El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 19 de 45

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El Corcel

Capítulo 18, 1981

dieciocho

1981

 

En marzo de 1981 Betsy dio a luz a una niña a la que llamó Sally, igual que su abuela. Llevaría el apellido Hardeman ya que no podía adoptar el de su padre, el psiquiatra.

Max Van Ludwige, que tenía un sentido del honor muy acusado, voló a Londres y le rompió la mandíbula al doctor y este no tuvo más remedio que andar contándole a todo el mundo que había sufrido un accidente y se había caído bajando las escaleras.

Esa primavera, Loren Van Ludwige ingresó en el internado de St. George. Su padre había realizado todos los trámites para su ingreso y se estaba también haciendo cargo de todos los gastos de su educación, aunque Betsy había insistido en que ella los podía pagar perfectamente. Los dos estuvieron de acuerdo en que el chico, durante secundaria, debería recibir su educación en Francia, para después ir a la universidad en Estados Unidos. Su educación tenía que ser cosmopolita.

 

En junio Angelo voló a Londres para reunirse con algunos financieros británicos que estaban interesados en importar el XB Corcel. Acordaron que el coche se montaría en una planta en las inmediaciones de Manchester. XB exportaría a Gran Bretaña las versiones de chasis y carrocería con volante a la derecha mientras los motores y las tracciones vendrían directamente de Japón.

Como era habitual se alojó en el hotel Duke y después de registrarse subió a su habitación donde se encontró un ramo de flores con una nota de Betsy; y, lo que era peor, recibió una llamada de Roberta, que estaba alojada en el Hilton.

Se disculpó con Betsy con el pretexto de que esa tarde tenía ya una invitación para cenar con sus socios británicos y quedó con Roberta.

—Tenemos que preparar cuidadosamente una excusa —le dijo cuando se encontraron en el bar de Harry—. La hija de Loren vive en Londres. Yo soy bastante conocido, si alguien me viera contigo y me reconoce… bueno, ya te puedes imaginar lo que puede pasar.

—A mí no me conoce nadie —contestó Roberta.

—De cualquier forma…

—No tenemos por qué vernos en público, querido; basta con que lo podamos hacer en privado.

—De acuerdo, pero no esta noche. He quedado en ir al teatro y después a cenar.

—Podrías pasar a verme a las tres de la mañana.

—¿Y levantarme para trabajar al día siguiente? Oye…

—Necesitamos echar un polvo y hablar, Angelo —contestó severamente—. Las dos cosas.

Él asintió con la cabeza.

—Estoy seguro que disfrutaré con lo primero, pero me inquieta la segunda parte.

—¿Qué apuestas a que ninguno de los conocidos de Betsy conoce ese pequeño restaurante libanés donde sirven testículos de cordero? Me apetecería comer algunos.

Caminaron el corto trecho que les separaba del restaurante a través de calles estrechas y, mientras saboreaban los testículos de cordero y unas deliciosas aceitunas del Oriente Medio con vino libanés, Roberta comenzó a hablar de Loren.

—Hank Ford tuvo que librarse de Lee Iacocca —dijo ella—. No tenía otra salida. Como le gustaba recordar a todo el mundo, a todas horas, el nombre en la fachada del edificio era lord, aunque si hubiera tenido que buscar trabajo de acuerdo con su capacidad, creo que hubiese tenido mucha suerte si le hubieran contratado como encargado en la sección de verduras del supermercado de la esquina. Loren sabe que con él pasa algo parecido.

—Yo no sería tan exagerado —contestó Angelo—, creo que podría dirigir un Todo a cien.

Roberta sonrió con amargura.

—En cada artículo que aparece sobre el Corcel, ya sea en el Wall Street Journal, Newsweek, Forbes, Business Week o en cualquier otro siempre se refieren constantemente a ti, como el hombre que creó el Corcel y salvó de la quiebra a la compañía. ¿Cómo no va a odiarte Loren?

—No lo sé. Imagino que podría estarme agradecido.

—Le has hecho quedar otra vez como un incapaz. Él es el presidente de la compañía y todo el mundo se refiere a ella como si fuera tu empresa. Yo puedo humillarlo, pero lo hago en privado. Tú lo haces a la vista de todo el mundo.

Angelo se encogió de hombros.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Tumbarme en el suelo y fingir que estoy muerto para preservar la virilidad de tu Loren? Para serte franco me importa un bledo; por mí, se le pueden secar y caer sus pelotas. Cada vez me cuesta más aguantarlo y cada día lo encuentro más difícil.

—No tendrías que dejar tan de manifiesto que no lo tragas.

—Me imagino que lo único que quiere es librarse de mí.

Ella cabeceó afirmativamente.

—De la forma que sea.

—No sé por qué no seguí el consejo de mi padre —contestó Angelo—. Y mira que me lo repitió más de cien veces, «deja de sacar las castañas del fuego a los Hardeman, no se lo merecen. Dedícate a tu carrera». Me pregunto por qué no le hice caso.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque me apasionan los coches. Antes pilotarlos, ahora construirlos. El Corcel es mi automóvil y solo ha sido el primero. La única razón por la que he aguantado a los Hardeman es porque es la única compañía de la que puedo apropiarme para aplicar mis ideas y construir mis coches.

—¿Apropiarte?

—¿Y no lo he hecho? Ya lo hice otra vez, o es que no te acuerdas.

—Loren preferirá dejar que la compañía se hunda antes de que se la arrebaten.

—Estoy dispuesto a dejarle salir a saludar, cuando bajen el telón —contestó Angelo—. Pondremos su nombre en el edificio, alimentaremos su vanidad, pero siempre que yo tenga las manos libres para proyectar automóviles. Mis colegas, la gente que yo respeto y que me respeta, sabrán de sobra quién ha sido el verdadero responsable.

Roberta jugó con la comida de su plato.

—¿No te parece irónico —observó— que estemos planeando hacer con las pelotas de Loren lo mismo que con las que tenemos en el plato?

Angelo miró con preocupación a su alrededor. No podía librarse del temor de que Betsy apareciera inesperadamente en el restaurante.

—Angelo…

—Cuando las cartas estén sobre el tapete, ¿de qué lado te pondrás?

Ella suspiró pesadamente dando vueltas a su pregunta antes de responder.

—No lo sé —contestó suavemente.

—Esperemos que no llegue ese momento.

Los testículos de cordero eran solo un aperitivo y Roberta cogió otra vez el menú para elegir el resto de los platos.

—Mi querido corcel —preguntó—, ¿qué piensas hacer conmigo cuando lleguemos al hotel?

—¿Qué quieres que hagamos?

—Quiero que me calientes el culo. ¡Quiero que lo hagas, Angelo! Ya te lo he pedido otras veces antes. No tengo que volver a Detroit hasta dentro de ocho días y para entonces las señales habrán desaparecido.

Él bajó los ojos y sacudió la cabeza negándose.

—Eso no me va.

—Te lo estoy suplicando. ¡Porque eso es lo que estoy haciendo! Te diré un secreto: eso es lo que hago con Loren, pero nunca le dejaría que me lo hiciese a mí. Esa es otra diferencia más entre vosotros.

Angelo volvió a sacudir la cabeza negándose.

—Piensas que soy un poco rara, ¿verdad? Bueno, pues no desprecies lo que no has probado.

—De gustibus non est disputandum —contestó Angelo.

—Chacun à son goût —añadió Roberta—. Oye, yo voy a ser la única que va a recibirlo. ¡Mira lo que me obligas a hacer! Suplicarte para que me des una buena zurra. ¡Angelo, me muero por eso!

Él terminó por sonreír encogiéndose de hombros.

—Bueno, al fin y al cabo, recuerdo que mi padre decía que siempre que fuera posible había que ser complaciente con las damas.

 

El espléndido piso de Betsy en Chester Terrace gozaba de una magnífica vista sobre Regent’s Park. Angelo esperaba que Roberta no tuviera ningún motivo para pasar por ese barrio y rezaba para que Betsy aceptara su propuesta de cenar en un restaurante cercano y no pretendiera ir a Mayfair donde se encontraba el Hilton.

Por suerte, ella quiso enseñarle un pequeño restaurante checo que conocía cerca de la calle Marylebone. Era una buena clienta y les dieron una mesa cerca del ventanal desde donde podían ver la calle y los transeúntes.

Betsy estaba hermosísima como siempre. Esa noche vestía un sencillo traje blanco de corte griego clásico, ribeteado con una franja dorada, con la falda hasta la rodilla y un escote espectacular. A sus veintiocho años se mantenía joven y fresca; su vida agitada todavía no había dejado huellas. Angelo sabía que no debía verla y mucho menos continuar manteniendo relaciones, pero era incapaz de resistirse. Para justificarse, se decía a sí mismo que, si rompía con ella, quizá intentaría vengarse contando todo lo que sabía.

—¿Qué me cuentas de tu psiquiatra? —le preguntó.

—Me sedujo —contestó con tal expresión de inocencia que estuvo a punto de creerla—. Max es un hombre anticuado. Vino desde Ámsterdam y le dio una paliza.

—Eso oí.

—¿Sabes que Roberta está en Londres? —preguntó Betsy.

—Sí. Lo sé.

—Hemos quedado para comer juntas mañana. Vendrá a ver a la pequeña Sally y después iremos a comer por ahí. A algún sitio elegante y caro. Ella invita.

—¿Qué tal te cae? —pregunté.

Betsy hizo una pausa durante unos momentos.

—Te voy a decir algo sobre ella y mi padre que deberías saber. Mi abuelo, el llamado Número Dos, no funcionaba muy bien sexualmente, ya lo sabes. Bueno, pues a mi padre le pasa algo parecido.

—¿Quieres decir que es homosexual?

—No tiene esa suerte. No, él es masoquista y ella sádica. De vez en cuando le da una buena zurra.

Durante un momento Angelo sintió una punzada de aprensión. ¿Cómo se habría enterado Betsy?, pero logró calmarse y se lo preguntó:

—¿Cómo lo sabes? ¿Qué te hace pensar eso?

Betsy contempló a Angelo con los ojos entornados mientras se pasaba la lengua por los dientes superiores.

—Número Uno me lo contó poco antes de morir.

—¿Y cuánto tiempo hace que lo sabía?

—Angelo, ¡él lo sabía todo! Ya te conté lo de la cinta de vídeo que tenía de nosotros. Bueno, pues también tenía otra de Roberta y mi padre. No me la enseñó, pero sí me dijo que la tenía. Era una de las cintas que quemé esa noche en la playa.

Angelo le cogió la mano.

—Llevamos un gran peso sobre nuestras espaldas, ¿verdad, Betsy?

—Cada vez que pienso en esas cintas de vídeo me preocupo —contestó—. Número Uno no grabó esas cintas de vídeo él solo. Alguien le ayudó. Me pregunto por qué la persona que las grabó nunca ha dado señales de vida y ha intentado chantajearnos. Va a hacer ya tres años…

Angelo decidió no contarle nada sobre la llamada de Craddock. No había vuelto a saber de él.

—Probablemente no podía hacerlo. Cuando fue a buscar las cintas no las pudo encontrar y no se atrevió a preguntar por ellas.

—Pero lo sabe todo. Vaya si lo sabe.

—Y no se atreve a hablar. Sería su palabra contra la nuestra. Si hubiera habido otras personas o tuviera otras pruebas, después de tanto tiempo, ya hubiéramos sabido algo. Número Uno tenía muchos criados, pero no confiaba en ninguno. Para él no pasaban de ser otra cosa que simples empleados.

—Eso fue lo que tú siempre fuiste.

—¡Claro!, nunca he sido un Hardeman.

—Tampoco lo soy yo. ¿No es verdad, Angelo?

—Bueno, señorita Elizabeth, usted es la auténtica Hardeman.

—¡Vete al diablo, Angelo!

—Tú eres la auténtica heredera de Número Uno. Tienes su coraje y su astucia.

—Pero él me odiaba.

—Claro.

—Era una persona maligna —contestó Betsy—. Sin escrúpulos, sádica. ¿También he heredado eso, Angelo?

—Eso queda por ver —contestó diplomáticamente, pero sabía que una respuesta sincera solo podía ser afirmativa: desde luego que tenía esas tendencias. Ella era la auténtica heredera y sería siempre un adversario mucho más peligroso que su padre —. Tú todavía no has mostrado el lado oscuro de los Hardeman —mintió.

Estaban compartiendo una botella de vino tinto húngaro con unos entrantes de pequeños pasteles de hojaldre rellenos de carne adobada con misteriosas especias. Betsy se inclinó para coger la botella y rellenar los vasos; al hacerlo le permitió ver sus pechos perfectos enmarcados por el generoso escote de su vestido.

Mañana iba a comer con Roberta y eso sí que sería un duelo de alta esgrima, pensó Angelo. Loren era insignificante en comparación con ellas dos juntas.

—Quiero que me hagas un favor —dijo.

—De acuerdo, y fíjate que digo que sí antes de saber qué me vas a pedir.

—Todavía no has construido mi coche. El Corcel ha sido un éxito pero no conduciría uno ni muerta. ¿Qué es lo que pasó con los planes para el Betsy?

—He estado demasiado ocupado salvando la compañía —contestó— y vigilándome la espalda para que tu padre no me clavara un cuchillo por detrás.

—Quiero mi coche. Quizá no puedas llamarlo Betsy, pero quiero que construyas un coche del que estés orgulloso y del que yo también pueda estarlo. Para eso es para lo que sirve el Corcel: para generar los fondos necesarios para que puedas construir mi coche.

—Estoy muy orgulloso del Corcel, Betsy.

—Por supuesto, y tienes razones para ello. Pero no es el tipo de coche en el que a una le guste ser vista. Salió una noticia en el Financial Times, diciendo que Cindy solo condujo su Corcel durante dos semanas y después no quiso saber nada más de él. Prefiere su Porsche. ¿Dónde está nuestro Porsche, Herr Doktor Ingeniero Perino?

—No puedo hacerles tragar un coche deportivo a ese consejo ni con un embudo.

—Lo que Angelo quiere. Angelo lo consigue —contestó—. Y lo mismo le pasa a Betsy. Quiero conducir un coche por las carreteras europeas y poder decir: «¡Eh, desgraciados, mirad lo que mi compañía puede hacer! ¡Mi compañía y mi amante han construido esto!» Como solían poner en las antiguas obras de arte: AP fecit. Lo que quiere decir, Angelo Perino hizo esto. ¿Eh?

—Es tentador —dijo—. Shizoka está trabajando con nuevo material; resina de epoxy que permite construir una carrocería extraordinariamente ligera pero muy resistente. Un coche con músculo no necesita tener un motor grande si no tiene que mover las toneladas que pesa una carrocería de acero.

—Quiero que sea capaz de sobrepasar a un Porsche, o a un Ferrari o a un Corniche. ¿Puedes hacerlo?

Angelo asintió con un gesto de la cabeza.

—Puedo hacerlo.

—¡Pues hazlo!

Él suspiró.

—¡Dios mío! Justo cuando acabo de tener un poco de éxito y puedo sentarme a descansar un rato.

—Esa es la historia de tu vida, mi querido y maravilloso hombre. No es propio de ti sentarse a descansar rebosando satisfacción. Te gusta hacer cosas. Eso es lo tuyo, hacer cosas, y Betsy va a estar respaldándote a cada paso, Angelo. Incluso si tengo que asesinar a mi padre para despejar el camino.

—¡Betsy, por el amor de Dios!

—Bueno, tú sabes lo que quiero decir y lo que no quiero decir.

—¡Betsy!

—Mi hijo será Número Cuatro —sentenció—. Y tendrá la capacidad para ocupar ese lugar. Pero también tendrá la inteligencia para apreciar tus ideas y te dejará proyectar automóviles sin interferencias. Todo lo que tengo que hacer es empujar a Número Tres fuera del camino. Eso, para gente como nosotros, no debería ser más difícil que aplastar a una mosca. Puede que no nos casemos nunca, pero tú y yo vamos a apoderarnos de esa compañía y la vamos a dirigir. Y si tus escrúpulos te lo impiden, yo lo haré. Ya he hecho algo muy gordo y puedo volver a hacerlo otra vez.

—¡Por el amor de Dios, Betsy!, ¿de qué estás hablando?

—El amor de Dios no tuvo nada que ver con eso. Olvídalo.

Sus ojos se volvieron duros y brillantes como dos trozos de hielo.

—¡Olvídalo! —susurró entre dientes.

Angelo suspiró y sacudió la cabeza. De algo estaba seguro: había estado a punto de hacerle una confesión muy comprometida.

Ella sonrió con malicia.

—¿Te acuerdas de nuestro arnés árabe? Nos está esperando en el dormitorio. Terminemos de comer de una vez y vayamos a lo nuestro.