El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 37 de 45

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El Corcel

Capítulo 32, 1991

treinta y dos

1991

 

—¿Dónde está Angelo? —preguntó Amanda.

Ella y Cindy estaban en su estudio en Greenwich. Amanda estaba trabajando en el retrato de un banquero de Wall Street. Había estado posando cuando Cindy llegó, pero ya se había marchado. Amanda continuó trabajando y Cindy se sentó en el sofá con un brandy.

—Está en Houston, reunido con una maravillosa pelirroja.

—Uh-oh.

—Nada de uh-oh, es lesbiana.

Amanda se rio.

—Nosotras también lo somos, querida.

—No realmente. Somos bisexuales. No te olvides que soy madre de cinco hijos y tú has estado saliendo con Dietz durante dieciocho años.

—¿Carpenter…?

—No —dijo Cindy, pero su sonrisa denotaba cierto anhelo—. Es muy atractivo… pero, bueno, ya veremos.

—Me gustaría que me lo presentaras —dijo Amanda—, no me vendría mal una buena pieza.

Amanda continuaba vendiendo su trabajo con regularidad pero ya no era aquel descubrimiento excitante que había sido en los setenta. Cada vez más, pintaba retratos por encargo, adulando a sus modelos lo justo para dejarles satisfechos. El banquero que se mostraba en el atril tenía los ojos algo más claros y la barbilla un poco más cuadrada de lo que le correspondía. Odiaba ese tipo de trabajo. Continuaba pintando desnudos de adolescentes y todavía se vendían, pero había descendido la demanda de los primeros años, cuando la galería VKP los había introducido como auténtica primicia al público aficionado al arte.

Robert Carpenter había admirado sus retratos en la galería y había querido conocer a su autora. Había quedado en pasar a las siete para conocer a Amanda y ver sus últimos trabajos, para después salir a cenar todos juntos.

Llegó unos minutos antes de la hora. Vestía un traje azul de corte impecable, camisa blanca y una corbata a rayas con los colores de un regimiento. Había abusado del sol en algún lugar y el contraste tan acusado entre su barba y su piel quemada componía un chiaroscuro en rojo y blanco.

—Tan pronto como vi tu trabajo, decidí comenzar una pequeña colección de tu obra —le dijo a Amanda mientras aceptaba el brandy que le ofrecía. Frunció el gesto al ver el retrato en el atril.

—Esa es una obra de mi período a la Norman Rockwell —dijo Amanda.

—Te pagará bien —dijo Carpenter secamente.

—Sí, pero por desgracia tendré que firmarla.

—Tus desnudos son una auténtica obra maestra.

—Solo tengo dos en este momento.

—Se venden muy rápido —dijo Cindy.

—¿Tienes otros desnudos de adolescentes? Dos que vi en la galería son fascinantes.

—Me temo que no tengo nada más por el momento —contestó—, pero déjame enseñarte este. Es de un jugador de rugby que posó para mí el pasado verano.

Era un retrato de un joven atleta, macizamente fornido desde la nuca hasta las pantorrillas. Estaba de pie con sus piernas ligeramente separadas, exhibiendo su musculado cuerpo a la admiración ajena, mientras con la inclinación de la cabeza y su sonrisa parecía desafiar al observador a que le encontrara algún defecto.

—Muy impresionante —dijo Carpenter.

—Este otro es de una camarera. Se ha corrido la voz de que pago bien y debía un par de plazos de su coche.

Un claro exponente del talento de Amanda era que sus mejores retratos se convertían en auténticas biografías de sus sujetos. Cualquiera que viera el retrato de la joven camarera podía adivinar que la muchacha había posado desnuda de mala gana, impelida por la necesidad. Su pelo lacio de un color indefinido, sus cejas sin depilar, la pintura exagerada de sus labios dejaba claro que era una persona carente de cualquier sofisticación. Se encaraba al artista y al observador con vergüenza y al mismo tiempo con una clara determinación.

—¡Vaya cuadro! —exclamó Carpenter.

—Uno de los mejores de Amanda en mi opinión —dijo Cindy.

—Mientras cenamos hablaremos del precio de esos dos —dijo Carpenter.

 

—¡Menuda porquería! —chilló Loren.

Carpenter miró a Roberta y después descargó una mirada displicente sobre Loren.

—¿Eso cree? De acuerdo. Le diré lo que podemos hacer. Ya he acabado con su provisión de fondos y todavía me debe tres meses de mis honorarios. Dentro de tres meses me deberá un total de seis. Me quedo con los cuadros en vez de los honorarios para ese período. ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo! —dijo Loren—. No quiero esos malditos cuadros en mi casa.

—Acabas de cometer una equivocación —le hizo notar Roberta resignadamente a Loren.

—Me importa un pepino. ¿Qué me trae a cambio de esos cuadros?

—Algunas cosas interesantes —contestó Carpenter—. Me he enterado de que el señor Perino está trabajando con una experta en informática en Houston que se llama Alexandra McCullough. Encontrará un billete a Houston en mi relación de gastos. La formidable señorita Alex McCullough es una conocida lesbiana, pero ella y Perino se han hecho muy amigos.

—Eso no vale nada —dijo Loren—. ¿Qué más?

—También encontrará un viaje a Londres. La señorita Perino mencionó que su marido estaba viajando allí. Durante su estancia visitó a la vizcondesa de Neville unas tres veces.

—Estaba visitando al niño, a su hijo.

—Quizá. Pero la vizcondesa también le hizo una visita en su hotel y se quedó toda la mañana en su habitación. Esa tarde el señor Perino no volvió a su alojamiento, estuvo toda la noche en el Savoy, en la suite de la princesa Anne Alekhine.

—Maldito hijo de puta.

Roberta suspiró y sacudió la cabeza.

—Todo eso solo son chismorreos, señor Carpenter —dijo—. Interesantes, pero muy poca cosa. Desde luego no valen el precio de los DeCombe y el par de Finches, además de sus gastos.

—De acuerdo, ¿han visto al señor Perino últimamente?

—Anteayer.

—¿Llevaba una venda en su mano izquierda? ¿Les dijo por qué?

Loren cabeceó afirmativamente.

—Dijo que estaba friendo unos huevos y que la margarina caliente le saltó a la mano.

Carpenter hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Lo que le dijo a la vizcondesa de Neville, cuando la niñera estaba presente, fue que se quemó con una pastilla de litio que se incendió accidentalmente. El hidróxido de litio se utiliza para aumentar la capacidad de las baterías secas. Es un metal muy corrosivo que entra en combustión espontánea en contacto con el aire.

 

Carpenter solo llevaba dormido un par de horas cuando le despertó una llamada a la puerta de su habitación en el motel. Salió de la cama medio dormido y enrollándose una toalla alrededor de la cintura se dirigió a la puerta.

—¿Quién es?

—La señora Hardeman. Abra la puerta.

—No estoy vestido.

—Estoy esperando a la puerta de un motel. ¡Abra esa maldita puerta!

Él quitó la cadena de la puerta y abrió la cerradura. Roberta lo apartó de un empujón y entró. Llevaba una gabardina mojada encima de unos tejanos.

—Debo haber parecido una puta esperando ahí fuera —gruñó—. ¿Tiene algo de whisky?

—No, lo siento.

—Siempre tenga whisky —dijo—. Cuando trabaje para nosotros, tenga siempre una botella de whisky a mano.

Era evidente que ella ya había bebido whisky. Se quitó la gabardina y la arrojó sobre la cama. Debajo llevaba una camiseta de la Universidad de Michigan.

—Voy a vestirme —dijo dirigiéndose al cuarto de baño.

—No hay por qué. Me marcho en seguida —dijo—. Siéntese.

Él se sentó.

—Tiene que cambiar la manera en que está llevando todo este asunto —dijo Roberta.

—¿Oh?

—No nos interesa con quién se acuesta Perino. ¿Lo entiende? Déjese de esos asuntos. Si puede bajarle las bragas a su mujer, hágalo, pero solo si eso le permite averiguar mejor lo que él anda haciendo.

—Pensé que el hecho de que se estuviera acostando con…

—Eso ya lo sabemos —contestó y sacó un paquete de Chesterfield encendiendo un cigarrillo.

Carpenter elevó su barbilla unos grados.

—¿No le parece que es posible que le encuentre con alguien del que ustedes no tengan la menor idea? ¿O acaso es que podría pillarlo con alguien con quien no debería hacerlo?

—Lo que no debería hacer es esa clase de preguntas —contestó fríamente—. Déjeme que le prevenga de algo. Un detective privado que siguió a Angelo y a la vizcondesa de Neville terminó con una fractura de cráneo. A su colega, una mujer, le hundieron la nariz y una mejilla. Consíganos información, no cotilleo escandaloso.

Carpenter asintió pensativamente con un cabeceo.

—De hecho —contestó—, la única información de peso que he podido sacar me la proporcionó la niñera de la vizcondesa de Neville con la que pude establecer una relación. Si lo que me está diciendo es que me mantenga apartado de sus mujeres, está imposibilitando mi trabajo. Yo no soy un espía industrial, mi habilidad consiste en saber relacionarme y por eso me han contratado.

—Le hemos contratado para que se meta dentro de las bragas de Cindy Perino — dijo Roberta—, ese es el plan. Conseguir información. Ella le puede contar cosas que pueden sernos útiles. Mi marido quiere destruir a Angelo Perino. Cuando se entere de que la fiel y leal madre de sus hijos…

—Me matará —dijo Carpenter.

—Sí, puede que lo haga si no se anda con cuidado.

—No resulta una mujer fácil.

Roberta sacudió la cabeza.

—No me imagino que lo sea. Pero ¿podrá resistirse a un erudito coleccionista de arte, con dinero para gastar, que además es un atractivo macho?

Él sonrió con una mueca.

—Me halaga.

—¿Qué diablos es eso? ¿Una erección? —Y tiró de la toalla dejándole al descubierto. Lo que había adivinado era verdad, su enorme miembro se levantaba duro y rígido saludando—. Vaya por Dios, ¿te he dado yo esa erección?

—Señora, yo…

—No dispongo de mucho tiempo —le contestó ella—. ¿Quieres algo sí o no?

—Es un estúpido el que ensucia el plato en el…

—Que come. No me sueltes frases hechas. ¿Sí o no?

—Sí.

—Bueno, pues a qué esperamos —dijo y se quitó la camiseta—. ¿Cuántos años tienes, Bob?

—Treinta y seis.

—Yo tengo cincuenta y nueve y los he tenido de todos los tamaños y colores. Lo mismo que Cindy Perino. Veamos si eres lo suficientemente bueno para ella. Súbete encima y cabalga. Comenzaremos de esa manera.

Y sin más se tumbó sobre la cama y abrió las piernas. Él se puso encima y sin otros preámbulos, sin siquiera haber intercambiado un primer beso, se la metió con un brusco movimiento de las caderas deslizándose hasta el fondo y allí comenzó a galoparla con vigor.

La lluvia había cesado y el cielo clareaba al gris con la madrugada cuando ella abandonó el motel. Carpenter estaba agotado, pero Roberta salió eufórica.

 

Angelo estaba sentado en un mullido sofá de color rosa en el apartamento de Alexandra McCullough en Houston. Se había quitado la chaqueta, corbata y camisa y estaba sentado, en camiseta y pantalones, con un Martini en la mesa delante de él. Alex estaba en la cocina y se la podía ver al otro lado del mostrador cortando verduras para preparar una ensalada. Se había quitado casi toda la ropa y se había quedado solo con un sostén blanco y braguitas de tipo bikini mientras cocinaba.

Sentada en el otro extremo del sofá fumando un porro estaba su amiga Lucy, quien, al igual que ella, tan solo vestía braguitas y sostén.

—Espero que no te ofendas —le dijo—. Pero no puedo dar mi visto bueno. Si Alex quiere tirarse a un hombre no puedo impedirlo, pero tampoco le pienso dar carta blanca —añadió mientras miraba a Angelo Perino.

Él miró en dirección a Alex.

—Si hubiese insistido creo que se hubiera acostado conmigo aunque solo fuera como un experimento —dijo hablando en un tono tan bajo que quizá Alex pudo no haber oído—, pero hubiera puesto en peligro una hermosa amistad y eso era algo que no quería hacer.

Lucy tenía treinta y ocho años, unos cuantos menos que Alex. Aunque tenía una generosa melena castaña de pelo rizado, su cara cuadrada con una fuerte mandíbula era algo masculina, su figura era cualquier cosa excepto viril. Si alguna mujer tenía un cuerpo perfecto sin un átomo de grasa esa era ella. Trabajaba como instructora en un gimnasio de aeróbic y de socorrista en la piscina del club.

Las dos mujeres tenían entre ellas una amistad tan profunda como cualquier pareja casada. Este no era solamente el apartamento de Alex, era el hogar de una pareja. A Angelo le parecía que Alex adoptaba el papel femenino y Lucy el masculino, pero eso era una visión muy simple de su relación. Era mucho más exacto decir que las dos constituían una pareja afectuosa, no solo apasionada, que se amaban sinceramente.

—Las dos somos experimentadas —dijo Lucy—. No hay nada nuevo que puedas hacer por cualquiera de nosotras que no podamos montar a nuestra manera.

—Excepto dejaros embarazadas —dijo Angelo maliciosamente.

—Ya hay suficiente gente realizando esa función —dijo Lucy—. Culturalmente vivimos en una era donde no es necesario que todo el mundo tenga descendencia. Los antiguos israelitas tenían que hacerlo para poder perpetuarse igual que los primitivos cristianos. Hoy no existe nación o raza en el mundo que no pueda librar a alguno de sus miembros de esa carga.

Angelo sonrió.

—¿Esa es la idea que tenéis de vosotras?: una élite que se ha liberado de la carga de…

—Precisamente —contestó Lucy.

Alex vino de la cocina trayendo dos Martinis, un segundo para Angelo y otro para ella, pero primero dio una profunda calada al porro antes de tomar un trago del suyo.

Ella y Angelo habían terminado de revisar durante dos días enteros todos los detalles del diseño del nuevo coche eléctrico. El ordenador de a bordo pondría en funcionamiento los limpiaparabrisas cuando fuera necesario y mediría la intensidad de la lluvia que caía sobre el coche para ajustar su velocidad. Además, encendería automáticamente las luces. Reconocería seis huellas sonoras de voces y abriría las puertas cuando se le ordenara, pero todas estas cosas eran vistosos trucos en relación con la función básica del ordenador: ajustar con extremada precisión la administración de potencia y del consumo del coche.

Alex había previsto que se podría utilizar de una manera efectiva el 90 por ciento de la potencia del coche, pero los resultados habían sido mejor de lo previsto.

El único problema importante que quedaba por resolver era la fuente de energía. Los ingenieros de Angelo estaban trabajando con varias líneas de investigación, aunque todavía no se habían decantado por ninguna de ellas.

Alex se sentó al lado de Lucy y esta desató el sostén de su amiga y comenzó a chuparle los pezones.

—¿Te sientes incómodo, Angelo? —preguntó Alex.

—No hay nada en el mundo que me pueda hacer sentir incómodo —contestó.

—Bueno —dijo Lucy—. No me metería esa polla tuya dentro por nada del mundo, pero podríamos hacer algo por ella. Las dos juntas, al mismo tiempo. ¿Qué te parece, Alex?

—Creo que los tres podríamos pasar un buen rato.

No lo querían en su dormitorio, así que él se tumbó de espaldas sobre el suelo y, mientras Alex le lamía el pene, Lucy le chupaba las pelotas. Después Lucy se la comenzó a mamar mientras Alex le daba lengüetazos por todas partes. Al rato las dos se pusieron a trabajarle a lo largo de su miembro. Lucy se tragó su eyaculación y Alex utilizó lengua y labios para limpiarle los restos.

Él se sentó en el sofá y las miró mientras ellas se obsequiaban con un lengüeteo la una a la otra. Era evidente que estaban teniendo orgasmos múltiples mientras él se había tenido que conformar con solo uno. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pensando se volvieron a ocupar de él, riéndose.

 

—Por lo menos no compró más obras de arte —dijo Roberta.

Estaba sentada en la mesa del despacho de Loren en el edificio de oficinas de XB Motors. Loren, rojo de ira, le había entregado una carta para que la leyera. Era de Robert Carpenter y decía:

La tarde del 8 de julio Loren Van Ludwige voló a Londres acompañado de Anna Perino, de dieciséis años, hija de Angelo y Cindy Perino. Llegaron en la mañana del día nueve y se desplazaron inmediatamente a la residencia de la vizcondesa de Neville. Ese mismo día Max Van Ludwige llegó de Ámsterdam. Las conversaciones en la casa, de acuerdo con la informante cuya identidad ya conocen, revelan sin lugar a dudas que los jóvenes tienen la firme decisión de casarse. Durante su estancia no compartieron el mismo cuarto.

—¡Mi nieto y la hija de ese espagueti! —bramó Loren.

—Ya lo sospechábamos —contestó Roberta.

—El primogénito de mi única descendiente se va a casar con la bisnieta de un contrabandista mafioso que le vendía a mi abuelo la bebida durante la prohibición. ¡Una familia que todavía mantiene esas conexiones! ¡No sé cómo Betsy puede…!

—Has tratado a Betsy todos estos años que te conozco como si fuera una mierda —contestó Roberta.

—Ella ha sido la que me ha tratado como una mierda. ¡Me ha llevado a los tribunales! ¡Ha tenido un hijo bastardo con ese espagueti! ¡Ella, ella ha sido la que…!

—Es tu hija y te conviene hacer las paces con ella.