El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 11 de 45

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El Corcel

Capítulo 10, 1978

diez

1978

 

Amanda Finch bajaba al volante de su coche, acompañada por Cindy, por la empinada calle principal de Greenwich, en Connecticut. Hacía solo unos meses que había terminado de pintar su desnudo.

—No sé por qué, pero creo que me he enamorado de esta ciudad —dijo—. Hay un montón de artistas viviendo aquí. Algunas celebridades, deportistas famosos y gente del espectáculo. El pueblo es tranquilo y es fácil acostumbrarse a vivir en él. Te gustará.

Cindy había decidido que tenían que mudarse de Nueva York y, aunque a los dos les encantaba su apartamento en Manhattan, estaban de acuerdo en que no era el lugar más apropiado para criar a los niños. El pequeño John tenía ya cinco años, necesitaba tomar el aire, estar en contacto con la naturaleza y no limitarse a sus paseos por los parques de la ciudad. Anna tenía tres años y era muy inquieta, mientras que Morris era un bebé alborotador y lleno de energía que pronto empezaría a sentirse agobiado en el espacio cerrado de un apartamento. Cindy había estado buscando casa en Westchester County y en New Jersey y esta era su primera visita a Connecticut.

—Puedes encontrar cualquier cosa por aquí: desde un apartamento o una casa en la ciudad, hasta una pequeña casa de madera con un pequeño jardín, pasando incluso por una finca de varias hectáreas a partir de un millón de dólares —dijo Amanda.

Ella vivía en un edificio de apartamentos de cinco pisos, en una calle de casas de estilo eduardiano agradablemente arbolada. Condujo a Cindy hasta allí y cogieron el ascensor hasta su ático. El cuarto principal era un invernadero en la terraza del edificio que Amanda utilizaba como estudio. Había dos habitaciones más, una de las cuales usaba como cuarto de estar, una pequeña cocina y un cuarto de baño. Puso en marcha la cafetera y después llevó a Cindy hasta el estudio y le ofreció asiento en el sofá.

El techo era de cristal, igual que las paredes que daban al norte, este y sur, y proporcionaba una luz perfecta para pintar. Amanda había puesto unas cortinas casi transparentes en la cristalera que daba al este, para impedir que la gente en los edificios más altos pudiera ver posar a sus modelos. Las ventanas que daban al sur ofrecían una magnífica vista del estrecho de Long Island. El estudio estaba lleno de caballetes, paletas, brochas, cajas llenas de tubos de pintura, latas atestadas de trapos para limpieza, revistas, periódicos, y más cajas vacías de pizzas y hamburguesas.

Amanda levantó su cara ofreciéndosela a Cindy y esta la besó.

—Me encantaría que te mudases aquí, Cindy. De verdad que me encantaría.

Cindy se acercó al caballete para ver qué estaba pintando: un adolescente desnudo en el estilo descarnadamente realista de Amanda.

—Es Greg, vendrá en cualquier momento. Es un estudiante del instituto de Enseñanza Media de Greenwich y tan pronto como acaban las clases…

—Parece muy joven —dijo Cindy.

—Tiene dieciséis años. Sus padres me dieron permiso escrito para pintarlo. Su madre lo acompaña algunas veces y se sienta a mirar mientras trabajo. Prefiere que se gane su dinero de bolsillo como modelo, mejor que repartiendo periódicos o ayudando con las bolsas en un supermercado. Pero no quiere posar para las clases de dibujo y a mí no creo que me interese pintar más de dos o tres cuadros de él.

Amanda se colocó detrás de Cindy rodeándola con los brazos para acariciarle los pechos.

—Si vinieras a vivir aquí podrías servirme de modelo. Cambiaríamos tu cara para que nadie te reconociera.

En la galería se habían vendido otros seis autorretratos de Amanda desnuda y eso la había convertido probablemente en la modelo de artistas más famosa de la actualidad; era más conocida como modelo que como artista. En una esquina del estudio, sobre un caballete, había un espejo de cuerpo entero.

—No estoy muy segura de querer desnudarme otra vez delante tuyo —contestó Cindy—, te pones cachonda incluso cuando estoy vestida.

Amanda le besó la nuca.

—Te amo —dijo sencillamente.

Continuaron charlando, pero Cindy estaba segura de que Amanda no hablaba en serio. No acababa de creerse eso de que estuviera románticamente enamorada de ella. Pensó que solo se sentía atraída, considerándola no solo su mecenas, sino también su mejor amiga. Cuando posó para ella le había permitido que le besara los pechos y el estómago, pero no le había dejado meter la lengua en su surco, ni tampoco ella lo había intentado. Cuando estaban solas le devolvía los besos, incluso esos otros besos húmedos en los pezones que Amanda le daba, pero nunca habían llegado más allá.

La cafetera hizo ruido indicando que el café estaba listo y Amanda se dirigió a la cocina volviendo con dos cuencos de café fuerte y humeante.

—He visto en las noticias que el señor Hardeman ha muerto, me refiero al Hardeman original.

—Es lo mejor que podía haber pasado —contestó Cindy.

—Un infarto —dijo Amanda—, me imagino que a su edad era de esperar.

—Sí, pero se tomó su tiempo.

—Me acuerdo que una vez dijiste que la única manera de matarlo era dispararle en el corazón con una bala de plata.

—Su muerte nos da más posibilidades de que podamos sacar adelante el proyecto del nuevo coche —contestó Cindy—. Nos prometió que no se iba a inmiscuir en él, pero no hizo otra cosa todo el tiempo. Quería que el nuevo modelo tuviera el aspecto que a él le gustaba; un diseño de hace treinta años. Creo que si hubiera podido incluso le hubiese añadido un par de aletas traseras.

—Tan pronto como ese coche aparezca me compraré uno —dijo Amanda ingenuamente—. Yo…

El timbre de la puerta sonó y ella se dirigió al interfono y apretó el botón para abrir la puerta.

—Ese debe de ser Greg.

—No debemos hablar de los Hardeman o del coche o de cualquier cosa parecida delante de él —dijo Cindy—. Me marcharé en unos minutos porque no querrá posar estando yo delante.

—No creo que haya ningún problema, Greg no es de los vergonzosos.

Lo presentó como Gregory Hammersmith. El joven modelo le estrechó la mano diciéndole que estaba encantado de conocerla.

—Amanda me dijo que era amiga tuya. He oído hablar del señor Perino, aunque nunca lo he visto conducir, ni siquiera por televisión.

—Greg —le preguntó Amanda—. ¿Te importa posar mientras la señora Perino está aquí?

—En absoluto.

Habló tan despreocupadamente que por un momento Cindy pensó que iba a añadir «cuanta más gente haya, mejor», pero sin decir nada más comenzó a desvestirse. Se quitó los zapatos apoyándose en la punta del pie, se agachó para quitarse los calcetines, se sacó por la cabeza el jersey y se bajó los tejanos. Sin la menor vacilación se quitó los calzoncillos. Desnudo se subió a una pequeña plataforma y asumió la pose del cuadro a medio terminar. Estaba solemne, pero relajado.

Cindy intentó no mirar demasiado intensamente, pero realmente no importaba mucho, ya que la pose lo mantenía con la cara en otra dirección. Todavía era un adolescente con un pecho y unos hombros sin desarrollar, aunque los sólidos músculos de sus brazos y piernas sugerían una complexión atlética. Su piel era pálida y no tenía nada de vello en el cuerpo, salvo una pequeña mata de arisco pelo en su pubis. Desde donde estaba no podía distinguir si su órgano estaba flácido o semierecto. Era notablemente largo aunque aniñadamente fino y colgaba en una tensa curva sobre su escroto.

—Me gusta como pinta Amanda —dijo—. Saber que estás posando para una auténtica artista resulta más fácil.

—Sí, lo sé. Yo también posé para ella.

—¿Así?

—Sí, así.

El miembro del chico se levantó ligeramente como si la imagen mental de ella desnuda le generase una incipiente erección.

—Greg —preguntó Amanda—, tú vives en el campo, ¿verdad?

—Bueno, hay campo y campo. No vivo en una de esas grandes propiedades.

—Los Perino están pensando en venirse a vivir a Greenwich.

—Mi tío es agente inmobiliario.

—Bueno, pues dale su teléfono —dijo Amanda.

—Las escuelas son muy buenas por aquí —comentó Greg reflexivamente.

Cindy fue a la cocina y volvió a llenar las tazas de café. Desde la puerta se detuvo para mirar la escena de la artista trabajando intensamente en la tela y el joven desnudo posando tranquilamente con permiso de sus padres, y decidió que si esta escena, de alguna manera, caracterizaba al lugar, Greenwich era el sitio donde quería vivir.

 

No fue tan fácil y dos semanas después Cindy cambió de opinión y decidió que ya no quería ir a vivir a Greenwich, aunque Angelo estaba empeñado en que, costase lo que costase, terminarían fijando su residencia en ese lugar.

El tío de Greg, David Schroeder, había recibido a los Perino en su oficina donde les enseñó su portafolios de propiedades. Las casas en Greenwich eran caras y pronto se dieron cuenta de que tendrían que gastarse como mínimo un cuarto de millón de dólares para poder comprar la casa que necesitaban.

Después de haber mirado las casas les sugirió ir a ver un par de ellas. Era un hombre alto y bien parecido, con la tez rubicunda y el cabello blanco. Era extremadamente cortés con Cindy, y siempre sujetaba la puerta trasera del Mercedes plateado que conducía cuando entraba y le daba su mano para ayudarla.

Los llevó a una zona de la ciudad llamada Cos Cob y, después de cruzar por varias calles comerciales poco atractivas, entraron en un barrio residencial. Las casas que les enseñó eran bonitas pero nada del otro mundo. El vecindario tenía céspedes bien cuidados y casas bien mantenidas pero Cindy notó que muchas de ellas tenían hasta cinco coches repartidos entre el garaje, el vado de acceso y la calle. Algunos de esos loches eran viejos y no estaban en muy buen estado y también vieron varias camionetas aparcadas en los accesos.

—No puedo creerme que todo Greenwich sea así —dijo Cindy—. He oído hablar de Riverside y de algunos lugares en el campo. Quiero ver casas en esos vecindarios.

David Schroeder se acercó al bordillo y paró el motor. Se volvió de tal manera que pudiera mirar a Angelo en el asiento delantero y a Cindy en la parte de atrás simultáneamente.

—Para serles absolutamente franco, señor y señora Perino, me temo que podría haber un problema.

—¿Cuál es el problema? —exigió Angelo.

Schroeder respiró profundamente.

—Me siento muy incómodo teniendo que hablarles de ello y me gustaría no tener que hacerlo, pero existe el propósito decidido en Greenwich —aunque el éxito no es total— de mantener a la gente de ascendencia mediterránea exclusivamente en el área de Cos Cob.

—Quiere decir a los italianos —dijo Angelo.

Schroeder hizo un gesto afirmativo.

—Y también hispanos, incluso franceses. Lo siento muchísimo. No me gusta esta situación, y no estoy de acuerdo con ella, pero no tengo más remedio que aceptarla.

—¿Qué quiere decir?

—Mi primer problema —dijo Schroeder— sería encontrar un propietario que estuviese dispuesto a vender, y el segundo sería que la Asociación de agentes inmobiliarios local me haría el boicot si yo les vendiera una casa fuera del área de Cos Cob. En cualquier caso los bancos terminarían por encontrar algún problema con su solicitud de préstamo hipotecario y no se lo concederían.

Angelo se volvió a Cindy y sonrió.

—Bien, bien, bien —dijo—. Hasta ahora me importaba un pito si vivíamos en esta ciudad o no. Pero ¡por supuesto que lo haremos! ¿Quiere apostarse algo?

 

El hermano mayor de Cindy, Henry Morris, era el presidente de la compañía minera Morris. Después de casarse y antes de marcharse a Europa, Angelo y Cindy lo habían visitado en su casa de Pittsburgh y desde entonces se habían visto una docena de veces. Los Morris nunca se olvidaban de enviar regalos a los hijos de los Perino en sus cumpleaños, y por Navidad enviaban regalos cuidadosamente elegidos para toda la familia.

Henry poseía un agudo sentido del humor.

—Me encanta tu nueva cara —le dijo una vez a Angelo—; espero que no sea otro boceto previo.

Henry heredó su posición en la vida, pero cumplía con su papel de una forma mucho más digna que Loren Hardeman Tercero. Sirvió en Vietnam con rango de teniente y tenía el título de ingeniero de minas por la Universidad de Colorado. Durante la época en que Cindy rodaba por los circuitos de cama en cama, dejó muy claro su disgusto pero supo olvidar. Tenía treinta y nueve años y había tenido que aceptar que su hermana pequeña se hubiera casado con un hombre nueve años mayor que él.

Angelo estaba seguro de que hubiera preferido otro tipo de cuñado pero había acabado por aceptarlo y ahora gozaba de su respeto. De hecho los dos hombres se parecían mucho. Ambos tenían la misma altura y peso, aunque Henry Morris era mucho más estirado que Angelo y siempre vestía con traje excepto cuando jugaba al golf. Todavía fumaba de vez en cuando pero había bajado de dos paquetes de cigarrillos al día, a menos de medio paquete. Le gustaban el vino y la cerveza pero no probaba las bebidas más fuertes. Angelo lo encontraba demasiado serio, pero si ese era el único defecto que podía encontrar en un cuñado se consideraba una persona afortunada.

Durante una cena en su apartamento de Nueva York, Angelo dejó que Cindy le contara a su hermano la experiencia que habían tenido en Greenwich.

—Es trágico —comentó Henry— que todavía haya gente que piense de esa manera. Si estás decidido a vivir allí, hay leyes federales contra la discriminación en cuestión de vivienda. Puedes presentar una demanda en una corte federal…

—Pensaba abordar el problema de forma más directa —contestó Angelo—. Tienes que disculparme, pero he hecho algunas investigaciones y me he enterado de que la compañía minera Morris realiza todas sus operaciones bancarias con el Itálico Consolidated Pennsylvania. Consolidated tiene en su cartera trece millones de dólares de letras vencidas y renovadas de Byram Digital Equipment que están pagando con dificultades. El presidente de Byram es un tal Roger Murdoch, que da la casualidad de que es, a su vez, el presidente de la asociación del partido republicano local, presidente de la sociedad histórica de Greenwich, presidente de la campaña Greenwich United Way, etc. Bueno, creo que ciertas palabras susurradas al oído del presidente del banco, que resulten a su vez unas palabras susurradas en el oído del presidente de Byram Digital, podrían provocar una llamada alarmada de este al presidente de la Asociación de Agentes Inmobiliarios local. ¿Me estás siguiendo? ¡Claro que les llevaría ante un tribunal federal!, pero prefiero métodos más expeditivos.

Henry Morris se rio.

—No me gustaría encontrarte en el terreno opuesto, Angelo. Creo que el presidente de la Asociación de Agentes Inmobiliarios va a recibir además una llamada de la gobernadora Ella Grasso.

Angelo levantó su copa.

—Si los Morris y los Perino no podemos hacer pasar por el aro a una pequeña Asociación de Agentes Inmobiliarios, ¿de qué servimos? Especialmente cuando nuestra causa es justa.

 

—Mille grazie signor Di Costanzo —dijo Angelo—. Questo é per Lei. —Y entregó al anciano al otro extremo de la mesa un pequeño estuche. Cuando este lo abrió encontró dentro un reloj de oro.

Estaban en un pequeño restaurante en el barrio de Cos Cob de Greenwich y toda la conversación se desarrollaba en italiano.

El señor Di Costanzo sonrió, pero devolvió el reloj.

—No es necesario —dijo—. Eres un hombre de honor, haciendo un trabajo honorable.

Angelo volvió a empujar el estuche de nuevo hacia el anciano.

—Es un honor para mí el reconocer su asistencia —contestó Angelo.

—Ahora nuestra gente puede vivir en cualquier parte de esta ciudad —dijo el signor Di Costanzo, y con una risita añadió—: la Asociación de Agentes Inmobiliarios pusieron ellos solos sus pelotas sobre un yunque y nosotros se las hemos machacado con un martillo. —Levantó un vaso de vino—. Nosotros seguimos sus sugerencias.

Angelo hizo un gesto afirmativo con la cabeza y bebió a su vez.

—Eso fue lo que pensé. Los anglosajones toman un tren a Nueva York todos los días mientras los demás se quedan en esta ciudad haciendo el trabajo ingrato. Cuando le denegaron el permiso de construcción por enésima vez…

—¡La cuarta vez que presentaba la solicitud para un permiso de construcción! — contestó Di Costanzo—, pero esa basura de reglas son tan complejas y prolijas, que es imposible cumplimentar una en la que todo esté en orden y no tengan más remedio que aprobarla. —Se rio—. Ahora que lo pienso, deberíamos enterrarlos en su propia basura; para algo tenemos la concesión para su recogida.

—Signor —dijo Angelo—, estoy comprando una casa en la calle Norte. Mi mujer y yo estaríamos encantados si usted y su familia y los amigos que usted considere oportuno vinieran en su día a nuestra casa para la fiesta de inauguración.

El anciano sonrió.

—Angelo, tal vez deberías pensártelo bien antes.

—Mi abuelo era un contrabandista, signor. Le vendía su whisky a Loren Hardeman Primero, y ahora soy el vicepresidente de Bethlehem Motors; el nieto de un contrabandista controla la compañía de Número Uno. Tan pronto como hayamos terminado de comprar la casa, daremos una gran fiesta. Yo valoro la amistad, signor Di Costanzo, y no vuelvo mi espalda a los amigos después de haber disfrutado de los beneficios de esa amistad, lo mismo que usted.

 

Cindy se había dado cuenta de que Greg no se tapaba durante los descansos; en ellos se dirigía al caballete para ver lo que Amanda estaba pintando. Como en otras ocasiones, aceptó el ofrecimiento de Cindy de un vaso de Coca-Cola.

Se encontraba trastornada al darse cuenta de que estaba más perturbada por la visión de un chico de dieciséis años que él por la mirada de una mujer de treinta. Un par de días antes se había sentido terriblemente azorada cuando la había pillado mirándole sus partes. No parecía que le hubiera importado y le devolvió la mirada con una pequeña sonrisa.

—Cindy —dijo ahora (ella le había insistido en que se tutearan)—, me gustaría saber qué es lo que le hicisteis a mi tío, aunque te adelanto que estoy de acuerdo con los resultados.

—No hicimos nada —contestó—. Solo le retorcimos el brazo a la gente que le estaba presionando.

—Dice que Greenwich nunca será lo mismo.

—Eso es lo que todos deseamos —añadió Amanda.

Greg se marchó a las cinco.

—Tengo que dejar de mirar a tu modelo adolescente —dijo Cindy—, me está empezando a revolucionar.

—A mí también me pone cachonda —reconoció Amanda sencillamente.

—¡Por Dios…!

—¡No seamos hipócritas!

Cuando a las seis sonó el timbre de la puerta, Cindy salió corriendo al cuarto de baño para vestirse y retocar su maquillaje antes de que el ascensor llegara con Angelo.

Angelo aceptó el ofrecimiento de un brandy y estudió el cuadro en el caballete.

—Interesante —dijo.

—Creo que voy a comprarlo —contestó Cindy.