El Corcel
Capítulo 38, 1994
treinta y ocho
1994
Por primera vez en la historia de XB Motors (antes Bethlehem Motors) la asamblea anual de accionistas no pudo celebrarse en la sala de juntas anexa a la oficina del presidente. Angelo, su actual presidente, había alquilado para la reunión el salón Cobol. Se habían preparado más de cuatrocientas sillas para los 631 accionistas que, en la actualidad, formaban la compañía. La mayoría de las acciones estarían representadas por sus propietarios, o por delegación de poderes. Adicionalmente se habían reservado doscientos asientos para los periodistas y otros cien para el público en general.
Cuando la asamblea se declaró abierta, a las diez de la mañana del miércoles 16 de febrero, todos los representantes de la familia Hardeman estaban presentes en la presidencia, Loren, Roberta, Betsy, Anne y Alicia. En uno de los lados, sobre la tarima, en una mesa especial, estaban colocados Cindy, Van, Anna, John Perino y John Hardeman. George, vizconde de Neville, e Igor, príncipe Alekhine, acompañaban a sus cónyuges. Tom Mason, igual que Bill Adams, se sentaban entre los accionistas.
Angelo presidía la reunión, y Loren estaba sentado a su derecha. El primer asunto a despachar era la identificación de los accionistas y de los poderes de voto que detentaban. Los secretarios emplearon media hora en realizar esa tarea y en certificar los totales. Angelo leyó el resultado y no hubo objeciones.
—Señoras y señores —anunció—, todos ustedes han debido recibir con antelación las actas de la última reunión y las cuentas anuales. Si no hay objeciones las daremos por recibidas y aprobadas. ¿Alguna objeción? ¿No? Las declaro aprobadas.
Continuó.
—Antes de que procedamos con otros asuntos, les pido su permiso para mostrarles un vídeo muy corto.
Los técnicos audiovisuales estaban avisados. Una enorme pantalla descendió por detrás de la mesa presidencial mientras las luces disminuían. Las primeras imágenes aparecieron en la pantalla: era el vídeo de Detrás del telón. El Corcel cruzó una vez más el encuadre para acabar estrellándose contra la pared y explotar.
Las luces se encendieron.
—¡Señoras y señores! —dijo Angelo—, les presento el XB Motors 000. El Corcel E en dos versiones. El primero es el coche que será puesto a la venta, y el segundo es el mismo coche sin la carrocería.
Los dos coches conducidos por dos atractivas modelos en minifalda entraron en la sala bajo la luz de los reflectores para situarse frente a la mesa presidencial.
—Con el permiso de todos ustedes —dijo Angelo—, declaro un receso durante treinta minutos para que todos ustedes puedan examinar los coches y buscar esas famosas baterías líquidas que explotan en una colisión. El Corcel E, como podrán ver, está alimentado por un conjunto de baterías de litio sólidas y otra de volante. No existe ninguna batería líquida que pueda explotar rociando a los pasajeros con una ducha de ácido. ¡Compruébenlo ustedes mismos!
Cuando hubo transcurrido la media hora, Angelo martilleó en la peana y esperó unos minutos mientras los accionistas y los periodistas regresaban a sus asientos.
—La presidencia desea proponer que esta asamblea se posponga hasta mañana para que tanto nuestros accionistas, como los periodistas, tengan la oportunidad de trasladarse a la pista de pruebas para ver los coches y conducirlos ustedes mismos, si así lo desean. Les ruego que cuando lleguen, tomen buena nota de que no hay ningún sitio en toda la pista donde se haya podido rodar ese vídeo del coche estrellándose.
En los momentos de confusión que siguieron, Bill Adams se levantó.
—Señor presidente —dijo—, quiero proponer que el número de consejeros se aumente a nueve, desde los cinco actuales.
Tom Mason secundó en voz alta la propuesta, y fue aprobada sin objeciones.
—Señor presidente —dijo Adams a continuación—, con su permiso, me gustaría proponer a las siguientes personas como miembros del nuevo consejo.
Angelo cabeceó afirmativamente.
—Señor presidente, quisiera nominarlo a usted, al señor Loren Hardeman y a Elizabeth Hardeman, vizcondesa de Neville. Propongo, asimismo, a Thomas Mason, uno de los directores de concesionarios de más éxito de la compañía, y a Keijo Shigeto, uno de los ingenieros que más ha contribuido al desarrollo del Corcel. Propongo, además, a Alexandra McCullough, cuyo programa informático controla el funcionamiento del nuevo coche; al señor Henry Morris, presidente de Morris Mining, y al juez Paul Burger, y finalmente, señor presidente, presento también mi candidatura en calidad de accionista y como representante por poderes de otros muchos accionistas.
Betsy se levantó.
—Señor presidente —dijo—, quiero secundar todas las candidaturas del señor Adams y solicito que se sometan a votación inmediatamente.
Angelo golpeó con el martillo sobre la peana.
—Cualquier accionista puede proponer a sus candidatos para el consejo —dijo y esperó un minuto sin que nadie se pronunciara en contra—. Los que estén a favor de las nominaciones propuestas que levanten la mano. —Hizo una pausa—. Aquellos en contra… Los votos a favor ganan y por lo tanto se declaran aceptadas todas las nominaciones y constituido el nuevo consejo.
Se facilitó transporte de autobús para todos aquellos que quisieron trasladarse a la pista de pruebas, y a todos les dieron unas bolsas con un almuerzo frío. Diez Corceles E estaban a disposición de todos aquellos que quisiesen probarlos.
Los nueve consejeros recién electos se reunieron en la sala de conferencias de XB Motors y en una reunión que duró menos de una hora eligieron a: Angelo Perino como presidente del consejo y director general de la empresa; Elizabeth, vizcondesa de Neville, vicepresidenta ejecutiva; Keijo Shigeto, vicepresidente de ingeniería; Alicia Hardeman, secretaria del consejo, y William Adams, tesorero.
En esa misma sesión, los consejeros autorizaron al presidente a trasladar las oficinas administrativas a Nueva York y a proceder a la venta de la vieja planta donde se había fabricado el Sundancer. La nueva fábrica estaba robotizada, y allí se fabricarían los Corceles E; sería la única planta con la que a partir de ahora contaría XB Motors.
Loren no se opuso a ninguna de las propuestas que fueron aprobadas por unanimidad.
Roberta estaba sentada en una silla de lona en el circuito de pruebas mirando melancólicamente pasar a los Corceles E. Algunos accionistas los estaban conduciendo al límite.
—¡Venga, Roberta! —dijo Cindy—, ¡vamos a dar una vuelta!
Roberta frunció el entrecejo, pero hizo un gesto de asentimiento y acompañó a Cindy hasta uno de los coches. Cindy esperó hasta que Roberta se hubo puesto el cinturón y después condujo el coche hasta la pista donde aceleró progresivamente hasta alcanzar los 120 kilómetros por hora.
—Fui piloto de pruebas hace tiempo, ¿sabes? —dijo Cindy—, y he dado miles de vueltas a este circuito.
—Me gustaría tener uno de estos coches —dijo Roberta tranquilamente.
—Ahora estás segura de que las baterías no explotan, ¿eh? —comentó Cindy—. ¿Cómo lograsteis escenificar la explosión del Corcel E?
—Utilizando un enorme globo de goma lleno de agua con una pequeña carga explosiva —contestó Roberta—. Lo rodaron en Canadá.
—Algo así supusimos.
—Loren solo estaba intentando defender su herencia —explicó Roberta.
—¿Destruyendo la compañía? ¿Qué otra cosa heredó además de sus acciones? Es un hombre rico y mi marido lo está haciendo más rico todavía. Acéptalo de una vez, Roberta, y deja de jugar.
—¿Qué otra cosa puedo hacer ahora?
—Podrías llevarte a Loren a la Riviera o algún sitio parecido, bien lejos, y mantenerlo tranquilo. Esperamos tu cooperación.
Roberta sonrió amargamente.
—¿Qué más nos podéis hacer ya?
Cindy condujo con pericia el Corcel E sorteando una curva doble.
—Betsy revisó el inventario de la herencia de Número Uno. Había un apartado titulado Retrocesión de depósito fiduciario. ¿Sabes de qué se trata, Roberta?
—No tengo la menor idea.
—Los abogados de Betsy lo averiguaron. Antes de morir, Número Uno le dijo a Betsy que había puesto una buena cantidad a tu nombre en un fondo fiduciario que te sería entregada cuando hubieses cumplido ciertas condiciones. Al morir inesperadamente no tuviste tiempo de cumplir tu parte del trato y ese dinero se devolvió a su patrimonio. ¿Te vas acordando ahora?
La barbilla de Roberta comenzó a temblar pero continuó callada.
—Ibas a recibir tres millones de dólares en cuanto te divorciaras de Loren, para que él pudiera volver a casarse y tener un heredero, un Hardeman. Tú tenías que buscarle la chica y facilitar las cosas dándole motivos para que le concedieran el divorcio. ¿Te está volviendo ahora la memoria?
—No puedes probarlo.
—¿Cómo que no? Las condiciones de ese depósito fiduciario estaban entre los papeles de la herencia.
—Si Loren se entera…
—No se va a enterar, Roberta —dijo Cindy—. Está dando unas vueltas con Betsy y Angelo y manteniendo otra pequeña charla privada como la que tú y yo estamos celebrando. Van a hablar de muchas cosas, pero la propuesta que Número Uno te hizo para que rompieras tu matrimonio con él y que tú aceptaste, no será mencionada.
—¿Por qué no? —preguntó Roberta con la voz encogida.
—Porque tenemos un trabajo para ti: mantenerlo tranquilo, alejarlo de esas absurdas conspiraciones para destruir la compañía. Si intenta otro de sus trucos, las condiciones de esa fiducia serán solo uno de los muchos secretos que vamos a destapar. Tú sabes cómo manejarlo. Sabemos de sobra que puedes hacerlo si te lo propones.
Roberta cabeceó afirmativamente.
—Sí, puedo hacerlo, pero no lo humilléis más.
—Nosotros no lo hemos humillado. Continúa como consejero, su hija es vicepresidenta y el nombre de los Hardeman todavía está asociado a la empresa.
Mientras Cindy cogía una curva cerrada, Roberta permaneció en silencio mirando pensativamente hacia delante, para al fin inspirar profundamente.
—¿Quién ha sido el que nos ha jodido? —preguntó simplemente.
—Vosotros la habéis jodido, Roberta. Vosotros solos la jodisteis.
Los consejeros llegaron al circuito y, mientras comían su almuerzo, esperaban a que algunos coches quedaran libres para poder probarlos.
—¡Vamos! —le dijo Betsy a Angelo—. He puesto en juego mis influencias y he conseguido un coche. Mi padre nos espera dentro.
Loren los esperaba derrengado en el asiento trasero de un Corcel E de color rojo con una expresión sombría y agresiva. Angelo se sentó en el asiento del copiloto sin que su cara trasluciera la menor expresión, en guardia para lo que pudiera suceder.
—Me debes una, querido padre.
—No tengo la menor idea de que te deba nada —contestó Loren.
—Sí que la tienes. Número Uno tenía un vídeo tuyo y de Roberta, donde se veía cómo con su cinturón te levantaba ronchas en el culo.
—Eso es imposible.
—Nada era imposible para Número Uno cuando se empeñaba en algo. Todas las habitaciones de la casa de Palm Beach tenían micrófonos instalados y todos los dormitorios de invitados una cámara de vídeo. No solo tenía un vídeo vuestro, también había otro de mí con Angelo.
—Dices que los tienes. ¿Dónde?, ¿en Londres? —preguntó ansiosamente Loren.
—Los destruí —contestó Betsy.
—¿Cómo los conseguiste?
—Maté al viejo cabrón —contestó Betsy sencillamente—. Murió de un ataque al corazón mientras lo estaba asfixiando con una almohada, después de que me enseñase el vídeo donde salíamos Angelo y yo.
—Estás diciendo todo esto teniendo delante a…
—Angelo lo sabe desde hace tiempo, ya lo había adivinado antes de que yo se lo contase.
—Si alguien me lo preguntase alguna vez —dijo Angelo— negaré haber oído nada que pueda contradecir la versión del forense sobre las causas de la muerte de Número Uno.
—¿Por qué, Betsy? ¿Por qué lo hiciste?… Ah, ya me lo imagino. Iba a cambiar su testamento.
Betsy cabeceó afirmativamente.
—¡Iba a desheredarme! ¡Iba a desheredarme a mí y a mis hijos!
—¡Y cometiste un… asesinato! —chilló.
—Así es —contestó desafiante.
—¡Y me robaste mi herencia! ¡Me lo hubiera dejado todo!
—Eso es.
—Y ahora vosotros dos me habéis despojado de todo aquello que habría heredado —se quejó Loren amargamente.
—Eres todavía un hombre muy rico —contestó Angelo.
—Tendrías que estarnos agradecido de que te hayamos librado del control de XB Motors —dijo Betsy—. Tú no eres muy despierto, padre, y lo que es peor, no puedes controlar tus emociones. Tarde o temprano hubieras destruido la empresa y las acciones hubieran perdido todo su valor.
—¿Eso es lo que piensas? Pero por lo menos soy incapaz de asesinar a nadie.
—Pero fuiste capaz de contratar a alguien para que le diera una paliza a Angelo que lo dejó medio muerto —contestó Betsy fríamente.
—Y lo único que conseguí fue una enemistad que me ha estado persiguiendo durante los últimos veintidós años.
Angelo cabeceó negativamente.
—Te equivocas, Loren —contestó—, sabía que eras un estúpido pero no comencé a odiarte hasta el año pasado.
—¿El año pasado?
—Los negocios son los negocios, Loren, y algunas veces hay que luchar sucio. Mi abuelo no era solo un contrabandista de whisky. Ya sabes que Joe Warren era el amante de tu padre y le estaba haciendo chantaje. Lo que quizá no sabías es que cuando Número Uno tomó la decisión de librarse de Joe Warren, de una vez por todas, acudió a mi abuelo, que arregló las cosas para que Joe Warren volase por los aires. Recordarás que murió como resultado de una explosión.
—No… no puedo creerlo —dijo Loren.
—Yo sí —dijo Betsy—, a eso se refería tu padre aquella noche en casa de Alicia. ¿Verdad, Angelo?
Angelo se encogió de hombros.
—Allá tú, Loren. Es solo una cuestión de negocios; mira, incluso la paliza que ordenaste, la podía haber pasado por alto como negocios, pero últimamente empezaste a entrar en el terreno personal… muy, muy personal y eso lo cambió todo.
—Y cambiaron las cosas para mí también —dijo Betsy—. En un momento en que estaba incluso pensando que era posible una reconciliación entre nosotros…
—¡No sé de lo que estás hablando! —interrumpió secamente Loren.
—Rebecca Murgrage —dijo Betsy—. Intentaste arruinar la vida de dos jóvenes contratando a una puta para seducir a mi hijo. Y eso ya fue personal, muy personal.
—Y, además, contrataste un sinvergüenza para que me espiara, ganándose el afecto de mi mujer y utilizándola. Eso también es personal, Loren. Eso es imperdonable —Angelo se volvió para mirar a Loren en el asiento trasero, que lucía una sonrisa que más bien era una mueca—. ¿Cómo se supone que lo llaman en la CIA? Le dimos la vuelta a tu espía. Nunca hubo una batería líquida. Utilizamos a Carpenter para hacerte tragar un montón de información falsa.
—Yo solo estaba intentando defender lo que era mío —murmuró Loren.
—Te pusiste a jugar con chicos mayores que tú.
—Quisiste jugar en primera, cuando no vales ni para tercera división —dijo Betsy sin apartar los ojos de la pista.
—Estaba intentando defender…
—¡Deja de repetirte! —dijo Betsy—. Te hemos hecho un gran favor: no le hemos dicho a nadie que fuiste tú quien preparó ese falso vídeo y te hemos mantenido como consejero.
—Un voto entre nueve —farfulló Loren.
—Deberías considerarte afortunado por tenerlo.
Loren se dirigió a Angelo.
—¿Cuánto tiempo piensas continuar controlando la compañía?
—Hasta que lo crea conveniente —contestó—. Número Uno se aferró a ella con uñas y dientes hasta los cien años, pero ese no va a ser mi caso, voy a dimitir cuando llegue el momento oportuno.
—¿Cuando Loren Cuarto esté listo?
—No parece fácil —dijo Betsy—, Van solo piensa en la Facultad de Derecho y Anna no quiere saber nada de XB Motors; le trae malas asociaciones. Podrían cambiar de opinión pero…
—¿Entonces quién? —interrumpió Loren.
—Quizá el hijo de Angelo, John —dijo Betsy—. Tiene interés y quizá… pero solo quizá, el otro John. Ahora solo tiene once años, así que le queda mucho tiempo por delante para crecer y elegir.
—¿Tu hijo? ¿Quieres decir el hijo de vosotros dos?
—¡Si eso es lo que quiere! —dijo Betsy—. A lo mejor decide otra cosa. Quizá los dos John: John Perino y después John Hardeman, uno después de otro.
—Lo tenéis todo planeado.
—¡Y va a ser mejor para ti que no interfieras! —dijo Betsy con un inequívoco tono de amenaza en su voz—. Te has quedado sin armas ni aliados. Disfruta de tu jubilación, querido padre. Vamos a hacer que tus acciones sean mucho más valiosas que ahora.
—Vamos a ir a cenar al Ren Center y actuaremos como si nos estuviéramos divirtiendo —le dijo Roberta a Loren.
Angelo había reservado un comedor privado donde las familias pudieran reunirse: Betsy, su marido y sus hijos, Angelo y Cindy con los suyos, Alicia con Bill Adams, el príncipe y la princesa Alekhine, y Loren y Roberta.
—¿Es que tengo que dejar que encima se cachondeen de mí? —preguntó Loren.
—Vamos a actuar como gente civilizada; además, si no vamos, quedaríamos mucho peor.
Loren miró el fondo de su vaso de whisky.
—Me imagino que tendré que irme acostumbrando.
—Así es —dijo ella—, el partido ha terminado y hemos perdido.
Loren sonrió para sí mismo.
—A menos que…
—¿A menos qué?
—A menos de que ese jodido coche resulte un monumental fracaso, como pasó con el S Corcel. Siempre podemos mantener esa esperanza.
Para la cena, Cindy vistió un traje tipo camisero de seda bordado con flores y cuentas de cristal en oro y verde con toques naranjas y rojos. Era un diseño de Karl Lagerfeld y despertó las sinceras felicitaciones incluso de alguien como Anne, princesa de Alekhine. De vuelta en el hotel se lo quitó y sin él estaba igualmente espectacular. Llevaba unas finas medias negras con bandas de encaje elásticas que las sujetaba sin necesidad de liguero; su sostén negro con aros, abierto en los pezones, levantaba sus pechos, y sus braguitas estaban hendidas en la entrepierna, dejando entrever su surco y una estrecha franja de vello púbico.
Cuando él la cogió en sus brazos, ella le susurró al oído.
—Puedo competir con cualquiera de ellas.
Angelo le mordisqueó la garganta.
—No necesitas hacerlo —murmuró.