El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 8 de 45

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El Corcel

Capítulo 7, 1975

siete

1975

 

Estaban sentados en la terraza, viendo caer la lluvia que oscurecía la vista de la playa y ocultaba el mar a lo lejos. Era uno de esos aguaceros tropicales que algunas veces se desatan en Florida, que caen rectos desde un cielo cubierto de nubes oscuras, sin un soplo de viento que la haga penetrar por los mosquiteros de las ventanas abiertas. Hacía frío y, sin embargo, Número Uno continuaba allí sentado, abrigado con un chal de lana que la enfermera le había colocado sobre los hombros.

—¿Quién era ese rey —preguntó— al que le cubrían con mantas en medio de jóvenes vírgenes desnudas para que entrara en calor?

—David —contestó Angelo sonriendo—. Si no insistes en que sean vírgenes quizá te podamos encontrar algo.

Número Uno encontró fuerzas para sonreír a su vez débilmente.

—Cuando se llega a estos años —dijo—, uno no hace la menor diferencia si la chica que está contigo debajo de la manta es virgen, entonces quizá ha llegado la hora… ¡Diablos! Me había prometido a mí mismo que llegaría a los cien años y me temo que va a ser así. No te hagas ese tipo de promesas, puede que te veas obligado a cumplirlas.

Angelo no había venido directamente del aeropuerto. Anticipando la posibilidad de que hubiera un enfrentamiento, había cogido una habitación en un motel para tener un lugar donde refugiarse si era necesario. Vestía una chaqueta de madrás sobre un polo blanco y unos pantalones de color caqui Sandhurst.

Loren se encontraba también allí. Era tan evidente que estaba tenso que Angelo se preguntó si no habría tomado algo. No importaba cómo se vistiera; Loren Tercero siempre daba la impresión de estar fuera de lugar, como ese chico que va a la escuela vestido de carnaval para descubrir que todavía falta una semana. Sus ropas de golf eran inadecuadas para la ocasión e incongruentes en presencia de Número Uno.

La que resultaba interesante era Roberta. Angelo había oído hablar de ella pero no la conocía. Su nombre completo era Roberta Ford (nada que ver con esos Ford, añadía rápidamente) Ross Hardeman y era una mujer formidable, de eso no había la menor duda, aunque le hubiese gustado encontrar una palabra que la definiera mejor. Pocas veces se había encontrado con una mujer tan descaradamente segura de sí misma. Número Uno nunca hubiera admitido que ninguna de las anteriores mujeres de Loren estuviesen presentes en lo que prometía ser una complicada reunión de negocios, pero se lo permitía a ella. No era en absoluto el tipo de mujer que Angelo había esperado encontrar al lado de Loren.

Aparte de su absoluta seguridad en sí misma, su mismo aspecto físico imponía. Encontró interesante la manera en que llevaba cortado el pelo: muy corto hasta la parte superior de las orejas y en mechones más largos por la parte superior. No era una mujer hermosa pero sabía cómo sacar partido a lo que tenía y resultaba claramente atractiva. Llevaba unos pantalones color crema estrechos, con estribos que los mantenían tensos y resaltaban sus formas, y un polo de color fresa que llenaba con un busto considerable.

—Me imagino que todavía sigues pensando que deberíamos fabricar ese coche de mierda —dijo Número Uno.

—Ese puede ser un buen nombre para el automóvil, el Merdal.

—¿A qué has venido aquí? A hablar del coche o a hacer un chiste malo.

—Solo he venido para hacerte una visita de carácter social —contestó Angelo—. No he venido a hablar de negocios.

—Loren —contestó Número Uno—, asegúrate de que Angelo recibe un cheque por veinticinco mil dólares la próxima semana. Sus honorarios por consulta; a ver si podemos ya empezar a hablar de negocios.

—No me he ofrecido para hablar de negocios a ningún precio.

—No seas terco —contestó Número Uno y se volvió hacia Roberta—. Ya ves lo que tengo que aguantar cada vez que viene a verme. ¡Vamos!, deja ya de jugar, Angelo, necesitamos tu colaboración.

—¿Esas tenemos? ¿Necesitáis mi colaboración? ¿Desde cuándo?

Número Uno se volvió para mirar abstraídamente el mar durante un largo rato y los otros se preguntaron si no habría perdido el hilo de la conversación.

—¿Te acuerdas que en una ocasión te pedí que fueras mis piernas? —preguntó finalmente a Angelo.

—Para después despedirme cuando hice el trabajo demasiado bien.

El viejo agitó las manos impacientemente.

—Olvida todo eso. Dinos cómo fabricar ese coche.

—Ha pasado demasiado tiempo —contestó Angelo— desde la última vez que hablamos sobre lo que se tenía que hacer para sacar a flote a Bethlehem Motors. Desde entonces General Motors lleva tiempo trabajando en el diseño de un coche con motor transversal, de bajo consumo de gasolina y lo mismo ha estado haciendo Chrysler. Habéis llegado demasiado tarde a la línea de salida, señor Hardeman.

—Sí, sí. Ya he leído tus informes a Wall Street. Ya sé lo que piensas. La cuestión ahora es ¿qué podemos hacer?

Angelo dirigió una mirada a Roberta que intuía le iba a escuchar con una mente más abierta que Número Uno o Número Tres.

—Es muy simple —contestó—, pero tenéis que olvidaros de proyectar vosotros solos el coche. Porque cuando hayáis conseguido diseñarlo, tengáis los estudios de ingeniería necesarios y la maquinaria apropiada para fabricarlo, vuestros competidores se habrán apoderado ya de ese mercado. Aunque existe una manera de evitarlo.

—¡Suéltalo ya! —dijo Loren incapaz de ocultar el despecho en su voz.

—El motor y el sistema de transmisión que necesitamos están siendo fabricados por Shizoka. Es un conjunto excelente fabricado con las más altas exigencias de calidad. No venden demasiados coches en Estados Unidos porque su modelo, el Chiisai, es demasiado pequeño o demasiado grande, según se mire. El mercado americano se orienta ahora a dos categorías de coches diferentes. Por un lado, los coches de tamaño familiar para transportar hasta seis personas los fines de semana, y, por otro, coches pequeños y rápidos que quemen neumáticos al salir como una bala. Se podría rediseñar el Chiisai, sin grandes esfuerzos, para que pudiera llevar a cuatro o cinco personas de tamaño americano, aunque algo apretadas. Si la carrocería está diseñada con un poco de gracia se puede conseguir un coche de aspecto atractivo: dinámico y romántico a la vez.

—Ya conozco el Chiisai —dijo Loren—. ¿Qué tendrían ellos que ver con Bethlehem Motors?

—Lo mejor sería formar sociedad con Shizoka —contestó Angelo—. Quizá incluso fusionar ambas compañías aunque eso no es absolutamente necesario. Pero lo que sí se tiene que hacer es diseñar, fabricar y vender conjuntamente el mismo coche. En Japón se llama de la manera que a Shizoka le parezca mejor, en América como vosotros queráis, y en Europa se comercializa con otro nombre. Pero siempre estamos hablando del mismo coche: tamaño medio, con nervio pero sin un derroche de potencia, sólido y fabricado de acuerdo con los más rígidos controles de calidad.

—¡Formar sociedad! —gritó Número Uno—. ¡Fusionarme! ¿Con los malditos japoneses? Prefiero dejar que la compañía se hunda.

Loren sonrió condescendientemente.

—¡Venga ya, Angelo! Por esos veinticinco mil dólares que estás cobrando por tus opiniones podías haber pensado en algo mejor que todo eso.

—Podéis meteros el dinero por donde os quepa, Hardeman. No lo necesito y tampoco os necesito a vosotros.

—Nunca has sido tan listo como piensas que eres —gruñó Número Uno.

Angelo sacudió la cabeza pacientemente.

—Querido amigo —le dijo al anciano—, en 1939, cuando modificaste mi coche de pedales, a pesar de ir en una silla de ruedas, estabas todavía abierto a nuevas ideas y posibilidades. El problema, y no se te puede culpar por ello; has vivido demasiado tiempo y demasiado dolorosamente, es que has estado cerrado a cualquier innovación prácticamente desde 1939. Tu empresa no te sobrevivirá, porque toda la curiosidad y energía te han abandonado, y ni tu hijo ni tu nieto la han heredado.

Número Uno clavó sus ojos en Angelo. Su cara adoptó un aire blando que no reflejaba la menor expresión. Al cabo de unos momentos cabeceó y dijo apagadamente:

—Adiós, Angelo.

Angelo comprobó los horarios de las líneas aéreas. Podía haber volado de regreso a Nueva York aquella misma noche pero hubiera tenido que salir disparado al aeropuerto y efectuar transbordo en Atlanta, y prefirió pasar el resto de la tarde tranquilamente después de una buena cena. Llamó a Cindy para contarle todo lo sucedido, y estuvo encantada de saber que los Hardeman no le habían hecho ninguna oferta. Se había despedido de Número Uno y suponía que esa sería la última vez que lo volvería a ver con vida.

Por otras visitas que le había hecho sabía que siempre se podía comer mucho mejor en la ciudad que en la mesa de los Hardeman, compartiendo una comida insípida y triste como invitado de un sombrío anciano.

Encontró una mesa con vistas al mar, y mirando el ir y venir de las olas que rompían contra la costa bajo los focos de poderosos reflectores se tomó varias piñas coladas y una langosta acompañada con una botella de vino blanco. La camarera que le servía le dijo que lo había visto conducir en el circuito de Daytona; tenía su Pontiac Firebird en el aparcamiento y le encantaría ser su pasajera si quería probarlo. Él le dio las gracias; quizá en otro momento, cuando no hubiese bebido tanto.

Tenía una botella de whisky escocés en su habitación, pero ya había bebido lo suficiente, así que se desnudó y arregló las almohadas para ver desde la cama un partido que daban por televisión. Todavía no era media parte cuando llamaron a la puerta.

—¿Quién es?

—Roberta Hardeman.

Angelo se quedó sorprendido.

—Un minuto, tengo que vestirme —respondió.

Iba vestida de la misma manera que cuando la había visto en la terraza. Los pantalones ajustados y la camisa bien llena.

—¿Puedo entrar? Necesito hablar contigo.

Angelo cabeceó afirmativamente dejándola pasar.

—¿Dónde está Loren?

—Durmiendo el sueño de los inocentes —contestó— o, para ser más exacta, durmiendo la mona. No sabe lo que se pierde.

Angelo hizo un gesto en dirección al sofá, pero ella prefirió sentarse en una de las sillas.

—¿De qué tenemos que hablar, señora Hardeman?

—En primer lugar, mi nombre es Roberta, no señora Hardeman. ¿Puedes ofrecerme algo para beber o prefieres que bajemos al bar?

—Tengo escocés, pero no tengo hielo.

—Es un auténtico pecado ponerle hielo a un buen escocés.

—¿Agua?

—Solo una cucharada.

—Admira mis vasos de fino cristal —dijo mientras le dio su bebida en un vaso de plástico y se sirvió otro—. ¡A tu salud! Bueno, de qué querías hablar.

—¿Te lo puedes creer si te digo que amo a Loren Hardeman?

—No.

—Bueno, ya sé por qué piensas eso. Ya sé lo que te hizo. Incluso conociendo la historia desde su punto de vista, hizo algo vergonzoso. Pero lo quiero, no me casé con él por su dinero, tengo fortuna propia.

—Me alegro. Puede que la necesites —contestó Angelo fríamente dando un trago a su copa.

Roberta se quedó abstraída mirando la suya antes de tomar un sorbo.

—Cualquiera que sea la opinión que puedas tener de él, y tienes razones para tener la peor posible, no tienes intención de matarlo, ¿me equivoco?

Angelo se encogió de hombros.

—No te preocupes, si alguna vez tuve la tentación de llamar a mis amigos de la Honorable Sociedad para que lo eliminaran, fue hace tiempo. Ya he cicatrizado y tengo una nueva vida.

Ella cabeceó afirmativamente y sonrió.

—Lo mismo le pasa a él.

Angelo la miró de arriba abajo con descaro, haciendo un balance crudo e íntimo de sus atributos.

—Ya lo veo —contestó.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella con descaro.

—Sí.

—Ese podría ser un tema que podríamos dejar para más adelante —respondió—. En este momento solo quiero hablar de Loren. Ya sé lo que hizo: ordenó que te propinaran una paliza que te dejó malherido y humillado. Ese fue el precio que pagaste por las manipulaciones de Número Uno. Ese viejo solo te utilizó. Lo sabes muy bien. Y también utilizó a Loren. ¿Tienes idea del precio que Loren tuvo que pagar?

—¡Dímelo tú!

—¡Lo castró psicológicamente! Lo dejó a cargo de la empresa, pero primero le cortó una de sus pelotas. Lo mismo que había hecho con Número Dos, con la diferencia de que a él le arrancó las dos de cuajo. Ese anciano es maligno, Angelo.

Angelo negó con la cabeza.

—Viejo, frustrado, infeliz… sí. ¿Maligno? No lo creo.

—Le tienes aprecio, ¿no es cierto?

—Lo admiro —contestó Angelo—, fue más listo que yo, y consiguió engañarme. No tengo más remedio que sentir cierto respeto por quien fue capaz de hacerlo. Ese es el motivo por el que no tengo ninguna consideración por tu marido. Es incapaz de vencerme utilizando su cabeza. Puede intentar matarme pero nunca sería capaz de ganarme.

—Tu modestia es abrumadora —contestó ella acabando de un trago su bebida—. ¿Puedes darme otra copa?

Se levantó y se llevó los vasos al baño, donde había dejado la botella.

—Angelo —dijo ella mientras él se encontraba en el baño—. A Loren le van a cortar la segunda pelota que le queda. ¿No lo ves?

—No, no lo veo y, en cualquier caso, tampoco me importa.

—El viejo le dio el control de Bethlehem Motors.

—¡Familia! —interrumpió Angelo, volviendo con las bebidas—, por muy incapaz que sea, Loren es un Hardeman al fin y al cabo.

—Pero no es Número Uno y nadie va a ocupar ese puesto. El viejo no va a dejar que eso pase. Tú eres tan bueno como él y lo sabe. Ese es el motivo por el que te despidió. Loren es una apuesta segura: nunca llegará a ser lo bastante bueno para poder hacer sombra a la reputación del fundador, y por eso…

—¿Por eso qué?

—Por eso le dio a Loren el control de una empresa que está al borde de la quiebra. Número Uno creó la empresa. Número Dos no fue lo suficientemente hombre para dirigirla y Número Tres lo único que hará será presidir su colapso, lo cual terminará de señalarlo.

Angelo se encogió de hombros.

—¿Has fracasado alguna vez, Perino? Fracasado de verdad. ¿Sabes lo que se siente? Dudo que lo sepas; nunca te ha pasado.

—Bueno, ¿y qué quieres que haga? ¿Para qué has venido a verme?

Ella se levantó y se acercó a la ventana apartando las cortinas para mirar en dirección a la autopista que pasaba enfrente del motel y que estaba congestionada por el tráfico. Inesperadamente se sacó la camisa de color fresa y se volvió para encararlo revelando el formidable sostén que necesitaba para contener y moldear su figura.

—¡Uh, uh! —dijo Angelo—. Nosotros…

—Bueno —contestó—, no nosotros dos; de momento no está escrito en las estrellas, solo quiero ponerme cómoda.

Y abrió el cierre de su sujetador dejando que sus pechos saltaran libres. Eran las tetas más grandes que jamás había visto sin ser grotescas. Las suyas eran duras, bien formadas, y no se descolgaban.

—No tienes idea de lo incómodo que es llevar esta especie de arnés durante doce horas seguidas. —Y se volvió a poner la camisa—. ¿Tú también tienes que llevar los calzoncillos reforzados para aguantar lo tuyo?

Él se levantó, fue al cuarto de baño y volvió con la botella de whisky para colocarla entre ambos sobre la mesa. No se había sentido atraído por Roberta cuando había estado oculta por nailon y elásticos, pero esas enormes tetas brincando libremente dentro de su camisa de color fresa le estaban dando una erección.

—Te preguntarás por qué he venido hasta aquí —dijo ella cogiendo la botella y sirviéndose otra copa—. La razón es que tengo la esperanza de que los dos juntos podamos ayudar a Loren.

—No puedo hacer nada para ayudarlo ni aun queriendo. Pero, además, ¿por qué iba a querer hacerlo?

—Tú puedes salvar la compañía, Angelo. El viejo sabe que puedes hacerlo. Sabe que tienes razón respecto del motor transversal y la asociación con los japoneses. Loren también lo sabe y los dos te van a pedir que salves Bethlehem Motors y cuando lo hagas habrás castrado a Loren tan efectivamente como el viejo lo hubiera hecho. Su padre acabó suicidándose y Loren es capaz de ello.

—¿Por qué habría de importarme? —preguntó Loren.

—Tú no eres un hombre despiadado, Angelo. Tienes que ayudarme a salvar a mi marido… te lo ruego.

—No quiero que me supliques, Roberta.

—Mejor —contestó—, porque prefiero hacerte una proposición de negocios razonable que sea beneficiosa para ambos.

—¿Y qué me dices de Loren?

—Eso dependerá de lo hombre que resulte ser.

—No veo ninguna razón por la que me interese mezclarme otra vez con los Hardeman.

—Tú quieres diseñar un automóvil totalmente tuyo, ¿no es eso? —preguntó—. Eres de la misma pasta que el viejo; podrías continuar como consultor, ser esto o aquello, pero nada enciende tus entrañas como proyectar un coche. Lo mismo que el viejo con el Sundancer o Lee Iacocca con el Mustang. Esa es la razón por la que el viejo no quiere oír hablar a Loren de abandonar la fabricación de automóviles. Una docena de jóvenes vírgenes no le calentarían por dentro de la misma forma que sacar otro coche.

—Ya, pues tiene una forma muy peculiar de hacerlo, ¿sabes?

—Bueno ¿y qué?, si a ti y a mí, en el fondo, nos da igual lo que le encienda las entrañas al viejo —contestó Roberta—. Tu interés, mi interés, está en lo que te enciende a ti, Angelo. Los automóviles son tu vida, Perino, y Bethlehem Motors es la única compañía en la que podrás hacer y deshacer. Tú puedes…

—El anciano…

—El anciano habrá muerto dentro de año y medio si no lo hace antes —contestó.

—Y Loren…

—Hará lo que yo le diga —replicó.

—Bueno, ¿cómo crees que podemos evitar que le corten su última pelota? — preguntó Angelo—. ¡Como si eso me importara!

—Trabajaremos juntos —contestó—. Tú me cuentas tus ideas y yo se las susurraré en la almohada. Al día siguiente se presentará en la oficina lleno de entusiasmo… por tus ideas.

—No me digas que es de esa clase de tontos.

Ella sonrió.

—Tú le conoces desde hace más tiempo que yo.

—Me siento como si estuviese a punto de ser chupado por un remolino.

—Buena descripción —contestó Roberta con una sonrisa maliciosa—, chupado. Eso es precisamente lo que voy a hacer, chuparte. Eso y otras cosas más. —Y se quitó la camisa, arrojándola a un rincón de la habitación—. Ven, vamos a sellar esa alianza entre nosotros. Nadie más necesita saberlo.

—Roberta, yo…

—No me conviertas en tu enemigo, Angelo. Quiero que se construya tu coche, y puedo ayudarte o impedirlo. El Mustang no se llamaba Lee y tu coche tampoco se llamará Angelo, pero todo el mundo sabrá quién lo hizo.

Continuó desvistiéndose hasta quedarse totalmente desnuda.

—Esto no es necesario —comenzó a decir.

—Este es un pacto de gran importancia —contestó ella—. Y no podemos ponerlo por escrito. Qué quieres que hagamos, ¿que nos demos la mano? ¡No! ¿Recuerdas cómo se solían registrar los linderos de los campos en Inglaterra durante la Edad Media? Llevaban a un chico a uno de los puntos importantes del lindero y le bajaban los pantalones para darle una buena zurra. De esa manera estaban seguros de que el chaval nunca más se olvidaría de aquel lugar. No solo era el sitio que le habían señalado como importante; era además el lugar donde le habían puesto el culo bien caliente y eso sí que nunca lo olvidaría. Bueno, pues tú tampoco te vas a olvidar de esta noche. Ninguno de los dos olvidaremos lo que hemos pactado hoy.

Angelo cabeceó afirmativamente.

—Será una noche para recordar —acabó admitiendo.

—Solo para asegurarnos de que así sea, ven aquí al sofá. Voy a tumbarme sobre tus rodillas y quiero que me azotes el culo hasta que esté rojo como un tomate.

—Roberta…

—Es lo que quiero que hagas, Angelo. Hasta que empiece a llorar y te suplique que pares. Así sellaremos nuestro pacto. Y después haremos un par de cosas que nos harán recordarlo. Una follada exótica, Perino; no lo de todos los días.

Ella volvió la cabeza y se rio después de recibir su primer azote. Se estremeció tras el segundo y apretó los dientes y arrugó el gesto después. Al rato comenzó a llorar pero él no paró de azotarla hasta que ella se lo suplicó. Estaba todavía sollozando cuando se puso de rodillas delante de él y comenzó a chupársela. Le hizo el trabajito con tal vigor, que no estaba seguro de poder cumplir con su parte de lo que le había prometido que vendría a continuación.

En la cama, debajo de él, gimió y soltó pequeños gritos encelados.

—¡Oh! —rugió guturalmente—. Este Angelo tiene una polla como un pistón.

 

Al día siguiente se despertó con el sonido del teléfono. Era la secretaria de la casa Hardeman, para decirle que el señor Hardeman quería verlo antes de que cogiera su avión de vuelta a Nueva York. ¿Le sería posible?

El avión no salía hasta las diez, así que tenía tiempo suficiente para ir hasta la playa para ver al viejo una vez más.

No fue el anciano quien lo recibió sino Loren. Lo estaba esperando en la terraza con un desayuno de café, bollos y fruta.

El tiempo había mejorado y el sol de la mañana brillaba sobre unas olas que azotaban la playa suavemente mientras cientos de medusas varadas en la arena agonizaban fuera del alcance de las olas en retirada.

—Número Uno está durmiendo —dijo Loren.

—A su edad es normal.

—Iré directamente al grano, Angelo —continuó Loren—. A Número Uno y a mí nos gustaría creer que tus ideas sobre el nuevo coche son disparatadas pero sabemos que no es así. No tenemos más remedio que reconocer que tienes razón cuando argumentas la necesidad de negociar un acuerdo con Shizoka. Como es obvio, Número Uno no está en condiciones de negociar acuerdos o de diseñar el coche. Mis puntos fuertes no son precisamente negociar con los japoneses o la ingeniería de automóviles. Te necesitamos a ti para eso. Así están las cosas. ¿Pensaste alguna vez que me oirías decir esto?

—Yo no os necesito, Loren.

—¡Diablos!, nunca lo hiciste. Eres el tipo de persona que tiene éxito en cualquier cosa que se propone hacer, pero me imagino que lo que realmente enciende tus fuegos es diseñar un coche, algo que sea totalmente diferente. Lee Iacocca fue el verdadero promotor del Mustang pero no lleva su nombre; es un Ford no un Iacocca, pero todo el mundo sabe quién fue el responsable de su diseño.

Eran casi las mismas palabras que había utilizado Roberta la noche anterior, pensó Angelo. De vuelta a casa, ayer, debió de despertar a Loren y se lo había dicho todo, o quizá ya lo tenía convencido antes de ir a verlo. Fuera lo que fuese, Loren estaba repitiendo sus palabras como si fuera un muñeco de ventrílocuo.

—Lo que a mí me interesa es que la compañía sobreviva y prospere —continuó Loren—. Angelo, ya sé que tienes buenas razones para odiarme. Y qué diablos, yo también tengo algunas razones para hacerlo, pero vamos a olvidar todo eso y dejarlo atrás, ¿no te parece? Tú quieres fabricar el coche en el que crees y ni GM, ni Ford, ni Chrysler te van a dar esa oportunidad. Nosotros lo haremos. Número Uno y yo necesitamos a una persona que pueda diseñar un coche que saque a flote la compañía. Escucha, esto no es nada fácil para mí, pero te estoy pidiendo que vuelvas. Vuelve y construye ese coche.

—Quiero el título de vicepresidente para Investigación y Desarrollo —contestó Angelo—, y en calidad de consultor autónomo, no como empleado. Un contrato de cinco años, y una opción de compra sobre un paquete de acciones. Si el proyecto no sale adelante, me tendréis que pagar de cualquier forma esos cinco años en su totalidad. Y lo quiero todo por escrito. Además quiero tu compromiso, Loren, de que no te entrometerás en el proyecto. Tú obtendrás el reconocimiento de haber sido lo bastante listo como para haber contratado a Angelo Perino y yo el de haber construido un buen coche.

—No te andas por las ramas —contestó Loren.

—¿Tienes alguna objeción a mi propuesta?

—No, aceptada. ¿De qué honorarios estamos hablando?

—Digamos medio millón al año. ¿Cómo lo va a tomar Número Uno?

—Angelo, la manera en que lo tome Número Uno no va a importar mucho dentro de poco. ¿Cuánto tiempo más puede vivir? E incluso antes de eso, ¿cuánto tiempo puede aguantar antes de entrar en coma? Angelo, esto es entre tú y yo. Así van a ser las cosas. No necesitamos más a Número Uno.