El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 34 de 45

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El Corcel

Capítulo 29, 1990

ventinueve

1990

 

—Toda la familia está tarada —le dijo Alicia a Angelo—, cada uno de esos malditos, incluida mi hija. Betsy es una bala perdida. Te lo aviso.

—Lo que quiere Betsy, Betsy lo consigue, no importa el precio.

—Excepto aquello que más quería: casarse contigo. Podría llegar a odiarte por ello, Angelo. La línea entre el amor y el odio siempre ha sido muy fina.

Durante los últimos diez años Angelo se había preocupado de visitar a Alicia de vez en cuando para ponerla al tanto de lo que pasaba en XB Motors. Al fin y al cabo, tenía una participación del cinco por ciento y eso, en cualquier empresa, la convertía en una accionista importante.

Unas cuantas veces al año encontraban el momento para subir al dormitorio y tumbarse juntos en la cama; en ocasiones intercambiando solo besos y caricias, otras, la mayoría, acababan desnudándose completamente y llegando hasta el final. Aunque para ella era algo más que simple sexo, tampoco vivía pendiente de las veces en las que podía hacer el amor con Angelo Perino.

Justo unos minutos antes, él se había retirado de encima suyo y mientras ella fumaba un cigarrillo habían comenzado a charlar sobre los Hardeman.

De las tres esposas de Loren, Angelo opinaba que Alicia era la mejor en la cama. Lady Ayres había sido toda una atleta en esa especialidad, algunas veces incluso violenta. Roberta era volátil, temperamental y muy exigente. Alicia por el contrario era una buena compañera, tranquila y cariñosa. Se entregaba sin reservas, de manera completa y libre y era evidente que disfrutaba haciéndolo. Más aún, podía notar que a ella le preocupaba que él también disfrutase. Loren había cometido otro de sus grandes errores cuando había dejado a la madre de Betsy.

—Todo hubiera ido mucho mejor si Elizabeth, la esposa de Número Uno, no hubiese muerto tan pronto. Nunca la conocí, por supuesto; murió antes de que Loren hubiese nacido. La gente que la conoció decía que ejercía una influencia estabilizador en la familia.

—Eso es lo que decía mi padre.

—La familia se ha ido al diablo, Angelo, y puede que todo haya comenzado cuando murió la mujer de Número Uno, Elizabeth.

Angelo afirmó con un gesto de cabeza.

—Podría ser.

Alicia dejó su cigarrillo en el cenicero de la mesita de noche y acarició su mejilla en vez de su entrepierna; cuando terminaban de hacer el amor nunca volvía a tocarla.

—Mi nieto, Van —dijo—, parece que está enamorado de tu hija Anna.

—Eso me han dicho, pero son muy jóvenes.

—Tienen la llave para acabar con todos los problemas. ¿Qué pasaría si se casasen y tuviesen hijos? Eso lo resolvería todo. El hijo de Betsy, tu hija. Debes salvar la compañía para ellos. Ellos son la solución.

—Me parece que estamos adelantando acontecimientos; todavía son unos críos.

—Van es el nieto de Loren. Cuando se entere de que su nieto está enamorado precisamente de la hija de Angelo Perino, y de que podrían casarse algún día…

Angelo sacudió la cabeza y sonrió con una mueca.

—Ya sé lo que quieres decir.

 

La junta general de accionistas de XB Motors se convocó el lunes 13 de febrero de 1990. Eso era dos semanas antes de que la oferta de Froelich & Green expirase y de que la disposición del fiscal general de Michigan pudiera ser impugnada y, por lo tanto, la tutela judicial de las acciones de la fundación continuaba con efecto. Benjamín Marple, no James Randolph, ejercitaría el voto que le correspondía en la participación de la fundación. Loren había intentado posponer la junta general pero no había sido posible; la ley de sociedades no lo permitía.

Betsy acudió en representación del mismo número de votos delegados que el año anterior. También estaban presentes Angelo y, por supuesto, Loren y Roberta.

El primer asunto del día era la elección de consejeros. Betsy tomó la palabra.

—Los directores actuales son mi padre, Loren Hardeman Tercero, su mujer, Roberta Ford Ross Hardeman, James Randolph, Angelo Perino y yo misma. El señor Perino y yo somos consejeros en virtud de los votos de los accionistas minoritarios que ejercitaron sus votos en bloque y que volverán a hacerlo este año. Quiero proponer que mi padre, su mujer, el señor Perino y yo misma seamos reelegidos. Y propongo asimismo que el señor Randolph sea reemplazado por el señor Marple.

Marple, un hombre rechoncho con pelo blanco, prematuramente encanecido, sacudió la cabeza negativamente.

—Vizcondesa —contestó usando el tratamiento formal que su título exigía—, le agradezco su propuesta, pero me es imposible aceptar el cargo de consejero de XB Motors. Mi nombramiento como administrador judicial expira dentro de dos semanas y por lo tanto estaré desligado de cualquier responsabilidad sobre esta compañía. Además, lo lamento, pero tampoco dispongo del tiempo que ese cargo exige.

—Lo que yo busco, señor Marple —dijo Betsy—, es un consejero que no sea un títere de mi padre. El solo hecho de que el señor Randolph estuviera dispuesto a aceptar la oferta de Froelich & Green pone su integridad y su capacidad bajo grave sospecha.

—Estás yendo demasiado lejos —ladró Loren.

—El consejero que ejerza la representación de la fundación —continuó Betsy— debe ser alguien con criterio propio. No estoy pidiendo que se sustituya una marioneta de mi padre por otra mía. Lo que se necesita es un consejero neutral e independiente.

Paul Burger les había aconsejado a Angelo y a ella esa táctica. Marple no iba a votar en representación de las acciones de la fundación simplemente para dar el control a los accionistas minoritarios de la sociedad —les dijo— pero lo que sí haría, sería favorecer la elección de un consejero neutral.

—¿Tiene a algún candidato? —preguntó Marple—, quiero decir además de mí.

—Yo pensaba que usted era el candidato ideal —dijo Betsy dirigiéndole una sonrisa cautivadora—, y la verdad no había pensado en una alternativa. ¿Angelo?

—Tengo una idea —dijo Angelo—. Uno de nuestros puntos de venta de más éxito es el de Louisville, Kentucky, un concesionario propiedad de Thomas Mason. Tom también había vendido el Sundancer y Número Uno, que lo conocía muy bien, tenía una gran opinión de él. Creo que sería muy conveniente tener en el consejo a alguien con una buena experiencia en el campo de ventas. Thomas Mason ha estado con nosotros desde hace muchos años y conoce perfectamente el negocio desde ese ángulo. Reunimos en este consejo una amplia gama de conocimientos en los campos del diseño, finanzas, fabricación, etcétera. Podríamos sumar su punto de vista y su experiencia en ventas.

—Me parece que lo conozco —dijo Loren dubitativamente.

—Yo sí que lo recuerdo —dijo Betsy—. Hablé con él cuando estuvo aquí con ocasión de aquella reunión de concesionarios en… ¿en qué año fue? Bueno, no importa: quiero proponer al señor Mason para el…

—¡Alto! ¡Un momento! —gritó Loren—. ¿Así, de repente, una propuesta como esta sacada de la manga por las buenas? ¿Qué es lo que sabemos de esa persona? ¿Cómo sabemos que aceptará el cargo si se lo proponemos?

—Me imagino que estará encantado —contestó Betsy.

Sabía por supuesto que estaría encantado. Ella y Angelo lo habían telefoneado el día antes para sondearlo y él les había enviado por mensajería urgente su currículum que habían revisado cuidadosamente esa mañana, a primera hora.

Tom Mason se había graduado en la Universidad de Kentucky con un doctorado en marketing. Había sido diputado durante cuatro legislaturas en el parlamento de su estado y era consejero de varias compañías en Louisville. Tenía las suficientes cualidades para impresionar favorablemente a Benjamín Marple.

—Bueno, creo que lo mejor es posponer esta asamblea dos o tres semanas hasta que tengamos la oportunidad de entrevistarlo y comprobar sus credenciales.

Betsy cabeceó negativamente y sonrió con ironía.

—No ha sido un mal intento —dijo—, no muy sutil, pero sí voluntarioso. Propongo que se haga un receso hasta las dos y aprovechemos ese tiempo para llamar al señor Mason y preguntarle si está interesado. Si lo está, puede coger un avión y estar aquí mañana para una entrevista, revisamos su currículum y nos podemos volver a reunir el jueves para tomar una decisión.

Loren estaba rojo de ira.

—No veo ninguna razón para no hablar con esa persona —dijo Marple y votó a favor de la propuesta de Betsy.

Tom Mason voló hasta Detroit y presentó el currículum que Angelo y Betsy ya conocían. El administrador judicial quedó favorablemente impresionado y ese mismo jueves fue elegido miembro del consejo.

Al día siguiente, viernes, se constituyó el nuevo consejo eligiéndose a Loren como presidente del consejo y a Angelo como presidente y director gerente de XB Motors.

 

Angelo había alquilado un lujoso apartamento en Detroit. Pasaba tanto tiempo allí que resultaba más barato que un hotel. Le había pedido a Betsy que no viniera por el piso; aunque había logrado parar los pies a los detectives, dudaba que Loren hubiese abandonado la idea de intentar comprometerlos consiguiendo unas fotos de ellos dos juntos.

Se quedó esperando su llamada hasta las ocho, pensando que ella lo llamaría para salir a cenar juntos, y, cuando no lo hizo, se marchó al Red Fox Inn el restaurante

donde Jimmy Hoffa[7] se había volatilizado, donde pidió un solomillo y una botella de Châteauneuf du Pape.

 

Betsy tenía otros planes para esa noche.

Cuando Tom Mason llamó a la puerta de su suite en el hotel Renaissance Center, lo recibió enfundada en unos pantalones negros ajustados y un jersey muy amplio que se le caía ora de un hombro, ora del otro y amenazaba permanentemente con deslizarse de ambos al mismo tiempo en cualquier momento.

—Señorita Betsy… disculpe si no la llamo vizcondesa. ¿No va a cenar con nosotros Angelo Perino?

—Bueno, ya sabes, es padre de cinco hijos y ha tenido que marcharse a toda prisa a Connecticut por algún motivo.

—Bueno, uh…

—Siéntate, Tom. ¿Un bourbon?

Tom Mason sonrió.

—Quizá no lo crea pero soy uno de esos raros nativos de Kentucky que prefiere whisky.

—¿Qué me dice de los Martinis?

—Se me ha visto en ocasiones con uno en la mano —respondió con una sonrisa de adolescente.

Betsy le devolvió la sonrisa.

—Acércate y échame una mano. ¿Con hielo o seco?

—Seco, señorita Betsy.

—Entonces rompe un poco de hielo.

Tom se puso a ello.

—¿Qué es lo que ha pasado, señorita Betsy? —preguntó—. Me parece que hemos conseguido que su padre pierda el control de la compañía.

—Así es. A menos de que recobre el control de las acciones de la fundación, y eso siempre es una posibilidad. Y por favor, si no dejas de llamarme señorita Betsy te voy a dar una patada en las pelotas.

—¿Qué le parece lady Neville?

Ella se rio.

—La muy honorable vizcondesa de Neville. ¿Cuántos años tenía cuando nos conocimos, Tom?

—¡Oh!, veintiuno o veintidós.

—Cuando Angelo me conoció tenía dieciséis años. También me llamaba señorita Betsy hasta… Es el padre de mi hijo John, ¿lo sabías?

—Eso he oído.

—Así que no me llames señorita Betsy, Tom.

Se sentaron con un par de Martinis y ella trajo de la nevera un plato de queso, galletas y fruta que le había dejado el servicio de habitaciones.

—No te hemos llamado para que seas un «sí señor», mío o de Angelo —dijo Betsy—. Lo dejamos bien claro desde el principio. Angelo y yo presentamos tu candidatura porque queríamos a alguien con cerebro y experiencia. El voto de Ben Marple era decisivo y él también te aceptó por esas razones. Queríamos a alguien que en ocasiones pudiera llevamos la contraria, pero por razones válidas, no porque fuera una marioneta de mi padre. Esta compañía va a ser dirigida de una manera radicalmente diferente a como se venía haciendo hasta ahora.

—Si me disculpas la franqueza, ya era hora.

—Número Uno era un auténtico monstruo, Tom. Si yo te contara.

—Tengo los suficientes años para recordar que el primer Henry Ford era un admirador de Hitler —dijo Tom—, y dirigía su empresa de forma parecida.

Betsy cabeceó afirmativamente.

—Por otra parte, un camello es un caballo diseñado por un comité.

—Creo conocer algo a Angelo, y sé que él va a dirigir esta empresa con mano de hierro.

—Mientras dure.

Tom terminó su Martini al tiempo que ella cogió la coctelera para servir otro par de copas.

—Háblame sobre el coche eléctrico —dijo.

—Angelo es el más indicado para eso, pero te puedo asegurar que no va a ser una especie de carricoche para viejecitas. Ese proyecto es vital para la empresa, y puede que todo dependa de tu decisión, de cómo votes cuando se presente el proyecto.

—Tengo un gran respeto por Angelo.

—Igual que yo, Tom. Quería haberme casado con él y me lo tiro en cuanto tengo una oportunidad, pero quiero saber tu opinión sobre si ese coche será el beso de la vida para XB Motors o solo su beso de la muerte.

Tom asintió con un gesto de cabeza e hizo desaparecer la mitad de su Martini.

—¿Dónde vamos a ir a cenar? —preguntó.

—Servicio de habitaciones —contestó ella—, no sería conveniente que nos vieran a los dos juntos en un restaurante de Detroit.

—Oh…

—Tom —dijo sonriendo—, en las pocas ocasiones en que hemos coincidido parecías pasarte la mitad del tiempo mirándome las tetas.

—Oh…, lo siento, señorita Betsy.

—¿No te gustaría verlas? —preguntó sacudiendo los hombros para librarse del jersey que se deslizó completamente de sus hombros.

 

En la intimidad de su casa, Loren apoyó la cabeza sobre el regazo de Roberta gimoteando.

—Esos bastardos me lo han robado —lloriqueó una y otra vez.

—Solo por el momento —dijo ella calmadamente—. Toma una copa, te hará sentirte mejor.

A las tres de la mañana, cuando ella estaba durmiendo entre ronquidos él descendió al otro piso para llamar a Len Bragg.

Bragg contestó con impaciencia, medio dormido.

—Pensaba que se había olvidado de eso.

—No he olvidado nada. Les dije que estuviesen listos. ¿Han preparado otro plan?

—Trish volvió otra vez a Greenwich para vigilarle. Lo podemos hacer cuando salga de su casa el lunes por la mañana. A esa hora los niños no le acompañarán hasta el coche. Mientras se encuentre metiendo la maleta y el abrigo.

—¡Adelante con ello!

 

Alexandra McCullough era la experta en informática pelirroja a la que Roberta había visto en compañía de Angelo en el bar del hotel Hyatt Regency de Houston. Había trabajado en Texas Instrument, pero ahora se había establecido por su cuenta como consultora. A sus cuarenta y cuatro años era una fanática del jogging y todas las mañanas, sin importarle el tiempo que hiciese, corría diez kilómetros. Su cuerpo era pura fibra. Podía comer y beber todo lo que se le antojaba sin dejar de estar delgada y firme, ya que además de correr iba a un gimnasio tres noches por semana. Su pelo era rojo como el fuego y sus ojos, azul pálido, miraban desde una cara redonda sembrada de pecas que cubrían sus mejillas y la frente. Sus labios estaban permanentemente fruncidos.

Ella y Angelo habían trabajado toda la tarde en su oficina y ahora cenaban juntos en el restaurante del Hyatt Regency. Habían comenzado con ostras y seguido con unas patas de cangrejo.

—Soy una ecologista militante —le había dicho a Angelo—. Esa es la razón por la que me interesa tanto el concepto del coche eléctrico. No contribuirá a ensuciar el aire con los desechos de la combustión de más carburantes fósiles.

—Sí, pero ¿cómo crees que se genera la electricidad necesaria para cargar las baterías? —preguntó—. Las centrales eléctricas también emplean carburantes fósiles para generar energía.

—Pero de una manera mucho más eficiente y más controlada —contestó ella—. De todas formas cuando esos chalados dejen de montar esas absurdas campañas antinucleares podremos generar toda la electricidad que necesitemos mediante la fusión y la fisión nuclear, además, claro está, de usar la energía solar, la energía eólica y la de las mareas.

—Las baterías son mi obsesión —dijo Angelo—. He investigado baterías cargadas por un volante, baterías celulares, baterías de polímero de litio…

—No puedo ayudarte en ese tema —interrumpió Alexandra—. Donde sí puedo hacerlo es en sacar el máximo rendimiento de tu fuente de energía.

—Un motor eléctrico en cada una de las cuatro ruedas —dijo él, resumiendo las conclusiones a las que habían llegado durante esa tarde.

—Con cada motor entregando a cada rueda energía solo se necesita la fuerza justa en cada momento —dijo ella—. Todo el mundo que ha conducido con un cambio de marchas manual sabe que muchas veces se puede avanzar sin engranar el motor, no solo cuando estás cuesta abajo, sino también al acercarte a un semáforo cerrado. Se gasta una cantidad considerable de energía para sacar de su inercia a una tonelada de acero y después se la malgasta al frenar. Tu idea es utilizar esa energía cinética para alimentar un generador que recargue la batería mediante un volante y mi contribución será la de diseñar un programa informático que analice las necesidades de energía en cada momento para optimizar cada ergio de energía que se utilice para mover el coche.

—Cuatro motores —musitó Angelo.

—Un coche que gira a la derecha —dijo ella—, lo hace utilizando principalmente la tracción de la rueda izquierda delantera con una ayuda secundaria de la rueda trasera derecha y, por lo tanto, ¿qué necesidad hay de que la rueda derecha delantera y la rueda trasera izquierda reciban energía cuando no están contribuyendo a la tracción? Solo se deben alimentar las ruedas que están trabajando en ese momento y dejar que las otras se limiten a sustentar el coche. Pero se necesita un ordenador capaz de analizar en cada momento lo que está pasando, con la suficiente rapidez, para poder entregar la energía donde verdaderamente se necesita.

—Podemos mejorar…

—Por supuesto, Angelo. Un coche convencional solo utiliza el veinte por ciento de la energía que consume de una manera eficiente. ¿Por qué no aumentar su aprovechamiento efectivo hasta el noventa por ciento?

—Alex, me das miedo con tu entusiasmo.

—Tú sí que me das miedo. Tienes una reputación que te precede, pero tengo una sorpresa para ti. Estoy enamorada y totalmente comprometida con… Lucy.

Él le cogió la mano.

—Quizá esa es la razón por la que nos resulta tan fácil trabajar juntos.

Ella cabeceó afirmativamente.

—Podría ser. Pero no voy a negarlo: tengo una enorme curiosidad. —Se encogió de hombros—. Quizá a Lucy no le importe…

—Háblalo con Lucy, pero mientras tanto continuemos hablando de automóviles.

 

El lunes siguiente por la mañana, mientras Angelo se preparaba para ir al trabajo, Len Bragg y Trish Warner lo estaban esperando aparcados en la calle en un Cadillac alquilado en el aeropuerto de Newark. Se habían alojado esa noche en un hotel de Fort Lee, en New Jersey, y habían viajado desde allí a las cuatro de la mañana. Esta vez no habían podido ajustar su llegada con precisión y tuvieron que dar varias vueltas esperando a que las luces de la casa de Perino se encendieran.

Finalmente las ventanas se iluminaron y a través de la mira telescópica Len pudo observar a Perino y a su mujer moviéndose por la casa.

—¡Mi madre!

Len vio los destellos justo a tiempo y deslizó el rifle escondiéndolo bajo el asiento todo lo que pudo. Las luces intermitentes les habían alertado de la presencia de un coche de policía que había aparcado detrás de él. El oficial de policía se acercó al coche.

—¿Están perdidos?

—Así es —contestó Trish con sangre fría desplegando un mapa de Greenwich—, buscamos la calle Round Hill.

El policía sacudió la cabeza.

—Están muy lejos de ella, déjenme que les indique el camino en el mapa.

Mientras el oficial de policía les mostraba el camino, Len fingió interesarse mientras empujaba el rifle con los talones debajo del asiento.

—Bueno, muchas gracias, creo que podremos encontrarla.

Según se alejaban, Angelo Perino salió de la casa y se subió al coche. El coche de la policía los siguió durante unos minutos, ya fuera porque el policía sospechara algo, o porque quería asegurarse de que tomaban la buena dirección, eso no podían saberlo.

—¡Maldita sea! —murmuró Len—. ¡Qué mala suerte!

—¿Mala?, y una mierda. Tuvimos suerte de que no viera el rifle. Lo único que tenía que hacer era mirar hacia abajo.

—Perino es el que tiene toda la suerte. A ese hijo de puta le acompaña la suerte en su vida.

 

—Hemos tenido un montón de gastos. Ese fue el trato, medio millón y nosotros correríamos con todos los gastos.

—¿Cuánto habéis empleado en gastos? —exigió Loren.

Se había reunido con Len y Trish en su coche, en el parking de un centro comercial. No se atrevía a encontrarse con ellos en su oficina o en su casa: Roberta no sabía nada sobre ese asunto.

—Además tendríamos que ser compensados por todo el tiempo que hemos empleado.

—Bueno, ¿cuánto habéis gastado?

—Redondeando: unos quince mil dólares.

—Así que todavía os quedan unos doscientos treinta y cinco mil dólares.

Loren cabeceó afirmativamente.

—Algo parecido.

—¿Y supongo que no estáis pensando en devolvérmelo?

—¿Se ha terminado el encargo?

Loren respiró profundamente, frunció el entrecejo y pensó sobre ello, para luego sacudir la cabeza negativamente.

—No podéis hacerlo fuera de su garaje. Aquel policía puede que haya sospechado algo, ¿quién sabe?, incluso podría haberle comentado algo a Perino para prevenirle.

—¿Dónde si no? No podemos hacerlo en Detroit; no podemos hacerlo en Greenwich…

—Está bien, dejadlo por el momento. Cuando tenga otra idea me pondré en contacto con vosotros.