El Corcel
Capítulo 1989
El trabajo se podía realizar con un rifle en cuanto Hardeman les diera el visto bueno.
1989
Herbert Froelich tenía sesenta y siete años. Su cabello era blanco y tenía un frondoso bigote. La piel de su cara colgaba flácida y estaba surcada por numerosas y profundas arrugas. Llevaba gafas de montura marrón y adoptaba permanentemente un aire de hombre sincero y honesto que, sin embargo, inexplicablemente, se veía obligado a andar protegiéndose de calumnias y ataques infundados todo el tiempo.
—He tratado a menudo —dijo con un solemne tono casi pontificio— con los herederos de hombres que en su día crearon auténticos imperios industriales. Su trabajo había sido tan interesante, tan lleno de satisfacciones y les había acaparado tanto que no necesitaban nada más para llenar sus vidas. Pero, para sus herederos, era distinto… la tarea de mantener lo que los antepasados construyeron no es muy divertida, no es algo a lo que merezca la pena dedicar toda una vida con exclusión de todo lo demás. Tienen derecho a cierta seguridad, a gozar de algunas comodidades.
Froelich estaba cenando con Loren y Roberta en su casa de Detroit. Loren había visitado el bar por segunda vez para servirse otro whisky después de que Roberta se hubiera negado a servirle una copa más porque ya estaba un poco bebido.
—Mi marido heredó el control de una compañía que estaba pasando un momento muy difícil —dijo Roberta—. El Sundancer estaba perdiendo cuota de mercado año tras año. Me temo que el primer Hardeman con los años había ido perdiendo el contacto con la realidad.
Froelich cabeceó comprensivamente y levantó su copa de vino en homenaje a Loren.
—Pero el señor Hardeman tuvo la perspicacia de emplear a Angelo Perino como su ingeniero a cargo de nuevos proyectos y asociarse con Shizoka para construir el XB Corcel. Con esas decisiones ha llegado a rescatar una empresa que estaba al borde del desastre.
—Eso hice exactamente —farfulló Loren.
Froelich sacudió la cabeza aprobadoramente y volvió a levantar su copa de vino un poco más alto. Vestía un terno gris pero el efecto quedaba arruinado por un paquete de Marlboro que asomaba por uno de los bolsillos del chaleco deformándolo.
—Mis socios y yo hemos analizado meticulosamente su compañía; como las acciones de la sociedad siempre se han negociado en privado, no es fácil valorarlas. Hubo un momento en que estábamos dispuestos a ofrecerle ochocientos cincuenta dólares por acción, pero eso fue antes de que el colapso del mercado bursátil de 1987 alterara radicalmente el valor de todas las acciones. Ahora estamos pensando en términos de seiscientos dólares por acción; pero quizá pueda convencer a mis asociados para que subamos nuestra oferta hasta los seiscientos cincuenta dólares.
—Eso representa una importante reducción, señor Froelich —dijo Roberta con seriedad.
Froelich cabeceó apesadumbrado.
—Las circunstancias no son las mejores —contestó—. Y dudo que puedan encontrar a un comprador que les pague más de quinientos cincuenta dólares por acción. Aunque la compañía no está registrando pérdidas está, sin embargo, muy endeudada.
—Ese maldito Perino nos ha endeudado hasta las cejas para construir esa nueva y absurda planta de fabricación —rezongó Loren.
—Pero que a la vez constituye su mejor activo.
Roberta sacudió la cabeza desilusionada.
—Su nueva oferta es decepcionante.
—Mírenlo desde mi punto de vista —contestó Froelich—. En una coyuntura como la actual, donde la financiación escasea, si les ofrezco seiscientos cincuenta dólares por sus acciones tendré también que ofrecer otro tanto al resto de los accionistas. Si todos aceptaran, tendría que buscar financiación por un total de seiscientos cincuenta millones de dólares, y este es un momento difícil. Y ahora mírenlo desde su punto de vista: a seiscientos cincuenta dólares por acción su parte valdrá ciento sesenta y dos millones quinientos mil dólares. Indudablemente a ochocientos dólares tendrían cincuenta millones más, pero en cualquier caso tendrán una fortuna y serán gente rica. Y lo que es más importante: estarán finalmente libres del trabajo y de las preocupaciones de dirigir una empresa.
Loren cabeceó asintiendo.
—Me imagino que después de pagar todos los impuestos, todavía podré comprarme una casa de primera en París y amarrar un yate en St. Tropez.
—¿Nos hará una oferta por escrito? —le preguntó Roberta.
—Así es —contestó Froelich—, pero debo imponer ciertas condiciones. Es indispensable que pueda conseguir una participación que me dé el control, y eso quiere decir que debo comprar no solo sus acciones sino también las que posee la Fundación Hardeman. Y, claro está, no pretenderán que aparezca con seiscientos cincuenta millones al contado de los cuales, por cierto, les corresponden ciento sesenta y dos millones quinientos mil dólares. El trato que mis asociados y yo les ofrecemos contempla liquidarles parte en efectivo, parte en pagarés y otra parte con opciones de compra sobre acciones de nuestra compañía. Tanto unas como otras, estarán valoradas a un precio que les permita obtener unos buenos beneficios en el caso de que se decidan a ejercitarlas o venderlas. Como les he dicho antes este negocio los va a hacer extraordinariamente ricos. El piso en París y el yate en St. Tropez serán solo calderilla para ustedes.
Loren sonrió blandamente.
—Tendré que ver los documentos y dejar que mis abogados y mis contables revisen su propuesta —dijo—, pero me parece que podemos llegar a un acuerdo.
—No creo que esa oferta merezca la pena —dijo Roberta después de que Froelich se hubiese marchado.
Estaba sentada en la cocina bebiendo café mientras Loren, totalmente desnudo, pasaba los platos por agua y llenaba el lavavajillas. Últimamente le había pedido que no le azotase más porque no podía aguantar el dolor, pero ella no le hacía caso y a veces utilizaba la fusta para disciplinarlo. En ese preciso momento la tenía sobre la mesa y, desde que se había puesto a lavar los platos, le había fustigado un par de veces en las nalgas con un preciso golpe de muñeca que le hizo saltar y proferir un agudo chillido.
—¡Ven aquí! —Él se acercó y se arrodilló delante de ella—. Primero fueron ochocientos cincuenta dólares por acción —dijo— y ahora ha bajado hasta seiscientos cincuenta y no en efectivo sino en papel promesas. Seguro que continuará bajando su oferta.
—Este año cumpliré sesenta y cinco años —contestó Loren—, incluso si todo lo que conseguimos son veinte millones, podríamos retiramos con eso y vivir como príncipes. No tiene que ser en París.
—¿Es eso lo que quieres?
—Quiero vivir un poco, Roberta. Quiero marcharme a un sitio donde no tenga que oír el nombre de Angelo Perino nunca más. Quiero joderle bien jodido con este negocio. Ni Número Uno consiguió joderle tan bien como yo voy a hacerlo.
—Es tu decisión —contestó ella.
Él levantó la cara y la miró a los ojos.
—Todo lo que quiero es vender y largarme —contestó.
Roberta estaba sentada en el sofá de la suite de Angelo en el hotel Hyatt Regency de Houston. Eran las diez de la mañana. La noche pasada cuando se registró lo había visto en el bar del vestíbulo con una mujer y había preferido no ir a su habitación hasta estar segura de que la otra, quienquiera que fuese, se había marchado. Cuando se lo mencionó a Angelo, se había reído y le explicó que la pelirroja era una experta en informática que le estaba ayudando con el proyecto del coche eléctrico y desde ese punto siguieron hablando de los problemas de la compañía y del nuevo coche.
—¿Para qué engañarme? —preguntó ella—. En estos momentos no sé a quién debo ser leal ni para qué. Estoy empezando a pasar de todo y no sé qué hacer.
—¿Dónde cree Loren que estás en este momento?
—Donde estoy, en Houston; mirando si es un buen sitio para retirarnos.
—¿Qué ha pasado con París?
—Que en París hablan francés y me imagino que piensa que nunca será capaz de aprenderlo.
—Conociéndole dudo mucho incluso que sea capaz de entender el acento tejano —contestó Angelo.
Ella sacudió la cabeza.
—No es tan tonto como piensas —dijo dando un sorbo al café que Angelo le había servido de la cafetera de su desayuno—, aunque en algunos casos es incluso más.
—En cierta manera me siento más el sucesor de Número Uno que él —dijo Angelo—, y no voy a dejar que liquide la compañía a precio de saldo.
—¿Cómo vas a impedirlo?
—No me hagas preguntas y no oirás mentiras. Ya que no sabes de qué lado están tus lealtades es mejor que no hablemos sobre eso.
Roberta meneó su cabeza confundida.
—Salvé otra empresa hace tiempo y ahora a quién le importa. Mi primer marido murió y…
—Le importa a la gente —le interrumpió Angelo—. Hay familias que han trabajado para Bethlehem Motors, ahora XB Motors, durante más de cincuenta años. Hay gente que ha estado conduciendo primero Sundancers y luego Corceles durante otros tantos y a la que le gustaría continuar conduciendo la misma marca.
Roberta lo cogió de la mano.
—¿Echamos un polvo? —preguntó.
Él sonrió maliciosamente.
—Vaya, ya veo que después de todo tienes muy claro dónde residen tus lealtades.
—No te rías de mí, Angelo —dijo melancólicamente inclinándose para besarlo en la nuca detrás de la oreja—, Betsy y yo compartimos la misma tragedia. Ella no se pudo casar contigo y yo tampoco.
—No sabía que pensabas de esa manera.
—No he pensado en ello; no seriamente. Mi tragedia no es tanto que no pude casarme contigo, como que no pude casarme con un hombre como tú. He dominado a dos maridos, he tenido que hacerlo, si no lo hubiera hecho…
—No me cuentes demasiado —le interrumpió Angelo.
Ella dejó la taza de café.
—Lo que me gustaría tomar ahora sería un whisky —dijo—. Eso dice algo sobre mi situación, ¿no te parece? Un whisky antes de las doce.
—¿Qué te parece un Martini bien frío? Un sabor limpio que no empalaga. Te acompañaré con otro.
Ella cabeceó asintiendo y él se dirigió al bar.
—¿Quieres que me desnude? —preguntó ella.
—No podemos follar a menos que lo hagas.
—Lo que planeo hacer, querido, lo podemos hacer sin quitarnos ni una sola prenda. Tráemelo aquí. Dime qué se siente cuando una mujer tiene húmedos los labios con un Martini bien frío.
La vizcondesa de Neville siempre se salía con la suya. Había querido que su primer hijo Loren Van Ludwige, conocido por todos como Van, fuera a la Universidad de Harvard y consiguió que lo admitieran para el curso que se iniciaba en el otoño de 1989.
Cuando se lo confirmaron llamó a Cindy para pedirle un favor: «¿Podía ir Van en junio a pasar unos meses en tu casa, antes de marcharse a Cambridge para ingresar en Harvard? Nunca había estado en los Estados Unidos y era importante que conociera las costumbres americanas antes de instalarse en su residencia de estudiantes.»
Cindy le sugirió a Betsy que viniera con Van y aprovechara el viaje para traer a John con ella, para que pudiera conocer a sus medio hermanos y hermanas.
Y en eso quedaron: llegarían el 3 de junio, Betsy con sus dos hijos, Van de diecisiete años y John de seis. Tres huéspedes habrían desbordado la casa, así que Betsy y John iban a quedarse en casa de Alicia y solo Van se alojaría en la casa de los Perino, para pasar el resto del verano y familiarizarse con los modos y costumbres americanos antes de ir a Harvard.
Len Bragg llevaba su mejor traje: un terno azul de corte diplomático con una camisa blanca de cuello con botones y corbata azul con minúsculos lunares blancos. Era una cálida tarde de primavera y no se necesitaba abrigo o gabardina. Trish vestía un traje de lino de color granate.
Sería ella quien conduciría: conocía bien la zona y él estaba un poco nervioso y no querían arriesgarse a cometer un error que pudiera atraer la atención de la policía.
Compartían la misma habitación en el Courtyard Inn en el condado de Westchester con el nombre de señor y señora Englehardt de Boston. Si hubieran pagado la cuenta en efectivo habrían llamado la atención del recepcionista, así que Len solicitó y consiguió una Visa a nombre de Englehardt. Solo la usaría en esta ocasión: la pagaría y nunca más volvería a utilizarla. Trish había alquilado un Chevrolet con la tarjeta de crédito de la agencia en Detroit pero el coche lo recogieron en el aeropuerto de La Guardia donde cada día se alquilaban miles de coches.
Hacía un año que Len había comprado un rifle en Indiana. Era un Remington de cerrojo con una magnífica mira telescópica con el que se podía tumbar a su hombre a noventa metros. No tenía que acercarse más, y podía hacer dos o tres disparos en menos de diez segundos. Una vez que su hombre estuviera en el suelo, sería un blanco más fácil que de pie y moviéndose. Desde noventa metros: no había necesidad de acercarse más.
Trish había reconocido bien el terreno. En esta parte de Greenwich, Connecticut, la gente solía construir muros de piedra delante de las casas y eso les garantizaba que los vecinos no pudieran ver su coche aparcado cerca de la acera.
La forma en que iban a ejecutar el encargo era simple. Desde el parking del aeropuerto de Westchester podían identificar el jet de XB Motors cuando aterrizase por el logotipo que llevaba pintado en el fuselaje. Esperarían a que Perino dejase la terminal de vuelos privados y cogiera su coche. Dispararle allí era una posibilidad que Trish había considerado, pero nada más llegar descubrieron que había demasiada gente alrededor, además de la policía. No, lo mejor era dispararle en su casa cuando saliera del coche.
Trish había observado que Cindy aparcaba su Porsche dentro del garaje; la hija de los Perino, que conducía un Corcel, normalmente también lo dejaba dentro, mientras que Perino estacionaba el suyo fuera.
Todo lo que Trish tenía que hacer era salir del parking del aeropuerto antes que Perino, ponerse delante y mantenerse en esa posición sin dejar que se les acercara o los pasara. Tampoco quería llegar a la calle de los Perino con demasiada antelación porque si esperaban aparcados durante más de un par de minutos podrían llamar la atención y Greenwich era una ciudad bien vigilada por la policía, con frecuentes patrullas recorriendo sus calles.
Era jueves por la tarde y si Perino seguía su rutina habitual llegaría a Westchester con la puesta del sol, si no era así tendrían que volver a esperarlo al día siguiente por la noche. Normalmente siempre pasaba la mayoría de los fines de semana en casa. No hubo suerte esta vez; estuvieron esperando hasta las diez pero el jet de XB no apareció.
Len y Trish no eran amantes pero, obligados a compartir la misma habitación y la misma cama doble, se dieron placer el uno al otro sin pensarlo demasiado y sin demasiado entusiasmo. Cualquier otro compañero de cama les hubiera servido.
Por la mañana volvieron al aeropuerto de Westchester para ver si el jet había llegado durante la noche y estaba aparcado en el recinto, pero no fue así.
Durante todo el día del viernes no se acercaron a la casa. La calle de los Perino era residencial y un coche desconocido con matrícula de Nueva York podría llamar la atención si paseaba demasiado a menudo por la zona.
Pasaron el tiempo en el motel, nerviosos, mirando la televisión. Cada cinco minutos Len se asomaba a la ventana para mirar el coche, obsesionado con la idea de que alguien, no sabía cómo, pudiera descubrir el rifle escondido en el maletero. Comieron con desgana atenazados por los nervios y bebieron poco.
A las seis volvieron al aeropuerto.
Cuando la luz del día empezó a desaparecer se hizo más y más difícil identificar los jets privados que aterrizaban, pero entonces apareció el reactor Lear de la empresa. Fue fácil distinguir el logotipo de XB en su cola.
Al poco rato Perino salió de la terminal. Lo reconocieron sin dificultad, lo habían estado vigilando durante horas en el hotel Renaissance Center. Era más grande de lo que recordaban; pensando en su edad, sesenta años, lo habían visualizado menos robusto. Llevaba consigo una pequeña maleta y una gabardina doblada en el brazo.
Trish puso en marcha el coche alquilado y fue hasta la salida donde pagó el parking y después tomó la carretera hacia Greenwich. Ambos habían hecho anteriormente cosas despreciables: robos, asaltos, escuchas ilegales de teléfonos. Los dos podían haber acabado en la cárcel en varias ocasiones. Trish, de hecho, había cumplido treinta días de condena por una entrada ilegal, pero ninguno de los dos había matado antes, ni tampoco habían llegado a contemplar esa posibilidad.
Pero… odiaban a Perino. Él había sido el causante de que los aporrearan brutalmente. Trish llevaba en la cara las marcas que le había dejado el cruel golpe con la porra y estaba todavía reciente en su memoria todo el terror y dolor que le habían hecho sufrir. Además, Hardeman les estaba pagando medio millón por el trabajito. Habían cobrado ya la mitad y se rieron entonces mientras hablaban de cuál iba a ser su peor problema: qué hacer con el dinero que, evidentemente, no podían declarar a Hacienda.
Habían planeado toda su actuación cuidadosamente, pero sin pensar mucho en lo que eso suponía y ahora, de repente, la enormidad de su acto les estaba pesando. Iban a matar a un hombre y estaban silenciosos y pensativos.
Llegaron a la calle. Trish aparcó el coche en el lugar que había identificado en su reconocimiento previo como el más idóneo para sus propósitos y apagó las luces.
Len se inclinó, dándose la vuelta, para recoger el rifle que llevaba envuelto en una manta sobre el suelo del asiento trasero y lo desenrolló. El Remington era un rifle de caza mayor y su cargador montaba una munición larga y fina con balas de punta plana, que al impactar contra la carne y el hueso los aplastaba produciendo desgarros que eran mortales en un ciervo. Len había disparado a varios árboles y se había maravillado por el destrozo que esas balas eran capaces de producir, incluso en algo tan duro como la madera.
Bajó su ventanilla y corrió el cerrojo para trasladar una bala del cargador a la recámara y corrió el seguro del arma.
Perino pasó por su lado y entró en la calzada de su garaje. Len quitó el seguro del rifle y miró a través del visor telescópico. Angelo tendría que bajar del coche pasando por debajo de un brillante farol que colgaba del tejadillo del garaje. Aquel era uno de los lugares donde podía disparar; el otro era en la puerta de su casa, donde tendría que detenerse, dándoles la espalda, mientras buscaba la llave. Ese era el mejor momento: mientras estaba quieto, sin moverse, y allí era donde Len había decidido realizar su disparo.
Pudo comprobar que su decisión había sido correcta. Perino era un hombre de movimientos bruscos. Salió apresuradamente del coche, cogió su maleta y su gabardina y se dirigió rápidamente hacia la casa: un blanco difícil; pero quieto en el umbral…
Inesperadamente, la puerta de la casa se abrió de golpe y dos niñas corrieron a recibirlo con los brazos abiertos, saltando de un lado para otro, mientras lo empujaban hacia la casa impacientemente. Después apareció alguien más: una atractiva adolescente que lo cogió de la mano. Se encontraba rodeado por su familia.
—Dios… —musitó Len.
—¡Ahora no! —susurró Trish histéricamente.
—No.
—Ya tendremos otra ocasión.
—Tendrá que haberla. Hemos cobrado a cuenta un cuarto de millón de dólares de Hardeman.
—Vamos a dejarlo por el momento —dijo Loren—. Tal como se están desarrollando las cosas me conviene que continúe con vida, pero no se os ocurra gastaros el dinero pensando que ya habéis cumplido. Os volveré a llamar un día de estos.
Pero la próxima oportunidad no llegó tan rápidamente. Angelo se quedó en casa esa semana para estar con el hijo al que tan pocas veces podía ver y pasar algún tiempo con toda la familia, aprovechando la oportunidad para visitar en Nueva York los lugares turísticos que los hijos de Betsy no conocían: la estatua de la Libertad, la vista desde la terraza del Empire State Building, y la isla de Manhattan desde los barcos del Circle Line.
Cindy le dio a Angelo la oportunidad de quedarse a solas con Betsy, pero él no la aprovechó. En la cama por la noche, el tercer día de la visita de Betsy, Angelo le susurró a Cindy:
—No merezco una esposa tan maravillosa como tú. ¡Haber aceptado a mi hijo con Betsy…!
—Angelo, yo tampoco soy una santa.
—Lo sé. Me lo he imaginado. ¿Dietz? ¿Marcus?
—Por favor. Yo no te hago a ti preguntas.
—Dios… no voy a pretender que no me importa, pero eso solo me hace quererte más, no menos.
Cindy le cogió el pene dándole un cariñoso apretón.
—No sé por qué, me parece… que todas las mujeres de la familia Hardeman, incluyendo Alicia… ¡Cristo! La madre y la hija, y… ¡Dios mío!, también Roberta, ¿uhm? Esa es la razón por la que en ocasiones te presta su ayuda…
Angelo sonrió y le dio un beso.
—Los negocios son los negocios —contestó.
—¿Pero me amas más a mí, que a todas las demás juntas?, ¿verdad? Yo te amo más que a todos los hombres con los que he estado.
—Te amo más que a todas las mujeres del mundo puestas juntas —contestó Angelo.
En ese momento de sinceridad mutua tan maravilloso, libre de cualquier recriminación, Cindy se sintió tentada de contarle lo del aborto. Le había hablado ya del ligamento de trompas diciéndole que su doctor le había recomendado que dejara la píldora, pero lo del aborto no, eso no se lo podía contar.
Para Van su aclimatación a América fue fascinante, pero no por deseada menos difícil. No podía acostumbrarse a llamar a la señora y al señor Perino, Angelo y Cindy. John y Anna Perino le presentaron a sus amigos y se quedó atónito al escucharles emplear de forma habitual expresiones como «polla», «coño» y, lo que era más increíble, «joder». No parecían tener el menor sentido del decoro o de la modestia.
Cuando John lo llevó al dormitorio de sus padres y le mostró su retrato y el de la señora Perino desnudos, Van se sonrojó avergonzado.
Al despedirse de su madre y de su medio hermano, John Hardeman, que regresaban a Londres, Van se preguntó por un instante si no lo estaban abandonando en una tierra de bárbaros con una familia igualmente bárbara.
Pero había un miembro de la familia con el que se encontraba muy a gusto: Anna Perino, de catorce años. Era la chica más preciosa que había visto nunca. No solo era atractiva, sino también dulce y cariñosa. Ella era la única persona que parecía entender su desconcierto y que simpatizaba con él. Solo hacía una semana que se habían conocido cuando descubrió que estaba profundamente enamorado de ella, pero no tenía la más remota idea de qué hacer con sus sentimientos.
Van estaba sorprendido de la libertad de la que gozaban los jóvenes norteamericanos. John lo llevó a guateques donde los jóvenes bebían, tomaban drogas, se metían mano y se desnudaban sin el menor recato. ¡Dios sabía qué otras cosas hacían! Aquella era la libertad con la que él y Charles habían soñado a menudo, pero que el pobre nunca llegaría a conocer porque se quedaría toda su vida en Francia. Los dos habían vivido aterrorizados pensando que alguien pudiera descubrir sus actividades nocturnas. Ahora no estaba muy seguro de que a los americanos les hubiera importado su comportamiento. La diferencia entre él y Charles y sus nuevos amigos era que ellos se avergonzaban de lo que hacían, pero estos americanos no parecían sentir la menor vergüenza. Eran como jóvenes animales que seguían sus instintos adonde estos les llevaban, sin pensárselo dos veces.
John salía con una chica llamada Buffy. Sus mejores amigos eran una pareja llamada Jeff y Kara. Buffy tenía dieciocho años y entraría en la Universidad de Wellesley el próximo otoño. Eso quería decir que era dos años mayor que John que estaba a punto de comenzar sus estudios de bachillerato. Jeff y Kara tenían diecisiete años y estaban en segundo curso.
El padre de Kara, cirujano en el hospital de Greenwich, era propietario de un barco de motor de quince metros que amarraba en la marina de la bahía de Cos Cob. Jeff había demostrado tener la suficiente pericia y responsabilidad con el barco para que su padre le permitiera cogerlo las tardes en que él trabajaba. Un jueves del mes de agosto, las tres parejas, John y Buffy, Jeff y Kara y Van y Anna, subieron con cestas de picnic a bordo y navegaron rumbo este por el estrecho, sin ningún destino en particular, planeando echar el ancla en alguna cala, tomar un baño y comer.
Las chicas llevaban bikinis de colores vivos que, particularmente en el caso de Kara, amenazaban con desbordarse y los chicos vestían bañadores ceñidos White Stag Speedos que subrayaban sus orgullosos bultos.
El Finisterre, como se llamaba el barco, podía ser controlado desde un puente elevado o desde el puesto de mando de la cabina. Para salir del puerto Jeff se situó en el puente superior donde disfrutaba de mejor visibilidad y navegó a poca velocidad para no causar oleaje. Solo cuando estaban más allá de la bocana empujó el acelerador avante lanzando el bote contra la marejadilla.
Los otros cinco se quedaron en la cabina sintiendo las vibraciones del motor bajo sus pies. John abrió una nevera portátil y empezó a repartir cervezas.
Cuando estuvieron a tres kilómetros de la costa, enfrente del cabo Shippan, en Stamford, Buffy se quitó el sujetador. Kara la imitó inmediatamente y Anna, a la que claramente no le agradaba la idea pero que no quería ser diferente, también se quitó el suyo, descubriendo unos pechos pequeños y en punta como correspondía a sus catorce años.
Kara subió al puente de mando superior para llevarle a Jeff una cerveza.
Van se dio cuenta de que nadie parecía incómodo. Aparentemente sus nuevos amigos estaban haciendo lo que siempre hacían en esas ocasiones. Se preguntó si no le llegaría también a los chicos el turno de quitarse los bañadores y quedarse desnudos. No estaba seguro de poder hacerlo si llegaba el momento.
Conforme navegaban por el estrecho, el cielo a popa se fue oscureciendo y el viento se hizo más fresco y frío. El estado del mar empeoró a marejada. Jeff conectó la radio del puente a la frecuencia de la guardia costera para escuchar los partes meteorológicos.
—No hay problema —les anunció a los otros—. Es solo un pequeño frente de tormenta que está pasando. Voy a poner rumbo a aquellas islas que tenemos enfrente y buscaré una cala donde fondear para que estemos resguardados.
Las tres chicas bajaron a la cabina mientras los chicos permanecieron en cubierta. John y Van se dirigieron a proa para estar listos para soltar el ancla en cuanto Jeff lo pidiese. Cuando, finalmente, se pusieron a resguardo en una cala, una lluvia siseante reducía la visibilidad a pocos metros. Después de anclar el bote, los muchachos se pusieron a cubierto en la cabina, totalmente empapados. Kara cogió unas toallas del armario y los chicos se secaron. Los trajes de baño estaban húmedos y Jeff y John se quitaron los suyos, Van dudó pero temió que los otros pensaran que era tonto, así que terminó quitándose también el suyo. Jeff se arrodilló en la parte trasera de la cabina para abrir la escotilla y colgar los bañadores a secar al calor del compartimento de los motores.
Las chicas sirvieron los sándwiches y las patatas fritas mientras los chicos abrían más botellas de cerveza. El barco se balanceaba continuamente en las aguas agitadas, pero no había ningún peligro.
—Acogedor —dijo Kara arrebujándose contra Jeff, que puso su brazo izquierdo alrededor de ella para llenarse su mano con uno de sus pechos—. ¡Mmmm!, muy acogedor.
John se inclinó sobre Buffy y le chupó los dos pezones que quedaron brillantes con su saliva.
Van miró a Anna y vio una nota de aprensión en su mirada. Le puso su brazo alrededor y ella sonrió tímidamente antes de darle un beso fugaz en la mejilla.
Mientras comían, los que vivían en Greenwich hablaron de sus respectivas escuelas y de la próxima temporada de rugby americano, rompiendo a reír al intentar que Van entendiera las reglas del deporte.
Tan pronto como Jeff y Kara terminaron de comer sus sándwiches, bajaron a una cabina estrecha que se abría al final de unos empinados escalones mientras John y Buffy se tumbaron en el banco de babor y comenzaron a besarse y a meterse mano.
Van besó a Anna. Era la primera vez que la besaba en la boca y le embargó la emoción. Sus ojos oscuros le miraron solemnemente mientras adelantaba sus labios húmedos y sedosos para que se los volviera a besar. Él estaba deseando tocar sus pequeños pechos desnudos. ¡Pero su hermano estaba al otro extremo de la cabina!
John había bajado las braguitas del bikini a Buffy y estaba amasando con manos ávidas su duro y pequeño trasero.
Van puso delicadamente su mano derecha sobre el pecho izquierdo de Anna. Ella contuvo la respiración, pero no intentó apartarse o quitarse la mano; solo continuó mirándole intensamente a los ojos con renovada solemnidad. Él la volvió a besar y ahora los dos se relajaron, recostándose en el asiento, para continuar besándose.
La lluvia comenzó a amainar y la visibilidad alrededor del yate mejoró. Van y Anna podían distinguir ahora las islas a su alrededor y más allá la costa. Varios barcos estaban fondeados no muy lejos y Van se preguntó si sus tripulantes no estarían también haciendo lo mismo que ellos.
La puerta se abrió y Jeff y Kara subieron por la escalera con una sonrisa.
—¡Los siguientes!
John y Buffy descendieron a la cabina de popa y Jeff y Kara se sentaron a la mesa y abrieron otras dos latas de cerveza. Van y Anna dijeron que no querían más por ahora.
John sonrió traviesamente y preguntó:
—En Europa no circuncidan a todo el mundo, ¿verdad?
—No, solo si los padres lo piden.
—En este país tienen que hacerlo. Es la ley.
—No, no lo es —contestó Kara.
—Siempre he oído que lo era —repuso Jeff.
—Bueno, mi padre es médico. Y eso es lo que me ha dicho.
—Ahora que lo pienso, no todos los chicos en el colegio lo están. A ti tampoco te lo cortaron, ¿verdad, Van?
—No —contestó Van tímidamente. Los otros tres le estaban mirando su pene y él notaba que se estaba sonrojando. Era una situación muy incómoda, pero no había manera de escapar—. En Ámsterdam, donde nací, es solo un rito religioso.
—¿Solíais hacer deporte en vuestro colegio?
—¡Oh, sí! Especialmente rugby europeo.
—Ese es un juego duro, ¿no es así?
—Puede ser muy duro. ¿Conoces el chiste? Se dice que el rugby es un juego de rufianes que juegan los caballeros, el fútbol es un juego de caballeros al que juegan los rufianes, y el hockey sobre hielo es un juego de rufianes, jugado por rufianes.
Los otros se rieron y Van se alegró de haber podido desviar la atención del estado de su pene. Jeff reanudó su explicación sobre el rugby americano.
John y Buffy subieron y John hizo un gesto a Van.
—Uh… bueno, quizá… —musitó Van.
—No seas tímido —contestó John—. Anna no lo es.
Una pequeña lámpara de latón dorado en un mamparo iluminaba la cabina. Era minúscula y acogedora, pero hacía calor. Estaba equipada con dos literas estrechas y casi no había sitio para estar de pie entre ellas. Van y Anna se acostaron cara a cara. Él se sentía muy azorado al notar su miembro erecto presionando contra sus piernas. Ella no mostró ninguna señal de desagrado, solo lo miró con sus atractivos ojos oscuros y le ofreció la boca para que la besara.
Él la besó con cariño, con más cariño que pasión.
—Anna —le susurró—. No te voy a quitar la otra pieza de tu traje de baño.
—No —dijo ella—, no debemos.
—Pero puedes tocarme si quieres.
Ella empuñó su verga e instintivamente supo lo que había que hacer y en menos de un minuto se encontró eyaculando en su mano y contra sus muslos.
—Anna —dijo—, quiero que sepas que te amo. No voy a salir con otras chicas hasta que seamos mayores y podamos casarnos.