El Corcel
Capítulo 20, 1982
veinte
1982
—Se ha pasado —dijo Loren a Peter Beacon—, el XB 2000 es una auténtica mierda.
—Y lo que es peor —añadió Beacon—. Pretende cerrar la planta de fabricación del Sundancer y abrir una nueva planta automatizada llena de robots. Robots para hacer soldaduras y toda esa clase de cosas. Y no solo eso: para poder producir esa resina epoxy que se ha empeñado en utilizar, tendremos que implantar una tecnología totalmente nueva. Nadie en la industria del automóvil está pensando en emplear ese material. Los coches acabarán costando 20 000 dólares cada uno, a menos que invirtamos decenas de millones de dólares en la maquinaria que se necesita para poder fabricar las enormes cantidades de resina de epoxy que vamos a precisar.
—¿Hay alguien que esté utilizando ese material en este momento?
—Bill[4]. Antes de su muerte estaba planeando construir un nuevo avión privado llamado el Lear Fan. Lleva una gran hélice en la parte trasera del fuselaje movida por dos turbinas. Decía que podría volar casi tan rápido como un jet de negocios, pero a la mitad del coste. El secreto estaba en el fuselaje de resina de epoxy, fuerte como el aluminio pero tan ligera que una persona puede levantar una pieza grande, como por ejemplo un parachoques, sin el menor esfuerzo.
—Pero cuesta una fortuna.
—A menos de que se disponga de la tecnología para producirlas en masa — contestó Beacon.
—Estamos hablando de una inversión de decenas de millones de dólares.
—Más de cien millones —precisó Beacon.
—Todo el mundo me está presionando para que construya ese coche —dijo Loren —. Mi hija quiere hacerlo. Mi… Anne también. Y ¡por todos los santos!, hasta mi mujer parece estar a favor.
Beacon enarcó las cejas.
—Bueno, hay una posible repercusión que no deberíamos pasar por alto.
—¿Cuál?
—Si el XB 2000 fracasa, eso podría significar el fin de Angelo Perino.
—Mira, eso podría hacer que valiese la pena invertir todo ese dinero —consideró Loren—. Supongamos que llevamos a cabo el proyecto para fabricar esta resina de epoxy. ¿Podríamos venderla?
—Quizá —contestó Beacon—. Se puede utilizar para fabricar un montón de cosas. Aviones…
—O automóviles —añadió Loren.
—O automóviles. Admitámoslo. Podría revolucionar la industria. Pero no olvidemos que Perino va demasiado de prisa. ¿Se acuerda de que quiso sacar un coche con un motor de turbina rotatoria?
—El Betsy.
—Y también comete errores. Quizá deberíamos dejar que asuma la total responsabilidad sobre este proyecto. Si su maldito proyecto funciona, tendremos un centro de beneficios, si falla…
—Pete, ¡está tirándose a mi hija! ¡Quiero romperle el culo! No sé qué es lo que prefiero, si un éxito de miles de millones de dólares o darle a ese Perino una patada en el culo, pero me conformaré con cualquiera de esas dos cosas.
Betsy insistió en acompañar a Angelo a la reunión con Marco Varallo, el diseñador italiano, autor del boceto del deportivo que había mostrado a los directores de concesionarios en abril.
Él voló primero a Londres y desde allí cogieron un vuelo a Turín donde reservaron dos habitaciones separadas para no dar la impresión de que estaban durmiendo juntos. Ahora que sabían que Loren estaba al tanto de su relación tenían que andarse con mucho cuidado. Una fotocopia del registro del hotel firmada señor y señora Perino se la podían enviar de forma anónima a Cindy y ninguno de los dos deseaba que eso pasase.
Varallo los recibió en su estudio, una sala enorme y soleada llena de maquetas de coches de arcilla, uno de ellos a escala natural, donde tenía su enorme tablero de dibujo.
—Va a montarse sobre una plataforma de Volkswagen —dijo Varallo señalando el modelo a tamaño natural.
Era un hombre cuadrado, de pequeña estatura, tez sonrosada y cabellos blancos. Estaba lleno de entusiasmo por todo lo que hacía y hablaba animadamente con una voz ligeramente chillona mientras gesticulaba exageradamente con sus manos. Su inglés era peculiar. Angelo podía haber hablado con él en italiano, pero Betsy no los hubiera entendido.
Varallo rebuscó entre los planos que se apilaban en una mesa, escogió uno y se lo llevó a la mesa de dibujo.
—Esta es la plataforma del XB Corcel, ¿no?
—Sí —contestó Angelo—. Es el Corcel sin carrocería. Lo utilizaremos con algunas modificaciones.
—He realizado mi diseño, pensando que así sería. ¿Les ha gustado el dibujo que les envié?
—Sí, mucho.
—Me pregunto —dijo Betsy— si tiene otros diseños.
—A las señoras les encanta ir de tiendas —contestó—. ¿No? No les gusta quedarse con la primera cosa que ven aunque les guste. Sí, tengo más bocetos.
Revisándolos Angelo y Betsy notaron que siempre se inclinaba por coches bajos con un frontal en forma de cuña. Las entradas de aire estaban situadas debajo de los parachoques delanteros. Eso no acabó de gustarle a Angelo.
—He conducido coches con los radiadores muy cerca del suelo y lo único que hacen es recoger polvo, cuando no agua y barro. ¿Por qué no abrimos una entrada estrecha sobre el capó del coche?
—¿Y arruinar la línea?
—No arruinará la línea, signor. Estoy seguro de que puede diseñarlo de tal manera que parezca que lo puso allí a propósito con el fin de mejorar la apariencia del coche.
—Y además —añadió Betsy—, nos podemos beneficiar de un buen flujo de aire a presión sobre el capó.
Varallo cogió un lápiz y dibujó una ranura de entrada que se extendía de lado a lado.
—La anchura final dependerá de las pruebas que realicemos —dijo—. Y el aire para el compartimento de los pasajeros puede venir de…
—Entradas laterales —interrumpió Angelo—, justo detrás de las puertas.
—Me gustaría que los faros se ocultasen —dijo Betsy.
—Demasiado caros —contestó Angelo.
—Entonces encájalos y cúbrelos con plexiglás para que sigan la línea del capó — dijo ella—. Tal como están rompen la línea de ataque.
—Esa es una buena idea —dijo Varallo.
—Me gusta este boceto —dijo señalando un diseño de un coche todavía más bajo del que habían mostrado de Detroit.
—En tres días tendré un modelo en arcilla.
—Puede tomarse tres semanas, signor, tengo que irme a Japón y no estaré de vuelta hasta entonces.
En el cuarto de Angelo, Betsy se quitó la ropa y se estiró en la cama. Angelo sirvió dos whiskies pero ella rehusó el suyo sacudiendo la cabeza.
—No puedo beber durante una temporada, querido —dijo suavemente.
—¿Por qué?
Betsy sonrió.
—Estoy embarazada —contestó— de nuestro hijo. ¿Qué prefieres, niño o niña?
No hubiera servido para nada preguntarle si estaba segura de que era suyo. Se sentó en la cama cerca de ella y le cogió la mano.
—Me alegro, Betsy —susurró. Hubiera sido cruel decir otra cosa.
Loren estaba tumbado boca abajo sobre la cama matrimonial, atado por las muñecas y los tobillos a los cuatro postes de la cama. Acababa de comprar un látigo de los que se emplean en las calesas para que Roberta lo usara con él y lo había estrenado con seis espléndidas señales que le cruzaban el trasero.
Ella, totalmente desnuda excepto por un sostén de encaje negro, lo miraba sentada cómodamente en un mullido sillón tomando un whisky y fumando un cigarrillo.
—Esa puta barata está embarazada otra vez —dijo él—. Me ha llamado desde Londres esta mañana.
—¿Y qué? Esa es Betsy. ¿Quién se lo ha hecho esta vez?
—Esa es la peor parte. No me lo quiso decir —contestó—, pero casi estoy seguro de quién ha sido.
—¿Sí? ¿Quién?
—Angelo Perino —murmuró.
La cara de Roberta se endureció congestionada por la cólera. Se levantó de un golpe y agarró el látigo descargándolo con toda su furia sobre el trasero de Loren. El golpe le cortó la carne y la sangre comenzó a supurar de la roncha que se le había formado.
—¡Roberta! ¡Por Dios! No tan fuerte.
Ella volvió a darle y aún descargó un tercer zurriagazo que le arrancó un nuevo alarido.
No tuvieron más remedio que preguntarse si la persona que llamó a la puerta había escuchado el grito. Roberta desató la mano izquierda de Loren y dejó que él terminara de desatarse solo mientras iba a abrir la puerta.
—¿Quién diablos será? —murmuró mientras se ponía la bata.
Reconoció a la persona que estaba en los escalones de la entrada a la luz de la lámpara que colgaba sobre la puerta. Era Burt Craddock, el hombre para todo de Número Uno. El hijo de la obsequiosa y horrible secretaria a la que le gustaba espiar las conversaciones telefónicas del anciano.
Burt estaba parado como un boxeador, alerta sobre la punta de los pies. Llevaba unos zapatos de tenis blancos, un jersey de cuello alto azul y unos pantalones de algodón caquis. Tenía el pelo prematuramente gris y el rubor de su cara sugería que antes de visitar la residencia de los Hardeman había fortalecido su valor con un par de copas.
—¿Me recuerda, señora Hardeman?
Roberta asintió fríamente con un gesto de cabeza.
—¿Qué desea?
—He venido para hablar con ustedes sobre algo que estoy seguro les va a interesar.
Ella dudó un momento pero se hizo a un lado para dejarle entrar y lo llevó al cuarto de estar en la parte trasera de la casa.
—¡Oh! Daría mi vida por un Steinway como ese. ¿Le importa? —Y sin esperar la respuesta se sentó al gran piano y pulsó un acorde para después tocar toda una frase musical.
—¿De qué me quería hablar?
—Bueno… creo que el señor Hardeman también debería estar presente.
Roberta encendió un Chesterfield.
—¿Quiere beber algo? —preguntó dirigiéndose al bar y cogiendo una botella de whisky etiqueta negra.
—¿Escocés? Sí. Gracias.
Loren entró en la habitación, bata y pijama, caminando ligeramente agarrotado.
—Craddock —preguntó—. ¿A qué debemos el placer de esta visita?
Craddock continuó sentado en el taburete del piano y antes de contestar le dio un sorbo al whisky que Roberta le había servido.
—Bueno… su abuelo era un hombre especial, ¿no le parece? Entre otras rarezas tenía la de poner micrófonos en todas las habitaciones de la casa de Palm Beach y, además, en unas cuantas puso cámaras de vídeo. Eso era parte de mi trabajo: instalar y mantener todo ese equipo. Resumiendo, señor y señora Hardeman: el finado señor Hardeman me pidió que grabara en la intimidad de sus dormitorios y eso hice. La cinta es muy interesante.
—Eso es un montón de basura. ¡Mentira!
Craddock levantó las cejas ladeando la cabeza y sonrió burlonamente.
—Al finado señor Hardeman le divertía saber que tenía un nieto masoquista felizmente emparejado con una sádica. Podría repetirles parte del diálogo de su bonita actuación aquella noche. ¿Quieren escucharlo?
—No hace falta —contestó Hardeman incómodo. Su cara se había puesto roja de vergüenza—. ¿Me está diciendo que tiene esa cinta?
Craddock cabeceó afirmativamente.
—Una copia. El señor Hardeman había instalado tres grabadoras. Fue muy fácil conectar dos de ellas para hacer una copia de las cintas.
—¿Cintas? —preguntó Roberta—. ¿Quiere decir que había grabado a más gente?
Craddock sonrió maliciosamente.
—Señor Hardeman, tiene usted una hija que es toda una atleta sexual.
—¿Con quién estaba?
—Con el señor Perino.
Loren suspiró.
—Me imagino que quiere dinero. —Se sirvió medio vaso de whisky puro y se lo bebió de un trago.
Craddock sonrió y se encogió de hombros.
—Eso sería lo justo, señor Hardeman. Su abuelo fue muy tacaño en su testamento. Solo le dejó una miseria a mi madre y no dejó nada para mí, después de años de haberle servido fiel y confidencialmente.
—¿Por una gratificación me entregaría las cintas?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Le parece razonable, digamos… doscientos mil dólares.
—Me parece una locura, pero suponga que le pago. ¿Dónde esconde las cintas y cuándo me las entregaría?
—Las cintas están en Florida, desde luego.
—¿Y me las entregará aquí?
—Si eso es lo que desea.
—Está bien.
—Por favor dese cuenta de que somos gente humilde. He tenido que coger un avión, alquilar un coche… —Se encogió de hombros y levantó las manos con las palmas hacia arriba—. ¿No podría adelantarme un poco de dinero?
—Creo que sí. No estoy seguro de cuánto tengo en la casa. Tendré que abrir la caja fuerte. Tardaré un par de minutos.
Roberta hizo un gesto con la cabeza a Craddock.
—Déjeme oírle algo que mi marido dijera en la cinta.
—Él decía: «Oh, cariño, eso es fantástico. Hazlo otra vez.» Otra vez dijo: «¡Eh! No tan fuerte que me haces daño» y usted le respondió: «Duele pero sé que te gusta. ¿Quieres que continúe?»
—Y Betsy. ¿Qué es lo que hacían Betsy y Perino?
—Bueno… quizá no debería decirlo.
Roberta aplastó su cigarrillo.
—¿Cómo podemos confiar en que no sacará otra copia de las cintas y volverá a pedirnos más dinero?
Craddock sonrió.
—Tendrán que confiar en mí.
—Y una mierda —dijo Loren desde el vano de la puerta empuñando un Smith & Wesson del 38 en su mano derecha.
Craddock se puso de pie de un salto.
—¡Eh! —chilló.
Loren disparó. Craddock se había dado la vuelta para huir por la puerta trasera y el disparo de Loren le dio en la nalga izquierda. Craddock gritó y dio un salto intentando alcanzar la puerta. Loren volvió a disparar pero no le acertó. La bala se estrelló en la pared. Loren tiritaba inconteniblemente al apuntar el revólver por tercera vez. Sus manos estaban trémulas y su mandíbula castañeteaba.
Roberta le arrebató la pistola, apuntó con decisión y disparó, dándole a Craddock en medio del pecho. Ya no volvió a gritar más.
Loren se dirigió a tropezones hacia el bar.
—¡No! —gritó Roberta—. Tenemos que limpiarlo todo y tenemos que libramos del cuerpo y de su coche. Ni una sola gota más.
—Tuve que hacerlo —farfulló Loren.
—Tenías que hacerlo —concordó Roberta—, pero estuviste a punto de joderla.
No jodieron el resto. Cuando se descubrió el cuerpo, la policía les interrogó, ya que Burt Craddock había sido un antiguo empleado de Número Uno, pero la relación entre Craddock y los Hardeman era ahora tan lejana que los inspectores no insistieron en esa línea de investigación.
Llegaron a la misma conclusión respecto a una posible conexión entre Craddock y Angelo Perino. Por teléfono, Angelo les confirmó que conocía a Craddock, pero que no le había visto desde la última vez que había visitado la casa de los Hardeman en Palm Beach.
La señora Craddock lloró ruidosamente pero declaró no tener ni idea del motivo por el que su hijo había viajado a Detroit.
Tadashi Komatsu no tenía interés en fabricar el XB 2000 para el mercado japonés.
—Solamente se puede vender un coche como ese en Estados Unidos o en Europa —dijo— pero nada más. Si ustedes lo fabrican, nosotros también estaríamos compitiendo por el mismo mercado y no es lo suficientemente grande para ambos.
—Esperaba que pudiéramos ser socios —contestó Angelo.
El señor Tadashi hizo una reverencia y cabeceó negativamente.
—Otras compañías, además de la suya —dijo Angelo—, están desarrollando materiales basados en la resina de epoxy y poseen la tecnología necesaria para hacerlo a un coste razonable. Pero la mejor, con diferencia, es la suya. ¿Nos vendería una licencia de fabricación para poder usar su tecnología en Estados Unidos?
—¡Oh, sí! ¡Oh, sí! No problema.
—¿Nos prestaría además a Keijo Shigeto durante una temporada? Él y su familia podrían pasar un año o dos en Estados Unidos. Tengo una gran admiración por su capacidad como ingeniero.
—Sí, no problema. Si él estar de acuerdo.
Cindy estaba encinta otra vez y quiso navegar por el estrecho antes de que progresara su embarazo y le resultara incómodo. Bill Adams les había enseñado a ella y Angelo cómo manejar las velas de su yola Eva de diez metros y, junto con Alicia, los cuatro formaban una competente tripulación que maniobraba el bote con facilidad.
Bill prefería evitar navegar los fines de semana, así que fue un martes de agosto cuando salieron rumbo este por el estrecho de Long Island para fondear en la bahía del Little Neck. Mientras Cindy y Alicia preparaban el almuerzo en la cabina, Angelo y Bill charlaron en el compartimento en el que estaba el timón.
—No me gusta hablar de negocios cuando salgo a navegar —dijo Bill— pero corre por Wall Street el rumor de que estás planeando sacar un coche deportivo.
—Así es. Quiero aumentar nuestra línea de modelos. El Corcel es un éxito…
—Ha salvado a la compañía —interrumpió Bill.
—No me importa admitirlo —dijo saludando con su Martini en alto.
—Se dice que la carrocería será de resina de epoxy.
Angelo cabeceó afirmativamente.
—Es tan fuerte como el acero pero pesa la mitad. Podemos conseguir un coche rápido, potente y que tenga un consumo reducido de gasolina.
—Me gustaría hacerte una sugerencia. ¿Te molestarás si lo hago?
—No, en absoluto.
—Ya te comenté hace tiempo que un tiburón de las finanzas de New Jersey tenía el ojo puesto en XB. Su nombre es Herbert Froelich, presidente de Froelich & Green Inc. En los últimos ocho o nueve años, ha llevado a cabo más de media docena de
opas[5] hostiles contra compañías de tamaño medio. Ninguna de esas compañías existe en este momento. Venden sus activos más valiosos para realizar un beneficio y después las cierran. Ahora que XB tiene una posición más sólida que antes, están buscando financiación para comprar sus acciones.
—La mayor parte está en manos de la familia —dijo Angelo—, y otra gran parte pertenece a la Fundación Hardeman. No creo que ninguno de ellos quiera vender.
—Nunca se sabe —contestó Bill—. Hay veces en que el dinero rápido se hace irresistible. Loren Tercero está casado con una mujer que podría querer marcharse de Detroit. Podrían irse a cualquier parte del mundo y vivir mejor que el duque y la duquesa de Windsor.
Angelo sacudió la cabeza pensativamente.
—No sé qué puedo hacer para impedirlo.
—De eso es de lo que quería hablarte: de lo que se podría hacer. Estáis negociando con Shizoka la licencia de tecnología para elaborar la resina. Compra la licencia tú mismo, fabrica los componentes y véndeselos a XB.
—Puedo anticipar dos problemas —contestó Angelo—: el primero poder financiar la compra de la licencia…
—Podemos encontrar el dinero. Los Perino y los Morris no son precisamente pobres. Tú tienes una reputación, lo mismo que Shizoka. Si Tadashi Komatsu te cede a ti la licencia de fabricación seguramente lo hará en mejores condiciones que a XB.
—El segundo es el conflicto de intereses —continuó Angelo—. Como directivo de XB, no puedo…
—Lo que es esencial es que tu empresa esté en todo momento informada de todos tus pasos. El conflicto de intereses solo se produce cuando se opera en secreto. Además, siempre se podrían arreglar las cosas de tal manera que el señor Tadashi no le conceda la licencia de fabricación a XB.
—¿Arreglar?
—Tú déjame a mí. Tú no tienes que saber nada sobre ese asunto.
El consejo de dirección se reunió alrededor de la gran mesa de la sala del consejo. Como era habitual, Angelo Perino, vicepresidente para investigación y desarrollo, no se sentaba a la mesa sino en una de las sillas situadas contra la pared. Peter Beacon, vicepresidente de ingeniería, ocupaba un lugar idéntico.
Loren presidía, con Roberta sentada a su derecha. James Randolph, el profesor Mueller y Alexander Briley se sentaban a continuación a ambos lados. Como era habitual, la princesa Anne Alekhine había preferido quedarse en Europa y no asistir a la reunión. De estar presente hubiera sido el único voto con el que Loren no hubiera podido contar de antemano.
Angelo sintió una renovada hostilidad por parte de Loren. Bueno, ¿y por qué no iba a ser así? Había aumentado su rencor aquella noche en la suite de Betsy, cuando lo tumbó al suelo. Eso lo iba a tener que pagar tarde o temprano. Pero Roberta, ¿por qué estaba tan fría?
—El motivo de esta reunión —comenzó Loren— es decidir si la compañía debe continuar con el proyecto del XB 2000, después del serio tropiezo que hemos sufrido últimamente. Parece que uno de los elementos esenciales para el desarrollo del deportivo del señor Perino no estará disponible. Shizoka, la compañía japonesa que iba a darnos la licencia de su tecnología de resina de epoxy para fabricar la carrocería, se ha echado atrás. Sin ella, el coche pesará demasiado para poder desarrollar las prestaciones que planeábamos. Solo veo una salida: abandonar el proyecto.
Todo el mundo miró a Angelo para ver cómo iba a responder.
—Esa es una conclusión precipitada, señor presidente. Hay otras maneras de conseguir esa tecnología.
—Lo que me gustaría saber —intervino el profesor Mueller— es por qué Shizoka no nos ha querido vender su licencia.
—El señor Tadashi —dijo Loren— tiene la impresión de que nuestra compañía corre el peligro de ser adquirida por un notorio desguazador de empresas que tiene, en su opinión, una reputación más que dudosa, y no quiere que su tecnología pueda caer en manos de gente en la que no confía. Teniendo en cuenta que en este consejo la mayoría del accionariado está representada por mis acciones y las de la fundación, es obvio que sus temores son totalmente infundados.
—Él sí estaba dispuesto a negociar su licencia —aclaró Angelo—, pero a condición de que la compañía mantuviera su actual consejo directivo.
—Nuestros abogados nos avisaron de que eso era inaceptable —contestó Loren —. En América, de acuerdo con la ley de Sociedades Anónimas, no se puede limitar la facultad de una compañía para nombrar a sus directivos.
—¿Y no se puede construir el coche sin emplear ese material? —preguntó el congresista retirado Briley.
—Todo el proyecto está cogido con pinzas. Depende de eso y de otras cosas parecidas que implican un alto nivel de riesgo —dijo Loren hoscamente.
—Yo sí puedo conseguir ese material —dijo Angelo.
—¡Oh! ¿Cómo?
—El señor Tadashi no está dispuesto a conceder la licencia de fabricación a la empresa, pero estaría dispuesto a concedérmela personalmente. Podría formar una compañía para su lubricación y venderle los componentes de resina a XB Motors.
—¿Y eso cuánto nos costaría?
—Ni un céntimo hasta que no haya entregado mi primera partida del producto — contestó Angelo—. Mi compañía puede fabricar la resina de epoxy para la carrocería del XB 2000 y lo hará, con toda seguridad, a un precio más bajo que si se hiciera en la propia fábrica de XB.
—No soy capaz de entender —objetó Randolph, director de la fundación— cómo uno de los directivos de la compañía puede legal y éticamente vender productos a su propia empresa.
Angelo se levantó y entregó unos papeles a Loren.
—Aquí está mi dimisión como vicepresidente de XB Motors —dijo—. Si XB no va a fabricar el modelo 2000, yo tengo cosas mejores que hacer. Si se fabrica puedo venderles la carrocería y, si así lo desean, continuar trabajando con ustedes como consultor. Mis abogados me informan de que no habría nada ilegal en ese acuerdo. Tampoco hay nada que pueda ser tachado de conducta poco ética ya que acabo de informar de mis otros intereses a esta mesa con toda claridad.
—¿Puedo preguntar cómo vas a conseguir la financiación para todo eso? — preguntó Loren.
Angelo sonrió.
—Tengo una fortuna propia como sabes, lo mismo que Cindy. Ella es una de las accionistas principales de la compañía minera Morris y bueno, puede que hipoteque mis acciones de XB Motors.
—La compañía tomó en su día la decisión de fabricar el 2000 —dijo Roberta— y el señor Perino ya nos ha embarcado irremediablemente, con armas y bagajes, en esta travesía tan arriesgada. La única causa que nos hacía pensar en una posible modificación era este problema que surgió a última hora, pero si ahora tenemos asegurado el material…
—Entonces no hay motivo para plantearse de nuevo el proyecto —interrumpió Loren volviéndose a Roberta—. Tú crees que deberíamos continuar, ¿verdad? —le preguntó.
—No ha cambiado nada —contestó ella—. Nuestro recién dimitido vicepresidente nos ha comprometido demasiado en este proyecto como para abandonarlo ahora.
—Muy bien, me gustaría la aprobación de este consejo para negociar un contrato con el señor Perino tras aceptar su dimisión.
Roberta hizo un aparte con Angelo en el vestíbulo de la sala del consejo.
—Algún día te vas a pasar de listo —dijo—. Sospecho que la resina de epoxy es la única parte de todo este proyecto que vale algo. ¿Cómo lograste camelarte a los japoneses?
—Roberta, ¡te juro por Dios que no lo he hecho! Nunca le he dicho nada al señor Tadashi sobre ese rumor de una opa hostil. Tú me hablaste hace tiempo sobre ese tiburón financiero de New Jersey y sobre la posibilidad de que tú y Loren os marcharais a vivir a París, pero te juro que no se lo conté a nadie y mucho menos a alguien en Japón.
Ella suspiró.
—De acuerdo, si tú lo dices. Pero me sigue pareciendo que te vas a quedar con la mejor parte del proyecto.
—Quizá.
—Júrame otra cosa —le pidió sombríamente.
—¿Qué?
—Júrame que el niño que Betsy va a tener no es tuyo.
Angelo cabeceó afirmativamente.
—Lo juro.
Ella le miró sondeándole con ojos duros y fríos.
—No te creo —murmuró.
—Haces preguntas comprometidas y después no quieres creerte las respuestas. Bueno, yo también tengo una pregunta para ti y Loren. ¿Júrame que no tuvisteis nada que ver con la muerte de Burt Craddock?
—¿Quién es Burt Craddock?
—Gracias. Acabas de responder a mi pregunta.