El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 3 de 45

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El Corcel

Capítulo 2, 1973

dos

1973

 

Loren Hardeman Tercero sabía que era un hombre con suerte. A pesar de haber tenido que pasar por un montón de mierda, había conseguido salir oliendo a rosas.

Se había hecho con el control de la empresa y su padre, Número Uno, había regresado a Palm Beach y aunque continuaba entrometiéndose, poco a poco había delegado el control del día a día de la empresa en él, su nieto, y en el resto de los directores. Como era de esperar se había obstinado en que la compañía tenía que seguir fabricando coches, así que continuaron produciendo el anticuado Sundancer, pero finalmente llegaría un día en que…

Por lo pronto, había conseguido librarse de Angelo Perino. Últimamente ni aparecía por Detroit. No solo lo habían despedido, sino que además Número Uno le había avisado muy claramente de que no metiera sus narices en los asuntos de la compañía. Desgraciadamente, no era posible ignorar por completo a una persona que era propietaria de doscientas mil acciones de la compañía, pero Perino era lo suficientemente listo como para que no se le pasara por la cabeza desobedecer al viejo.

Número Uno era un tipo duro y listo. Siempre lo había sido. No solo había usado a Perino, sino que además había conseguido que le gustase. Y lo que era mejor, le había hecho entender de una vez por todas a ese hijo de puta italiano que la sangre era más espesa que el agua, y que si él, Loren, la había cagado, como miembro de la familia Hardeman siempre contaría para su abuelo más de lo que cualquier extraño jamás pudiera hacerlo.

Pero ninguna de esas cosas constituía la razón principal de su convencimiento de que era un hombre con suerte. Eso, al fin y al cabo, eran solo negocios. Era afortunado en lo más importante: su vida privada.

Alicia, su primera mujer y la madre de Betsy, ya no le incordiaba. Vivía en Connecticut y aparentemente era feliz jugando al golf y navegando a vela. Probablemente también tendría algún amante.

Era propietaria de un cinco por ciento de Bethlehem Motors y hacía poco que le había escrito una dura carta quejándose de que los dividendos eran cada vez más bajos y el valor de sus acciones estaba cayendo, pero con una participación del cinco por ciento no podía hacer mucho al respecto.

Bobbie, lady Ayres, su segunda mujer, finalmente obtuvo su divorcio y afortunadamente no le había salido demasiado caro. Una noche, durante una furiosa discusión le había confesado que se había acostado con Perino.

—¡Ese espagueti hijo de puta y mentiroso me juró que nunca se había follado a mi mujer!

Bobbie se había reído.

—Y no lo hizo, a quien se cepilló fue a tu novia. Follamos cuando aún era tu novia.

Bobbie no lo odiaba, simplemente lo despreciaba, y eso era mucho peor, pero por lo menos había conseguido librarse de ella.

Ese matrimonio había terminado en el momento oportuno, y al cabo de un mes de conocer a Roberta era nuevamente libre para casarse con ella. Y ella era lo mejor que le había sucedido nunca.

Los buenos tiempos habían vuelto. Aunque un poco peculiar en algunos aspectos, Nixon era un buen presidente que defendía sin concesiones los valores que habían convertido a Estados Unidos en un gran país. Últimamente, igual que Nixon, Loren llevaba la bandera norteamericana en el ojal de su solapa. Además, encontraba estupendo que hubiese recuperado la moda del terno. A Loren le gustaban los chalecos porque disimulaban su panza. También había vuelto a ser aceptable llevar sombrero y también eso estaba bien, porque su pelo estaba comenzando a ralear.

Loren era un hombre corpulento, no tan grande como Número Uno, pero algo más alto que su padre. Si hubiera hecho un poco de ejercicio y hubiese bebido menos podría haber sido un hombre atractivo, al menos eso pensaba, aunque prefería ser un hombre satisfecho.

Y ahora, cómodamente sentado en el asiento trasero de un Sundancer, regresaba a casa. Al lado del chófer se sentaba un guardaespaldas. Desde el día que contrató a unos hombres para que le dieran una paliza a Angelo Perino, creyó necesario contar con cierta protección. Tarde o temprano, ese espagueti hijo de puta se vengaría, y si no lo hacía personalmente lo haría a través de uno de los matones que se movían en la órbita de la familia Perino. Su gran equivocación había sido no ordenar que le dieran una paliza de muerte. Pero no cometería otra vez ese error si se volvía a presentar la ocasión. Perino era demasiado peligroso. Seguro que Roberta no le hubiese dejado cometer esa equivocación.

Uno de los aspectos más desagradables de ser presidente de Bethlehem Motors era tener que usar un maldito Sundancer. Había pensado introducir una nueva línea de coches de gama alta, tipo Cadillac o Lincoln, quizá con el nombre de Loren, pero sabía que Número Uno rechazaría de lleno la idea. Los concesionarios ya tenían suficientes problemas intentando vender los Sundancers.

Su automóvil personal era el único de su clase que la compañía había construido. Todo en él estaba modificado para ocultar un coche de lujo bajo una carrocería de Sundancer. Habían sustituido su motor por un poderoso motor Mercury de alta compresión y un cambio de marchas Hurst exprimía al máximo su potencia. Para poder soportar el peso adicional y aguantar las tensiones estructurales de la aceleración habían reforzado el chasis y habían reemplazado todo el sistema de suspensiones. De vez en cuando lo conducía él mismo y disfrutaba sorprendiendo a los propietarios de Mustangs y Chargers cuando su Sundancer los dejaba atrás en los semáforos. Pero la mayoría de las veces prefería que condujera su chófer. El interior del coche era lo que más le gustaba. No había nada de plástico, todo había sido reemplazado por nogal barnizado y cuero. En lugar de los típicos indicadores cuadrangulares y testigos luminosos del Sundancer, la instrumentación del coche era completa midiendo todas las variables del motor. El asiento trasero había sido sustituido por dos cómodos butacones separados por un mueble bar.

El coche le había costado a Bethlehem Motors quinientos cincuenta mil dólares, pero Número Uno nunca lo sabría. Su coste había sido camuflado en varias facturas: investigación y desarrollo, publicidad, reposición de maquinaria y otros.

Abrió el bar y se sirvió un whisky. No fue posible instalar una pequeña nevera en el interior y tuvo que conformarse con una cubitera. Una de las obligaciones del chófer era que siempre estuviera llena de hielo y que sus marcas favoritas de whisky, ginebra y brandy no faltaran nunca en el bar.

Iba hacia casa, o para ser exactos, a casa de Roberta, donde se había trasladado a vivir hacía tres meses. Habían decidido no casarse hasta que estuvieran seguros de sus sentimientos, aunque estaban lo suficientemente seguros para irse a vivir juntos acordando que dentro de un año tomarían la decisión de casarse o separarse.

Se llamaba Roberta Ford (pero no tenía nada que ver con los famosos Ford) Ross. Su marido, Harold Ross, había muerto hacía dos años. Como arquitecto y constructor había acumulado una bonita fortuna antes de su muerte y dejó a Roberta en una posición desahogada. No se merecía menos, pues sin su ayuda nunca hubiera podido alcanzar el éxito que tuvo.

Roberta había hecho un máster en Administración de Empresas en Harvard, fue una de las primeras mujeres en conseguirlo, se había especializado en marketing y acabó dedicándose al negocio inmobiliario. Antes de casarse con Ross había sido durante cinco años consecutivos miembro del club del millón de dólares de los agentes inmobiliarios de la comarca de Wayne, lo que quería decir que había conseguido vender más de un millón de dólares en propiedades durante cada uno de esos años. Cuando aceptó la propuesta de matrimonio de Ross tuvo que aplazar sus planes de establecerse por cuenta propia como agente inmobiliario.

No hacía ni un año que se había casado con Ross cuando descubrió que uno de los socios de la firma Duval, Kirk & Ross, había defraudado importantes cantidades de dinero a la sociedad. Duval y Ross estaban dispuestos a perdonar y olvidar, pero no así Roberta, que denunció el caso al fiscal general con el resultado de que el defraudador fue condenado a tres años de cárcel. No contenta con eso, presentó otra demanda por vía civil con la que logró recobrar cuarenta centavos por cada dólar robado.

A partir de entonces se hizo cargo de la dirección de la compañía. Aunque Duval y Ross continuaban ocupándose de las obras y del diseño arquitectónico, Roberta llevaba el negocio. Duval, agradecido, se retiró a los sesenta y cinco años y Roberta aprovechó el momento para transformar la firma en una sociedad anónima, dando opciones de compra sobre las acciones a los jóvenes arquitectos que se incorporaron. Con el tiempo, Ross & Asociados se convirtió en una de las mayores compañías constructoras del Medio Oeste.

Fue entonces cuando Ross murió.

Roberta ofreció su participación y el control del negocio a los jóvenes arquitectos y estableció un plan según el cual estos irían adquiriendo progresivamente sus acciones a cambio de un porcentaje sobre la facturación bruta de la empresa. Insistió en que la firma fuera auditada por Touche, y, a veces, iba por la oficina para revisar las cuentas. Sus ingresos por el negocio superaban el millón de dólares anuales.

Era una mujer extraordinaria en todos los aspectos. Era tan alta como Loren, quizá un par de centímetros más, y gracias a las artes de su peluquero dejó de ser una rubia terrosa para lucir un rico color dorado que parecía totalmente natural. En una época en la que el pelo cardado estaba de moda, ella llevaba el suyo más corto por los lados que la mayoría de los hombres y algo más largo por la parte superior. Sus ojos eran de un azul intenso, su boca pequeña con los labios finos y aunque tenía una nariz demasiado grande para que se considerara perfecta, nunca había pensado ponerse en manos de un cirujano para que se la corrigiese.

Tenía una figura atlética con hombros anchos, fuertes brazos y largas piernas bien musculadas. Sus caderas eran un poco estrechas para una mujer, pero sus voluminosos pechos despejaban cualquier duda sobre su feminidad.

Recibió a Loren en la puerta y lo besó con ardor.

—¿Qué tal el día? —preguntó.

—La misma mierda de siempre —contestó—. Se está hablando de que el precio del plástico va a subir a causa del maldito embargo de los árabes. Nos va costar unos ocho dólares extras en las neveras y unos ciento cuarenta en los Sundancers. ¿Cómo diablos vamos a poder competir?

—¿No va a estar todo el mundo afectado por esa subida?

—Bueno… sí.

—Entonces, serás capaz de competir —contestó—. Por algo te conozco, Loren, y sé que encontrarás el modo de hacerlo. Eres un tipo listo.

Dejó la cartera y colgó el abrigo en el armario del recibidor. Siempre se prometía a sí mismo que trabajaría durante las tardes pero solo lo hacía en contadas ocasiones. Bethlehem Motors tenía problemas, pero para eso estaban los empleados: para que trabajaran hasta tarde. Él no tenía por qué hacerlo.

Roberta estaba maravillosa; siempre lo estaba para recibirlo de vuelta del trabajo. Vestía unos pantalones de franela gris, cortados de forma que moldearan sus piernas y se ajustaran exageradamente a su trasero, y un jersey de cuello de cisne de color blanco. No llevaba zapatos: por algún motivo le gustaba ir descalza por casa.

—¿Quieres una copa? —le preguntó.

—He tomado un trago de whisky en el coche, mientras venía.

—¿Quieres otro?

—Sí.

Atravesaron el salón y el comedor para ir al cuarto de estar en la parte de atrás de la casa. El cuarto estaba decorado con un gusto exquisito, al igual que el resto de las habitaciones de la casa, aunque esta era la que más le gustaba a Loren. Estaba amueblada con el estilo de una residencia de campo inglesa: dos sofás mullidos, un par de cómodos sillones tapizados con motivos florales y un pequeño piano de cola Steinway donde Roberta tocaba ocasionalmente. Cuando las cortinas estaban abiertas, un ventanal que ocupaba toda la pared trasera del cuarto dejaba ver un jardín exuberante que crecía entre la rocalla. Una gran alfombra persa cubría gran parte del suelo tillado de roble. Decoraban las paredes pinturas con caballos de pura sangre y juguetones spaniels en escenarios campestres. Tres lámparas de bronce bañaban el cuarto con una cálida luz.

Roberta llevó dos copas al sofá y se sentó junto a Loren dándole un beso.

—Acabo de lavarme, caballero —anunció sin mayores preámbulos.

Loren dio un trago a su copa, asintió con la cabeza y dijo:

—Estupendo.

Se levantó, depositó su vaso sobre la mesa y comenzó a quitarse la ropa. Mientras se desnudaba, Roberta se bajó los pantalones y las braguitas hasta los tobillos y se sentó en el extremo del sofá que estaba más lejos de la mesita de café. Loren, completamente desnudo, se arrodilló delante de ella, levantó su jersey y comenzó a besarle los pechos haciendo una pausa para chupar sus pezones; después separó sus rodillas y hundió la cara en su vagina utilizando la lengua para buscar lo que ella quería que encontrase. Primero lo hizo vibrar con la punta de la lengua, después comenzó a lamerlo y luego, apartándose un poco, recorrió toda la extensión de su surco con su lengua aplanada.

Si hace un año alguien le hubiera dicho que acabaría haciendo algo parecido y otro montón de cosas que Roberta le había enseñado, se hubiera reído en su cara. Él, Loren Hardeman, desnudo y de rodillas, comiendo el coño a una mujer. Bueno, pues aquí estaba, y no solo eso, sino que además le gustaba. No podía explicárselo a sí mismo ni sabía el porqué, pero así era.

Roberta arqueó su espalda y soltó un gemido. Loren volvió a buscar el clítoris con su lengua y siguió trabajándolo hasta que ella soltó un grito ahogado al llegar al orgasmo. Una vez más volvió a lamerla de arriba abajo y ella volvió a correrse, sin esperar a que él pudiera ocuparse de su clítoris, pero, cuando finalmente pudo hacerlo, la llevó por tercera vez al orgasmo.

Ella lo empujó hacia atrás satisfecha.

—¿Estuvo bien? —preguntó en un susurro.

—Mejor que otras veces.

—¿Vas a castigarme?

—Un poco.

Loren cogió los pantalones, sacó el cinturón de sus presillas y se lo dio. Se puso a cuatro patas y le ofreció su trasero.

—Hazlo, querida —le pidió con voz ronca.

Ella le dio media docena de golpes con el cinturón que le produjeron unas enormes marcas rojas. Después, abruptamente, arrojó el cinturón a un lado y poniéndose de rodillas lo tumbó sobre sus espaldas con rudeza para engullir codiciosamente su erección. En menos de medio minuto entre espasmos estaba eyaculando y ella lo tragó solícitamente.

Él continuó en el suelo mientras ella se subía las braguitas y los pantalones, luego le pasó lo que quedaba de su bebida y acabó la suya de un largo trago, antes de dirigirse al bar para servir otro par de copas.

—Tenemos dieciocho minutos para llegar a casa de los Faber. Vaya, ya has vuelto a sudar otra vez. Es mejor que te des una ducha cariño. Yo voy a ir tal como estoy; la chaqueta de pelo de camello y los pantalones marrón oscuro son de lo más apropiado.

Loren terminó de un trago su whisky y se inclinó para besar sus pies antes de ir hacia las escaleras para subir al cuarto de baño. Por el camino, recorrió con la punta de los dedos su trasero palpando los verdugones. Dolían, vaya si dolían, pero maldita sea, ¡era un hombre afortunado!