El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 41 de 45

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El Corcel

Capítulo 36, 1993

treinta y seis

1993

 

Van se licenció en Harvard en junio, pero no presentó su solicitud de ingreso en la Facultad de Derecho y dijo que quería pasar ese verano en Londres.

Alicia le había preparado una fiesta para celebrar el fin de sus estudios de bachillerato y Betsy, junto a Max Van Ludwige, acudió desde Europa. Loren y Roberta también vinieron desde Detroit. Además de la familia Perino también fueron invitados Amanda, Dietz y Marcus.

Por una vez, Angelo y Loren estuvieron de acuerdo en algo. Cada uno por su cuenta hablaron con Van para preguntarle por qué no había solicitado su ingreso en la Facultad de Derecho de Harvard. Lo mismo hizo su padre.

El joven pareció molesto y se sacó bruscamente de encima sus preguntas.

El día después de la fiesta, Anna estaba con él mientras hacía las maletas en su habitación en casa de Alicia.

—No te voy a ver, ¿hasta cuándo? ¿Cuándo nos volveremos a ver, Van? — sollozó.

—Yo… bueno, dentro de poco. Es solo que he estado tanto tiempo lejos de mi padre y de mi madre que creo que debería pasar una temporada con ellos. No solo unos días de vez en cuando. También tengo esa obligación.

—Pero la facultad de Harvard. Tú no…

—Otra gente decidió por mí que yo tenía que ser abogado. Yo no estoy tan seguro. Necesito un poco de tiempo para pensármelo.

Anna se sentó sobre la cama limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Te has cansado de mí, Van —dijo—, ¿es porque no hemos tenido sexo?, porque si esa es la razón te lo doy ahora mismo. ¡Ahora mismo!

—No, Anna. Ese no es el problema.

—Entonces, ¿qué es lo que te pasa?

—Es solo que todavía somos demasiado jóvenes. Y tenemos que separarnos durante un tiempo para poder pensar las cosas con calma.

Anna salió corriendo de la casa llorando a lágrima viva.

 

Betsy no vio salir a Anna, pero, unos momentos más tarde, subió las escaleras y se paró delante de la puerta de Van, llamó una vez, y la abrió para entrar.

—¿Madre?

Betsy se sentó en la cama donde había estado Anna. Vestía informalmente con tejanos y un polo. Durante unos momentos se lo quedó mirando.

—¿Madre…?

—Tengo algo que decirte —dijo con frialdad—, lo he dejado hasta hoy para no aguarte la fiesta de graduación, pero no voy a retrasarlo ni un minuto más.

—¿Madre?

Le mostró una fotografía que tenía en la mano derecha. Una foto de la policía de una mujer joven mirando a la cámara sin expresión.

—¿La reconoces?

—¡Claro que sí, es Penny!

—¿Lady Penelope Horrocks?

—Sí, ¿qué diablos significa todo esto? —preguntó palideciendo.

—Lady Penelope Horrocks tiene setenta y dos años y vive en Kensington. Esta joven de la fotografía es Rebecca Murgrage y vive en Camden Town. La fotografía le ha sido facilitada a mi marido por la policía metropolitana de Londres. Fue tomada en la prisión de Holloway el mismo día en que ingresó para cumplir una sentencia de tres años por fraude con una tarjeta de crédito. También ha aparecido ante la audiencia de Bow Street en tres ocasiones acusada de ser una vulgar prostituta.

Van arrojó la foto sobre la cama.

—No me lo creo —musitó.

—Es mejor que te lo creas. ¿Te has hecho la prueba del sida? Ella es la candidata perfecta para contagiártelo.

—¿Por qué? —sollozó—. ¿Por qué haría…?

—Eso es lo que quiero averiguar —contestó Betsy con determinación.

—Ella conocía a uno de mis amigos. Se acordaba de una vez que nos encontramos en una competición de curling.

—Esa es una información que tuvieron que facilitarle —dijo Betsy—. Alguien tuvo que ayudarla y juro por Dios que averiguaré quién lo hizo. ¡Tú!, tú, maldito idiota, has traicionado a la chica que amabas y te amaba por una zorra profesional.

—¡Madre!

—Eso es todo lo que es tu Penny. Y lo que es peor, por su culpa, no has solicitado tu ingreso en la Facultad de Derecho. Me temo que no he sido una buena madre; debería haberte enseñado las cosas básicas de la vida.

Van lloró desconsoladamente.

—¿Qué es lo que debo hacer con Anna?

—Decirle la verdad. Y no la toques hasta que hayas pasado un examen médico. Después llama a Harvard y entérate de si todavía pueden aceptar tu solicitud de ingreso aunque estés retrasado. Has tenido unas excelentes notas y puede que tengan una plaza para el próximo otoño. Quédate en Estados Unidos. Le pediré a Angelo que te busque un trabajo y ¡aprende a distinguir quiénes son tus verdaderos amigos!

 

Averiguar quién se encontraba detrás de Rebecca Murgrage no fue difícil. Se había hecho pasar por lady Penelope Horrocks no solo ante Van, sino también en el alquiler de coches donde había alquilado su Jaguar. Para ello había empleado un carnet de conducir falsificado a nombre de lady Penelope. De vuelta en la cárcel y enfrentándose a una condena por fraude confesó de lleno.

Angelo se detuvo en Londres camino de Berlín. Estaba invitado a cenar en la casa de los Neville con el vizconde George y la vizcondesa Elizabeth. Para la cena a la luz de las velas, Betsy había sacado la vajilla de plata antigua de los Neville, pesadas piezas que habían sobrevivido a las guerras y a los impuestos de sucesión. Aunque el vizconde conocía de sobras la relación entre su huésped y su mujer, no pudo estar más cortés.

Solo después de cenar, mientras tomaban café y brandy sentados alrededor de la mesa, le contó Betsy el motivo por el cual le había pedido, con tanta urgencia, que pasara a verlos camino de Alemania.

—Esta es una copia de su confesión —dijo Betsy—, en la segunda página verás quién la contrató y le dio los fondos necesarios: Roberta.

Angelo miró al vizconde.

—¿La gente en Inglaterra también hace cosas parecidas?

El vizconde de Neville cabeceó afirmativamente.

—Me temo que sí —contestó—. Nos gustaría pensar que somos más… civilizados que los americanos, pero no; no lo somos.

Angelo le devolvió el papel.

—Betsy —dijo—, esto significa una cosa: voy a declarar la guerra a tu padre. Pienso acabar con él. ¿Prefieres mantenerte al margen o estás de mi parte?

Betsy dudó durante unos momentos.

—Depende de cómo vayas a hacerlo.

—Desde luego, no de esa manera —contestó Angelo.

 

Loren arrojó la carpeta al otro lado de su oficina. Los papeles volaron por todas partes.

—¡Maldita sea! —chilló—, esos hijos de puta nos han declarado la guerra. ¿Sabes lo que eso significa?

Por primera vez Roberta estaba sofocada y aturdida. Ned Hogan, el abogado de la empresa, se quedó mirando los papeles en el suelo y no hizo el menor ademán de recogerlos como hubiera hecho en otros tiempos.

—Está bien —dijo Loren roncamente—. Sabemos quiénes son: Perino, Burger, Fairfield. Así que el señor fiscal general Fairfield ha presentado una demanda…

—Es mi obligación avisarle de que esa demanda podría prosperar —dijo Hogan.

—A ver si me entero. Número Uno donó el 35 por ciento de lo que entonces se llamaba Bethlehem Motors a la Fundación Hardeman. Ahora el fiscal general de Michigan dictamina que la fundación tiene que vender esas acciones porque…

—Porque los fondos de la fundación están demasiado concentrados en una sola inversión —dijo Hogan—. Una fundación caritativa no puede…

—¡Ya sé lo que es una fundación con fines caritativos! O acaso no tuve al mismísimo Número Uno bien cogido por las pelotas cuando denuncié que controlaba Bethlehem Motors mediante el nombramiento de los consejeros de la fundación que solo eran sus títeres.

—¿Y qué ha cambiado desde entonces? —preguntó Hogan—. Una fundación es una entidad casi pública; sus inversiones están sujetas a la supervisión del estado. Gracias a eso Número Uno consiguió, en su día, una sustanciosa deducción fiscal, aunque nunca dejó de controlar ese paquete accionarial, lo mismo que usted.

Loren se derrumbó en su silla y miró a Roberta.

—Tu putilla de Londres está en la cárcel —dijo—. Ese es el resultado de tú maldita sutileza.

—No me culpes a mí —contestó con sequedad—, tú sabías perfectamente lo que iba a hacer y estuviste de acuerdo.

Loren se desmoronó aún más en la silla, como si quisiera desaparecer dentro de su traje.

—Si el fiscal general gana el caso, ¿qué es lo que sucederá exactamente?

—Parte de las acciones de la fundación tendrán que venderse para invertir luego esos fondos de una forma más diversificada.

—¿Venderse?

—En una oferta pública de venta, en la Bolsa. Se puede imaginar que habrá un montón de inversores interesados. XB Motors siempre ha sido un negocio familiar de los Hardeman, y pasará a ser una sociedad con opción pública de compra. En vez de los diez accionistas de ahora, pasará a tener miles.

Loren suspiró ruidosamente.

—Perino tomará la palabra en la primera junta general, y derrochando encanto ese espagueti cautivará a esos idiotas para…

—Cambiar el consejo —finalizó Roberta.

Loren asintió con la cabeza, afilando sus ojos entrecerrándolos.

—Pero solo si su jodido coche resulta un éxito.

 

Henry Morris telefoneó a Cindy para avisarle que le estaba enviando un fax. Ella le dijo que adelante, no había nadie más en casa en ese momento. Al cabo de unos minutos el fax hizo su aparición en la máquina que tenía Angelo en su estudio. Era un informe dirigido a Henry de la Agencia de Seguridad Blackoff.

Hemos podido reunir la siguiente información sobre el profesor Robert Carpenter.

Su salario como profesor de historia del arte asciende a 56.000 dólares anuales. Durante los dos últimos años ha tenido, además, importantes ingresos que equivalen a su salario anual.

Pudimos obtener su saldo pendiente en su tarjeta Visa y asciende a 6326 dólares, pero no logramos averiguar el origen de esos cargos.

También conseguimos algunos datos sobre sus llamadas telefónicas. Uno de los números a los que frecuentemente llama desde su domicilio y desde los hoteles en los que se aloja tiene el código 313 que corresponde a Detroit. Una comprobación del número en una guía numérica correspondiente a la zona nos identificó el teléfono como la residencia de un tal Loren Hardeman.

 

Robert Carpenter oyó la llamada a la puerta en el Hyatt Regency. ¡Cindy! No necesitaba vestirse, llevando solo sus calzoncillos blancos abrió el cerrojo y recibió un violento empujón que le hizo tambalearse hacia atrás.

El hombre que se encontraba enfrente suyo era más grande que él pero también mucho más viejo: no constituía una amenaza, calculó Carpenter adivinando inmediatamente quién era.

Se equivocó en el cálculo. El hombre le dio un rodillazo en la entrepierna y según se doblaba le agarró por el cabello estrellándole la cara contra su rodilla, que levantó con violencia. Carpenter sintió cómo se le rompía la nariz. Cuando lo soltó, retrocedió unos pasos tambaleándose y cayó al suelo.

—Me parece que ya sabe quién soy, profesor.

Carpenter asintió con un gesto.

Intentó contener la sangre con sus manos, pero se le escapaba salpicándole el pecho y el estómago. Perino se dirigió al cuarto de baño y volvió arrojándole una toalla que Carpenter utilizó para taponar la hemorragia.

—Tengo amigos que estarían encantados de darle el pasaporte —dijo Perino—, ¿sabe a lo que me refiero?

Carpenter cabeceó afirmativamente.

—Se ha estado tirando a mi mujer. ¡Peor todavía, ha estado jugando con su afecto! No sé… ¿qué es lo que se debe hacer con un tipo como usted?

—Señor Perino, yo la amo.

—Claro. Por cuánto dinero, ¿cuánto le ha pagado Loren?

Carpenter cubrió su cara con la toalla.

—¿Pero eso qué importa ahora?

Carpenter observó la fría expresión de calma en la cara del marido de Cindy.

—¿Cómo lo averiguó? —farfulló.

—Yo no lo hice, fue ella. Como todos los gigolós se sobrestima y subestima a las mujeres con las que se dedica a jugar.

—Se lo juro. La quiero. Es la verdad.

—Cuénteselo a ella. Intente explicarle sus llamadas a Loren Hardeman.

Carpenter se quedó mirando la toalla. Estaba empapada de sangre, pero su hemorragia empezaba a ceder. Le dio un acceso de tos.

Angelo vio una botella de whisky sobre la mesa del teléfono. Seguro que era para Cindy. La cogió y sirvió dos copas cargadas pasándole una a Carpenter.

—Podría arreglarlo para que le hicieran un bonito traje de pino, profesor —dijo —. No aquí, ni ahora, en otro momento, como una sorpresa, pero pienso que solo es una mierda barata que se ha metido en algo que se le escapa. Incluso Loren Hardeman es mejor que usted.

—Solo es más rico.

—Vaya. Un quiero y no puedo —dijo Angelo despectivamente—. ¿Qué es lo que quiere ser, profesor? Lo que se dice de usted es que conoce su profesión, pero lo que no sabe es dónde se ha metido.

Carpenter bajó la cabeza.

—¿Puedo levantarme? —preguntó.

—Claro. Vaya al lavabo y lávese la cara. Si se porta bien le daré el nombre de un médico en Suiza que le puede dar incluso una nueva cara si eso es lo que quiere.

Carpenter volvió después de lavarse la cara con agua fría. Su nariz estaba totalmente aplastada y empezaba a adquirir un tono púrpura.

—¡Oh, mierda! —murmuró entre dientes y se derrumbó sobre el sofá.

—¿Le gustaría tragarse una pastilla que repare el daño y le garantice una larga vida?

—¿Qué?

—Escuche y repita lo que le diga.

 

Carpenter estaba sentado en el borde de la cama, todavía llevaba solo sus calzoncillos blancos, y el pecho y el estómago los tenía manchados por la sangre seca. Miraba a Angelo Perino, esperando, mientras sonaba el teléfono.

—Hola.

—¿Roberta? Bob Carpenter.

—¿Qué pasa, Carpenter?

—Están teniendo problemas con las baterías: esos malditos trastos explotan.

—¿Las baterías sólidas explotan? Sabemos que están usando baterías sólidas.

—Bueno, tuvieron problemas. Van a continuar usando las baterías sólidas para el volante, pero ahora en combinación con baterías líquidas.

—¿Y explotan?

—En el impacto. No son seguras si el coche se estrella contra algo o si chocan contra él. Las baterías explotan y esparcen ácido en quince metros a la redonda. Están intentando diseñar un contenedor blindado, pero esa solución supone añadir demasiado peso al coche. No saben qué hacer.

—Nunca he oído hablar de problemas parecidos.

—Bueno. ¿Quién está mintiendo?: Perino a Cindy o Cindy a mí.

—Loren está durmiendo. Lo despertaré y le contaré lo que me dice.

Carpenter colgó el teléfono y Angelo le devolvió su copa de whisky.

 

Las mejillas de Van estaban húmedas de lágrimas mientras abrazaba a Anna con fuerza besándole la frente, los ojos, las mejillas, la boca, la garganta…

—¿Se le puede perdonar a un hombre hacer el tonto por una vez en su vida?

—Sí, y más de una.

—Iremos a Ámsterdam —dijo—, ya tengo los billetes y el permiso de tu madre para que vengas conmigo.

Anna le acarició la cara con sus labios húmedos.

—¿Por qué Ámsterdam? —preguntó con dulzura.

—Vamos a ver diamantes —contestó—. Con la ayuda de mi padre compraremos tu anillo de pedida.

Anna sonrió.

—Pero Van, si no te has declarado todavía.

—¡Lo estoy haciendo! —protestó—. Anna, mi adorable y hermosa muchacha, ¿quieres casarte conmigo?

Ella cabeceó afirmativamente.

—Claro que sí —dijo.

—¿Y me perdonarás por haber sido un idiota?

—Solo una víctima —contestó—. Tu abuelo Hardeman es un ogro casado con una bruja. Mi padre los va a hundir a los dos. ¿Podrás aceptarlo, Van? ¿Podrás aceptar que mi padre destruya a tu abuelo?

—No puedo creerme que mi madre haya salido de esa cepa —contestó Van—. Ella es una persona tan amable, tan dulce, incapaz de… —Se detuvo—. Bueno, Rebecca Murgrage está en la prisión de Holloway porque…

—Tu madre es una mujer decidida que consigue lo que quiere —contestó Anna— igual que mi padre y siempre se salen con la suya.

Van sonrió.

—¡Que Dios nos libre del pequeño John Hardeman, hijo de esos dos!

—Deja que se queden con ella, Van.

—¿Con qué?

—Con la herencia. Ya sé que te corresponde ser Loren Cuarto, pero no tienes por qué serlo: es una maldición. Deja que pase a John, el hijo de mi padre y de tu madre. Ve a la Facultad de Derecho de Harvard, que no tengamos que depender de la herencia de los Hardeman.

Van sacudió la cabeza.

—Nunca di por sentado que yo sería el heredero.

Anna le besó.

—Ese será nuestro secreto —dijo ella—, deja que se peleen entre ellos. Esa no es nuestra lucha.

—No, no lo es —contestó Van solemnemente—. Pero ya verás cómo cada uno de ellos al final nos…

—No. No nos odiarán —sentenció Anna—, al final nos habremos ganado su respeto.

—Pero va a haber una guerra entre nuestras familias —dijo Van—. Ha sucedido generación tras generación y solo puede terminar con la victoria de unos a costa de la derrota de los otros.

Anna se encogió de hombros despreocupada, absolutamente tranquila.

—Nadie puede derrotar a mi padre.