¿Estáis o no estáis perdiendo dinero?
—Eso es información confidencial.
—No necesito esa supuesta información confidencial para saberlo —replicó Angelo—, pero si quieres desmentirlo…
—No tengo que reconocer ni desmentir nada —contestó Loren.
Angelo se encogió de hombros y se dirigió a Betsy:
—Es algo que todo el mundo sabe.
—No sé qué diablos te ha convertido en analista industrial —dijo Loren—, pero tu maldito informe ha hecho bajar el precio de nuestras acciones, y lo que es peor, nos ha hecho perder ocho concesionarios.
—¿Prestáis alguna atención a lo que escribo y a mis recomendaciones o solo os limitáis a quejaros?
—Tendríamos que dejar de fabricar automóviles —observó Loren.
Número Uno descargó un puñetazo sobre la mesa.
—No quiero volver a oír hablar de eso. Mientras yo viva, Bethlehem Motors continuará fabricando coches. Y punto.
—Entonces será mejor que fabriquéis uno que se venda.
—El Sundancer…
—Era un buen coche en su época y en su contexto. Bethlehem Motors no ganó mercado, como hizo Ford con el modelo Mustang que Lee Iacocca hizo tragar a Henry Ford Segundo. Simplemente seguisteis perdiendo clientes. Y continuaréis perdiendo mercado si no os espabiláis.
—Ya he leído tu maldito análisis —contestó Número Uno—. Es muy fácil ser un genio cuando no se tiene que poner en práctica aquello que se recomienda.
—Yo también lo he leído —interrumpió Betsy—. Y dice que el Sundancer fue un gran coche en su época, pero que ahora es un dinosaurio que solo traga gasolina.
—¡Oh, venga ya! —interrumpió Loren Tercero—. George Romney pensó que podía vender coches con bajo consumo de gasolina y hoy en día no se puede encontrar uno de sus Ramblets ni en un desguace.
Betsy retomó el hilo de su argumentación.
—Cuando George Romney llamó dinosaurios a los cacharros que fabricaba Detroit, la gasolina se vendía a diez centavos por litro; ahora cuesta treinta y nueve. ¿Por qué crees que Volkswagen vende hoy diez veces más que hace diez años? Porque sus coches gastan ocho litros a los cien mientras el Sundancer gasta nada menos que cuarenta y cinco. El VW es feo e incómodo pero…
—Funciona —añadió Angelo—, y no necesita pasarse varios días en el taller cuando todavía está en garantía.
—Así que ¿cuál es tu solución, Angelo? —preguntó Número Uno—. ¿Motores transversales y tracción delantera?
—Con ello evitaríamos el cigüeñal.
—Cuatro cilindros —continuó recitando Número Uno—. ¿Quién va querer comprar un coche con solo cuatro cilindros?
—La misma gente que está comprando VW, Toyotas, Hondas…
—¡Ah, seguro! —se rio Loren Tercero—, un auténtico muerto sin aceleración ni nervio, ruidoso…
Angelo se encogió de hombros.
—El MG lleva un motor de cuatro cilindros —contestó—, lo mismo que el Porsche 911. ¡Menudo muerto, eh, Loren!
Betsy apuntó con el dedo a su padre y se rio.
—Te ha pillado.
Loren Tercero dirigió una mirada cargada de ira a su hija.
Número Uno metió la mano dentro de su chaqueta y sacó un recorte de periódico que resumía el informe que Angelo había hecho sobre la compañía Bethlehem Motors a las instituciones financieras y lo leyó:
—«Bethlehem Motors no dispone de las facilidades para construir un motor transversal de cuatro cilindros, ni los sistemas de tracción delantera necesarios, y tampoco podrá adecuar sus líneas de producción para empezar a fabricarlos en un futuro próximo.»
—¿Así que no podemos, eh? Muy bien, ¿cuál es tu solución? Y continúas diciendo:
»Sin embargo, hay un buen número de fabricantes japoneses que disponen ya de las plantas de fabricación necesarias, poseen la capacidad extra de producción, tienen gran experiencia en el diseño y la producción de ese tipo de motor que estarían encantados de poder suministrar a los fabricantes americanos, esos motores de bajo consumo, potentes y ligeros. A compañías como Bethlehem Motors les convendría comenzar cuanto antes las negociaciones para poder importarlos.»
—Así que esa es la solución: producir una mezcla de coche medio japonés medio americano. ¿Es eso lo que quieres que hagamos, Angelo?
—Podría ser la salvación de la empresa —contestó Angelo.
—Toda mi vida —rugió Número Uno—, la frase hecho en Japón ha sido sinónimo de algo barato y chapucero.
—Ya, como los televisores Sony y las cámaras fotográficas Nikon —observó Betsy.
Número Uno volvió a descargar un puñetazo sobre la mesa.
—Mientras yo viva —rugió— no saldrá de mi fábrica ni un solo coche con el motor hecho en Japón.
Angelo esbozó una sonrisa.
—Eso es lo mismo que Hank Ford le dijo a Lee Iacocca, y para serte franco, me importa un bledo lo que hagáis. Esa es la verdad tanto si te gusta como si no. No os estoy pidiendo que aceptéis mis recomendaciones. No las he redactado para vosotros. Mi informe estaba dirigido a las sociedades de Bolsa de Nueva York. Intenta sacar una emisión de obligaciones o emitir nuevas acciones y ya veréis lo que pasa.
—¿Has tenido en cuenta la posibilidad de que te demandemos por calumniar a la compañía? —le preguntó Loren Tercero.
Angelo prefirió ignorar el comentario.
—Vuestros índices financieros están de capa caída y todos los analistas de Bolsa más importantes recomiendan vender vuestras acciones. La esperanza de vida de Bethlehem Motors es bastante reducida.
—Lo mismo que la mía —murmuró Número Uno—. ¡Toma tu maldita sopa antes de que se te enfríe!
Angelo sabía que Betsy vendría a su habitación y que era más peligroso cerrarle su puerta que dejarla entrar.
—Tú y yo hacemos una pareja perfecta —le susurró después de hacer el amor, mientras cogía la copa de brandy con la que había llegado a la habitación hacía un rato para darle un trago antes de pasársela a Angelo—. Pero tiene que haber algo más que todo esto. Algo más que deslizarme de noche por toda la casa, como una ladrona, para meterme en tu cama. ¡Por el amor de Dios, Angelo! ¡Abandónala! Pásale una buena pensión y vente a vivir conmigo.
—Es la madre de mi hijo —contestó él con firmeza.
Betsy volvió a coger su copa, se la terminó de un trago y la dejó sobre la mesita de noche.
—Bueno ya veo que la amas. Porque la amas, ¿no es así?
Angelo cabeceó afirmativamente.
—Y me imagino que es una buena esposa —dijo Betsy—, pero yo hubiera sido mucho mejor.
—Tú ya estabas casada cuando me casé con Cindy.
—Pero tú conocías el acuerdo que teníamos —contestó—, y podías haberme esperado.
Angelo sacudió la cabeza aburrido.
—Están furiosos —continuó Betsy—. Ese viejo bastardo y mi padre. Te matarían con gusto, sin el menor remordimiento, si pensaran que podían salirse con la suya.
Angelo se encogió de hombros.
—Tampoco les he hecho tanto daño como para eso.
—No es por lo que has publicado; es que piensan que tú has sido la fuente de información que Thurman ha utilizado para escribir su artículo.
Angelo sabía a qué se estaba refiriendo Betsy. Guy Thurman había publicado recientemente un artículo de veinte páginas en una de las revistas de mayor tirada nacionales que decía:
Las cualidades que han hecho grandes a los padres raras veces son heredadas por sus hijos. De hecho son esas mismas cualidades las que frecuentemente los ahogan. Ese es el caso de Loren Hardeman, fundador de Bethlehem Motors. Su hijo y su nieto también se llaman Loren Hardeman y de ahí ha nacido la costumbre de llamar al patriarca Número Uno, a su hijo Número Dos y al nieto Número Tres.
Es difícil no preguntarse qué hubiera sido de Número Dos si no hubiese estado tan totalmente anulado por un padre tiránico; pero tal como se desarrollaron las cosas acabó convirtiéndose en un hombre débil y en un homosexual vergonzoso —al que chantajearon por ese motivo— que acabó suicidándose en 1952. Número Tres ha demostrado ser un hombre resentido y manipulador que en varias ocasiones ha intentado arrebatar el control de Bethlehem Motors a Número Uno.
Número Uno contrató a un hombre joven, al que había conocido desde niño, Angelo Perino, porque creyó que era la persona idónea para fabricar un coche deportivo que bautizarían Betsy, en honor de su nieta.
Angelo Perino es ingeniero y comparte la pasión por los automóviles que en sus mejores días tuvo Número Uno, y lo que es más importante: tenía la misma energía y determinación que él. Fue piloto de carreras durante cinco años, y llegó a conseguir, en una ocasión, el segundo puesto en el ranking de pilotos; después tuvo que retirarse tras sufrir un aparatoso accidente que casi le costó la vida. Poseía además, en aquel entonces, una fortuna propia y estaba dispuesto a correr riesgos.
Para fabricar el Betsy era necesario salvar la oposición de Loren Hardeman que estaba dispuesto a todo para acabar con el proyecto, no solo por una cuestión de celos profesionales, sino también porque estaba convencido de que Bethlehem Motors tendría que abandonar, tarde o temprano, el sector del automóvil y concentrarse en el negocio que realmente estaba produciendo beneficios a la compañía: la fabricación de electrodomésticos.
La guerra interna duró años y cuando Número Tres se dio cuenta de que estaba perdiendo no dudó en sabotear el coche. Esa táctica también fracasó, y entonces contrató a un par de matones para que le dieran una paliza a Angelo Perino…
Número Tres había demandado a Thurman por difamación pero su demanda había sido rechazada y tuvo que pagar las costas y el juicio.
—Thurman cuenta demasiadas cosas para no tener una fuente de información interna —observó Betsy.
—Pero eso no quiere decir que haya sido yo. Te juro que nunca me he reunido con Thurman, ni he hablado con él o le he enviado una carta.
—Nunca conseguirás que te crean. —Se encogió de hombros—. Al diablo con todo eso. Tenemos mejores cosas de las que ocuparnos.
Betsy se puso encima de él dejando que sus tetas se balancearan contra su pene.
—Ponte a cuatro patas —le pidió con la voz ronca por la excitación.
Él hizo lo que le pedía y ella le separó las nalgas con las manos pegando su cara a su ano para introducirle la lengua. Al sentirlo, inspiró ahogadamente todo el aire del que era capaz. La sensación no era orgásmica, pero las zonas que su lengua acariciaba hormigueaban con un placer cada vez más intruso. Ella lo trabajó de esta forma durante cinco minutos y después buscó entre sus piernas su pene erecto y comenzó a meneárselo. No duró más de medio minuto y se vació con un largo, profundo y desbocado orgasmo.
—Me apuesto lo que quieras —murmuró Betsy— a que tu mujer nunca te ha hecho nada parecido.
Angelo sonrió cariñosamente cabeceando negativamente, Estaba mintiendo, pero Betsy no tenía por qué saber que para la lengua de Cindy no existían secretos.