El Corcel
Capítulo 22, 1984
ventidós
1984
Dos prototipos del XB 2000 fueron parcheados apresuradamente, según la expresión de Angelo, a finales de febrero de 1984. Había alquilado la planta de Danbury y había instalado allí todo el equipo necesario para obtener la resina epoxy y poder fabricar las láminas. Siguiendo los diseños de Varallo había encargado las matrices y logró acabar totalmente dos carrocerías que se enviaron por avión a Detroit, para que se montaran allí sobre sendos chasis del Corcel con motores trucados. La caja de cambios, el panel de instrumentos y otros componentes del habitáculo eran también de ese modelo, pero aun así el coche parecía totalmente nuevo y en la pista de pruebas los motores modificados propulsaron al ligero coche con unas prestaciones que lo convertían en uno radicalmente diferente.
Betsy vino a Detroit y pidió que le dejaran uno de los prototipos. Lo condujo primero por la pista de pruebas, y después por las calles y la autopista de Michigan donde se ganó una multa por exceso de velocidad, aunque en la segunda ocasión consiguió escapar del coche de policía que la perseguía.
La princesa Anne también se mostró interesada y ella e Igor viajaron hasta Detroit para probar uno de los prototipos. Cuando la policía la hizo detenerse en la cuneta, cerca de Groose Point, tuvo que enseñar indignada la fecha de entrada de su pasaporte para poder demostrar que ella no había sido la mujer que, al volante de un deportivo amarillo idéntico, había huido una noche con ese mismo coche de la policía.
Cuando llegó el día de la convención de abril no fue posible tener dos XB 2000 disponibles para cada concesionario, pero un par de ellos con los cambios de marcha, instrumentación y demás complementos interiores propios del XB 2000 se exponían en el centro de congresos de Cobol Hall.
Betsy era quien debía presentar el coche en la cena anual para los directores de los concesionarios. Era una figura muy popular, especialmente para aquellos que recordaban la hospitalidad que había desplegado en las recepciones en su suite hacía dos años. Cuando su padre la anunció, todos en la sala se pusieron de pie para recibirla con una calurosa ovación, de la misma forma que lo habían hecho antes con Angelo Perino.
Loren y Roberta se sentaban juntos en la mesa de cabecera, ella discretamente velada por un centro de mesa con claveles blancos.
—No debería haberme dejado convencer por ti —susurró Loren cuando Betsy, bellísima, vestida con un vestido de seda blanco, se acercó al micrófono y sonrió cálidamente a todos los presentes.
—Mantén la cabeza fría, querido —contestó Roberta—. El 2000 va a ser un fracaso y ¿quién será el responsable? Deja que Betsy y Perino tengan su minuto de gloria. Ya verás cómo sus mieles se vuelven hieles dentro de muy poco. Y eso es lo mejor que podría pasar. Ese Perino se cree demasiado listo.
Betsy hizo un corto discurso repartiendo elogios a diestro y siniestro. «Era un proyecto de Angelo Perino.» Aplausos. «Basado en algo que yo le había estado insistiendo para que llevara a cabo.» Aplausos. «Algo que mi abuelo me había prometido que su empresa haría algún día.» Aplausos. «Y que había sido posible gracias al inestimable respaldo de mi padre.» Aplausos. «Magníficamente ayudado por su vicepresidente técnico, Peter Beacon.» Aplausos.
Y continuó:
—XB Motors, antiguamente Bethlehem Motors, se ha mantenido estable en un mercado y en una industria como la del automóvil, progresivamente dominada por los tres grandes y eso solo ha sido posible porque nuestra empresa ha sabido dar al consumidor americano lo que quería en cada momento. El Sundancer fue un gran coche en su tiempo. Y hoy, el XB Corcel es otro gran coche como las cifras de ventas que nos enviáis día tras día demuestran, y ahora… para esos americanos que buscan algo diferente…
Hizo una pausa dramática y en un aparte añadió:
—Yo ya lo he conducido, señoras y señores, como lo puede testificar ese magnífico oficial de policía de Groose Point que no me pudo dar caza… —Betsy se rio y cogió un micrófono portátil que le tenía preparado un técnico—. Le importaría al oficial Bill McIntosh levantarse por favor y subir al estrado.
Se acercó al borde del escenario y esperó a que el policía sorteara su camino entre las mesas. Había estado comiendo y bebiendo con los directores de los concesionarios y no se mantenía demasiado estable sobre sus pies.
—Bill tiene algo para mí —dijo Betsy.
El oficial vestido de paisano subió los escalones, se acercó a ella y le entregó un papel que sacó del bolsillo de su chaqueta. Betsy levantó su cara y le dio un beso. Agitó a continuación el trozo de papel en el aire.
—Es una multa por exceso de velocidad. Me la tengo muy bien merecida. Gracias, Bill, ¿te gustaría esposarme y llevarme contigo?
El oficial se sonrojó y cabeceó negativamente.
—Bueno, pues quédate haciéndome compañía y así podrás ver de cerca el coche que perseguiste la otra noche.
Las luces disminuyeron. Bajo el foco de una poderosa luminaria un XB 2000 cruzó el escenario y se paró delante de Betsy.
La audiencia se levantó y comenzó a aplaudir ruidosamente al coche que acababa de aparecer. Era más bajo y más aerodinámico que en el dibujo que se había expuesto en su suite en 1982. De color amarillo, parecía un gato agazapado listo para saltar. Betsy y el policía, que estaban detrás, se elevaban por encima de su silueta claramente visibles para todos.
—¡Aquí está! —gritó Betsy—. El G. Corcel. El Gran Corcel. Lo recibiréis en octubre. ¿Cuántos vais a vender?
—Seis —dijo Tom Miller, el concesionario de Louisville, hablando por lo bajo a su mujer y a los otros concesionarios de su mesa—. Puedo vender un BMW con más facilidad de lo que podré vender eso. Un coche de dos plazas. Una tecnología radical. Carrocería de resina de epoxy. ¡Eso es un coche de competición! ¡Oh, sí, lo venderemos! Pero no muchos.
—Sabes lo que hará ese coche —dijo otro de los directores de concesionario, un hombre llamado Green de Albany—. Ese coche va a servir como reclamo. Los clientes vendrán a mirarlo. No lo comprarán, pero comprarán otro de los modelos que tengamos en la exposición. Nosotros podemos permitirnos tener un par de ellos en exhibición para atraer al público pero XB no es una compañía de gran tamaño para poder aguantar en el mercado un modelo que no funciona.
—Te diré una cosa —dijo Mason—. Lo que sí voy a hacer es conducirlo. Ese va a ser mi coche.
—De eso nada —intervino su mujer.
—¿Por qué no?
—En primer lugar, porque cada vez que entres o salgas tendrás que retorcerte como una anguila para poder sacar tu culo gordo por la puerta, y, en segundo lugar, porque si yo te acompaño, no habrá espacio para llevar ni una bolsa del supermercado. Ese coche es un juguete, Tom, y no hay muchas familias en Louisville que puedan permitirse el lujo de comprarse un coche para jugar. Especialmente cuando se den cuenta de que debajo de esa carrocería tan llamativa lo único que hay es el motor del Corcel y su chasis.
—Con una transmisión deportiva —puntualizó Mason.
—Pero con un precio —dijo otro de los concesionarios— de Porsche.
—No puedes conseguir un Porsche por ese precio —dijo Mason.
—Pero si te lo compras, bueno, tienes todo un Porsche.
—¡Hey! —dijo otro agente joven desde el otro lado de la mesa—. Estoy soltero y me encanta el Gran Corcel. Dondequiera que vaya seguro que llamará la atención.
—Quieres decir de las chicas —dijo la mujer de Mason con una mueca.
—Hablando de eso… —dijo Mason haciendo un gesto en dirección a Betsy.
—Corre un rumor —interrumpió Green—. Dicen que Angelo Perino es el padre del último hijo de Betsy Hardeman.
—Me alegro por él —dijo Mason—. Con ese hombre siempre se puede estar seguro de obtener resultados. El Corcel fue idea suya y consiguió salvar la empresa, sacándonos de apuros a todos los concesionarios de Bethlehem Motors. Yo hubiera acabado con el Sundancer mucho antes. Fue un gran coche en su momento pero sus días habían pasado.
—Ha dejado la vicepresidencia —dijo Green—. La verdad es que no entiendo nada de lo que está pasando.
—Sin Perino no hay compañía. Así de simple —dijo Mason—. ¿Y sabéis por qué? Lleva los automóviles en sus venas. Igual que Número Uno y creo que igual que Betsy. Pero ese Loren Tercero… Si Perino se va, yo abandono.
Angelo y Cindy estaban sentados a una mesa fuera del estrado en compañía de Keijo, Toshiko, Alicia Hardeman y Bill Adams.
Cindy estudió a Betsy mientras el policía de Groose Point le entregaba la multa por exceso de velocidad y le dio un codazo a Angelo.
—Resulta fácil ser comprensiva —susurró—. Es realmente alguien especial.
Él le apretó la mano por debajo de la mesa.
—Gracias por ser tan comprensiva —murmuró—. ¿Puedes ver lo que está haciendo?
—Está restregándole todo a Loren en la cara —contestó Cindy hablando bajo.
—Así es.
Bill Adams se inclinó por encima de la mesa hacia Angelo.
—El coche es espectacular —dijo—. ¿Podrás vender suficientes unidades para que esa línea de producto sea viable?
—No.
—¿Qué dices?
—Es el coche de Betsy —dijo Angelo—. Satisface su ego. Ella y la princesa Anne Alekhine van a realizar una gira para promocionarlo por todo el país, pero ni aun así conseguirán que el coche se venda. El que lo compre estará encantado, a mí me gusta, pero el país no está listo todavía para esa clase de coche. No tiene un hueco en el mercado. El primer Thunderbird era una preciosidad de dos plazas y todo el mundo estaba enamorado de él pero no se vendía; solo cuando lo convirtieron en una bañera con ruedas comenzó a funcionar.
—¿Entonces por qué lo has hecho, Angelo?
Angelo dirigió una mirada a Cindy.
—Betsy puede ser muy persuasiva —dijo— y en cualquier caso he aprendido cosas muy importantes con esta experiencia. La resina epoxy ha resultado ser un completo éxito.
—Y eso ha sido obra tuya —observó Bill con una sonrisa.
—Eso ha sido obra nuestra —contestó Angelo—, CINDY S.A. tiene muchos padres.
Alicia añadió:
—¿Quién fue el que dijo que el éxito tiene muchos padres, pero que el fracaso es siempre huérfano?
Cindy condujo un Gran Corcel durante una temporada y dejó su Porsche en el garaje. Rápidamente descubrió sus defectos: la visión trasera estaba limitada por la ventana de atrás, que descendía en un ángulo demasiado acusado y obligaba al conductor a utilizar constantemente los retrovisores; el coche era tan bajo, que resultaba difícil que lo vieran los otros conductores, especialmente los camioneros. Todo ello le obligó a estar alerta y a acelerar rápidamente cuando estaba en paralelo con un camión; incluso, en un par de ocasiones, intentaron cambiar de carril y sin darse cuenta casi la sacan de la carretera.
Eso fue lo que sucedió con un conductor en Boston, que sufrió un accidente mortal ampliamente difundido en las noticias.
Pero a pesar de todo eso, Marcus Lincicombe estaba empeñado en tener un Gran Corcel y Cindy, después de haber conducido el suyo durante tres meses, obtuvo el permiso de Angelo para vendérselo. En una ocasión uno de los coches fue arrollado lateralmente por un taxi en la avenida Lexington, y mientras el parachoques del otro coche quedó totalmente abollado, la carrocería de epoxy se abolló primero y recuperó después su forma original. Este hecho fue ampliamente difundido a lo ancho y largo del país en todos los noticieros.
Marcus Lincicombe era un educado hombre de treinta y tres años. Estaba calvo, excepto por una corona de pelo castaño que le rodeaba el cráneo, usaba gafas de montura dorada y fumaba una pipa que, cuando no la utilizaba, guardaba en uno de los bolsillos de su chaqueta de tweed. Era un maniático de su pipa, que siempre estaba limpiando. También era algo maniático en lo que respecta a la manera en que debía colocar el tabaco aromático que fumaba. A decir verdad, más de uno pensaba que estaba lleno de manías.
Había sido una gran aportación a la galería. Como Dietz había dicho, tenía un ojo excepcional para las obras de arte y gracias a él habían conseguido exhibir y vender mayor variedad de obras que antes. Había comprado una participación en la galería VKP, pero sin embargo no había exigido que se cambiara el nombre para reflejar su entrada en la sociedad. Dietz continuaba como empleado mientras Marcus tenía una participación minoritaria.
Era uno de los más importantes coleccionistas y expertos en netsukes, esas tallas minúsculas de marfil utilizadas en los fajines de los caballeros japoneses como pasadores y de los cuales colgaban sus pequeños objetos personales. Los netsukes antiguos eran objetos muy valiosos para los coleccionistas. En el Japón actual constituían una pequeña industria artesana, e incluso algunas de estas tallas modernas merecían la pena coleccionarse. Los netsukes generalmente representaban hombres, mujeres, animales y pájaros. Algunos de los más preciados mostraban a hombres y mujeres copulando.
Marcus exhibía parte de su colección en la galería, además de los cuadros que se encontraban a la venta, con un certificado de origen meticulosamente documentado. Cindy se había preguntado al principio si vender netsukes no convertiría la galería VKP en una especie de rastro más propio de la Quinta Avenida, donde abundaban las tiendas de artículos chinos y bric a brac oriental de marfil, pero rápidamente eludió sus temores y aprendió a apreciar el valor artístico de lo que Marcus coleccionaba y vendía.
Al igual que Cindy, Marcus era heredero de una fortuna familiar que le posibilitaba ser coleccionista y marchante de arte, además de vivir más allá de sus posibilidades gastando más de lo que ganaba con la galería.
Su sitio favorito para almorzar era el Bull & Bear en el Waldorf y un día invitó a Cindy a acompañarlo. Antes de ocupar su mesa habitual se la presentó al maître.
—Recuérdela bien. Es la señora Perino, Cindy Perino. Cuando venga sola no deje de darle la misma mesa que me daría a mí.
Los Martinis, tamaño familiar, eran la especialidad de la casa y liberada por fin de su embarazo y del período de lactancia, Cindy pidió un Martini con Beefeater, hielo y una corteza de limón.
Mientras bebían, charlaron sobre la exposición que estaban montando. Marcus utilizaba su apartamento igual que Cindy utilizaba su casa: como una galería íntima donde montar exposiciones reducidas para pequeños grupos de posibles clientes. No le apasionaba la obra de Amanda Finch, al menos no de la misma manera que a Cindy y a Dietz, y le comentó que no estaba pensando mostrar ninguno de sus cuadros en una cena que estaba preparando próximamente.
—Ya sé que no tenemos que enseñar su trabajo cada vez que invitamos a nuestros clientes a una exhibición privada —dijo Cindy—, pero tienes que admitir que nos hace ganar un montón de dinero.
—Lo que supone una importante consideración que hay que considerar cuidadosamente —dijo Marcus sesudamente.
Era difícil saber si Marcus estaba siendo sincero o simplemente irónico cuando soltaba ese tipo de frases. Cindy sonrió por toda respuesta.
No era una persona fácil de conocer. Era misterioso, probablemente de una manera deliberada. Sus pequeñas y puntuales sonrisas eran siempre intencionadas, pero no era fácil adivinar su significado.
En esta ocasión, sin embargo, le dedicó una sonrisa franca.
—Me gustaría hacerte un pequeño regalo —dijo—. ¿Lo aceptarías?
—Marcus, no sé qué decirte. ¿Qué es?
Él sacó del bolsillo de su chaqueta, el que no estaba deformado por la pipa, un saquito de terciopelo rojo cerrado con un cordón y se lo entregó.
Cindy lo abrió y sacó un netsuke espléndido. No medía más de cuatro centímetros, ni a lo alto ni a lo ancho, y estaba minuciosamente tallado mostrando, con total precisión y exquisito detalle, lo que representaba: dos minúsculas figuras de marfil haciendo el amor. La mujer estaba acariciando con su lengua el lingam del hombre mientras este le introducía el dedo anular de su mano derecha en su surco. Estaba tan maravillosamente realizado que era evidente la tensión entre los cuerpos.
Cindy se dio cuenta de que la talla valía miles de dólares. Aceptar una pieza de tan alto contenido erótico significaba cambiar automáticamente la naturaleza de su relación.
—No sé qué decir, Marcus.
—Dime que te gusta.
Ella cabeceó afirmativamente.
—Creo que es preciosa.
—Tiene unos cien años y fue realizada por uno de los mejores talladores especializados en ese tipo de temas.
—No sé si debo aceptar ese tipo de regalo —contestó.
—¿Por su tema?
—Por su valor.
—Me gustaría que lo hicieses.
—¿Qué pretendes sugerir, Marcus? ¿Que esa pareja podríamos ser tú y yo?
Marcus se sonrojó.
—Oh, no… Aunque no habría nada que me gustara más. Pero no; es solo una de las mejores piezas de mi colección y quería dártela como muestra de mi respeto.
Ella sonrió.
—No estás siendo sincero —le contestó.
Él cogió el netsuke y comenzó a darle vueltas entre sus dedos nerviosamente.
—No voy a negar que me gustaría que llegáramos a ser buenos amigos — admitió, devolviendo el netsuke a la palma de su mano y dejando que sus dedos se demoraran en el contacto más de lo necesario.
Cindy puso el netsuke en su bolsa de terciopelo y la guardó en su bolso.
—Muchas gracias por tanta amabilidad.
Lo había aceptado; aceptándolo también como amigo íntimo.